Tu risa me hace libre 22 #3
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Reí con él, Raimundo cogió de una balda una de las pruebas de imprenta de mi libro y de camino al diván comprobé que Lorca y yo habíamos de medir lo mismo.

El granadino me puso la mano sobre el hombro, nos sentamos, y dijo, ¡Que me ha gustado muchísimo tu libro, tus octavas reales!

, con aquellas eses que en su boca sonaban como si se les abrieran las alas, como una paloma.

¡Rezuman Góngora!, añadió cantarín, una mano teatral, y yo no sabía si creérmelo, pero alguien me dijo alguna vez que Lorca nunca mentía, incluso cuando mentía.

—¿Es verdad? —le pregunté a Vicente Aleixandre.

Mi amigo terminó por recostarse, obstinado, contrayendo el rostro con un gesto de dolor. No parecía mejorar de sus dolencias renales a pesar del reposo, casi carcelario, al que estaba obligado.

—¿El qué? —Me miró. Por la ventana de su habitación llegaban las voces de aquellos milicianos a los que había visto detener su camioneta no muy lejos de ahí, en la plaza del Marqués de Comillas. Se oía el motor en marcha, las consignas.

—Lo de Federico, Vicente. —Le busqué la mirada—. Lo han matado, ¿es cierto?

Lorca cogió las hojas de Perito en lunas y buscó una de las octavas que, decía, le habían gustado mucho.

Yo, frente a él, me ilusionaba. ¡Ah, sí, esta!

, exclamó el granadino, posando el dedo sobre la octava veintiséis, aquella que se hubo de titular «Funerario y cementerio» en una siguiente edición.

Recitó para sí entre bisbiseos hasta que puso énfasis en los últimos versos mientras llenaba su voz de admiración, Patio de vecindad menos vecino, / del que al fin pesa más y más se abisma, / abre otro túnel más bajo tus flores / para hacer subterráneos mis amores.

Levantó la vista y me sonrió, ¡Maravilloso, Miguelillo!

, y luego me pidió que le recitara un poema cualquiera, el que yo gustara.

Me cedió las pruebas y titubeé algunos instantes hasta que me paré frente a la octava tercera, La hora es de mi luna menos cuarto...

, comencé, y cuando terminé de leer, Federico aplaudió mientras Raimundo apostillaba un, ¡Viva Miguel Hernández, mejor que Góngora!

Cómo saberlo, aquello de que Lorca mentía cuando mentía.

¡Así que...!, contesté a ambos, exultante, ¡ya soy el primer poeta de España!

No me di cuenta entonces, ni tampoco me lo dijo nunca Raimundo: Federico se apartó bruscamente, se detuvo y contuvo el impulso —o eso me parece ahora— de ponerse serio conmigo, para decir, a medio camino de la broma, casi transitando ya la reprimenda, Hombre, no tanto, no tanto...

Vicente Aleixandre se mantuvo en silencio.

Arrugó la frente y con un gesto me pidió que me sentara a su lado.

Oímos otra vez a los milicianos, reían, del jolgorio se escapaba algún exabrupto.

Él era de izquierdas, pero aquello no le gustaba.

No le gustaba nada de lo que veía, nada de lo que oía. Nada.

—Me temo que sí, Miguel. A Pablo le ha llegado la confirmación de la Embajada inglesa. —Se le encharcaron los ojos, le temblaba la voz, el alma.

Me derrumbé, cómo no. ¿Lorca, de veras muerto? ¿Cómo habían podido?

Apreté los dientes y contuve la rabia en los puños.

Algunos meses después del encuentro en Murcia le escribí la primera de las cuatro cartas que le mandaría en vida al poeta granadino.

Que nadie estaba prestándole atención a Perito en lunas , le decía.

Que apenas había tenido el eco de La Verdad de Murcia y ningún recorrido en Madrid.

Y que yo creía en mi obra, esa que él había alabado no sabía si falsamente —Federico era actor, pocas veces en público—, diciéndole, Usted sabe que en este libro mío hay cosas que se superan difícilmente, y encierra en sus entrañas más personalidad, más valentía, más cojones que casi los de todos los poetas consagrados.

Él me respondió con una misiva hermosa, cuidada, magnánima, que he ido teniendo en mayor estima con el paso de los años, porque es la experiencia la que da la razón, no el talento, no el impulso.

Mi querido poeta:

No te he olvidado. Pero vivo mucho y la pluma de las cartas se me va de las manos.

Tu libro está en el silencio, como todos los primeros libros, como mi primer libro que tanto encanto y tanta fuerza tenía.

Escribe, lee, estudia. ¡Lucha! No seas vanidoso de tu obra.

Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos pasión de hombre, pero no tiene más cojones, como tú dices, que los de casi todos los poetas consagrados.

Hoy se hace en España la más hermosa poesía de Europa.

¡Cálmate! Tendrás atención porque tienes sangre de poeta.

F EDERICO

—¿Estás seguro? —le pregunté a Aleixandre—. Mira que no paran de circular rumores a cada cual más disparatado.

Vicente contestó. Le llovía en las mejillas:

—Hace unos días lo publicó The Times en Londres. Y también Le Figaro en Francia. Como comprenderás, Granada es zona sublevada y de allí no va a llegar confirmación, solo silencio.