Tu risa me hace libre 13
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Los niños tenían en el rostro la primavera.

Eran como hijos de las piedras, las sonrisas desdentadas, de leche y miel, los ojillos aviesos y luminosos en el zurrón el desayuno.

Yo no sé qué es más emocionante —eso me pregunté, viéndolos—, si descubrir algo por primera vez u observar cómo lo hace otra persona, porque ver a un niño aprender es ver otra vez el mundo a través de su mirada, lo más cerca que estaremos de resucitar si es que no nos toca ser el Mesías, y tal vez por ello no tardaría mucho en desear la paternidad.

Era la primera vez que contemplaban un gramófono, y mientras Enrique Azcoaga ponía en marcha el aparato, con aquella dosis de teatralidad y expectación que habría de despertar el jefe de aquella misión pedagógica, yo pensé en cuál habría sido la mía, mi reacción al descubrirlo, o cómo fue cuando supe que existía la lluvia, o el gorjeo del gorrión o las notas de un piano tocando en si bemol.

Eran una docena los que había podido congregar el pregonero de Iruelos aquella mañana, liberados por la lluvia del amanecer de buena parte de sus tareas agrícolas.

¡Que vienen los de la misión pedagógica!

, gritaba. El maestro de aquellos niños me lo diría aquella noche, que solo tres o cuatro iban con asiduidad a la escuela —una escuela pequeña, rural—, que la mayor parte de ellos, a partir de los cinco y no mayores de once, doce a lo sumo, trabajaban o en el campo o al cuidado de su familia, dependiendo del sexo con el que nacieran.

A punto de hacer sonar el aparato, Enrique Azcoaga se paró frente a ellos y puso voz de vendedor ambulante:

—Y ahora, niños, lo que va a sonar en este instrumento mágico, llamado gramófono, será música tradicional castellana.

—¿Gramoqué? —preguntó uno de ellos, curioso, despierto.

Yo aguardaba a unos metros junto a José Antonio Maravall, delegado del Patronato de las Misiones Pedagógicas y asistente en aquella por tierras —o piedras— salmantinas.

Éramos tres en total, yo de ayudante. El día anterior habíamos sido recibidos por las autoridades locales —el alcalde, el comendador, el cura y el maestro— con gran entusiasmo, y nos dirigimos a la escuela, a rebosar de público, al que Azcoaga y Maravall deleitaron con un discurso que, de tanto oírlo, casi me lo aprendí de memoria.

—Somos una escuela ambulante —explicó Azcoaga—, una escuela donde no se aprende con lágrimas ni se castiga de rodillas. Venimos a los pueblos más pobres, a los más escondidos, a enseñaros algo de lo que nadie os ha hablado.

—Pero también —añadió Maravall— para divertiros.

Queremos que esta escuela sea como una fiesta: para los niños, para los hombres y las mujeres que trabajan sin descanso, para todos los que no pudieron ir a la escuela o dejaron de hacerlo hace tiempo.

Tenéis que saber que la República quiere darle una oportunidad a cada uno de vosotros.

A la mañana siguiente, al oír la pregunta de aquel chico, reímos.

También lo hizo el maestro andaluz, algo más joven que yo, que se presentó como Odisto y que casi nos hizo una reverencia al vernos llegar con la camioneta cargada de libros, de copias de las obras maestras del Prado y con el aparato de cine.

Gramófono, le puntualizó Azcoaga al chiquillo, revolviéndole la cabellera.

—Y ahora, niños y niñas —les anunció Azcoaga, una vez concluyó la reproducción de la música—, ¿sabéis que hay un poeta entre nosotros?

Me señaló, y esas carillas dirigieron sus luceros hacia mí, con la misma sorpresa o tal vez más con la que habían recibido al gramófono.

Maravall me dio una palmada para que me acercara hacia el corro y, al situarme ante el público infantil, Enrique me hizo una reverencia que, por su gesto exagerado, despertó las risas de los niños.

Guardé un instante de silencio y comencé con el «Romance de la loba parda», que sabía les solía gustar a los chiquillos.

No necesitaba el texto, y me esforcé porque la oveja pareciera oveja en mi boca, porque el lobo fuera un lobo, con sus garras y sus fauces, y tras aquel romance recité «Los pelegrinitos», de Lorca, Hacia Roma caminan dos pelegrinos , que corearon los niños con la ayuda de su maestro, de ese Odisto que tanta ternura me daba al verlo tratar a sus pupilos, y me aprendí sus nombres, Alejandro, Encarna, Esmeralda, Perico o José, y no sé por qué, pero aquellas caritas las he seguido viendo siempre, como si todos los niños de España con los que me crucé, los niños labradores, los niños yunteros o las niñas lavanderas fueran siempre esa docena.

Aquella noche, después de la proyección de cine —primero un documental sobre el cultivo del arroz en Formosa y después una película de Chaplin— el maestro nos ayudó a recoger la tela blanca y el equipo electrógeno.

Había sido un éxito, el cine. Cómo no sentir ternura —que no lástima ni pena— al ver reír a aquellas gentes sencillas, sus caras de asombro, buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan —se me vienen a la mente los versos de Antonio Machado—, y, en un día como tantos, descansan bajo la tierra .

—Y tú eres poeta, ¿no? —me preguntó el maestro.

Ya se habían ido todos los asistentes a la proyección, quedábamos los misioneros y el titular de aquella escuelita de pueblo. El frío atenazaba mis manos. Respondí:

—De los que escriben versos, sí.

Llevábamos con nosotros un centenar de libros, que hubimos de entregarle a Odisto para que armara en el colegio una biblioteca pública, la primera de Iruelos.

El maestro me miró, curioso. Se ve que tenía ganas de conocernos porque insistió en que fuéramos al único bar del pueblo, que nos tomáramos algo, y solo accedí yo, no sin antes pedirle que me dejara una capa porque no había cogido abrigo y llevaba todo el día aterido de frío.

Claro, ten la mía, me dijo, ofreciéndomela, yo vengo de tierra caliente, y de camino a aquella taberna me habló de Extremadura, de donde era originario.

Entramos y, dirigiéndonos a la barra, oí cómo algunos parroquianos platicaban sobre la reciente proyección de cine en la escuela.

No se percataron de mi presencia, y mientras nos atendía un tipo barrigón, ¿Qué va a ser, Odisto?

, agudicé el oído para escuchar cómo reían comentando aquella disparatada escena de Chaplin en Luces de la ciudad , en la que disputaba un combate de boxeo y acababa golpeando más al árbitro que al contrincante.

—Dos chatos de vino, Juan Luis —le pidió el maestro al tabernero, haciéndome un gesto para que nos sentáramos en un par de taburetes.

Nos lo sirvió enseguida. Era vino peleón. Tras el primer trago le confesé:

—Me parece encomiable tu labor, Odisto. Qué falta les hace a esos niños un maestro que se preocupe por que aprendan de verdad.

Entonces lanzó un resoplido. Le había dado ya varios tragos al chato de vino.

—¿Sabes qué, Miguel? —suspiró—. Que cuando vosotros os vayáis, y los chicos vuelvan a su rutina, y no haya música, ni cine ni guiñoles, solo yo, habré de seguir lidiando con la terrible realidad con la que me encontré nada más obtener mi plaza al salir de la Escuela Normal.

Que por mucho que haga, no habrá de servir de nada, que estos niños están condenados a ser mulas, cuando no bueyes, pero nunca toros, con sus astas y su porte, ya me entiendes, tú que eres poeta, y que, aunque sepan leer y escribir, nunca podré llegar a que entiendan que aprender es...

es como una forma de libertad. Sí, eso. Aprender es ser libre, Miguel.

Eso se lo oí una vez a Lorca, a quien vi hace unos años con su compañía de teatro itinerante, La Barraca.

Asentí. No hube de olvidar sus palabras. Entonces dimos un trago y miramos a nuestro alrededor mientras toda esa gente que tampoco era libre hundía su cautiverio en vino peleón o en una partida de mus. ¡Venga ese órdago, valiente!, gritaron los jugadores de cartas, al fondo. El maestro continuó:

—¿Recuerdas a ese Alejandro, con su cara de pícaro?

No hay en el pueblo ningún chiquillo que haga las cuentas de cabeza tan rápido como él.

Y Esmeralda, a la que tuvimos en clase solo unas semanas para que aprendiera a escribir su nombre, y poco más, tiene un talento excepcional para el arte.

Y a Periquillo le encanta la naturaleza, conoce de todos los pájaros su canto, el color de su plumaje.

Sería un biólogo excepcional. Pero ya te puedes imaginar qué futuro les aguarda en un lugar como este, adonde nunca mira nadie salvo para buscar brazos que varear la aceituna, o para reclutar soldados para luchar en alguna guerra colonial, o para engordar los vientres de las chiquillas.

Y yo, que mis profesores de la Normal me hablaron de la Institución Libre de Enseñanza, que leí a Giner de los Ríos y que me hice maestro abrazando todos los ideales de la escuela nueva, al darme de bruces con la realidad, no puedo más que comenzar a sentir lo que aquellos maestros viejos me dicen: que no me esfuerce demasiado.

—Me miró a los ojos—. Que no merece la pena.

Guardé silencio. Habría querido decirle que no se impacientara, soltar alguna proclama como la de aquellos discursos que hube de formular algunos años más tarde en el frente de Guadalajara, o arengando a las tropas que se afanaban por tomar el santuario de la Virgen de la Cabeza, pero aquella noche, cansado y con el frío en el cuerpo todavía y sin pensar lo que habría de llegar a pensar luego, no supe qué decirle salvo, Haré lo que pueda, y él volvió a mirarme antes de beber otra vez, Lo que pueda.

—Lo único que os pido —continuó, en la mirada un suspiro repentino— es que digáis en Madrid cómo vivimos.

Pregónalo, tú que eres escritor. Y que lo sepa el Gobierno de la República, que los libros y el gramófono están muy bien, sí, pero no hay recursos y que los que vivimos aquí nos morimos de hambre.