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El cartero del barrio es un chico hablador.
—¡Buenos días, señora! —saluda a Josefina frente a la puerta.
Siempre lleva su gorrilla ladeada, su cigarrillo, y cuando sonríe se le arquea el labio superior, tal vez debido a que naciera con labio leporino.
La mujer ha estado tentada de preguntarle alguna vez, Oye, Ramón, y eso de ahí ¿es de nacimiento?
, pero nunca se ha atrevido, tanto le cuesta escapar de los límites de la prudencia, una palabra de más, un gesto de aprecio.
En Elche, aunque no lleve mucho tiempo en la ciudad, dicen que no suele ser mujer que se prodigue en las conversaciones.
—No sabe qué mañana llevo, señora —le ofrece la carta a Josefina—. ¿Qué le pasa a la gente? ¿Tantas cosas tiene que decirse?
Le da ternura este muchacho, que una vez le contó que su padre fue héroe de guerra y que por eso el gobernador civil de la ciudad lo colocó de cartero.
Lo contaba así, el pecho hinchado, el ardor patriótico en su labio leporino, la pe de padre resonando, Él, mi padre, y Josefina lo oía sin decir palabra, pensando, Sé cómo te sientes, Ramón, pero guardó silencio, porque en su boca la pe de padre tal vez no resonaría de la misma forma, porque quizá no había patria ni orgullo en sus palabras, por todo lo que hubo de venir luego; y se limita a asentir, diciendo, Vaya por Dios, mientras se apresura a despedirse del cartero, Que te vaya bien, Ramón, hala, adiós.
La carta de esta mañana tiene el nombre de Vicente Aleixandre en el remitente.
La abre. En la mesa del costurero ha dejado, a punto de terminar los remates —el bajo cosido a mano, los ojales ribeteados, la cinturilla, el dobladillo del forro—, un vestido para las Valcárcel.
Lo ha acabado en apenas unos días, a tiempo para que luzca en la inauguración de la temporada de primavera, que, tal y como le contaron las hermanas, habrá de ser ese fin de semana, con un pase de modelos al que ella, por supuesto, no está invitada.
Querida Josefina:
Las gestiones con la editorial argentina Losada siguen su curso, a falta de terminar de acordar los pormenores del contrato.
He tenido carta de mi amigo de América, Dámaso Alonso, con quien he resuelto la forma en que haríamos llegar los documentos a Argentina: yo le mandaría lo que usted me envíe para que él lo remita a los editores.
Pero si le escribo no es por eso, sino por una buena noticia que he recibido; he hablado con señor Sainz de Robles, que es el asesor literario de la editorial Aguilar, y me dice que Aguilar también estaría dispuesta a publicar a Miguel, poesía y teatro, con una tirada mayor que la de Argentina y, por lo tanto, con mayores beneficios de derechos de autor.
¿Cuál sería el inconveniente de Aguilar?
Que lo editarían todo menos los libros de la guerra, que no se pueden publicar en España.
Le tocará a usted tomar la decisión, si una u otra.
Le recuerda siempre con afecto, su amigo
V ICENTE
Hace una pausa en la lectura para interiorizar los datos.
Los avatares de su vida, así como la oportuna ayuda de don Vicente, la han familiarizado con conceptos que una humilde costurera de Orihuela no estaba llamada a dominar, como si ella se hubiera empeñado en la vida en ir en sentido contrario por la carretera.
Derechos de autor. Editorial. Tirada. Aleixandre lleva un tiempo movilizando todos los recursos a su alcance, así como los favores que tuviera pendientes de cobrar, como el de Dámaso, para poder conseguir que se publiquen las obras de Miguel como si de su agente editorial se tratara.
Al terminar de leer la misiva, Josefina deja la carta sobre la mesa y la contempla unos instantes, como si la letra pulcra del poeta pudiera seguir hablándole después de la fórmula de despedida.
Se levanta y da algunos pasos perdidos por el cuarto de costura.
Piensa en Miguel. Lo mira, su retrato, el de Buero Vallejo, que es como si volviera a decírselo como aquella vez, Guarda bien estos originales, Josefina, con su voz tierna, que es como si se lo dijeran también los Migueles que cuelgan por las paredes de esta casa ilicitana.
Guardarlo, sí, vale, les contesta, pero ¿y publicarte, Miguel?
No me dejaste instrucciones, Miguelico, hijo.
¿Se te puede publicar dejando a un lado tu poesía de guerra como propone esa editorial madrileña?
Da otro par de pasos. ¿Se te podría leer ahora sin saber que una vez fueses el viento del pueblo?
¿Te puedo partir en dos, Miguelico?
Se para ante el dibujo, escrudiña los trazos a carboncillo. Le pregunta, ¿No quieres hablarme ahora?
Silencio.
Esa mañana termina de rematar el vestido para las Valcárcel. Sale a la calle cargada con la bolsa con el traje debidamente planchado. Antes de entrar en la tienda de modas se para a leer el cartel que luce en el escaparate, bajo el rótulo de MODA PARISINAEN ELCHE . Reconoce un nombre.
Plaza de toros portátil de
Albatera, Alicante
Sábado 15 de abril de 1950 a las 5 de la tarde
Tomará la alternativa como matador el novillero
Tomás Santamaría
acompañado de su respectiva cuadrilla
Lidiará 3 bravos novillos de
ganadería de José María Lancha
La ilustración ocupa la mayor parte de la composición.
Se fija en los detalles, el novillero firme y seguro ante el toro, con el capote rosa formando un arco perfecto, flotante, el astado, negro y serio, que embiste con el pitón adelantado y una nube de polvo pintada a sus pies.
El resto del cartel está adornado con pequeños ribetes negros y una franja azul al pie que anuncia «Fiesta grande» con letras inclinadas.
A Josefina nunca le han gustado los toros.
Sufre por el animal, siente que las banderillas o el estoque se lo clavan a ella.
No le atraían ni siquiera cuando Miguel escribía de toreros para la enciclopedia Espasa y volvía de Madrid contando anécdotas de Belmonte o de Dominguín, o de matadores de los que nunca había oído hablar.
—Buenos días, señoras. —Lleva las manos ocupadas y por ello entra empujando con el hombro la puerta acristalada del local.
Tras unos segundos, No, puedo sola, no se preocupe, Josefina cierra tras de sí la puerta y se dirige con el par de bolsas de tela hacia el mostrador.
—¿Son todos los que te habíamos pedido?
—Todos —responde Josefina—. Y el sábado que viene les traigo los de las comuniones. Ya lo tengo adelantado.
La hermana mayor le sonríe, dirigiéndose al mostrador.
Lleva maquillaje profuso en el rostro, un moño apretado y un vestido en el que podrían entrar dos o tres de las maniquíes del escaparate.
Ay, pues menos mal, dice, Este año nos han salido más encargos que nunca.
Abre la caja de caudales y el metal emite un chasquido seco.
Josefina coge el dinero doblando los billetes por la mitad y se los guarda en el bolsillo interior del delantal, a refugio.
Así los ocultaba su abuela Gertrudis, o en el sujetador, haciendo luego el gesto de acomodarse los pechos.
Bueno, hasta la semana que viene. Se despide de las mujeres y da media vuelta hacia la puerta, pero hay algo que la ha dejado pensativa.
Vacila. Con la mano apoyada en el tirador, mira el cartel, la verónica detenida, el novillero con gesto y semblante de diestro experimentado.
—Al novillero de ese cartel, ¿lo conocéis? —pregunta, señalándolo.
—¿A Tomás Santamaría? —responde la menor de las hermanas frente a la estantería de los complementos—. Claro que sí, mujer.
—Es un joven muy conocido de Elche. —La mayor asoma entre las cortinas del almacén—. Un partidazo que, por lo visto, se va a llevar una chica ingenua.
La menor ríe, ¡Tan ingenua no será si lo ha cazado!
, mientras coloca un bolso de piel en uno de los anaqueles.
Josefina se siente tentada de decirles que la conoce, a Angelita, que le está haciendo un vestido para esa ceremonia en la que él habrá de pedirle matrimonio, y que le descubrió un cardenal bajo la axila que la chica excusó diciendo que fueron unas cosquillas, pero que ella sabe que un hematoma así no se produce a la ligera.
Está a punto de comentarlo, de poner en sus labios esa palabra, contusión o moratón, o cardenal, pero no se atreve, y lo único que acierta es a preguntar:
—¿Y a esa chica se la ve enamorada?
Las hermanas responden al unísono, ¡Uy, sí!
, y entonces Josefina vuelve a despedirse para salir a la calle manoseando el delantal, en cuyo bolsillo interior se encuentran las treinta pesetas que le han pagado por los encargos, y que apenas le dará para llenar la despensa.
Rumia algo para sí, pensando aún en Angelita, hasta que de camino al mercado espanta el pensamiento repasando la lista de la compra.
Media docena de huevos, legumbres, medio kilo de manteca, tocino, algo de carne o boquerones o bacaladilla seca, que a Manolillo le encanta, con ese apetito voraz que ha heredado de su padre.
Vuelve a casa para seguir cosiendo en el taller.
Se afana en uno de los vestidos de comunión, alisa la organza, hilvana el pliegue del canesú y repasa con una puntada diminuta el encaje que bordea las mangas.
En esas telas pondrá todo el esfuerzo de la semana, ojos gastados, manos callosas, las reprimendas con las que le hará saber al hijo que no debe despistarse en la escuela.
Varios días después está tan absorta en la costura que solo oye el sonido de la puerta al segundo timbre.
—¿Quién es? —pregunta al otro lado.
—Soy Tomás Santamaría, señora.
Tras unos segundos de titubeo, se decide a abrir. El novio de Angelita es tal y como lo había imaginado: porte de galán, pelo hacia atrás, bigotillo.
—Buenas tardes, señora...
El novillero da un paso adelante y posa la mano en el marco de la puerta. ¿Querías algo? No responde. De pronto se ha hecho grande.
—He oído que anda usted preguntando sobre mí en Elche, ¿no?
Josefina levanta el mentón. Algo le da mala espina, un recuerdo antiguo, quizá.
Demasiados hombres han aparecido en su puerta con ese mismo gesto.
Josefina nota el pulso acelerado en las muñecas, un calor súbito en las mejillas.
Piensa en Angelita, en el cardenal escondido, en las palabras que no dijo al excusarse con aquello de las cosquillas.
—¿Yo?
Ella es experta en eso, en el rastro de las palabras que nunca se han pronunciado.
—Sí, usted.
Se miran. Josefina se esfuerza por no bajar la mirada.
—¿Acaso no puedo preguntar por uno de los toreros más prometedores de Alicante? Eso dicen de ti, ¿no?
El joven esboza una media sonrisa.
—También sé que a Angelita le ha preguntado a cuenta de alguna marca que le dejé en un jugueteo de forma fortuita, por supuesto...
Josefina no responde. Entonces da un paso atrás. El novillero da otro hacia adelante.
—Y, ¿sabe, señora? Venía por si tenía usted alguna pregunta más sobre mí, ya que parece que le intereso tanto.
La mujer sigue en silencio.
—Puedes pasar adentro y me cuentas con una taza de café —lo reta ella.
Entonces él recula.
—No, no es necesario —responde el aspirante a torero—. Solo quería decirle algo. Yo no sé si es costumbre de las costureras meterse donde no las llaman, pero déjeme pedirle que se dedique a lo suyo, el vestido para mi novia que mi suegra ha contratado. Y a nada más.
Josefina aprieta los puños a la espalda. No aparta la mirada. ¿Le habrá contado algo Angelita?, se pregunta. ¿O habrá reconocido quién es ella, quién su hijo, quién el retratado en el dibujo de Buero Vallejo?
—¿De acuerdo, señora?
El novillero se pasa las palmas de las manos por las sienes para alisarse el cabello.
Como buen torero domina la escena; cambia de postura y vuelve a dar otro paso hacia adelante, a un palmo de la costurera.
Josefina aguarda con las babuchas plantadas en el suelo del zaguán.
Tomás Santamaría no es el primer hombre que llama a su puerta para dirigirse a ella con el tono de las amenazas.
Los recuerda a todos: al secretario judicial de Orihuela, a los guardias civiles de Callosa, tipos que entraron en su casa despreciando a su moradora y buscando lo que su marido había dejado en este mundo, todo aquello en lo que él vivía, poesías, cartas, libros, porque para el régimen, sabe Josefina, una cosa es morir y otra cosa es morir de verdad.
—Así que ya sabe, señora —sentencia Tomás Santamaría tras un silencio—.
Usted a su costura. No querrá que sea yo el que me entrometa en sus asuntos.
Por ejemplo, en quién es ese marido suyo que le escribía poesías de amor y del que me ha hablado Angelita.
Siempre he oído eso de que de los poetas hay que fiarse poco, ¿sabe?
—No se ha quitado la media sonrisa, no todavía—. Incluso de los que ya están muertos.