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Me acuerdo mucho de ti, de nuestras buenas tardes y de esa como reverberación de la tierra que metes contigo en las habitaciones.
Me alegra que vayas a tu pueblo, que dejes el seco Madrid del agosto y que allá te orees.
Escríbeme desde allí, desde Orihuela. Me gusta recibir tus cartas frescas.
Cuéntame de ti allá. ¿Ya volviste de Cartagena?
¿Y todo bien? Si ves a tu novia (¡ay!), cuéntame de ella y de ti, si no te es penoso.
Cuando pienso en ella, me da pena. No me parece tu novia, pero sé que ella sufrirá, hasta que el sentimiento se le deshaga en la ausencia y en el olvido.
¿Ves?: otra forma de muerte. Yo estoy bien; aquí hago una vida retraída y quieta, casi en el jardincillo de la casa, que sobre una loma da a la llanura inmensa de Castilla la Nueva.
Ya volverás en septiembre y nos reuniremos para charlar muchísimo y reírnos anchamente.
Reírnos o llorar, que todo es uno y lo mismo.
Tu amigo,
V ICENTE
Aquella misiva me provocó una sonrisa, la primera, tal vez, de las pocas que tuve que esbozar aquellos días, y me apresuré a responderle deseoso de poder hablarle a alguien de lo que me ocurría, ya que preferí mantener a la familia —aunque preguntara Elvirita, aunque también lo hiciera mamá— al margen de mis devaneos amorosos, tal vez porque no me encontraba demasiado orgulloso de ellos.
Mi querido Vicente:
Podrás imaginarte que en Orihuela todo sigue igual.
En agosto la gente hace poco, va de la huerta al sombrajo, tocan guitarras andaluzas por la noche o se cuentan historias.
Supongo que una de esas historias será la mía.
Hace unos días me encontré al fin con Josefina, pero la Josefina que hallé era muy distinta.
La saludé, titubeante, Hola, ¿cómo estás?
, a lo que ella respondió con sequedad, Hola, mientras me rechazaba la mano que le tendía, diciendo: No te la doy porque no me quieres, y yo le contesté que no era cierto, que querer, seguía queriéndola, pero que todo había cambiado y que, si me dejaba, podría explicárselo largo y tendido.
Entonces ella se revolvió, negó con la cabeza mientras daba unos pasos hacia atrás y me dijo que no tenía ningún interés en hablar conmigo.
Que le trajera sus cartas y sus retratos, y que no volviera.
Y así ha terminado todo. ¿Qué te parece, amigo?
Yo también deseo que nos veamos pronto. Te añora
M IGUEL
Septiembre trajo las primeras lluvias de un otoño prematuro y un gran saco de naranjas valencianas que dejé caer sobre la cama de Aleixandre al volver a Madrid, para sorpresa de mi amigo.
¿Y esto?, me dijo, incorporándose sobre el colchón.
Yo reía, ¡Para que te cures!, y él hubo de recordármelo durante mucho tiempo; esas naranjas llenas de zumo que a veces le traía en sacos u otras en mi propia camisa, hecha un hatillo a fuerza de recogerle los faldones.
Por aquel entonces comencé a escribir la obra de teatro Los hijos de la piedra —una pieza inspirada en los sucesos de Casas Viejas del año 33—, para cuya puesta en escena contaba con la ayuda de Maruja.
El escenario lo poblamos de retamas, de arcillas, de espartos y texturas agrestes que se ajusten a tu poética montesca, Miguel, me habría de decir la pintora.
Mientras tanto, intensifiqué el trabajo en la enciclopedia taurina de Cossío, y la producción poética, cada vez más descarnada, cada vez más desde la garganta porque, a pesar de los encuentros semanales en Velintonia, o de las fiestas en la Casa de las Flores, o de las conversaciones con María Zambrano o las caricias de Maruja, a pesar de todo esto, comencé a sentirme solo, extrañamente solo en aquella ciudad abarrotada de gente, sintiendo, Tengo los huesos hechos a las penas, / a las cavilaciones estas sienes, todavía preguntándome aquella duda que Aleixandre sembró: ¿qué es para mí el amor?
Y así llegó el invierno sin que yo supiera el porqué, sin que llegara a precisar la razón, pero comencé a echar de menos Orihuela.
Qué insólito es eso de añorar, ¿no?, me pregunto hoy.
Siempre se extraña lo que no se tiene y cuando se obtiene, va de vuelta la nostalgia.
Así pasaron las semanas hasta que ocurrió lo que todo el mundo sabe.
Ay, cuánto me duele volver a contarlo. Fue uno de los últimos días de 1935, el 27, tal vez el 28 de diciembre, cuando entré como tantas veces en Casa Velintonia y Conchita me abrió y me encontré con un Vicente extrañamente palidecido.
Estaba de pie, no sentado, cosa rara en él, tan propenso a pasar el invierno en reposo el mayor tiempo posible.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Y me enseñó el diario El Sol que tenía entre las manos.
—¿No te has enterado, Miguel? —Me señaló una esquela.
Se detuvo el tiempo.
Rogad a Dios en caridad por el alma de
JOSÉ MARÍN GUTIÉRREZ
(RAMÓN SIJÉ)
Director de El Gallo Crisis y abogado, que falleció en Orihuela, el día de 24 de diciembre de 1935, a los 22 años de edad.
Sus desconsolados padres y hermanos, tíos, primos y demás familia, ruegan a sus amigos que sirvan encomendar su alma a Dios.
R. I. P.
No, no podía ser. Lo miré, asintió. ¿Qué había ocurrido, por el amor de Dios?
Sabía que estaba enfermo, pero no para irse tan pronto.
¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?
Quise habitar el recuerdo: su cuerpo menudo subiendo las escalinatas de Atocha, la arruga que se le había hecho a la espalda de la chaqueta, la pajarita, la maleta en la mano derecha, los mocasines, y luego la sonrisa leve con la que buscó despedirse de mí para partir en tren a Orihuela, su pueblo y el mío, y su mano agitándose.
Ay, compañero del alma, cuántas cosas te habría dicho de saber lo que pasaría.
Cuántas cosas: que yo seguía queriéndole aunque hubiera dejado de publicar en El Gallo Crisis para escribir en la nueva revista de Pablo Neruda, Caballo verde para la poesía .
Que seguía queriéndolo aunque sus últimas cartas se llenaran de reproches: Querido Miguel: he ido recibiendo tus cartas y las he guardado en el montoncito silencioso de las incontestadas.
Pero no por dolerme nada como tú piensas; por resentimiento, por malhumor, por amistoso odio.
Porque a medida que yo dejaba de escribirle a Josefina y me separaba cada vez más de la pastora de mis besos —echado, como estuve, en los brazos de Maruja—, las cartas de Ramón Sijé se hacían más ásperas, Quien sufre mucho eres tú, Miguel, sus reproches, cada vez menos velados, Transformación terrible y cruel, nerudismo, aleixandrismo, albertismo, ¡qué horror!
, y habría de terminar diciendo, No te reconozco, Miguel, ¿dónde está mi amigo?
Esa fue la última carta que me escribió.
Y eso me pregunto yo ahora. ¿Dónde estás, amigo?
Temprano levantó la muerte el vuelo . El día que lo conocí me pareció un esnob estirado.
Tenía dieciséis años, cara aniñada, el mentón siempre arriba, una curiosa forma de gesticular cuando se enfadaba o hablaba sobre la decadencia de Occidente.
Un día nos dijo que no lo llamáramos Pepe, sino Ramón Sijé. Reímos.
—Ay, deja que te abrace, Miguel, por el amor de Dios.
A veces me acuerdo de aquello de esnob estirado.
Y río. Y no se lo dije a nadie, ni siquiera a Vicente Aleixandre, en cuyos brazos me refugié tras conocer la noticia; que entre todas las cosas que pasaron por mi mente, A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata, te requiero , tantas como cupieron luego en la elegía que le escribí, Que tenemos que hablar de muchas cosas / compañero del alma, compañero, había un nombre, como si en él hubiera de hallar refugio, o un hogar.
Un nombre, no sé por qué: el de Josefina.