Tu risa me hace libre 17
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Ahí estaba Miguel, frente a mí, y me armé del valor suficiente: bajar la escalinata, rodear la columna, plantar los pies en el suelo y, mientras le ocultaba la mano, decirle:

—No te la doy porque no me quieres.

Miguel me miró, su mano abierta a medio camino del saludo, entre los dos un abismo.

Yo ya había llorado todo lo que se podía llorar y por eso me presenté ante él, junto a la columna del vestíbulo de la Casa del Paso, donde me esperaba, yerma como un barranco.

Eso sí, me había acicalado el pelo y coloreado las mejillas, porque lo último que pensaba perder era la dignidad, que me viera frágil, pálida, ojerosa.

Hola, ¿cómo estás?, me había dicho al verme, y yo asentí temiendo que las dudas que me provocaba su presencia terminaran con mi cuerpo dándose de bruces con el suelo.

Hola, lo saludé. Su recado me había llegado a través de Carlos Fenoll, que se presentó en casa para decirme, Él está aquí, en Orihuela, y yo, que apenas lo veía tras el marco de la puerta, asomada, a refugio, accedí a verlo, quizá por demostrarme que podía mirarlo a los ojos y mandarlo a freír espárragos, como suele decirse, o a hacer puñetas.

—No es cierto, Josefina —intentó explicarme, buscándome la mirada—. Querer, sigo queriéndote, pero todo ha cambiado y, si me dejas, puedo explicarte largo y tendido.

Era verano, finales todavía, y a Miguel el calor le empapaba la frente y la camisa de lino, y fueron esas gotas de sudor lo único que me atreví a ojear con la cabeza gacha.

También sus esparteras, que no mantenía quietas, jugueteando con la punta sobre el enlosado.

Una, la izquierda, la tenía casi desanudada, como era habitual en él, tan descuidado siempre.

A veces iba descalzo solo para no tener que atárselas. Le dije finalmente:

—No quiero hablar contigo, Miguel.

Porque ya lo conocía bien como para saber adónde era capaz de llegar con sus palabras, adónde con sus rimas, adónde con aquella forma de retorcer la realidad amoldándola a un verso endecasílabo.

¿Endecaqué?, le pregunté una vez en alguno de aquellos paseos en que se empeñó en enseñarme a leer poesía, porque sus escritos se me hacían siempre como un acertijo de esos de los pasatiempos.

Endecasílabos, Josefina, puntualizó, riendo, son versos de once sílabas.

Pero entonces el amor nos rebosaba, brotaba como los nardos, pero solo algunos meses después éramos como unos desconocidos, o peor aún, como unos adversarios.

Junto a la columna de la Casa del Paso, Miguel hizo un breve silencio y me insistió, ¡No seas tozuda, Josefina!

, lo que no hizo más que enrocarme, como el rey detrás de una torre en ese ajedrez que tanto le gustaba jugar a papá.

Negué con la cabeza y di algunos pasos hacia atrás mientras adentro acallaba esa maldita vocecita que siempre se empeñaba en decirme lo contrario de lo que pensaba, y fui yéndome, oyéndola, Tírate en sus brazos, oyéndola, No has deseado tanto otra cosa, y así.

Hasta que solté, no sé si para vencer a la voz, no sé si para espantar al poeta:

—Tráeme mis cartas y mis retratos, y no vuelvas.

Y sí, se fue.

Apenas salí el resto del verano salvo para ir de casa al taller o para visitar a los abuelos o para ir a misa, pero en absoluto a dar paseos o a tomar un helado, ni siquiera cuando el otoño llegó, con las hojas marrones debajo de los ciruelos, o de los naranjos, con los frutos haciendo su camino de madurez —también lo hacía yo, como la naranja, como la ciruela—, y luego llegó el invierno, recuerdo que llovió muchos días con fuerza, uno tras otro, como si el cielo se cayera, y fue un día cuando de pronto un chico se acercó a mí con un paraguas y se ofreció a protegerme de la lluvia, porque había salido del taller con el único refugio del envés de mi abrigo, sujetado por encima de la cabeza.

Lo reconocí: aunque nunca habíamos hablado, teníamos amigos comunes y alguna vez lo había visto en las misas o en las verbenas de Monserrate. Me dijo:

—¿La ayudo, señorita?

Y como chisporroteaba intensamente le dejé que me acompañara hasta casa, temerosa, eso sí, de que alguien nos viera.

—Pues muchas gracias, José Manuel —le agradecí, casi sin atreverme a dirigirme a ese chico flacucho y espigado al que todo el pueblo conocía como el Patagorda.

El Patagorda había sido novio de una conocida mía, Carmina, pero por lo visto no terminó muy bien aquella relación. Tal vez por eso se mostraba conmigo tan galante, a sabiendas de que un clavo saca otro clavo, como dice el refrán.

Le dijo al otro clavo:

—Y a una chica tan guapa como tú, dime, ¿cómo no hay un caballero dispuesto a sujetarle el paraguas todos los días que llueva?

Había usado el tono galante de las radionovelas, de Pedro Pablo Ayuso.

Contuve una mueca de rubor porque me hizo algo de gracia.

Era un buen chico por aquel entonces. Será luego, terminada la guerra, secretario del Juzgado de Orihuela, pero esa es otra historia que no viene al caso ahora.

Aquella tarde lluviosa no supe qué responderle.

¿Qué decirle?, me pregunto, si el último que me rondó terminó silbando en mi fachada imitando a un loro que comenzó a imitarlo a él.

Finalmente, me limité a regalarle mi sonrisa y me dispuse a cambiar de tema, sabiendo que él habría de conocer qué había pasado entre Miguel y yo.

—Y tú ¿qué haces por aquí con esta lluvia?

Que venía de trabajar, me respondió, y luego soltó todo de corrido, como si lo tuviera ensayado: que era secretario en una correduría en la calle Mayor, no muy lejos de mi taller, que aspiraba a ser abogado, No me falta inteligencia, ¿sabes?

, y también a encontrar una chica buena y a fundar una familia cristiana.

Todo eso me dijo, y yo seguí callada, pensando ¡qué curioso!

, tres cosas quería y las tres se le resistían, una tras otra.

Luego no sé por qué terminamos hablando de Ramón Sijé, y fue ahí cuando supe que ya estaba enfermo, porque él me lo contó, que se lo había dicho, a su vez, su hermana Asunción, que iba a los Oficios con Josefina Fenoll.

Asentí, ligeramente preocupada por el amigo de Miguel, pero no le di más importancia.

Antes de llegar a la calle del Río, le pedí que nos despidiéramos, no fuéramos a encontrarnos a alguien en la Casa del Paso, no fuese a verme mamá desde la ventana en la que ya estaría esperando mi llegada con esa lluvia profusa.

Fue entonces, ante la inminencia del adiós, cuando me preguntó:

—¿Puedo decirte algo, Josefina?

Me asomé hacia la fachada de casa y no vi a nadie tras el cristal de la ventana.

—Sí, claro —le respondí, más por decencia y decoro que por interés en lo que tuviera que decirme.

No me lo esperaba: me cogió de las manos.

—Josefina, llevo observándote durante un tiempo, coincidimos por la calle Mayor cuando vas y vienes del taller, y también en las misas del Salvador.

Sé que eres una buena mujer y que has sufrido.

—Me buscó la mirada, intenso, cortés, y continuó otra vez con esa voz de galán—.

Conmigo, si tú quisieras, podrías tener a un hombre bueno a tu vera.

Me quedé muda, y mi única reacción fue apartarle las manos y echarme hacia atrás. Me cayó la lluvia en el pelo fuera del amparo del paraguas.

—Si quieres, puedo acompañarte todos los días a tu casa. Y a dar paseos.

Volvió a buscarme las manos, pero yo ya las tenía guardadas, ¿Qué te parece?

, insistió, y de pronto volví a oír a esa vocecilla, Dile que sí, Josefina, que un clavo saca otro clavo, y me imaginé por un instante como la señora de Patagorda, tender la ropa, la misa de los domingos, unos hijos flacuchos.

Nunca se lo dije a Miguel; ni aquella proposición del último invierno antes de la guerra, un día que llovía mucho, ni que estuve tentada solo unos segundos, unos poquitos segundos tan solo.

Hoy lo sé, somos el camino a donde nos llevan las decisiones.

—Yo te lo agradezco mucho, José Manuel. —Me aclaré la voz—. Me halaga tu interés, pero no estoy preparada ahora para una relación, lo siento. Tengo que irme, que me esperan en casa.

Salí del cobijo del paraguas y se cayó ese castillo de naipes, la ropa tendida, los niños del Patagorda, y empecé a mojarme. Él me gritó, a refugio de la lluvia:

—¿Y me vas a hacer este feo? Lo quieres a él todavía, ¿no? Al poeta loco.

No le respondí. Subí a casa empapada y mamá se apresuró a calentarme una sopa mientras yo me cambiaba de ropa y alejaba algunos pensamientos intrusos.

Por ejemplo, que sí, que en algo tenía razón el Patagorda, ¿acaso lo seguía queriendo?

La sopa estaba riquísima, pero no llegué a saborearla de tan aturullada que estaba.

¿Era verdad que seguía sintiendo algo por él?

Pero ¿cómo, después del desplante, después de que haya hecho en Madrid otra vida quién sabe con quién?

—¿Qué tal estaba la sopa, cariño?

Aquellas dudas siguieron rondándome varios días, hasta que ocurrió la muerte de Ramón Sijé en la víspera de Nochebuena y, ahí, en sus funerales, vine a ratificar que sí, que de Miguel no me había repuesto todavía.

Lo supe porque si por algo sentí aquella muerte fatídica, que fue tan rápida y tan sorpresiva, fue por imaginármelo a él, su dolor, aquel que se volvería universal en su famosa elegía.

También llovió mucho, en su funeral, como aquel día del Patagorda —lo vi ahí, entre la nube de paraguas, pero no lo saludé—, y yo no pude más que martirizarme porque no se me había ocurrido avisarlo a él, a Miguel, mandarle un simple telegrama aunque ya no nos habláramos, decirle, Ha muerto Ramón Sijé.

Exequias la semana que viene , y que no tuviera que enterarse por la esquela de un periódico en casa de Vicente Aleixandre.

Pero ¿cómo imaginarlo? Carlos Fenoll supuso que Juan Bellod se lo habría dicho, y Juan Bellod dedujo que lo haría yo, y así, entre todos, la casa sin barrer.

Ocurrió, por tanto, que cuando Miguel supo del fatal fallecimiento, ya le habíamos dado sepultura en el panteón familiar, el lamento de aquellos padres, doña Pura y don José, oyéndose por encima del chaparrón, todos contagiados, como si también lloviera debajo de los paraguas.

Tres años más tarde nos pedirían que al primer niño que tuviéramos le pusiéramos por nombre Ramón, pero para ello falta aún mucho.

Algunas semanas después de la muerte de Sijé, mi padre recibió una carta.

Todavía no lo habían trasladado a la comandancia de Elda, pero habría de faltar poco, o eso creo.

Recuerdo su sorpresa, Mira, Josefina, me llamó a la cocina, donde se había sentado con la guerrera a medio quitar, el tricornio sobre la mesa y el aire cansado de quien llega a casa después de una dura jornada de trabajo.

Papá era, ay, lo mejor de la Guardia Civil de Orihuela, decían, el más querido y respetado de los agentes.

Es una carta, exclamó cuando llegué a la cocina, adivina de quién.

Arrugaba su enorme bigote y esgrimía ese papel mecanografiado que, supuse, ya había leído, porque el sobre yacía junto al abrecartas sobre la mesa, como las pruebas de un delito.

¿De quién?, pregunté, aunque no tardé en identificarlo a medida que me acercaba a la hoja, con ese membrete de Espasa-Calpe, y me apresuré a darle un rodeo a mamá, que se había quedado a medio cortar una cebolla, para sentarme junto a mi padre.

¡De Miguel!, soltó este. Contuve el aliento, ¿Y qué dice?

, pregunté, recelosa, y él me la ofreció y yo entorné los ojos para comenzar a leer.

Mi querido y respetado amigo:

He dejado pasar algún tiempo para escribirle a usted con serenidad y hablarle de lo sucedido entre Josefina y yo.

Le pido me perdone por todo. No le he escrito antes porque siempre he pensado que las relaciones de su hija conmigo volverían a reanudarse, ya que los motivos por los que las interrumpimos fueron muy poca cosa de importancia.

Si usted lo viera conveniente, le agradecería que me dijera si cree que Josefina todavía puede tenerme algún afecto y no está comprometida con ningún otro hombre, y que, en tal caso, vea la manera de hablarle sencillamente y decirle si está dispuesta a continuar su amistad de mujer conmigo.

Haga el favor de perdonarme por todo, una vez más, y escribirme cuando lo crea conveniente en respuesta a este asunto, que quisiera ver arreglado en buen término.

Le saluda y le recuerda siempre con cariño, así como a su señora, su amigo,

M IGUEL

Seis meses antes yo lo había despedido a la puerta de casa sin darle la mano siquiera.

Seis meses en que no supimos nada el uno del otro.

Papá levantó la vista de la carta y aguardó mi reacción.

¿Y bien?, y al cabo de unos segundos insistió: ¿Qué quieres que le responda?

Pero yo no sabía qué decir. Solo me rondaba una cuestión:

¿Qué te había ocurrido, Miguelico, para que volvieras a preguntar por mí?