22 #2
—Precisamente ahora es cuando hay que tenérsela.
¿Sabe por qué? Porque en los últimos meses he podido conocer una España, ahí, fuera de Madrid, a la que solo la República ha llevado esperanza.
¿Recuerda todo lo que le contaba de las Misiones Pedagógicas?
¿Recuerda cómo le hablaba de aquellos maestros, de las ganas de aprender de sus chiquillos?
Esos niños eran en su gran mayoría hijos de campesinos, de jornaleros que faltaban a clase en la época de la siembra o de la siega.
Niños que son carne de yugo, Cossío. No, no podemos dar un paso atrás ahora.
Decirles de nuevo a esos muchachos que nos devuelvan ese futuro que su maestro ha ido sembrando en sus cabecitas.
¿Lo entiende? No, no tenemos alternativa.
O defender eso, o volver al siglo pasado.
Y todo el caos que estamos viendo a diario en las calles —señalé a la ventana, por la que seguía llegando rumor de voces y consignas proletarias, palmas, el motor de las camionetas— no tiene más que unos culpables: ese puñado de militares que han provocado en España una explosión de barbarie aupada por el nuevo rumbo que han tomado las viejas formas del pasado. Ya sabes a qué me refiero. Al fascismo.
—¿Fascismo? ¿Acaso mató a tu suegro el fascismo, Miguel? —me rebatió Cossío.
—Lo han matado unos desalmados, José María.
El caos que han desatado los golpistas. Gente mala hay en todas las casas, tú lo sabes bien.
Lo que ha pasado en Elda ha sido una desgracia.
Mi suegro no era un pistolero ni un agitador.
Era un hombre bueno. Y esa barbarie de la que hablaba, esa violencia ciega se está llevando por delante a quienes no tendría que haberse llevado nunca.
—Sí, lo sé —murmuró.
—Lo ha matado el caos, José María. El caos que han desatado quienes se resisten al cambio.
Tal vez le falte salir de su atalaya de la Espasa para verlo, querido amigo.
Caminar los campos de Castilla, como hizo Machado.
Desde los trigales, o entre los olivos, se daría cuenta de muchas injusticias.
Tantas por las que merece la pena luchar.
Cossío miró la radio, que seguía escupiendo estática, como si fuera un animal enfermo.
No habló. Desconocía que yo llevaba varios meses leyendo a Marx, a Gorki o a José Pla y Beltrán.
Que había oído a la Pasionaria algunos días atrás llamando a la movilización y militarización de la población ante la realidad ineludible de la guerra.
Que visitaba a Alberti o que dialogaba con Pablo Neruda, o con el poeta argentino Raúl González Tuñón, uno de los primeros en escribir poesía política comprometida. Tras el silencio suspiró, diciendo:
—A veces pienso que a ti te sobra el idealismo que a mí me falta.
Tal vez por ello, pienso ahora, porque le faltaba ese idealismo que veía en mí, se adhirió al régimen de Franco una vez terminada la guerra. Tal vez.
—Pues présteme un poco de su prudencia —le respondí con una media sonrisa—, que yo le doy algo de mi arrojo. Con eso quizá salvemos el día, ¿no?
Abrió el mueble bar e insistió en ofrecerme una nueva copa, que yo volví a rechazar.
Solo me he pasado a ver cómo estaba, José María, le dije, poniéndome en pie.
Bueno, y para preguntarle una cosa. Él se sirvió el alcohol en un vaso de cristal grueso, de esos que parecen tallados a mano en algún taller vienés, con motivos geométricos en relieve.
Dio un trago y miré el reloj, era más temprano que de costumbre, apenas las once de la mañana. Claro, dime. Y yo le solté:
—¿Es cierto lo que dicen de Federico?
Llevaba días carcomiéndome la duda, y quizá fue una de las causas que me llevaron a volver a Madrid: desear verlo, a él, a Federico, que no fuese verdad lo que decían.
El rumor me había llegado a través de mi amigo Carlos Fenoll, en aquella tahona en la que ya apenas quedábamos tertulianos, él, su hermano, yo, porque desde la muerte de Sijé dejamos de reunirnos todos.
Al oírlo, Dicen que unos falangistas han matado a Lorca, sentí de pronto que el suelo se hundía bajo mis pies, que me caía, y también que de pronto era 1933, que estaba en Murcia.
El recuerdo se hizo intenso, mordía como un lobo, me arrancaba la piel.
Era marzo, tal vez abril de aquel año. Lo primero que vi fue abrirse una puerta, ¡Hola, Miguel!
, y luego al escritor Raimundo de los Reyes, traje hecho a medida, pelo hacia atrás, rostro recio.
¡Pasa, muchacho! Iba a publicarme Perito en lunas en su colección de poesía Sudeste , toda vez que logré que Almarcha financiara la edición.
Habíamos quedado para trabajar en la corrección del poemario y era un manojo de nervios, el tamborileo de los pies, las manos, un tic en el ojo, el saludo tímido.
¿Qué tal por Orihuela? Bien, respondí, sintiendo cómo me apretaban los zapatos, el roce de la pana.
Todo eso se me quedó en el recuerdo, como también lo que oí al cruzar el zaguán de la puerta de aquella casa murciana, un piano que sonaba mientras Raimundo me anunciaba, Voy a presentarte a un amigo que creo que te va a encantar, dirigiéndome por un largo pasillo, en el que a cada paso el sonido del piano se hacía más claro, como si la música viniera hacia mí antes de que yo llegara a la sala.
No era una melodía grandilocuente ni una pieza de salón, o eso creía; era un fraseo suelto, ondulante.
Todavía la sigo oyendo, cierro los ojos y meto la cabeza en las aguas turbias del pasado y me viene, tin-tan, plin-plan.
¿Quién es? Pero no quiso decírmelo hasta que se paró ante una puerta.
A García Lorca no lo conoces, ¿no?, me preguntó de pronto el editor.
Cossío, que daba un trago a su copa de coñac, se encogió de hombros al escucharme. Se levantó con dificultad y con la mano libre me palmeó el brazo, ese gesto suyo, paternal, que solía tener para conmigo. Luego me dijo:
—Ay, a mí también me ha llegado, Miguel. También dicen que lo han visto en Granada vivito y coleando. ¡Se oyen tantas cosas por ahí! A veces pienso que esta no es una guerra de tiros sino de rumores. Quizá sepan algo tus amigos, Aleixandre, Neruda. ¿Les has preguntado?
Raimundo de los Reyes abrió aquella puerta detrás de la que sonaban, nítidas, las notas del piano.
Se me quedó en los labios un, Por supuesto que sé quién es García Lorca, cómo no, cuando de pronto, al fondo de una preciosa biblioteca, reconocí su silueta al piano frente a un busto griego, una copa de jerez y una partitura que no leía porque aquella melodía de la que no me he desprendido la tocaba de memoria.
Al oír al anfitrión, ¿Federico?, el pianista detuvo sus dedos, que no tocaban, conversaban con las teclas, y se giró para encontrarse con nosotros, conmigo, un muchacho de veintidós, el rostro moreno de soles montaraces, ojos verduscos, a intervalos tímidos y furiosos, todavía arrastrando la fábula del poeta cabrero.
Te presento al muchacho del que te hablé, Miguel Hernández.
Salí del despacho de Cossío decidido a averiguar si eran ciertos los rumores.
Di unos vivas lejanos a aquellos milicianos anarquistas y tomé dirección oeste hacia la calle Velintonia, suponiendo que Vicente Aleixandre podría saber algo más porque su casa solía ser como una suerte de embajada literaria: no había intelectual en Madrid que no lo visitara.
A paso rápido habría unos veinte minutos, veinticinco si, como era habitual, volvía a perderme en aquel callejero laberíntico al que nunca terminaba de acostumbrarme.
Era un laberinto Madrid, y también un hervidero, y aunque hubiera guerra y sonara el «No pasarán», y por toda la ciudad se hubieran levantado trincheras en espera del enemigo, la ciudad seguía siendo un enjambre de tranvías, de vendedores ambulantes y de gente con mucha prisa, siempre al borde de algo.
Llamé a la puerta de Velintonia y me abrió Conchita.
Por el gesto de alivio con que me recibió supuse que habría estado preocupada por mí.
Pero, pasa, entonces, ¿todo bien? Asentí.
No llevaba naranjas esa vez. Vicente está en su dormitorio, ya sabes, me dijo.
Al verme entrar, mi amigo, que leía un libro recostado, intentó incorporarse, pero yo me apresuré a impedírselo, No, no te levantes, por favor, y entonces fuimos a encontrarnos en un apretón de manos, y yo volví a pensar en Lorca aquel día en Murcia.
Así que tú eres el perito en lunas, ¿no? , bromeó el poeta granadino.
Federico estaba de gira con La Barraca, su compañía teatral, y había hecho un alto para visitar a Raimundo.
Tendió su mano para encontrar la mía en saludo, y yo se la apreté, una mano fina pero firme en la presión, dos, tres segundos, y luego su sonrisa, redonda, luminosa, capaz de llenar una sala entera.
Tenía esa capacidad Lorca, un hombre hecho de voz, de agitada alegría, el ojo de un torbellino, tanto era capaz de conjurar a su alrededor, tanto brillaba.
U-un gusto conocerle, F-federico, dije, la voz trémula.
Nos miramos. Llevaba traje y pajarita y tenía el pelo negro y ondulado, que le caía hacia la frente con una descuidada elegancia de actor antiguo.
Raimundo nos pidió que tomáramos asiento en el conjunto de divanes que, en el rincón opuesto a la biblioteca, formaban un pequeño salón.
Le dije, Usted es uno de mis grandes ídolos, ¿sabe?
, y él se levantó mientras negaba, chistando, con su gracejo seseante, ¡Deja eso de usted y de los ídolos, anda!