15
—¡Baja de ahí, Miguel, chiquillo, por el amor de Dios!
Cuanto más nervioso se ponía Vicente, más arriba trepaba yo por el cedro.
En realidad no era demasiado difícil, más complicado me resultaba subir por una palmera, una de esas del palmeral de Orihuela, por ejemplo, porque, a poco que superara los tres o cuatro metros de altura, su tronco menudo empezaba a bambolear como si en las fiestas del pueblo se hubiera pasado con la bota.
Arriba, desde la copa, yo reía. Entonces, cuando Vicente se impacientaba, solía amenazarme, con ese acento suyo.
—¡O bajas o no vuelves a entrar en mi casa!
Bajé con un salto hacia el césped. Conchita me ofreció vino.
Ya había llegado el verano y el estío invitaba a alargar las conversaciones en el jardín.
Decir amigo es algo muy serio. Amigo, lo que se dice amigo, con todo el poder de esa palabra, con la potencia de sus tres sílabas, a-mi-go, solo lo podía decir de unos pocos, Pepe, Carlos o Efrén en Orihuela, Pablo o Vicente en Madrid.
Pero a fuerza de visitarlo cada semana, Aleixandre fue aquel con el que más unido me sentí.
Recuerdo que en una de aquellas visitas, tras trepar por el cedro y juguetear con Sirio, me atreví a hablarle del amor.
—Quiero contarte algo, Vicente. —No me sentía con la confianza suficiente para hacerlo con nadie más que con él—. Y tiene que ver con mi novia del pueblo.
Él ya sabía quién era ella, Josefina Manresa, la hija del guardia civil, pero no le había contado que ya no le escribía como antes, que había empezado a sentirla lejana, como la voz que te devuelve un eco remoto, esas montañas adustas, que ya no me evocaba los versos de entonces, que ya no me levantaba recordando su mirada, el negro de su pelo, la preciosa forma en que reía.
—Claro, dime, Miguel —me dijo, apretándome la mano.
Y fue el primero con el que me atreví a abrirme en canal porque no sentía que pudiera hacerlo con nadie más en Madrid con quien hacerlo, tal vez Pablo, aunque Pablo era amigo de otra forma, del brandi, de las utopías y de las tertulias políticas en la Casa de las Flores, mientras que Vicente sí me daba esa confianza —porque en Aleixandre, no tardé en saber, se podía confiar hasta que se acabara el mundo o se acabara España, lo que fuera primero—, te miraba como si tuviera en los ojos una balsa, en la sonrisa un diván, y así fue como le conté, revelándole:
—Ya no siento lo mismo por ella. Pensar en Josefina es pensar en aquella Orihuela puritana y mojigata que ahora me parece muy lejos de mí.
Cuando llegué a Madrid —le dije, con la emoción brotándome de la garganta—, creí que el amor era un hilo que ni la distancia podía cortar.
Pero ahora, ¿sabes?, siento que ese hilo se ha vuelto tan fino que, si tirara de él, se rompería.
No sé si me entiendes. En el pueblo todo era sencillo; su risa, los paseos, su forma de esperarme en la columna de la Casa del Paso.
No había nada que me hiciera dudar, y creo que jamás lo habría hecho si no hubiera salido de allí.
Pero aquí, Vicente, todo es distinto, todo me habla de otra vida que ella no podría entender.
Hice una pausa. He de confesar que hasta entonces no había sido del todo sincero con Josefina, aunque ella ya intuyera que algo había de ocurrirme porque me lo preguntaba en sus cartas.
En una de las últimas que yo le escribí —le contaba a Aleixandre aquella tarde, en su jardín— le hice entrever que nuestra relación ya no era para mí una prioridad, Mira, Josefina, creo que no podré ir a Orihuela ni para agosto siquiera; no te quiero engañar.
Si voy, será más que milagro, y aquello derivó en un cruce de reproches, si era que yo me había desengañado, si la que se había desencantado era ella, hasta que concluí pidiéndole que no sufriera por mí, Que te olvidaras un poquito de mí, le dije, No creo que te sea difícil.
¿Fue eso acaso una ruptura? Ni yo mismo lo sabía.
Al oírme, Vicente asentía despacio, sin interrumpirme. Una vez que guardé silencio, Sirio levantó la cabeza y serpenteó por el césped buscando la mano de su dueño para sentir su caricia.
Vicente, que daba un trago a la copa de rioja que nos había servido su hermana Conchita —que en lugar de quedarse a vestir santos, como dice el dicho, se quedó para vestir poetas—, me sonrió.
Desde lo alto del cedro se oía un gorjeo de pájaros, enredados, tal vez, en esas ramas que yo ya había escalado en algunas ocasiones oyendo las risas de quien lo había plantado diez años atrás.
—Lo que debes hacer, Miguel, es preguntarte si en tu novia del pueblo obtienes la respuesta a la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez sobre el amor.
No supe qué decir. Recordé de pronto algunos extractos difusos de las últimas cartas que nos enviamos, cada vez más distanciadas, cada vez con menos urgencia, sin aquella pasión, ya sin pétalos en el sobre.
Josefina, te digo en muchas cartas que te voy a dar un beso cuando llegue ahí, y tú, como una hipócrita, te callas.
Tengo muchas ganas de que me digas sencillamente, como la cosa más natural del mundo: Miguel, quiero darte un beso.
Sin preocuparte de lo que la gente ha de decir si te ve.
Me gustaría que fueras más sincera para estas cosas, que no te callaras nada de lo que sientes y piensas.
¿O tú, cuando piensas en mí, piensas solamente para rezar?
Sirio mordisqueaba una ramita bajo las piernas de su dueño, que le acariciaba el lomo con dulzura. No terminé por saber a qué se refería el poeta, como si en las cosas mundanas también fuera surrealista.
—¿A qué te refieres?
—A la pregunta de qué buscas en el amor. No siempre es fácil mirarse hacia dentro y responderla, ¿sabes?
Asentí. De pronto me dio miedo mirarme, como él me sugería.
Guardé silencio y me di cuenta de que era oscuro lo que veía.
Me pegaba papá. Mamá Concheta tenía asma.
En el Casino de Orihuela despertaba el aplauso de los que habían venido a oírme recitar.
Josefina me cacheteaba por haberla intentado besar.
Todo eso veía. Y Sirio, mordisqueando la rama.
—¿Me permites que te haga otra pregunta, Miguel?
Volví a asentir. Entonces supe que iba a hablarme de Maruja.
—Nunca me has dicho si en Maruja Mallo también andas buscando el amor.
Solo lo sabían un puñado de personas, los de la Escuela de Vallecas, Pablo Neruda, María Zambrano, tal vez Cossío, pero Madrid era un pueblo para algunas cosas y, no tardé en darme cuenta, ya se comentaba en los mentideros, tanto que el rumor hubo de llegar a Orihuela.
Me callé, Maruja Mallo en el pensamiento, y respondí con apenas una vocecilla, como si no quisiera decir nada, huir, hundir los pies en la tierra.
—Maruja es todo lo contrario a las mujeres que había conocido, Vicente.
—Me levanté, di un rodeo por el jardín—.
¿Sabes? Es como si ella viviera en la luna y las demás no hubieran salido aún de sus casas.
—Otra vuelta—. Así que supongo que no le debo nada, amigo. O que quizá le deba todo, quién sabe.
Y él no necesitó de más palabras que las de esa antítesis, la de la nada y la del todo, mientras daba otro trago y quizá pensaba en algunos de los versos de su libro, Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo .
— ¿Dejas que te diga algo, Miguel? —Yo seguía percibiéndola, su aroma, su maestría con los pinceles, su torrente de cierva.
Asentí. Aleixandre me miró y posó su mano sobre mi mano, cálido, fraternal.
—Ten cuidado. No te encapriches demasiado.
Antes que tú quedó Alberti prendado de ella.
Lo mismo le ocurrió a Emilio Aladrén, el escultor.
No sé si tú lo que sientes es amistad o algo más, pero de Maruja es difícil salir, o eso dicen.
Porque salir, saldrás, tenlo por seguro.
Ella es una mujer libre. La libertad es su proyecto de vida.
Guardé silencio, acallando el aguacero que de pronto se me desató en el pensamiento.
¿Acaso estaba atrapado? Una tormenta que en forma de versos vino a mí, como me ocurría tantas veces, esa bilocación, estar en el mundo terreno y en el de las ideas, Un carnívoro cuchillo / de ala dulce y homicida / sostiene un vuelo y un brillo / alrededor de mi vida , y él insistió, ¿Comprendes, Miguel?
, tras lo que hubo de advertir mi incomodidad, Ya se está haciendo tarde, amigo, será mejor que me vaya, le dije, y no volvimos a hablar del tema durante las siguientes semanas hasta que le anuncié que iba a regresar a Orihuela y que, como suponía, volvería a encontrarme con Josefina.
Había intentado retrasar la vuelta tanto como podía, porque a veces no era lo mío el valor, enfrentarme a ella, o a Pepe Marín, con quien tampoco me hablaba demasiado desde aquella visita que me hizo.
—Al menos, Vicente, aprovecharé para pasar unos días en Cartagena para visitar a Carmen Conde y a Antonio Oliver.
Vicente me abrazó, deseándome mucha suerte, el brillo en sus ojillos azules, y sí, hube de encontrar una suerte breve, porque aquel viaje a Cartagena, con los paseos por la playa y el encuentro con el matrimonio Oliver —a los que conocí cuando le pusimos un busto a Gabriel Miró—, o con la poeta María Cegarra, de La Unión, fueron un bálsamo que alivió un poco mis pesares y los nervios que me provocaba aquella vuelta a Orihuela que no deseaba en absoluto.
Así fue como, algunos días después de volver a afincarme en la calle de Arriba, de escribir bajo la parra o frente a la higuera, en cuyas paleras hube de escribir el nombre de Josefina, recibí una carta de Aleixandre:
Mi querido Miguel: