18
—Eh, ustedes dos, ¿qué hacen ahí?
Al oír aquellas voces, levantamos la vista del cercado de madera y miramos hacia el camino. Más allá pastaban vacas y un toro se pavoneaba con sus pitones entre su harén. Maruja estaba a mi lado. Para entonces ya no había palabras entre los dos.
—¿Cómo?
Eran dos guardias civiles, capa, tricornio y carabina al hombro, que nos encontraron por el camino agreste que conducía desde los prados hacia el río Jarama.
El chisme no tardó en llegar a Orihuela avivado, quizá, por lo pintoresco del protagonista, que era yo, Miguel Hernández, y del momento y el lugar, el día de Reyes, a las afueras de Madrid
—Nada, aquí estamos por gusto, ¿pasa algo? —le respondí con una sonrisa.
Josefina me lo diría semanas más tarde cuando reanudamos nuestra relación epistolar: que no se había enterado de este suceso, aunque a mí siempre me quedó la duda de si en realidad lo sabía y se había hecho la ignorante, como en otras tantas cosas que en aquella etapa madrileña mía sucedieron.
Los guardias civiles se miraron. Advertí cómo el oficial apretaba la correa de la carabina.
—¿Qué te hace tanta gracia, eh? —me dijo, y se dirigió a Maruja—. ¿La está molestando este harapiento, señora?
Era el día de Reyes, decía. Yo apenas había tenido compañía durante las fiestas porque Vicente se había ido a visitar a la familia y Pablo andaba de aquí para allá.
Además, a mí esas fechas, más que alegrarme, me desnudaban el ánimo, que seguía siendo muy bajo tras la fatal noticia de la muerte de mi amigo, y por eso no me apetecía salir de la pensión, porque, a poco que habitara los recuerdos de las Navidades, habría de habitar un vacío.
Por el cinco de enero, / para el seis, yo quería / que fuera el mundo entero una juguetería, habría escrito, Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras; / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras.
—Vente, Miguel. Te hará bien —me animaría Maruja.
Ocurrió en San Fernando del Jarama, un pueblo muy próximo a Madrid, adonde varios amigos decidimos ir de excursión.
Al grupo se nos unió un tipo al que acababa de conocer, Alberto Fernández, a quien apodaban el Mezquita.
Maruja Mallo enseguida se interesó por él.
Me di cuenta al dejar atrás Vallecas. Yo cargaba con la cesta de pícnic y Benjamín Palencia con un par de botellas de vino peleón.
Los demás charlaban animosamente a nuestra espalda, íbamos nosotros delante.
Le hablaba al pintor de mi libro de poemas, El rayo que no cesa , que estaba a punto de salir a imprenta y de cuya edición habían quedado muy satisfechos Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, quienes lo iban a publicar en su revista Héroe .
Por suerte había estado a tiempo de añadir en el poemario mi «Elegía a Ramón Sijé».
Eso mismo le contaba a Benjamín cuando de pronto, por el rabillo del ojo, vi a Maruja charlar con ese tal Mezquita, que era gallego como ella, afiliado a un sindicato filotrotskista y hombre de arte, aunque sin mucha actividad conocida: un poco de literatura, un poco de arte plástico, otro poco de música, ya se sabe.
Me di cuenta enseguida. A esas alturas sabía muy bien distinguir en Maruja esa mezcolanza de gestos, porque eran los mismos que me había dedicado la primera vez que nos vimos en la Casa de las Flores: la sonrisa pícara, la mano tocándose el pelo, el brillo de la mirada, en sus mejillas un ardor y una sugerencia.
A su lado, el Mezquita caminaba con pose varonil, llevaba un pañuelo anudado al cuello, gabán y las manos en los bolsillos.
Se sonreían. Hablaban de Galicia, pude oír, del grupo de intelectuales que tenían en común y que veraneaban en la localidad pontevedresa de Bueu, de añorar la tierra, porque entre los que veníamos de provincias surgía siempre una especie de camaradería apátrida, como si Madrid fuera el lugar de todos y también el de ninguno.
—Que te iban a incluir la elegía, ¿no, Miguel? —me preguntó Benjamín.
Eh, sí, sí, respondí, volviendo a la conversación con el pintor, aunque no tardé en regresar a la estampa que mostraban aquellos dos tortolitos, a los que estuve observando toda la jornada mientras ella apenas me hacía caso y me consumían los grillos que comenzaron a cantar dentro de mí.
Fue entonces cuando, al empezar a recoger el pícnic, le pedí que me acompañara, que quería que habláramos a solas.
Maruja asintió. No quise mirarla a los ojos por si descubría alguna de esas muecas suyas, tan expresiva como era.
Cogimos la vereda hacia el río y dejamos atrás al grupo, entre los que se había encendido una acalorada discusión política —se había anunciado la candidatura a las elecciones generales del Frente Popular, esa amalgama de izquierdas que lideraba Azaña y que pretendía conducir de nuevo a la República a la senda del progresismo—, en la que yo apenas había intervenido por ese cricricrí.
Cuando los perdimos de vista, me atreví a hacerle aquella pregunta que no dejaba de rondarme desde que Vicente Aleixandre me preguntara en el jardín de su casa por qué buscaba yo el amor:
—Dime, Maruja, yo para ti soy solo un amigo, ¿no?
Llevaba semanas notando que ella había ido perdiendo poco a poco el interés en mi compañía, que ya no encontraba en mí lo que había hallado en la pasada primavera, donde en el prado rebosaban las flores y los nardos y en mí el arrojo del macho bravío.
Y eso que desde que terminé Los hijos de la piedra habíamos vuelto a vernos más a menudo para preparar la escenografía, a lo que se prestó entusiasta, como habría hecho en París con los dramaturgos de la bohemia francesa.
Naturaleza marrón, hojas muertas. Eso he pensado para tu obra, me decía.
Entonces Maruja rio, tierna, Ay, Miguel, y me acarició la mejilla sin decir nada, tal vez calibrando sus palabras, y esto quizá agudizó mi sensación de ultraje.
No hacía mucho había escrito algunos versos, Como el toro te sigo y te persigo / y dejas mi deseo en una espada , o también, Bajo su frente trágica y tremenda, / un toro solo en la ribera llora / olvidando que es toro y masculino, y ese era yo, y Maruja lo sabía, y levantó las manos y me enseñó el dorso, las uñas pintadas de rojo.
—¿Sabes, Miguel? A lo único a lo que me debo es a estas manos. —Parecía la diosa Deméter de La sorpresa del trigo , tres espigas en la mano derecha, tres brotes en la izquierda, la mirada azul—. No soy de nadie, solo de ellas, ¿comprendes?
Asentí. Volví a hacerme aquella pregunta de Vicente Aleixandre, que no dejaba de perseguirme: qué era para mí el amor.
Me di cuenta de que lo que quería era justamente eso a lo que ella se resistía.
Ser de alguien. Arraigar. Cavar un surco y sentarme a que germine la semilla.
Todo eso quería yo y ella no podía dármelo, lo supe.
En sus manos había alas y un camino de baldosas amarillas, pero no había hogar.
No dijimos nada. Levantamos la vista y contemplamos el prado en el que pastaban las vacas y un toro detrás de un cercado. Entonces piaron algunos pájaros lejanos, ella dio un par de caladas y yo tomé decisiones. Un par de minutos después oímos a nuestra derecha el alto de los dos guardias civiles.
—¡Su cédula de documentación, venga! —me gritó el oficial, cuyas voces sobresaltaron a la vaca que pastaba justo al otro lado del cercado, ajena a que en el mundo de los hombres existiera algo a lo que llamábamos autoridad.
Me eché mano a los bolsillos y les di la vuelta.
—Es que la he olvidado en casa —respondí.
Maruja había estado fumando, pero tiró el pitillo nada más verlos llegar.
A ver, repítelo, me pidió el oficial, cada vez más exaltado, y fue entonces cuando me di cuenta de que ella se alejaba.
La vi por el rabillo del ojo mientras uno me cogía de la chaqueta y el otro hundía sus manos callosas en mi cuello, como se rapa a las bestias.
—¿Te crees muy listo, eh? ¡Pues ahora te vienes detenido!
Poco después, en el cuartelillo de San Fernando, el puño del oficial se hundía una y otra vez en mi rostro, como si se empeñara en poner a prueba mi dureza, ¡pum!
, mientras el otro me sacudía con las llaves de la pensión a modo de puño americano, ¡pum!
, pero no me golpeaban ellos, sino Maruja, sino también Josefina, en la que había vuelto a pensar desde que me enteré de la muerte de Ramón Sijé, quién sabía por qué.
—¡Esto no es manera de tratarme! —me defendí a duras penas, en la boca el sabor ferroso de la sangre, un terrible dolor de cabeza, la humillación.
No fue hasta la noche cuando me dejaron telefonear a Madrid, y en cuanto vieron que le indicaba a la chica del cable que quería comunicarme con el consulado de Chile, que el cónsul, Pablo Neruda, era mi amigo, me dejaron en libertad.
—¡La próxima vez no te olvidas de la documentación! —me gritaron entre risas mientras me dirigía al apeadero del tren, la camisa hecha jirones, sangre reseca, la cara como un cuadro de Picasso.
Así salió Maruja de mi vida, a golpes, insultos, ultrajes, porque no he vuelto a verla desde entonces.
Lo último que he sabido es que se marchó a Pontevedra con el Mezquita, que allí los pilló la guerra y que intentaron huir a Portugal con una suerte dispar: ella alcanzó Lisboa pero él fue detenido y condenado a muerte.
A veces no sé si el Mezquita soy yo o era ese filotrotskista.