Tu risa me hace libre 22
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Llovía. Septiembre de guerra. El luto de Josefina, un beso congelado.

No quería irme, de verdad. Y por eso dilaté en demasía mi vuelta, Madrid aguardando, la novia de negro sujetándome la mano.

¿Cómo se vive con alguien que ha perdido a su padre, cómo se la abraza, cómo se le dan ánimos?

Decirle, Venga, cariño, hay que salir adelante, ¿cómo?

Yo, que llevaba toda la vida buscando las palabras adecuadas, en la biblioteca de don Luis Almarcha o en las higueras de mi casa hasta una pensión en Madrid, cuando hube de necesitarlas, a las palabras, sentí como que me abandonaban.

Decirme, Ahí te quedas, Miguel, ninguna de las que has usado en tu poesía te sirve ahora, como si toda mi producción poética hasta entonces no hubiera sido más que una quimera, o no hubiera sido mía del todo, como si la poesía no fuera al final más que una farsa, y por ello durante aquellos días aciagos, la guerra fuera y la guerra dentro de la casa de Josefina, apenas supe qué decir.

Dame un abrazo, cariño, Josefinica mía. Tampoco hacen falta las palabras en la espiral del duelo.

No sustentan dolores, no acaman, no reconfortan en realidad.

Mejor hablaban por mí los abrazos, las caricias, el calor de la compañía y de las atenciones, porque fui a Cox cada día, bicicleta arriba y abajo por el camino viejo de Callosa, para que en aquella casa, la de la abuela Gertrudis, me sintieran uno más de la familia, y eso hube de hacer, echarme a los Manresa a la espalda mientras escribía a Madrid pidiendo ayuda y gestionaba con el Ministerio de la Gobernación la paga que la familia hubiera de recibir por el padre muerto, así como un trabajo para Manolo, el hermano de Josefina, o el ingreso de las tres hermanas pequeñas en un centro infantil de Orihuela.

A José María de Cossío le mandaría una carta los últimos días de agosto:

Hace unos días fue asesinado en Elda el padre de mi novia.

Al parecer, ha ocurrido la enorme desgracia por equivocación.

Quedaron seis de familia, cinco hijos y una viuda, y como los hermanos son menores de edad y solo trabaja mi novia con la aguja para ganar unos reales de vez en cuando, la situación será dentro de poco de las más desesperadas.

Si a usted le fuera posible pedir a Espasa-Calpe que me adelante la mitad de la cantidad que cobro cada mes, si usted consiguiera eso, amigo, gran amigo, se lo agradecería eternamente.

En mi pueblo la insurrección duró en lo que el ayuntamiento oriolano y la Guardia Civil lograron frustrar la intentona de una centuria falangista no solo de secundar la sublevación en la Vega Baja, sino también de dirigirse a Alicante para rescatar a José Antonio Primo de Rivera de la prisión en la que estaba encarcelado —acusado de conspiración antirrepublicana— y en la que no tardarían en fusilarlo.

Lo vi un par de veces en mi vida, a José Antonio, primero en el local de La Ballena Alegre, junto a algunos intelectuales, y luego en un mitin de la recién fundada Falange con el que me encontré al salir de la sede de Espasa, y en el que me quedé a escucharlo algunos minutos. Era magnético, el hijo del dictador.

—Te escribiré nada más llegar, Josefinica —le dije despidiéndome de ella en la estación de Orihuela, mientras le acariciaba la mejilla—. Ya verás que todo irá a mejor.

Josefina respondió sin palabras, se tiró a mis brazos y me besó. Nos refugiaban de la lluvia los soportales, una lluvia que esperaba, ay, ingenuo de mí, se llevara la guerra como corría el lodo por los bancales oriolanos y desaguaba en el Segura, y luego al mar. Le acaricié la mejilla.

—La guerra no durará mucho, nena. —Y repetí, ay, como una cantilena—.

Ya verás como pronto se acabarán los sufrimientos para los dos y vendrán las alegrías.

En cuanto llegue iré a leer mi obra a la compañía del Teatro Español.

Tengo muchas esperanzas de que se decidan a representarla y creo que me va a dar el dinero suficiente para que nos podamos casar pronto. Todo irá bien, nena.

Al llegar a Madrid me alojé en la pensión de la calle Vallehermoso, ya recurrente en mi periplo por la capital, y solo pude acceder al centro de la ciudad tras identificarme ante un grupo de milicianos anarquistas que, con su mono azul y su fusil al hombro, Identificación, vamos, se habían hecho con el control del centro de la ciudad.

Aquí tienen, soy Miguel Hernández, escritor, les dije, ofreciéndoles mi cédula que, desde aquella detención del Jarama, jamás volví a dejar en casa.

Los milicianos me miraron de arriba abajo y solo entonces me dejaron pasar.

Hube de aprenderlo pronto, que en aquella República en guerra una cosa era el poder —que lo detentaba, o eso decían, el Gobierno republicano de Casares Quiroga, y, en la ciudad de Madrid, el alcalde republicano Pedro Rico— y otra cosa la autoridad, la de verdad, aquella que se llevaba al hombro, por nombre Mauser, calibre siete milímetros, capaz de quitarle la vida a un falangista en defensa de la revolución.

Al subir a la pensión me apresuré a escribirle a Josefina, sintiendo como si rasguear su nombre con la plumilla, Mi Josefinilla querida de mi alma, lograra apaciguar en una parte minúscula aquella nostalgia que sentía por ella, Ya me parece que hace más de un siglo que no veo tu cara y aún me duele el corazón del día de la despedida.

Eché la carta al buzón y me dirigí a la sede de Espasa-Calpe, que ocupaba un enorme edificio en la calle Ríos Rosas y era un enjambre de oficinistas y sonido de máquinas de escribir y escritores, la mayoría conservadores, a los que la guerra y la prometida revolución proletaria habían puesto en serio aprieto.

Uno de ellos era José María de Cossío, mi buen amigo, que había decidido quedarse en Madrid a sabiendas de que a muchos de sus colegas los estaban sacando de sus casas con las sábanas pegadas y el presagio oscuro. Le pregunté a su secretaria por él.

—Sí, Miguel. José María está en su despacho —me respondió Juani.

Cossío escribía en su Underwood, lo oía desde detrás de la puerta, así como una radio en la que apenas se intuían unas voces tras el chisporroteo de las interferencias.

Al verme pasar, se levantó y caminó hacia mí con su cuerpo de peonza.

¡Miguel!, se alegró de verme, gafas redondas, papada, pelillo pobre.

—¿Te llegó el adelanto? —me preguntó nada más verme.

—Sí, llegó —asentí, dejándome caer en uno de los sillones, junto al mueble bar con aquellas botellas de brandi y coñac de los que yo solía rechazar una copa, sobre todo cuando me las ofrecía antes del mediodía.

Cossío era uno de los más reputados eruditos taurinos de España, un filólogo de vena enciclopédica que parecía llevar dentro de sí el mapa entero de la fiesta nacional y de la literatura castellana.

Tenía algo de patriarca bondadoso y algo de colegial aplicado; siempre con un libro abierto, vestido como un caballero antiguo, chaleco abotonado, el nudo de la corbata algo torcido, un aire de señorío fatigado que contrastaba con aquella oficina convulsa donde la guerra se había colado por las rendijas como una humedad incurable. Me preguntó:

—Y por el pueblo ¿cómo va todo? ¿Y la familia de tu novia?

Recuerdo la alegría con la que recibió la noticia de que había vuelto con la novia de Orihuela.

Es como si lo hubiera querido para mí todo el rato, porque tampoco confiaba del todo en aquellos ambientes de la Casa de las Flores, mucho menos en Neruda, al que detestaba en secreto, aunque nunca me lo confirmó.

—Ya se puede imaginar cómo está por allí la situación, José María... —le contesté, tras un resuello—. La familia de Josefina se ha quedado devastada después de que mataran a mi suegro...

Asintió compungido.

—Pues aquí todo es un infierno, Miguel, ay. —Tomó asiento junto a mí con un largo suspiro—. La radio no para de soltar rumores, y uno ya no sabe qué creer. Ayer mismo fusilaron a un corrector del Ya . Y hoy quién sabe.

Lo miré a los ojos pequeños, hundidos tras aquellas lentes gruesas. Tenía miedo y lo comprendía, ¿cómo no tenerlo en aquellos días? ¿Cómo no iba a tenerlo él con los milicianos anarquistas haciendo la revolución en las calles?

—Cossío —le dije, inclinándome un poco hacia él—, lo que no podemos es dejarnos arrastrar por quienes llevan años cavando bajo los cimientos de la República para derrumbarla. Usted lo sabe mejor que nadie.

Él frunció el ceño como si le doliera oírme.

—¿Alguien le tiene fe todavía a la República? —preguntó con gesto cansado.

Durante años había caminado en esa fina línea que muchos llamaron centro, de familia acomodada, valores derechistas y amigos íntimos a la izquierda.

Tal vez aquello, su ambigüedad, fue lo que le salvó durante toda la contienda, de que un día lo sacaran de su casa o de su despacho y le pegaran un tiro.

Guardamos un silencio momentáneo. Pensé de pronto en el maestro de aquel pueblo salmantino dejado de la mano de Dios. Odisto se llamaba. Le repliqué: