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Frente a don Luis Almarcha, los dos campesinos manosean su boina.
Se han sentado con la espalda recta, serios, colgándoles los pies a ras de un precioso enlosado de motivos geométricos que maravilló a los dos hermanos labriegos cuando entraron en el despacho de la vicaría, tras haber logrado del canónigo, tras mucho insistirle a su secretario, una audiencia a cuenta de un conflicto con la linde de sus bancales.
El vecino con el que se han enfrentado es de la CNT y tiene mano en el ayuntamiento.
No vieron otro remedio que dirigirse a Almarcha.
—Habéis hecho bien en recurrir a mí. —El canónigo deambula junto a ellos con las manos a la espalda, un enorme crucifijo colgándole sobre la sotana—.
Ya sé que en alguna ocasión ha intervenido la guardia municipal, pero sabéis bien que aquí no hay gobierno que valga si la Iglesia no mantiene la paz.
Y para eso estoy yo aquí. El alcalde cambia con las elecciones, ¿sabéis?
, los partidos políticos van y vienen, los gobiernos se tambalean con la corrupción, las personas, en general, pasan, pero la Iglesia sigue.
La Iglesia será para siempre, y cuando yo no esté, estará otro vicario.
Así que, mientras yo me encuentre al frente de la vicaría, no habrá bandos entre vecinos, ni pugnas entre hermanos ni lucha de clases.
Luego alza la voz para pronunciarse con la solemnidad de quien se sabe poseedor de la única ley de verdad, la divina, por mucho que los hombres se empeñen en crear repúblicas o armar revoluciones o colectivizar la tierra.
—Hablaré con el gobernador civil. —Con un leve gesto les indica que el escaso tiempo que les prometió ya se ha cumplido, porque Almarcha nunca dice la primera palabra, sino la última—. Dejadlo en mis manos.
Los campesinos se ponen en pie aceptando la sentencia del vicario, Muchas gracias, don Luis, le dice el mayor, cogiéndole las manos para besarle el anillo, Gracias, vicario, el otro, agachando la cabeza.
—Sé que vosotros sois buenos cristianos, que habéis votado a las derechas cuando ha sido necesario y que volveríais a hacerlo —les va diciendo de camino a la puerta del despacho—.
Pero sabed otra cosa: esto no solo se trata de la tierra, hijos míos.
Se trata de que entendáis, y que el pueblo de Orihuela así lo vea, que quien debe arreglar las cosas aquí no es otro que el Altísimo.
Finalmente, dibuja una cruz en el aire para despedirlos, Ahora, id con Dios, y se para algunos segundos a contemplar cómo se pierden por el pasillo, con sus andares rudos, los pies por delante del cuerpo, el vaivén de los brazos.
Con esos campesinos ha terminado de atender todas las peticiones de la mañana.
Algunos minutos después su secretario llama a la puerta del despacho.
—Venía por si quiere que vayan preparándole el almuerzo, don Luis.
El canónigo se muestra conforme, Está bien, esbozando una sonrisa ante Julio Gutiérrez Frade —gesto afable, frente alta y preñada, facciones redondeadas—, uno de tantos jóvenes que se formaron en el seminario de Orihuela y que él reclutó para la diócesis como su secretario, dado su expediente académico.
Antes de que este dé media vuelta, con el encargo para la cocinera de que había de poner en marcha la comida, Almarcha lo frena con una voz para decirle:
—Hay que hacer algo con lo de esos dos tipos que acaban de salir. Tienen un conflicto por las aguas de riego y han recurrido a mí.
El secretario tuerce el gesto mientras da un par de pasos hacia el escritorio.
—¿No está de por medio uno de la cúpula de la CNT de Orihuela?
—Tiene la suficiente confianza de su superior como para enfrentarse sin miedo a la reprobación del canónigo—.
Y están los ánimos un poco caldeados, me parece a mí, como para andarnos con favores.
¿Eso no sería cosa del alcalde, don Luis?
Almarcha se acomoda las gafas. Está acostumbrado a lidiar con los sindicalistas de Orihuela; él es de los que no teme bajar al fango de la política.
Por algo fundó el Sindicato Católico y el Círculo Obrero en la ciudad, para poder medrar en los asuntos campesinos y proletarios, para que también hubiera una alternativa al laicismo que predicaban los que levantaban el puño u ondeaban banderas anarquistas, y por eso mismo dirige la publicación de El Pueblo de Orihuela .
Y sí, como dice su secretario, es cierto que ese verano España vive una calma tensa, de cuya incertidumbre no es ajeno el pueblo oriolano.
Desde Madrid llegan ecos de crisis ministeriales, de dimisiones, de escándalos que corroen al Gobierno del Partido Radical de Lerroux, de centroderecha, y abren paso a las ambiciones de Gil-Robles, el líder de la CEDA, a quien muchos ya ven como el verdadero heredero del voto conservador.
Mientras, los sindicatos obreros han vuelto a organizarse tras la derrota de la Revolución de Octubre, que dejó miles de muertos, una independencia catalana fallida y el regusto a sangre en la boca del lobo, pues ahí supo el general Franco cómo era combatir a las milicias.
Aquella huelga general revolucionaria también se dejó notar en la Vega Baja. Y de aquellos polvos...
—Esos campesinos han recurrido a mí —responde el canónigo con expresión adusta—. Y tendré que ser yo quien les dé solución más allá de la que pueda darles el consistorio. Hay cada vez más gente que ya no cree en los discursos de la vieja política, ¿no cree, Julio? Sobre todo los jóvenes.
—Se refiere usted a esos de la Falange, ¿verdad?
—Esos mismos. Su fin es noble: devolverle a España la gloria del catolicismo. Ni izquierda ni derecha, sino Cristo. Pero la incertidumbre que me generan es que se vuelvan incontrolables.
El secretario responde que sí, que lo sabe.
Conoce bien al canónigo como para saber que necesita tenerlo todo bajo control, y algún día habrá que meter mano en ese movimiento, del que todo el mundo conoce ya de dónde procede: hijos de buena familia, educados en colegios religiosos, que ahora se pasean por Madrid y por Alicante hablando de patria, de unidad, de sacrificio.
En Orihuela hay ya muchos de ellos. Algunos con apellidos notables.
—Dicen que muchos jóvenes socialistas se han cambiado de acera —añade Julio, rascándose el nacimiento del pelo— cansados de los vaivenes de sus líderes y del desprecio a la bandera.
Juan Bellod, por ejemplo, se deja ver con los falangistas.
Y también Ramón Sijé, o eso dicen. Son esos que organizaron el homenaje a Gabriel Miró hace unos años, ¿lo recuerda, don Luis?
Almarcha asiente. Aquel homenaje en apariencia inofensivo acabó siendo casi como un mitin falangista, aun cuando la Falange no había empezado todavía a tener militancia.
Ramón Sijé había invitado al escritor exaltado Ernesto Jiménez Caballero —el primero en España que se puso la camisa azul— y aquello terminó en enfrentamiento cuando este alabó la Italia fascista y condenó las políticas de izquierdas que no hacían más que envenenar el alma del país.
Así lo dijo, envenenar, y el escritor Antonio Oliver —a quien había invitado Miguel Hernández al evento— le gritó, ¡Mentiroso!
, y hubo gritos y empujones y el desalojo rápido de la policía.
Ahí supo Almarcha que había llegado a Orihuela la radicalización de la política.
—Lo importante es entender, Julio, que todos esos movimientos, ya sea la Falange, la CEDA o los sindicatos católicos, son hijos de la misma orfandad, la que nos está provocando la República, y que alguien habrá de guiarlos por el camino bueno.
Si la Iglesia sabe colocarse a su lado en el momento oportuno, no habrá revolución que nos arrebate el alma de este país, ¿comprendes?
Almarcha a veces habla como un político aunque deteste la política. Frente a él, el secretario asiente, con la mirada fija en el crucifijo de la pared. Afuera, las campanas del mediodía repican sobre la huerta y el sonido llega amortiguado por las palmeras.
—Lástima, don Luis, que el poeta cabrero parece que está haciendo el camino contrario a sus amigos, ¿no?
El canónigo arquea las cejas camino del escritorio, donde vuelve a sentarse.
—¿Miguel Hernández? —pregunta.
—¿Ha visto dónde está publicado en Madrid? Ahora colabora con una revista de poetas comunistas, la que dirige ese escritor chileno, Pablo Neruda, que ha llegado a España haciendo gala de un anticlericalismo insultante. Caballo... Caballo verde de la poética , o algo así, se llama.
Almarcha se apresura a corregirlo.
— Caballo verde para la poesía . Y sí, había oído hablar de esa revista, pero no sabía que Miguel estaba colaborando con ella.
Con los dedos tamborilea en la mesa de caoba, con todos esos papeles y libros y correspondencia apilados.
Habrá de apresurarse a saber qué está publicando Miguel con los comunistas, ¿Qué queda en este campo secuestrado, / en estas minas de carbón y plomo, / de tantos enterrados por riguroso orden?
/ No hay nada sino un monte de riqueza explotado, si es verdad eso que dicen.
—En Orihuela se oye que Madrid lo está cambiando —continúa el secretario—. Y en estos tiempos que corren, a mí me parece que su chico no podrá seguir jugando a medias tintas. Llegará el momento, más pronto que tarde, en que tendrá que decidir si está con ellos o con nosotros.
En el recuerdo Miguel es Miguelico y tiene quince años.
Almarcha lo ve, le zarandea el cabello, Lee este libro, Miguelico, y cuando termines lo comentamos, lo ayuda a acomodarse ante la máquina de escribir, Procura no dejar los dedos apoyados, que si no el carro tropieza, le da las primeras nociones de una prometedora carrera como escritor, y ríe con él, ríe, porque el muchacho tiene ese don, con alguna ocurrencia de poeta pastor, ¿Entonces, don Luis, si la cinta se atasca, es cosa del demonio o del libre albedrío?
, con esa dulce inocencia que a Almarcha le parece propia de un muchacho bueno, dócil a la enseñanza y al deber, un alma despierta como todas esas del seminario, que solo necesitan de alguien que los guíe con su cayado.
—Miguel no nos fallará —dice, viendo aún al Miguelico, fray Luis de León en sus manos, la máquina Adler con la ese atascada, el berrinche por su padre autoritario, sus poemas—.
Puede que se tuerza un poco porque es impetuoso, y a veces frágil, pero estoy convencido de que sabrá mantenerse en el buen camino.