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Algunos días más tarde, ya algo más repuesto de la paliza, decidí escribirle al único guardia civil bueno que conocía, a Manuel Manresa Pamies, el padre de Josefina, determinado, como estaba, a que a mi vida volviera a aquello de lo que tan torpemente yo había prescindido: el amor puro y sencillo, las formas que del querer dibujaban la promesa de un hogar, la casa, el hijo.
Todo eso de pronto me llamaba, y a mí me resultaba a ratos entre hiriente y esperanzador: ¿cómo era posible que ansiara ahora volver a Orihuela?
, me preguntaba, con todo lo que había renegado de mis raíces, de su treintena de templos, de sus gentes en apariencia decente, de mi padre.
Es curioso cómo tiran de uno la tierra y la sangre por mucho que caminemos en dirección opuesta, como si al final la patria que nos han vendido no fuera más que una invención, y en realidad fuera algo mucho más sencillo: el rastro del acento en los labios, el trazado urbano hacia casa de los abuelos, el territorio de la nostalgia.
Todas aquellas preguntas que yo me hacía tal vez se resumían en una sola, aquella que enunció mi buen amigo:
¿Qué es para ti el amor, Miguel?
Fue precisamente la búsqueda de respuesta lo que me empujó a echar al buzón esa carta, de la que recibí contestación solo unos días después, ya en febrero de 1936, el mes de las elecciones para el Gobierno de la República y de la victoria del Frente Popular.
Estimado amigo:
Recibida tu atenta carta, es mi deber contestarla.
En lo referente a si mi hija sostiene relaciones con algún hombre, puedo certificarlo en sentido negativo.
Respecto al perdón que imploras, no lo creo justificado, ya que a esta casa ni a sus moradores has inferido daño alguno, pero si es lo que necesitas, yo te lo otorgo, sincero e imparcial.
Lo que mi hija y tú habléis quedará en el carácter privado de los dos.
Te estrecha la mano,
M ANUEL M ANRESA P AMIES
Era todavía invierno y hacía frío, pero a mí se me adelantó la primavera, ¡ay, Miguel!
, me dije, y corrí a sentarme en el escritorio para que, una vez más, me salvara lo que mejor sabía hacer en el mundo, que a día de hoy no sé si es lo único, o si hay algo más.
Le respondí a don Manuel con mi más sincero agradecimiento y luego escribí a Josefina esperando poder retomar nuestra relación epistolar, como así hicimos.
Por aquel tiempo yo aguardaba con ansia resolver los asuntos de la enciclopedia taurina —viajé a Puertollano, a Albaladejo, a Valdepeñas, para seguir la pista del Tempranillo, de Domingo Ortega, del Niño de Tomelloso—, y terminar una nueva misión pedagógica con la que me había comprometido antes de volver a Orihuela para las vacaciones de Semana Santa y el homenaje a Ramón Sijé.
Quizá a fuerza de añorar a Josefina me privé de apreciar cómo en aquellos meses Madrid se volvía irrespirable.
Hoy soy capaz de advertirlo echando la vista atrás: el ambiente en ebullición, la polarización política, la violencia en las calles, todo mientras yo volvía a escribir sobre el amor y las flores y las nubes.
A comienzos de abril asesinaron a tiros al juez Manuel Pedregal, que había condenado a cadena perpetua a uno de los falangistas presuntamente implicados en el atentado al jurista Jiménez de Asúa.
Algunos días después, la tensión se acrecentaría durante los actos de celebración del aniversario de la Segunda República, cuando, al paso de la Guardia Civil, jóvenes socialistas abuchearon a la comitiva vociferando ¡Fuera, fuera!
, y el alférez Anastasio de los Reyes se enfrentó a los manifestantes al grito de ¡España, España!
, lo que concluyó en un tiroteo que hirió mortalmente al agente.
La violencia no cesaría ahí, porque la posterior refriega durante su entierro se saldó con un balance de doce muertos y un gran número de heridos.
España empezaba a convertirse en un arma en la boca de unos, en un blanco en la de otros, pero yo solo podía pensar en reencontrarme con Josefina.
Fue el Jueves Santo. Sonaba el silbato del tren.
¡Próxima estación, Orihuela!, anunció el revisor a los viajeros que abarrotábamos el coche de tercera, muchos, como yo, sentados en el pasillo o agarrados a los topes.
La Pascua siempre traía ese bullicio, el ir y venir de la ciudad a los pueblos, y por ello, al bajar las escalinatas y hacerme un hueco con mi equipaje, me costó encontrarla entre toda la maraña de viajantes que cargaban con sus maletas y sus asuntos, hasta que la vi, tan hermosa, tan radiante, aguardando en el andén con el pelo recogido y un precioso vestido de flores que, confieso, sigo recordando vivamente porque esa fue una de las últimas veces que la vi con algo de color.
Después de todos los vaivenes, después de los amaneceres de aquel Madrid rutilante, de sus luces y su maquillaje y los habanos y los chotis, después de todo aquello, ahí estaba ella, al fin.
Otra vez ella.
—Hola, Miguel —me recibió.
E hizo la luz solo para mí, mi Josefinica.