Tu risa me hace libre 21
34%

21

Yo me sentaba detrás de papá. Tenía seis o tal vez siete años cuando aprendí a hacer esa tarea, la primera quizá de la que tengo un vivo recuerdo como mocita.

Consistía en quitarle la caspa de la cabellera con un peine espeso, lenta, cuidadosamente.

Papá se sentaba en el suelo y yo atrás en una silla, para que le sirviera de respaldo mientras me asomaba a las raíces y me afanaba en dejarle el cabello limpio de aquellas pequeñas motitas de nieve, como habría escrito Miguel.

—Así, con cuidado, Josefina.

Recuerdo su olor, que nunca era a sudor sino a perfume, a pesar de que cada tarde llegara cansado y sudoroso a casa, con las botas y las polainas hasta arriba de barro tras andar por los campos y trayendo, a menudo, algún regalo para sus hijos: en el tiempo de las almendras, almendras verdes aterciopeladas; en el de los higos, higos estrujados en su cartera.

Son curiosos los recovecos de la memoria, adónde llevan sus pasillos, a veces es peinar a Manolillo y ver la cabeza de su abuelo, su pelo grueso, frondoso, la misma caspa, esa que luego le caía sobre los hombros, como si su cabeza fuera un nubarrón y nevara, y de pronto siento que mi hijo huele como él, como si usara su Varon Dandy, y regresa el sabor de los higos a mi boca.

En Manolillo hay mucho de los hombres que lo precedieron, cómo no de su abuelo.

Cuéntame el cuento, papá, le decía yo a su espalda.

Era el cuento y no un cuento, porque siempre era el mismo, pero como lo inventaba durante la marcha, cada vez resultaba diferente aunque el argumento viniera a ser igual.

Fueron muchas las tardes que pasé previniendo aquellas nevadas, oyendo aquella historia, que empezaba así: Era un matrimonio que no tenía hijos, y los deseaban tanto que un día dijo el marido, Señor, dadme un hijo aunque a los veinte años se lo trague la sirena del mar...

; y luego empezaba a variar: a veces no era el padre sino la madre la que se enfrentaba a la sirena, a veces intervenía un delfín, o una lubina, o una gaviota, porque en aquel tiempo, especificaba papá, a los animales no se les había olvidado hablar en humano.

Era un gran contador de cuentos, papá. A mí dejó de contármelos cuando llegaron mi hermano Manolo y sobre todo mis hermanas, una tras otra, ocho, diez y once años de diferencia con cada una, y a veces me paraba tras el umbral de la puerta para oírlo, que ya no era el de la sirena sino otro, Conchita, Carmen, Gertrudis en la misma cama, él a los pies, ¿Os he contado alguna vez el cuento de la cigarra y la hormiga?

Ocurrió alguna de esas noches. Él se encargaba de dormir a las pequeñas mientras mamá lo hacía con Manolo, su ojito derecho, que yacía en otra habitación en un catre con el colchón de farfolla.

Papá, al salir de la habitación de las niñas, me descubrió en el pasillo, frente a la puerta, y me preguntó bromeando:

—Tú ya tienes quien te cuente los cuentos, ¿no, Josefina?

Se refería a Miguel, a quién si no, y yo sonreí, sonrojada.

Por aquel entonces Miguel y yo ya habíamos retomado el noviazgo después de aquellos meses de silencio y, una vez que volvió a Orihuela para la Semana Santa y el homenaje a Ramón Sijé, la correspondencia se hizo más profusa que nunca, el cartero siempre con la misma ironía, Otra carta para Josefina, ¿eh?

, porque las recibía cada dos o tres días.

—¿Y si me lo cuentas, padre? —le pedí, no demasiado en serio—. Ese de la sirena.

Él rio. Se inclinó abriéndose en dos la cabellera y me dijo que seguía teniendo caspa aunque yo hubiera dejado de quitársela cuando dejé atrás la niñez.

Entonces era mamá quien lo hacía, pero ella apenas podía con lo suyo, como para preocuparse de la cabellera del marido, y así iba papá a veces, que parecía una ventisca.

—Pues venga. —Reí, decidida a continuar con la broma—. Siéntate en el salón, que yo voy por el peine, ¿vale?

Entonces, sentado delante de mí, papá comenzó: Era una vez un matrimonio que no tenía hijos, y lo deseaban tanto, tener un hijito, que un día el padre se dirigió al Señor..., hasta que varios minutos después, ya concluida aquella fábula, me preguntó por mi relación con Miguel:

—Dime, Josefina, ¿habrá boda pronto?

Tras él, me encogí de hombros y le sonreí. Mamá, que iba y venía con la cesta de la ropa que había tendido aquella tarde, tenía la oreja puesta. Oyó:

—No lo sé, padre. Todo depende de si Miguel sigue o no en Madrid. Por el momento, él espera poder venir a verme a Orihuela cada par de meses, o eso me ha dicho, que con el trabajo suyo nunca se puede asegurar.

Entonces mi madre se acercó. Los dos se miraron, ella apoyada en el sillón en el que solía descansar el rey de la casa tras llegar del trabajo; él, el rey, desde el suelo, delante de mí. Había algo que yo no sabía, me di cuenta. Algo que me iban a contar.

—Cuando venga a verte, ya no será a Orihuela, hija... —me dijo ella.

De la escena recuerdo alguna cosa más; el tictac del reloj de cuco, por ejemplo.

—¿Qué ocurre? —les pregunté, dejando en el suelo el peine de descaspar y buscándole la mirada a mi padre.

—Os lo íbamos a contar mañana, hija... —me respondió, incorporándose—. Me trasladan a la comandancia de Elda.

—Nosotros nos iremos a Cox, con la familia —continuó mi madre—. Así estaremos algo más cerca de papá.

Los miré. No supe qué decir. Se lo había oído alguna vez, pero no sabía que podía ser inminente, que desde las elecciones del pasado febrero estaban movilizando a militares y a guardias civiles, a muchos de los cuales hubieron de trasladarlos de comandancia.

Papá intentó tomárselo con buen ánimo, Elda es un pueblo más tranquilo, dijo, y con una industria incipiente de calzado que podría darle un futuro mejor a mi hermano Manolo, un porvenir distinto al de la azada, esa de la que él huyó en Cox, con sus cinco reales, y también a mis hermanas, que no tenían por qué verse abocadas a la fábrica de la seda.

Pero ¿ya?, acerté a responder, casi sin palabras, porque no sabía si estaba preparada para dejar aquel pueblo en el que habíamos vivido nueve años y donde había encontrado al hombre de mi vida.

—La semana próxima, creo —me aseguró.

Tragué saliva. En Cox estaba la mayor parte de nuestras familias, la Manresa y la Marhuenda, la abuela Gertrudis y la abuela Josefa —el nombre iba pasando de hija en hija como habría de pasar el azabache de nuestro pelo—, y nos trasladamos una semana después de aquella noche en que a papá le quedara la cabellera limpia de caspa.

¡Qué mal le sentó a Miguel que dejara Orihuela!

Me lo dijo varias veces por carta, que cómo era posible, que, cuando fuera a verme, habría de coger un autobús y volverse antes de la noche si no quería dormir a la intemperie, o caminar una hora por el sendero viejo de Callosa, atravesando bancales y huertas, unos cuarenta minutos en bicicleta.

Y así llegó el verano de 1936, decía, del que todo el mundo conoce lo que ocurrió.

A mí el 18 de julio me cogió en uno de esos autobuses que de Orihuela iban hacia Crevillente parando en Albatera y también en Cox.

Se celebraban las fallas oriolanas y Miguel me instó por carta a que no me las perdiera, que fuera con mis amigas y disfrutara de las fiestas.

Así lo hice, y ocurrió que, ya en el autobús de vuelta, unos guardias nos dieron el alto y subieron para pedirle al conductor que detuviera la marcha.

Recuerdo el cruce de miradas con el resto de los pasajeros, la incredulidad en sus rostros, el miedo.

El guardia civil dio un grito, fusil al hombro:

—¿Que qué ocurre? —se dirigió a los pasajeros—. Que estamos en estado de guerra, eso ocurre.

No hubo lamentos, ni vítores ni gritos, tan solo el silencio, el motor del autocar con su runrún, los pasos de los agentes de arriba abajo en el pasillo, buscando a no sé quién, y yo, que iba sola, de pronto pensé en Miguel, porque en Madrid —creía, ingenua de mí— es donde habían de pasar todas las cosas, y que si había una guerra debía limitarse a la gran ciudad: ¿qué iba a ocurrir en aquellos lugares donde nunca pasaba nada como eran Elda, Orihuela o Cox?

—¿La guerra? —se atrevió a preguntar un señor, algunas bancadas detrás de mí.

Pero ya no respondieron. Estuvimos así una hora, y yo hube de recordar cómo Miguel me había estado dejando señales mientras me echaba de menos o me hablaba de su nueva obra de teatro, El labrador de más aire .

Están pasando muchas cosas en Madrid estos días, me había dicho en una de sus últimas cartas antes de la guerra, anteayer, cuando volvía del despacho de Cossío en la Espasa, vi disparar a unos guardias contra unos fascistas.

Y ayer cerca del restorán donde suelo comer estallaron cuatro bombas en una obra, y terminaba la carta, ay, pobrecito, diciéndome, Tengo ganas de que acabe todo esto, porque no va uno seguro por ninguna parte.

Luego, en otra carta, me hizo ver que sabía algo que yo todavía no atisbaba: que la violencia no es patrimonio de los fascistas, que también había gente en territorio republicano haciendo la guerra por su cuenta:

Maldigo siempre la hora en que a tu padre lo trasladaron a Elda, donde a lo mejor se organiza cualquier día una revolución y pasa algo malo.

En Orihuela todo el mundo lo conoce y saben que es el mejor hombre del cuartel.

Pero en ese pueblo nadie sabe nada, y con el odio que la gente le tiene a la Guardia Civil, quién sabe.

Leí aquella carta a papá con aquel presagio de Miguel, Mira lo que dice mi novio, pero él chasqueó la lengua y me acarició la mejilla, diciéndome que estuviera tranquila, que no iba a pasarle nada, Esto no va a durar mucho, Josefina, y yo respiré aliviada, porque entonces, a pesar de mis veinte, seguía siendo una niña y él, ay, padre, alguien que siempre tenía la razón.

Una hora después de que nos detuvieran, los guardias civiles le dieron permiso al conductor para que saliéramos de Orihuela, ¡Venga, adelante, reanuden la marcha!

, gritó el oficial al mando, y así empezó la guerra para mí, aguardando, muerta de calor, dentro de un autobús.

Al llegar a casa corrí a darle la noticia a mamá, pero ya se había enterado en el mercado de Cox, ¡Que se han levantado los militares!

, gritaba la gente, y mientras esperábamos a que papá volviera desde Elda, me apresuré a escribirle a Miguel, Dime cómo estás, Miguelico, hijo, de lo que no recibí noticias hasta una semana más tarde, porque a la sublevación de los militares le siguió el secuestro de la correspondencia: Querida Josefina, han estado más de una semana detenidas tus cartas.

Ha habido días que no he podido salir a la calle de los tiroteos que hay por todo Madrid.

Durante los siguientes días nadie supo nada.

Solo que la República mantuvo el control de la Vega Baja y que empezaron a sacar a gente de sus casas; gente de derechas como el notario Luis Masares, para el que trabajé, señoritos que no pudieron huir, algún religioso.

En Cox no se oyeron disparos, pero sí los ecos de algunas detonaciones que traía el viento terroso de poniente.

Nos llegó la noticia varios días después; tanto tardaron en reconocerlo.

Fue a finales de agosto cuando llamaron a la puerta.

—¿Es usted la esposa del Manresa? —Era el oficial del cuartel de Cox, el tricornio entre las manos, el rostro compungido. Atrás iba un compañero.

A veces sigo escrudiñando en su cabellera, el peine de descaspar, el cuento.

—S-sí —le respondió mamá.

Tardamos mucho tiempo en conocer todos los detalles: que habían sido unos milicianos anarquistas, que los movió su desconfianza hacia la Benemérita, aunque esta hubiera confirmado su compromiso con la República, y que atacaron a seis agentes en el Coliseo Español de Elda, al oficial y a cinco guardias, que apenas pudieron defenderse, ni sacar sus armas ni abrir fuego.

—Ha ocurrido algo, señora...

Era el mes de agosto, decía. Miguel pasaba las vacaciones en Orihuela y me informaba cada vez que venía a Cox de cómo iba la guerra, aunque mucho no podía saberse por aquel entonces, pues todo eran rumores, la mayoría infundados.

Que los facciosos avanzaban por Extremadura y que en Madrid corría el miedo a un cerco inminente, o que muchos de sus amigos se habían organizado en la Alianza de Intelectuales —cuando no se habían alistado como milicianos—, con la que trataban de defender la República desde la cultura.

—¿El qué? —le pregunté al oficial.

Yo aún era demasiado joven y no sabía nada de la suciedad de la muerte.

Vivíamos entre rumores, como decía. Fusilamientos que unas veces se confirmaban y otras no, pero que siempre hacían daño porque el miedo no necesita pruebas.

Aparecieron cadáveres en el río, en el camino a Callosa, en el palmeral, lugares que habían sido nuestros, de juego, de descanso, de agua y de sol, y que la guerra había llenado de muerte.

Así fue como aprendimos a ver no solo la suciedad de la muerte, sino la del miedo, esa que se queda dentro y ya no se va por mucho que la laves.

—¿Qué ha pasado, por el amor de Dios?

Llevaba un vestido de algodón fino de tonos crema y estampado de flores que me había cosido yo misma.

Era ligero, le volaba la falda, lo cerraba un broche en la cintura.

Lo recuerdo bien, ese vestido. Fue la última vez que llevé algo de color.

Algunos días después el vestido hervía en una olla con tinte y vinagre junto al resto de mi armario, también cintas, pañuelos, peinetas, zapatos o bolsos, según me enseñó a hacerlo la abuela Gertrudis, Y no te olvides de los botones nacarados, hay que enlutarlo todo, Josefina, me decía, porque si algo tenemos que aprender alguna vez las mujeres es a teñir la ropa de negro.

—¡Dígamelo! —le gritó mi madre al oficial, y este tiró el tricornio al suelo para socorrerla, porque antes de que lo dijera ya empezaba a desvanecerse.

Cualquiera estamos a una llamada, a una carta o a una visita inesperada de que todo estalle por los aires. Todo. Porque a papá se lo había llevado la sirena de su cuento.

—Que lo han matado, señora. A su marido. Unos milicianos anarquistas han sido.