Tu risa me hace libre 18 #2
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Llegué a Madrid en un viejo tren de cercanías y no me dirigí a la pensión de Vallehermoso, donde pernoctaba, sino a la calle Marqués de Urquijo, en la que vivía un matrimonio que, pensé, era el único que podía entonces ayudarme.

Llamé al timbre de aquella enorme casa. Desde hacía algún tiempo venía dándole vueltas y fue como si aquella detención humillante hubiera terminado por decantarme, como una palanca, ¿Hola?

, como si necesitara que me dieran una paliza para comprender al fin que aquel abuso de poder, que aquellas injusticias que tenían el rostro de un niño rubiáceo de Brincones o de un maestro desencantado solo había una manera de combatirlas.

—¿Miguel?

O eso creí yo entonces.

—Hola.

Bajo el marco de la puerta, María Teresa León se llevó la mano a la boca.

—Ay, hijo mío, ¿qué te han hecho?

Segundos después, Rafael Alberti se asomó al zaguán y se apresuró a invitarme a pasar, Mushasho , pero pasa, ay, te han dejado hecho un Cristo, acompañándome a un diván, y me dieron agua, y luego una taza de ese café que se olía en la cocina.

Era un hombre magnético, como un brazo de mar en Madrid, de mar gaditano, y su presencia era salina y arenosa, con esa voz que parecía cantar más que hablar, melódica, saetera.

—¿Qué ha pasado, Miguel? —me preguntó María Teresa, sentada frente a mí.

Di un trago. Tras ella había una estantería enorme repleta de libros y algunas figuras de cerámica que se retorcían de surrealismo.

Sobre un fondo azul ultramarino, y sin apenas marco que la encuadrara, una figura femenina tenía el rostro dividido: una mitad carne; la otra, papel.

La pintura podría haber estado firmada por Maruja, pero caí en la cuenta de que de ningún modo podía ser suya por todo lo que había pasado entre ella y Rafael, de lo que me dio cuenta Aleixandre.

Nos habríamos entendido a la perfección, Alberti y yo, sobre el poso que Maruja dejaba, pero no estaba yo ahí para hablar de ella porque me había decidido obstinadamente a olvidarla.

—Ayer me detuvieron cerca del Jarama sin razón alguna.

Iba sin documentación, sí, pero ninguna otra razón había para que me dieran una paliza.

Fue la Guardia Civil, dos tipos a los que les olía el aliento a alcohol y que apenas supieron escribir sin faltas de ortografía el atestado policial, ¿os lo podéis creer?

María Teresa negó con la cabeza y Rafael lanzó un exabrupto, ¡Hijos de puta! Será él quien organizaría a todo el círculo literario de Madrid para publicar un comunicado en el periódico El Socialista, al que se sumaron Lorca, Cernuda o Juan Ramón:

¡Protestamos de la vejación que representa abofetear a un hombre indefenso!

Protestamos de esta clasificación entre señoritos y hombres del pueblo que la Guardia Civil hace constantemente.

En este caso que denunciamos, Miguel Hernández, uno de nuestros poetas jóvenes de más valor, fue detenido y golpeado sin garantías mientras pasaba el día a orillas del Jarama.

El traje humilde de nuestro amigo llevó a los agentes a tratarle con desprecio.

Pero ¿cuántas arbitrariedades tan estúpidas y crueles como ésta se cometen a diario en toda España sin que nadie se entere?

Protestamos, en fin, de esta falta de garantías que desde hace tiempo venimos sufriendo los ciudadanos españoles.

—Pero no vengo solo para contároslo —les dije tras darle un sorbo al café humeante y sentir su calor bajar por el esófago.

Alberti, frente ancha, el pelo naciéndole en las estribaciones de una marisma, barbilla tensa, sutilmente trazada, se cruzó de piernas. Lo miré. Tras él había otro cuadro surrealista, Caín muerto y fugitivo Abel, o eso creí interpretar en aquellos trazos.

—Dinos... —Me hizo un gesto.

Luego la miré a ella, rostro afable, pómulos redondeados.

—Quería deciros que estoy con vosotros —dije—. Que lo he comprendido todo.

Rafael y María Teresa asintieron. Ambos dirigían la edición de la revista literaria Octubre , la más revolucionaria y cercana al comunismo de cuantas se editaban entonces en la capital, y por toda la ciudad eran conocidos por cantar La Internacional y levantar el puño derecho y pronunciar ardorosos discursos llamando a la revolución proletaria, como aquellos que fui a ver alguna vez.

Entonces, en el salón de aquella casa de la que no tardarían mucho en despedirse —vivirán en el palacio de los condes de Heredia Spínola cuando empiece la guerra, en la que sería la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas—, María Teresa se incorporó del sillón para apretarme la mano y con su voz dulce decirme que sí, que los tenía a ellos, mientras Alberti se puso en pie para con un par de palmadas celebrar mi adhesión a la causa.

Así fue como ocurrió, y me despedí de ellos no sin antes prometerme que harían saber a la opinión pública qué es lo que me había ocurrido, ¡Adiós, Miguel!

, en lo que luego sería aquella proclama de El Socialista , a la que me he referido ya, ¡Adiós!