Tu risa me hace libre 16
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Manolillo da un brinco por encima del sillón y se pone a refugio del respaldo.

Manolillo es Manolillo todo el tiempo —o Manolín para las vecinas, o para Vicente Aleixandre—, pero a veces, cuando su madre no tiene más remedio que ponerse seria, el ceño fruncido, la zapatilla en ristre o el cinturón, o lo que pillara a mano para amedrentarlo, el niño es Manuel Miguel:

—¡Que vengas ahora mismo, Manuel Miguel!

Y ahí, en el jugueteo, es cuando más se le parece a él, porque a veces es tenerlo delante y a quien ve en realidad es a Miguel, las facciones, los gestos, los hoyuelos que solían marcársele cuando reía, cuando jugaban, Veo, veo, ¿Qué ves? Y su tozudez, la misma del padre en el hijo.

—¡Que no quiero ir a la escuela, madre!

El niño lleva así, con esa retahíla, desde que se mudaron desde Cox hace ya más de un mes.

Cada mañana. Josefina ha intentado ayudarlo con los deberes, pero ha sido a costa de quitarle tiempo a la costura y, por ende, al sueño, porque lo que no terminaba por la tarde lo hacía bajo la luz de la lámpara durante la noche, a costa de sus ojos y del glaucoma incipiente.

Resopla. Hace un esfuerzo por mantener la entereza, porque Manolillo no advierta que hay muchas veces que se siente sola, por mucho que la ayuden sus hermanas, las vecinas con las que ha ido haciendo amistad, o por muchas cartas que le envíe Vicente Aleixandre.

—Pero, a ver, dime, Manolillo, ¿por qué no?

Vuelve a ser Manolillo en sus labios, y el diminutivo acerca al hijo a su madre, un par de pasos hacia tierra de nadie, los ojillos de cordero a punto de ser degollado.

—Yo si quieres voy a hablar con el maestro, Manolillo. Pero ir, tienes que ir.

Cuando fue a la escuela a matricular al niño, no le dio muy buena espina ese maestro.

Se llamaba don Rodolfo y era un tipo alto y orondo que lo primero que le preguntó a Josefina fue que por qué no figuraba el padre en la matrícula con la que había registrado al hijo.

Es un caído de guerra, respondió la mujer, lacónica, esquiva, deseando que el maestro no incidiera aún más, que no le diera por preguntar ¿de qué bando?

, ni si, por casualidad, se dedicaba a la poesía, ni si la razón por la que se había mudado a Elche sola con su hijo tenía que ver con el miedo.

—¿Y el nombre del niño? —se limitó a preguntar don Rodolfo, que rellenaba la ficha de escolarización.

Ella respondió aliviada:

—Manuel Miguel Manresa Marhuenda.

Luego aguardó unos segundos mientras veía cómo lo consignaba en la ficha de matriculación con una cuidada caligrafía cursiva. Entonces respiró.

Tras algún que otro forcejeo, Josefina logrará convencer al chico, seria, tajante, Hazme el favor, que hoy tengo mucho trabajo y no puedo perder el tiempo, logrando, al fin, que se ponga el uniforme, que coja la cartera —con su cuaderno, su libro de catecismo y su plumier— y salga a la avenida de la Reina Victoria para dirigirse, a regañadientes eso sí, hacia la escuela.

—Que el ángel de la guarda te proteja, hijo —se despide de él, la mano en el marco de la puerta, vestido negro, babuchas.

Lo observa caminar hasta que lo pierde de vista en una de las calles que salen de la avenida. Suspira. Viene a recordar, de pronto, lo que le escribió Vicente en su última misiva:

Veo que a Manolín le está costando adaptarse a Elche.

Es natural en los primeros tiempos, ya se acostumbrará a su nuevo entorno y hará nuevos amigos.

Me alegra mucho ver que está bien, y que también lo está usted, Josefina.

Recuerde, no trabaje demasiado, dese algún tiempo para disfrutar de la ciudad, pasee, como hacía con Miguel, haga vida.

Ya en la soledad de su piso, Josefina respira hondo, pone la tetera bajo el fuego y aguarda a que silbe ordenando lo que su hijo ha venido a revolver desde que se puso en pie esta mañana y jugaron al gato y al ratón.

Algunos minutos después, con la taza en la mano, recorre el pasillo hacia el cuarto de costura y entra en su taller descubriéndose con una coplilla en los labios que cazó ayer en la radio mientras ponía música para amenizar la tarde: Ya se ocultó la luna, luna lunera, y ha abierto su ventana la piconera, la piconera, mare, y el piconero va a la sierra cantando con el lucero, con el lucero .

Ella no era mucho de cantar. Si Miguel la viera, se echaría a reír, con esa forma suya de desternillarse tan contagiosa.

Eso mismo le recriminaba él en los inicios de la relación, Ay, Josefina, cántame algo, y ella se limitaba a poner labios de pico, como de gorrión, y a cantar bajito, para adentro.

Hoy se sorprende a veces cantando sin pudor mientras cose, Ojos verdes , Qué tiene la zarzamora , y así se le va el tiempo, la copla, las puntadas, la Singer, hasta que recuerda —mirando hacia el reloj de pared— que la joven del vestido debe de estar a punto de llegar.

Ay, que se me va la cabesa , y la chiquilla estará al venir.

Un par de minutos antes de lo estipulado, doña Pilar y Angelita llaman a la puerta.

Las había citado a las once para así poder terminar un par de trajes de la tienda de las Valcárcel, que también había comprometido para hoy.

Antes de abrir se mira al espejo. La madre sigue estando delante, bajo el marco, la hija atrás.

Se saludan cortésmente, ¡Buenos días!, y Josefina las invita a pasar.

La primera vez que se vieron fue la semana pasada, cuando la costurera les dijo que las llamaría en cuanto estuviera la primera prueba hilvanada, con el esqueleto del vestido —el corpiño, la cintura y la falda, aunque sin volantes— ya armado con los pespuntes.

Madre e hija eligieron una tela azul de crepé de seda, un tejido ligero, con caída elegante y un leve grano al tacto que daba movimiento a la falda.

El azul es decoro y serenidad, les dijo Josefina, con el muestrario de las telas en las manos, y doña Pilar, que dudaba entre esa y una verde oliva, nunca un rojo ni un amarillo, se decidió tras el consejo de la costurera.

Ahora, nada más entrar en el taller de costura y encontrarse con la prueba del vestido colocada sobre el maniquí —que Josefina a veces llama Cuqui—, no pueden contener un gesto de asombro.

—¡Qué bonito! —exclama doña Pilar, alargando la mano para acariciar la tela—. Y eso que todavía está a medio montar. ¿Te gusta, Angelita?

La chica asiente y sonríe. Josefina descuelga el vestido, Sí, estará presiosa la niña, mientras con un gesto le pide que se desvista.

Aun siendo una prueba, ya puede imaginarse cómo ha de quedarle sobre el cuerpo, los pespuntes blancos que recorren el traje como una zanja, el corpiño ceñido al talle, la falda.

Ayuda a Angelita a deslizarlo sobre su cuerpo, levantando con cuidado las mangas para no enganchar los hilos flojos.

La tela cruje suavemente al ajustarse. Entonces advierte, de reojo, que la chica suspira.

—¿Te ocurre algo, Angelita? —le pregunta.

Doña Pilar lanza una risotada y se apresura a responder por su hija, como si ya lo tuviera ensayado, o como si hubiera dado la respuesta muchas veces.

—Ay, Josefina, ¿sabe qué le ocurre a mi niña? Pues que su enamorado anda lejos. Ayer salió de gira para torear en algunos pueblos de La Mancha, Madrigueras, Pozovaliente, Villalorente...

—Pozolorente y Villavaliente, madre —la corrige.

—¿Y cómo lo he dicho? Ay, ¿al revés? —Ríe—. Bueno, que le quedan todavía algunas faenas hasta la última corrida, que será en Albacete y a la que iremos a verlo. Pero hasta entonces, la criatura anda desganada, echando de menos a su torero. Y han discutido, por lo que se ve.

La costurera la mira con una sonrisa tierna.

—Pues tú no te apures, Angelita. —Le acaricia la mejilla—. ¡La de veces que discutí yo con mi Miguel!

El retrato de Buero Vallejo comienza a hablarle: «¿Te acuerdas, Josefinica mía, nena, nenita, todo lo que tú me echabas de menos?

». Lo observa, dos, tres segundos por el rabillo del ojo.

Luego mira de nuevo a la chica, el precioso vestido azul pespunteado sobre su figura de adolescente; Cuqui, sin rostro, al lado de ella. Le pregunta:

—¿Recuerdas, Angelita, que el otro día os hablé de mi difunto marido, de Miguel?

La chica asiente. Durante aquel encuentro les contó que había trabajado en una notaría y que era un romántico empedernido y era aficionado a escribirle cosas bonitas. No les dijo su apellido, que habría sido González o Rodríguez o Pérez si ellas hubieran preguntado, pero nunca Hernández.

—Sí, claro, el mecanógrafo —responde la joven.

—Que en paz descanse —puntualiza su madre.

—Pues Miguel y yo tuvimos que pasar también mucho tiempo separados.

Él vivía a caballo entre Madrid y nuestro pueblo, y había veces que pasaban meses sin que nos viéramos.

—Calla. Los recuerdos afloran—. ¡Ay, cuánto lloraba yo también!

Pero me escribía unas cartas..., unas cartas tan bonicas, ay, que era leerlas y olvidarme de su ausencia.

Las palabras tienen ese poder. Él me lo enseñó, mi pobrecico.

¿Os habéis escrito alguna carta, Angelita?

La muchacha niega con la cabeza.

—Hemos hablado por teléfono. En el hotel en el que se está quedando tienen línea.

Josefina ríe, jocosa.

—Ay, hoy, con esas moderneces del teléfono, a las palabras se las lleva el viento. Pero lo que se escribe puede durar para siempre. A mi Miguel, aunque hace mucho que ya no esté, es como si volviera a escucharlo cada vez que lo leo, ¿sabes, bonica?

Mientras habla, ha comenzado a quitarle el vestido a la muchacha con el cuidado suficiente para que la montura provisional, cogida con alfileres y pespuntes, no amenace con deshilacharse.

Es entonces cuando la ve en el cuerpo de la joven: una mancha violácea, larga y estrecha, que nace en la hendidura de la axila y desaparece bajo la escápula, donde la piel vuelve a tensarse.

Es un hematoma. Hace un breve silencio y entonces le susurra:

—¿Y esto que tienes aquí, chiquilla? —Mirando por el rabillo del ojo a la madre, que, sin percatarse de la pregunta de Josefina, había empezado a curiosear una de sus revistas de moda.

La muchacha se arquea hasta mirarse debajo del brazo, tirando de los alfileres que mantienen la sisa en equilibrio. Josefina sabe reconocer un cardenal como ese: el rastro violáceo de tal vez un golpe.

—Ah, sí, ¿esto? —Ríe Angelita, nerviosa—. No es nada. Como discutimos antes de su partida, él quiso hacerme reír. Y a veces se pasa haciéndome cosquillas, el muy bruto.