13 #2
Asentí, todavía sin palabras. De la mesa de los jugadores de mus llegó un grito, ¡Toma ya!
, con el que una de las dos parejas, ¡Os jodéis!
, parecía haber ganado la partida. Algunos parroquianos rieron.
Odisto volvió a pedir dos chatos de vino mientras destensó el gesto y decidió cambiar de tema para preguntarme por mí, por lo que hacía en Madrid, por las Misiones Pedagógicas.
A mí casi que me había dejado sin palabras aquella petición de súplica anterior. Me dijo:
—He oído que vais a Brincones, ¿no? —Y rio para sí, vaticinando que allí tal vez sí que íbamos a encontrarnos con algún problema—. El cura del pueblo es un intransigente. Sé que lleva días calentando a sus feligreses contra vuestra misión.
Reí con él. Nos despediríamos algunos minutos después, sin que me dejara devolverle la capa hasta que no llegué a la casona que había habilitado el alcalde como pensión y en la que Enrique y José Antonio dormían desde hacía rato.
Que vaya bien, Miguel, se despidió, Lo mismo te digo, Odisto, le estreché la mano, y lo vi perderse en la espesura de la noche mientras se acomodaba la capa que me había dejado aquel día y que a veces siento como que todavía, tanta tierra, tanto tiempo después, me sigue protegiendo del frío.
Al día siguiente fuimos a Brincones, donde no tardamos en comprobar que era cierto lo que auguró el maestro de Iruelos, que el cura se había opuesto frontalmente a nuestra llegada a la subcomarca de La Ramajería y desde el púlpito llevaba varios días llamando al boicot de la misión.
Así fue como, mientras preparábamos la sesión de cine en el pueblo, se acercó a nosotros y nos dijo, la voz rotunda, la curva de la barriga bajo la sotana, un misal entre las manos:
—Sepan ustedes que en este pueblo no son recibidos los destructores de la Iglesia.
Enrique Azcoaga no pudo reprimir una carcajada. Yo en cambio me contuve.
—Yo no quiero destruirla, hombre de Dios. —El escritor tensaba la cuerda que habían hecho pasar por el antepecho del campanario, de donde colgaríamos la pantalla de proyección—. Esto no es una bomba, es solo cine, ¿sabe?
Volvió a reír. El sol caía más allá de la iglesia.
—Ha sido usted el que ha dado permiso —intervino José Antonio, conciliador—. Pero si no está conforme, cogemos y montamos la película en otro lugar. Pero ya oyó al alcalde. —Señaló hacia la plaza que se abría a espaldas del templo—. Este es el mejor lugar para congregar a los vecinos.
El cura refunfuñó.
—No me lo recuerden. Al alcalde le debía un favor. —Y luego señaló hacia la tronera del campanario, bajo la cual colgaba la pantalla—. Estaré mirando desde ahí arriba, así que ustedes sabrán lo que hacen.
Enrique le palmeó el hombro.
—Quédese tranquilo, padre. ¿Sabe usted que tenemos a un escritor católico entre nosotros? —Me señaló—. Él es Miguel Hernández, autor de autos sacramentales.
Yo terminaba de enhebrar la cinta en el engranaje del proyector, cuidando de que no se torciera entre los rodillos, y de alinear el haz de luz sobre la tela blanca cuando el cura, todavía resoplando, decidió marcharse con aire de martirio.
—¿Y se presta usted a este circo? —me dijo, me ladró más bien, dándose la vuelta sin decirnos adiós—. ¡Vergüenza debería darle!
Tras el silencio que el religioso dejó entre nosotros, que fue momentáneo, porque no tardamos en soltar algún chascarrillo, volvimos a lo nuestro.
Una hora después, ya llegada la noche, ahí estaba el cura de Brincones en lo alto del campanario comprobando que ninguna de nuestras proyecciones —primero un documental sobre el Antiguo Egipto y luego Luces de la ciudad , que ya me sabía de memoria, pero seguía riendo con cada escena— iban a ser el alegato anticlerical que él esperaba.
De hecho, cada vez que miraba hacia arriba lo sorprendía riendo, como lo hacían sus feligreses sentados en la plaza al abrigo de sus mantas.
Fue uno de esos campesinos el que, mientras recogíamos la proyección y charlábamos sobre la vida del pueblo, nos confesó:
—¿El cura? Ese e un pieza. ¿Saben ustedes que hace negocio con la cera?
Enrique y José Antonio doblaban la tela y yo guardaba el proyector en el maletín de piel que, sabíamos, era lo más valioso que transportábamos.
—¿En serio? —le pregunté, levantando la vista.
Otro de los campesinos lanzó una carcajada mientras mascaba tabaco en el carrillo derecho. Exclamó:
—¡Y tanto! Pero emá , ¿saben que es un putero? —Y señaló al grupo de niños que correteaba por la plaza jugando al toreo—. ¿Ven aquellos zagales de ahí?
Eran cuatro o cinco mocitos: uno, con un sayo a modo de capote, de torero; otro hacía de picador, un tercero de rejoneador y otro embestía con los dedos índices como si fueran pitones.
—Pues fíjense en los dos rubiascos, en el que hace de torero y en el rejoneador. ¿A que no saben una cosa? Que son suyos y de la Romina, con la que está ajuntao por detrás de la Iglesia, ¿qué les parece?
—¿Que el cura es padre? —pregunté, incrédulo.
El otro campesino añadió, socarrón:
—¡Y de quince má que andan por ahí desperdigados, que son suyos tambié , ja!
Asentí, encontrando la sonrisa burlona de mis compañeros, ¡Vaya, con el curita!
, tal vez acostumbrados a oír ese tipo de historias del clero que yo desconocía, porque para mí los curas tenían todos la sabiduría de don Ignacio, el jesuita del Santo Domingo, o la magnanimidad de don Luis Almarcha.
Volví a mirar a los muchachos. El torero rubio simulaba completar la faena con una estocada al aire y levantaba los brazos como si saludara al tendido mientras los otros lo aclamaban con vítores y risotadas.
¡Epa!, soltó uno de los campesinos junto a mí, impresionado por la destreza taurina del nuevo matador, ¡Si parece que han nacío con el capote en la mano!
, y reímos mientras nos despedíamos de ellos, las carcajadas resonando entre los muros encalados, el eco yéndose más allá de la tapia de la iglesia hacia el arroyo, y yo me quedé mirando el polvo que levantaban los zagales, ¡Eh, Miguel, que te has quedado de piedra! , me arengó Azcoaga.
Pensé mucho en él, en ese cura y en sus feligreses, y los días siguientes, tal vez porque en el viaje de vuelta de Brincones —el último pueblo de la misión era Puertas, pero ahí no hubo incidencia alguna— comenzaron a rondarme unos versos que me apresuré a capturar en mi cuaderno como quien caza mariposas con una red de malla de tul, Me libré de los templos , porque así era como funcionaba mi poesía, lo que algunos llaman musa —tan esquivas que eran, las mías—, para mí era jugar al pilla-pilla: solo tenía unos segundos para evitar que se me fueran volando como un relámpago disuelve una bandada de aves, Me libré de los templos, sonreídme , y después de esa mariposilla vinieron los demás versos mientras brincaba la camioneta por aquellos caminos ambarinos —la tierra estercolada con las injustas sangres, los troncos retorcidos— que nos acercaban a Madrid.
Rematé aquella poesía ya muy próximo a la capital, con el papel apoyado en la rodilla, con los zarandeos, casi todos versos endecasílabos, algunos alejandrinos, todo con ese aire a poesía impura que a mi amigo Ramón Sijé le sonaba a Pablo Neruda, renunciando a la rima, a la métrica, al ritmo de los juglares.
Así comenzaba aquel poema:
Vengo muy satisfecho de librarme / de la serpiente de las múltiples cúpulas, / la serpiente escamada de casullas y cálices; / su cola puso en mi boca acíbar, sus anillos verdugos / reprimieron y mal aventuraron la nudosa sangre de mi corazón.
/ Vengo muy dolorido de aquel infierno de incensarios locos, / de aquella boba gloria: sonreídme.
Y continuaba con ese «sonreídme», una y otra vez, una palinodia de lo que yo tan fervorosamente había creído hasta entonces, las cúpulas, las casuchas, los incensarios locos, la boba gloria, con aquel verso que condensaba mi transición ideológica, Me libré de los templos, sonreídme, y eso fue precisamente lo que hizo Pablo Neruda al oírlo antes que nadie en su Casa de las Flores, sonreírme.
Levantó la vista cuando terminé de recitarlo ante él y me miró, la sonrisa de la revolución y de los claveles, de la primavera pero también de los entierros, la sonrisa de las utopías y de los oscureceres. Me preguntó:
—Sabes qué significa este poema para tu poesía, ¿no, bacán?
Sonreídme, que voy / a donde estáis vosotros los de siempre, / los que cubrís de espigas y racimos la boca del que nos escupe, / los que conmigo en surcos, andamios, fraguas, hornos, / os arrancáis la corona del sudor a diario.
Claro que lo sabía. Con ese poema nacía otro Miguel, y yo asentí: sonreídme.