Tu risa me hace libre 12 #3
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—Como sabes, Josefina, Miguel lleva desde el año pasado componiendo un nuevo libro de poemas, el que hasta hace poco llamaba Imagen de tu huella y cuyas primeras composiciones, inspiradas en vuestra relación, me había dado a leer.

Pero de unos meses para acá dejó de mandármelas, y lo más curioso: cuando estuve con él, no me enseñó ninguna.

Era como si quisiera mantener sus nuevas poesías en secreto, o como si ya no confiara en mi criterio.

Hasta que uno de aquellos días, mientras él dormía y yo leía en la duermevela, porque ya sabes que sufro de insomnio crónico, me dio por abrir su cuaderno y leer algunos poemas.

Y hubo uno que me llamó la atención por lo que decía sobre lo que Miguel sentía, y, rápidamente, me propuse copiarlo así, a vuelapluma. Es ese que tienes entre manos, léelo.

Me hizo un gesto y me asomé al papel para comprobar que sí, que Sijé lo había escrito aprisa, que de su caligrafía pulcra y redondeada quedaba poco en aquellas líneas.

Leí los primeros versos de aquel soneto que habría de ser el número doce de su próximo libro de poesías: Una querencia tengo por tu acento, / una apetencia por tu compañía.

—Fíjate, Josefina —me explicó Pepe, inclinándose hacia mí—: ya desde el primer verso se notan dos fuerzas que se enfrentan.

Querencia y apetencia. La querencia es el apego, el amor que vuelve siempre al hogar, al origen, al acento.

Es la ternura constante, la raíz... —Y me señaló con su estilográfica—.

Eso podrías ser tú, Josefina, al menos si leemos esta poesía en clave biográfica.

Yo bajé la mirada porque no sabía si me halagaba o me dolía.

—Pero la apetencia —prosiguió— es otra cosa. Es el deseo, el impulso carnal, la fascinación por lo nuevo. Y eso —ahora habló con voz más grave— quizá no seas tú. Tal vez es la ciudad. Es Madrid. Son tal vez sus nuevas compañías.

Asentí. Pasé al siguiente verso: Y una dolencia de melancolía / por la ausencia del aire de tu viento.

—¿Y esto? —pregunté con un hilo de voz.

—Eso es el vacío, la culpa, el hueco que deja la ausencia. Miguel se duele, pero ya no solo de estar lejos, sino de haberse alejado interiormente. Está añorando lo que lo sostenía, lo que le hacía respirar.

Paciencia necesita mi tormento, / urgencia de tu garza galanía, leí luego.

—Ahí se reconoce dividido —explicó—. A mí estos versos me suenan a san Juan de la Cruz, que aunque Miguel abrace ahora la poesía nueva, sigue teniendo reminiscencias de los clásicos.

Quiere dominar un fuego que lo consume. Pero luego añade «urgencia de tu garza galanía».

La garza es un ave galante, es decir, estilizada, casi exótica.

Habrás de preguntarle a Miguel si se refiere a ti o a quién.

Me buscó la mirada, pero yo se la aparté para seguir leyendo, tal vez porque no quería que se diera cuenta de cómo me titilaban los ojos: Tu clemencia solar mi helado día, / tu asistencia la herida en que lo cuento.

—Él te compara con el sol, Josefina. A ti o a la amada a la que se refiere.

Pero no olvides que el sol también quema.

Es una metáfora ambigua. Puede ser la calidez que da vida o el fuego que destruye.

Ese verso me hace pensar que, por primera vez, Miguel se siente hechizado por algo que no entiende del todo, algo que lo deslumbra.

—Entonces... —levanté la vista y dije, temblorosa—, ¿en qué piensa ahora?

No me atreví a hacerle la pregunta correcta: no en qué piensa ahora, sino en quién.

—No lo sé —respondió con un leve suspiro—.

Creo que sigue dividido. Mira lo que dice luego: ¡Ay querencia, dolencia y apetencia!

Las tres cosas son él mismo. El amor fiel, el deseo y el sufrimiento.

Están luchando dentro de su pecho. Pero recuerda que lo que Miguel siente o padece no tiene por qué verse reflejado al cien por cien en su poesía.

Antes de él centenares de poetas le han escrito al amor, la mayoría de una forma figurativa.

La poesía no es biografía, nunca lo ha sido para Miguel. Es expresión.

Asentí, volviendo al soneto: Tus sustanciales besos, mi sustento, / me faltan y me muero sobre mayo.

Al leer «besos» no pude más que pensar en la bofetada que le di cuando le aparté la mejilla. Pepe continuó explicándome:

—Mayo es el mes de la floración, del cuerpo, de la plenitud.

El poema terminaba con el siguiente terceto: Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia, / a serenar la sien del pensamiento / que desahoga en mí su eterno rayo, pero ya no pude prestar atención a esa estrofa final.

Me había surgido una duda que no fui capaz de manifestar ante su amigo, preguntarle, ¿Y si «me muero sobre mayo» no se refería a la estación, sino a una mujer?

, y quise hacer como si nada mientras no dejaba de decirme que por mucho que Pepe afirmara que Miguel lo habría escrito en clave figurativa —como habrían hecho los poetas antiguos—, tal vez había algo de verdad, tal vez algo del sentir, algo del cuerpo, y quizá por eso mismo, porque preguntarte si algo se ha acabado es posible que signifique que se ha acabado de verdad, llegué a casa aquella tarde, hice a un lado a mis padres, ¿Qué ocurre, Josefina?

, y grité, echándome sobre mi cama y hundiendo la cabeza en la almohada:

—¡Ya no quiero saber nada más de Miguel Hernández!