Tu risa me hace libre 12 #2
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Miguel me hablaría muy poco de aquella visita de Ramón Sijé a Madrid.

Lo que sé lo he podido reconstruir con la correspondencia de los dos, que aún guardo, y por lo que me contó el propio Pepe Marín aquel día en su despacho.

Que tomaron café en el Lion y que asistieron a una de las últimas representaciones de Yerma en el Teatro Español —Federico estaba a punto de llevársela a Barcelona—, y que en algún momento discutieron:

—Me dijo que añoraba el pueblo, Josefina.

Los baños en el río, ahora que vendrá el calor.

El pan de la tahona. Y que la fruta no sabe igual, que no son higos los higos madrileños, ni las naranjas.

Entonces le dije que Madrid le estaba echando a perder el paladar.

Y no solo eso, sino también las costumbres, con esas nuevas amistades suyas.

Él ya me había hablado de ellos, de Bergamín, de Neruda, de Aleixandre, nombres que me sonaban a personajes exóticos, como de novela de aventuras, porque ninguno —salvo Federico, salvo Miguel— se apellidaban García, o Hernández, o Manresa.

—Temo que se te desvíe la voluntad, eso le dije también, Josefina.

Y luego le aseguré que todas esas vanguardias artísticas no hacían otra cosa que extraviar al artista del auténtico objetivo de su carrera: servir a lo eterno, no a lo efímero.

¿Qué es eso de la poesía impura? Pues se lo dije así, a la cara.

Que no era más que una moda pasajera. Que la poesía debía elevar y que él se estaba alejando.

—¿Y él no dijo nada?

Ramón Sijé jugueteaba con una estilográfica.

—Quiso justificarse. Yo te debo mucho, Pepito, me contestó.

Pero que no podía negarme que de un tiempo a esta parte veía las cosas de otra manera.

Que ya no se reconocía en los poemas que salieron en el último número de Gallo Crisis , aunque los escribiera hace unos meses.

¿Te lo puedes creer? Eso mismo me contó mi amigo Juan Guerrero hace poco a propósito de Miguel, ¿sabes?

—¿Quién? —pregunté.

—Juan Guerrero Ruiz es poeta y editor de Murcia.

Hace poco Miguel le escribió para mandarle un librito que había editado la editorial Plutarco como homenaje a Pablo Neruda, y aprovechó para despacharse a gusto sobre muchas cosas, o eso me contó Guerrero cuando nos vimos hace unos días en Alicante.

¿Y sabes qué fue lo que le dijo? Pues que ya no pensaba ni sentía muchas de las cosas que escribió en su auto sacramental, aquel para cuya publicación tanta ayuda mía tuvo, así como de Luis Almarcha.

Que ya no quería tener nada que ver con la política católica, exacerbada y dañina, sí, usó esas palabras, Josefina, exacerbada y dañina, del Gallo Crisis .

Que en general le sonaba extraño todo lo que había escrito hacía seis o siete meses y que, ojo, Josefina, que se arrepentía de haber hecho cosas al servicio de Dios y de la tontería católica.

Sí, así lo dijo, la tontería católica . ¿Te lo puedes creer?

Ay, Miguelico, ¿eso de la tontería católica era también una forma de decírmelo a mí, tonta, mojigata?

—Fue entonces cuando, en un momento dado, lo miré a los ojos y le pregunté que qué era eso de la tontería católica que le había escrito a Guerrero.

Y le quise hacer ver que no debía desviarse de su camino, ese que llevaba labrando desde hace tanto tiempo junto a Almarcha y junto a mí.

¿Y sabes qué fue lo que dijo tras guardar silencio?

Le hice un gesto para que continuara. Ya conocía lo suficiente a Miguel como para saber qué habría respondido.

—Que ahora se siente más libre que nunca —y rio, irónico—.

¡Ja! O lo que es lo mismo, me estaba diciendo que conmigo se sentía aprisionado.

Eso no es libertad, sino soberbia, le rebatí, y luego permanecimos largo rato en silencio.

Estuve a punto de coger mis cosas y volverme a Orihuela, ¿sabes, Josefina?

Pero decidí quedarme porque a fin de cuentas sigo queriendo a Miguel.

Lo quiero mucho, como a un hermano. Por eso me alegro de todo lo que le ocurra, de sus éxitos, por mucho que no los comparta.

Por ejemplo, no sé qué pinta él en esas fiestas de la Casa de las Flores.

Tampoco qué hace yéndose a los pueblos perdidos de España de Misiones Pedagógicas.

Me alegro por él, pero no lo comparto en absoluto.

Asentí. Sí, Miguel me había hablado de eso último; que fue al comenzar a trabajar en la enciclopedia de toreros cuando conoció a una tal María Zambrano que, a su vez, lo puso en la pista de otro tipo, Enrique no sé qué, y este le propuso como misionero en la provincia de Salamanca, pues en Castilla la Vieja venían desarrollándose, me decía, ese tipo de actuaciones culturales.

Él lo defendía como que así ganaba un dinero extra y, de paso, visitaba algunos lugares que solo había conocido a través de las lecturas de la biblioteca de Almarcha.

Así fue como, durante varias semanas, en sus cartas me habló de los pueblos salmantinos que estaba visitando, de cuyos nombres, tan desconocidos para mí, no puedo acordarme ahora.

Mucha gente me sigue preguntando sobre qué le ocurrió a Miguel entre 1935 y 1936 para que pasara del pensamiento católico influenciado por Almarcha y su amigo Sijé a hablar de justicia social e igualdad y de lucha de clases.

El tiempo me ha convencido de que fueron aquellos niños con los que se encontró en esos lugares. Esos niños y sus padres y sus maestros.

—¿Y tú qué opinas, Josefina? —me preguntó Ramón Sijé tras un silencio.

Me moví sobre la silla y carraspeé, con un gesto nervioso.

—Pues que desde que partió de Orihuela he notado que sus cartas se distancian y que cada vez son más frías.

Él, que me ha escrito tantas cosas bonitas, tantas formas inimaginables de decir te quiero, de decir te añoro.

Hasta que de buenas a primeras empezó a poner excusas y a decirme cosas en las que no lo reconozco.

Sí, ha cambiado, yo también lo he podido comprobar sin haber pisado Madrid.

¿Y sabes qué es lo que pienso, Pepe? Que me temo que no solo ha sido por culpa de los poetas ni de esas Misiones Pedagógicas.

Él sabía adónde quería dirigir yo la conversación. Se lo noté en la mirada.

—¿Te refieres al amor?

Asentí. Entonces fue él quien se removió nervioso en su sillón de piel.

—Te voy a ser sincero, Josefina —me respondió, jugueteando otra vez con la estilográfica—.

Si lo que quieres es preguntarme si ha estado con otra mujer en Madrid, siento decirte que no puedo asegurártelo.

En caso de que tuviera algo se cuidó de no frecuentarla durante los días en que me alojó en la habitación de su pensión.

Ahora bien, hay algo que me dejó con la mosca detrás de la oreja, esa misma que ahora te ronda a ti. ¿Quieres saber el qué?

Le hice un gesto de afirmación. Removió unos papeles hasta que sacó una hoja manuscrita y me la ofreció. Levanté la vista y le pregunté de qué se trataba, aunque no estaba seguro de querer saberlo en realidad. Me respondió: