Tu risa me hace libre 19
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Josefina, hace unos días le escribí a tu padre para saber de ti.

Comprenderás que no me guía otro interés que el de enterarme si puedes continuar tus relaciones conmigo.

Quiero que seas sincera: si has dejado de pensar en mí y no te preocupa nada mi persona, dímelo.

Yo, por mi parte, siento que entre nosotros haya ocurrido lo que ocurrió.

Estoy arrepentido y sé que tengo toda la culpa.

Te confieso que he tenido una experiencia muy grande aquí y que me encuentro muy solo.

He sabido que mujeres como tú hay pocas y he apreciado más tu valor de esta manera.

Dime, por favor, si puedo contar con tu apoyo en mi vida, ¿me escribirás pronto?

Con mi mejor afecto y respeto,

M IGUEL

Leí su carta, la primera que me escribió en varios meses, recostada en la cama habiendo expulsado de la habitación a mis hermanas.

Volvieron a mí las dudas: ¿le respondía o bien guardaba la carta en un cajón y dejaba que el tiempo pasara devolviéndole su silencio con la misma moneda?

Releí una y otra vez aquella misiva, volviendo a buscar en lo que Miguel no decía qué quería decir en realidad.

Aprendí a leerlo así. Lo veía algo triste.

¿Dónde quedaba su ímpetu? ¿Dónde su desbordante alegría con la que siempre me escribía?

Que se encontraba muy solo. Que había sabido de mujeres. Que ninguna era como yo.

Todo eso me decía.

—Hasta me ha pedido una foto, madre —le dije a mamá uno de aquellos días.

—Venga, coge un lápiz y escríbele. —Me sonrió.

Ella apostaba por que le diera una oportunidad. También papá.

A veces hay que hacerles caso a las madres. A veces, no: siempre.

Así fue como llegó la primavera. Cuando salí a la calle resplandecía el sol de Orihuela.

Mamá me había ayudado a peinarme con una trenza baja que luego recogimos en un moño sujeto con horquillas, y yo misma me maquillé, apenas unos polvos sobre las mejillas y un poco de carmín en los labios, el toque justo, ni más, ni menos, para no salirme de los límites de la prudencia, del recato, pero lo necesario para que realzara aquello sobre lo que Miguel no iba a tardar en hacer metáforas de nuevo, mi pelo como un rincón de la noche, mi nariz copiada de Venus, mis ojos negros, mis cejas como dos puñaladas de carbón fino.

Miguel volvía al pueblo para la Semana Santa y el homenaje a Ramón Sijé y yo me ofrecí a esperarlo en la estación.

Ahí estaba, atolondrado, con su maleta de cartón.

Advertí entre el gentío del andén cómo al verme se le iluminó el rostro.

Intenté controlar el pulso y la sonrisilla nerviosa.

¡Qué guapa estás, nena!, exclamó al verme, y luego me hizo girar como la bailarina de una cajita de música.

—Ay, para, zalamero.

Le gustó tanto aquel vestido que llevaba, con flores y la falda como si quisiera echar a volar, que decidí hacerle una corbata con la tela que me había sobrado al coserlo.

—¿Y cómo estás, nena? —Zapateaba con la suela de sus esparteras—. ¡Cuéntame, vamos!

Qué lejana quedaba aquella bofetada que le propiné cuando, Raptor intrépido de un beso , intentó Libarme la mejilla , como él escribiría en un soneto, uno de los que iría en El rayo que no cesa . Al salir de la estación me habló precisamente de ese libro:

—Tengo un regalo para ti, mi Josefinita. —Sonriente, echando mano a un bolsillo interior del gabán.

Era uno de los primeros ejemplares del poemario.

Lo cogí y le di un par de vueltas al librillo antes de que él me pidiera que lo abriera por el principio.

Mucha gente me ha preguntado por ese libro, gente morbosa quizá, o malintencionada, como si quisiera convencerme de que Miguel me mintió cuando me miró a los ojos y me dijo:

—¿Te acuerdas que te prometí dedicártelo en cuanto saliera? Pues está dedicado a ti, aunque no ponga tu nombre. —Me lo señaló y leí la dedicatoria, que decía, A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya.

Lo miré, pensando de pronto en todos los meses que habíamos estado separados, aquellos en los que habría escrito decenas de poesías como aquella que Ramón Sijé, que en paz descanse, copió a escondidas y me dio a leer en su despacho, aquella en la que decía tener una querencia por mi acento, una apetencia por mi compañía, o por la de otra, con todas aquellas contradicciones que, tal y como me explicó su amigo, podían advertirse tras la lectura del poema.

Cavilando sobre lo que sentí en aquel despacho de Tejidos Alhambra le pregunté:

—¿Y dices que este libro va dedicado a mí?

Él asintió sin apartar la mirada. Con sus dientes blancos seguía sonriendo, tal vez sin atisbar aquellas dudas de las que yo todavía no me había desprendido, o podado, como una maceta a la que aún no se le han arrancado las malas hierbas.

Nos habíamos parado frente a las escalinatas que subían a la estación y un buen número de viajeros cargaban con sus maletas y tomaban distintas trayectorias en el callejero de Orihuela.

—Sí, nena —me respondió, seguro—. Todos los versos de este libro son de amor y los he hecho pensando en ti, menos unos que van por la muerte de Pepillo.

En ti, mi nena querida. —Me acarició la mejilla, suave, sensual, y yo no me aparté—.

Por eso no son solo poemas de amor, también hay culpa, pena y muerte. Pero ahora todo queda atrás.

Entonces debió de advertir mi gesto, porque si algo he sido siempre es más transparente que el agua.

—Créeme, nena.

Volví a mirar al gentío. Di un paso atrás. De pronto titubeé.

—Me has hecho daño, Miguel. Mucho.

Agaché la cabeza para hundir la mirada en el libro.

Leí otra vez la dedicatoria. No recordaba exactamente de qué promesa hablaba, pero sí tenía un recuerdo vago.

Se supone que durante nuestro primer noviazgo comenzó a escribir nuevas poesías amorosas que, me decía, serían muy distintas a las de Perito en lunas , muchas de las cuales me dio a leer.

El libro se titulará Imagen de tu huella , me confesó alguna vez, y cuando salga te lo dedicaré.

Finalmente, la imagen fue el rayo y sí, algo así me explicó, o tal vez, a fuerza de querer creerlo, me convencí de que alguna vez me lo dijo, que iba a dedicármelo, y que más de un año después, frente a la estación de Orihuela, vino a sorprenderme con que había cumplido la promesa.

Miguel volvió a sonreírme. Quizá fue un intento de que esa sonrisa me devolviera el cosquilleo de aquellas viejas mariposas, con las que yo moría de amor no hacía mucho.

Pero, al igual que yo sabía leer qué no decían sus palabras, también había aprendido a discernir qué no mostraban sus gestos.

Se moría de ganas por que le dijera que sí.

Eso me decía. Y tenía miedo, quién sabe si a que mi rechazo le cerrara inevitablemente la puerta de los castillos que había edificado en las nubes desde que accedí a reanudar nuestra correspondencia.

Entonces insistió, otra vez con la mano en mi mejilla:

—Siempre he pensado que había obrado muy mal contigo, y te pediré perdón toda mi vida, Josefina mía, si es preciso y tú lo quieres.

¿Sabes? Vicente Aleixandre me preguntó hace unos meses qué era el amor para mí.

Y no supe qué responderle. Tal vez todo lo que he hecho desde entonces haya buscado un único fin: contestar esa pregunta.

Y no sé si la he encontrado, te voy a ser sincero.

No te voy a negar que lo he intentado en Madrid, pero han sido todo fuegos de artificio.

Que he conocido a otras mujeres, pero he visto la diferencia enorme que hay entre ellas y tú y te prefiero a ti sobre todas.

Tú vales más que ninguna: eres sencilla, buena, honrada, y tienes todo lo que yo puedo y quiero exigir a una mujer.

Y era recordarte y el corazón me devolvía a cuando empecé a escribirle al amor, a esos poemas que le siguieron al primer soneto que dejé en tu mano.

No sé si llegaré a entenderlo algún día, Josefina, qué es el amor.

Pero contigo al lado creo estar más cerca. Y tal vez con eso me valga.

Me miró. Nos miramos. El gentío eran mariposas en torno a los dos.

—¿Qué me dices, nena?

Y el silencio duró diez o veinte años, de tal magnitud lo recuerdo ahora, denso, terroso, lleno de dudas, hasta que algo me empujó a decir sí, aunque en realidad no dije nada porque tampoco hacía falta, solo giré el codo para que me cogiera del brazo y le hice un gesto para que anduviéramos y dejáramos atrás la estación para dirigirnos quién sabía dónde, a la calle de Arriba, a la glorieta de Gabriel Miró, a la plaza Mayor, a veinte o treinta o cuarenta años después, y en algún momento de aquella caminata me detuve y me lancé a besarlo.

Me he preguntado muchas veces qué habría sido de mí de haberlo dejado ahí plantado en la estación, de no haberle cogido del brazo, y aquellas dudas me llevan siempre a ese recuerdo, que guardo como si lo hubiera vivido hoy mismo: aquel trayecto que no llevaba a ninguna parte, Miguel a mi lado, sin dejar de bromear, ¿Y aquel loro, nena, qué habrá sido de él?

, y yo volví a darme cuenta de que nadie me hacía reír como él.

Tal vez por eso lo besé. Quizá porque esa era mi definición del amor: la risa.