Tu risa me hace libre 12
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Una sabe cuándo empieza el amor, el lugar, el instante o el flechazo, pero a veces no se sabe cuándo termina porque el amor, si concluye, es como las estaciones, no hay un momento exacto, va acortándose el amor, como los días, y de pronto el nuestro empezó a disminuir, o eso sentí yo a medida que sus cartas empezaban a dilatarse y a mostrar frialdad, y todo a mi alrededor era ruido, no solo el de la Singer o el de los canturreos del taller, no solo el de las fiestas de la Cruz de Mayo o el Corpus —con el que la primavera se despedía de Orihuela—, sino el de mamá preguntándome, ¿Qué te ocurre, Josefina?

, e insistiendo, ¿Es por él, verdad?; ruido como el de papá, ¿Sigue sin escribirte, nena?

, o el de mis compañeras, ¿Algo no va bien con tu novio?

, o incluso el de mis hermanos pequeños, el de Conchita o el de Manolito, que me insistían para que lo invitara a casa de nuevo, ¿Cuándo va a volver para jugar con nosotros?

, y era tan insistente y me aprisionaba tanto el pecho y se me encogía en la garganta, ese ruido, que me di cuenta de que lo único que necesitaba era su contrario: el silencio.

—Ave María Purísima.

No salía de casa salvo para ir al taller o a misa, pero aquella tarde, al pasar junto a la fachada de la catedral, no pude resistirme.

Ese silencio. Deambulé por la nave principal hasta que advertí que nadie aguardaba frente al confesionario, y por eso hinqué las rodillas en el reclinatorio y esperé a oír la voz al otro lado de la celosía.

—Sin pecado concebida.

Reconocí de inmediato esa voz: era la del canónigo de la catedral, don Luis Almarcha, de quien tanto me había hablado Miguel y que a veces daba a esa hora el sacramento de la confesión. ¿Acaso existen las casualidades?

—¿Qué vienes a confesar, hija?

Eso querría haber sabido yo, qué tenía que confesar, porque no sabía muy bien a qué había ido, tal vez a que me oyera el canónigo de la catedral, que sabía que era amigo de Miguel y lo conocía bien, quizá porque de él no habría de esperar ningún juicio ni reproche, ni ese tonillo lastimero —ese ay, pobrecilla— que precedía a las frases que hube de escuchar a propósito de lo que se decía de mi novio:

Habrás tenido tú algo que ver, ¿no?

O bien: Si lo has dejado escapar, culpa tuya habrá sido.

—¿Señorita? —me apremió Almarcha.

Entonces carraspeé e hice el esfuerzo por que no se me rompiera la voz.

—Vengo a hablarle de la relación con Miguel, don Luis —comencé, y sentí cómo se revolvía en su asiento al otro lado de la celosía, como si solo entonces me hubiera reconocido, a mí, a la novia del poeta cabrero—.

Desde hace un tiempo lo noto más distante, más despegado de mí, que mientras antes me escribía casi a diario, ya casi tengo que rogarle por que lo haga, y sí, ya sé que en Madrid tiene mucho trabajo, sí, yo todo eso lo sé, pero algo venía barruntando yo, ¿sabe?

, aquí, en el estómago. —Me llevé la mano al bajo vientre, aunque él no podía verme tras la celosía—.

A mí las preocupaciones se me van a la barriga, como les pasa a mi madre y a mi abuela, y llevo unos días fatal, no como, no duermo casi con esos dolores, y más aún cuando, ¿sabe?

, el otro día vino al taller la Martinica, la hermana de mi compañera María José, a contarme un chisme sobre Miguel.

¿Quiere que se lo cuente? —Me callé, como si aguardara a que él me diera permiso para que en aquel lugar, la casa de Dios, entraran habladurías.

—Claro, dímelo, Josefina.

Cómo olvidar la cara de la Martinica, que parecía disfrutar revelándome aquello, porque hay personas que gozan con el sufrimiento ajeno, contar algo así, Que Miguel anda con otra mujer en Madrid, y sentirse poderosa mientras yo me hacía pequeñita delante de ella y solo podía balbucear un ¿Có-cómo?

—Pues me dijo que Miguel había... había conocido a otra m-mujer en Madrid.

Sentí que, al haberlo soltado, se me aflojaban los dedos con los que apretaba el enrejado.

Sonó de nuevo el crujido de la madera, tal vez Almarcha se había removido de nuevo, y esperó algunos segundos para responder, el tiempo justo para que me arrepintiera de habérselo dicho.

Contestó con su voz serena de confesión.

—Los rumores, Josefina, son como las hojas secas; el viento los levanta, los lleva y los deja caer donde menos uno espera.

No alimentes tu alma con ellos. Si Miguel te quiere, el Señor lo sabrá; y si no, también.

Lo que tienes que pedirle es que sea sincero.

Es un chico impetuoso, lo conozco bien. Pero tiene buen juicio.

¿Habéis hablado con franqueza de lo que está ocurriendo entre los dos?

Bufé. Lo más cerca que estuvo de hablarme con claridad fue en una de sus últimas cartas, Yo quisiera, Josefina, que no sufrieras por mí, que te olvidaras un poquito de mí; no creo que te sea difícil, que luego siguió con aquello de, Yo tengo mi vida aquí en Madrid, me sería imposible vivir en Orihuela ya.

Era curioso: lo que en sus primeras cartas había sido para él como algo hostil —Madrid, con sus vicios y sus gentes desconocidas— de pronto era algo excitante, Es la vida de Madrid, Josefina; la vida de Madrid que le hace a uno olvidarse de todo con sus ruidos y sus mujeres y sus diversiones y sus trabajos, y lo que hasta entonces había sido para él su pequeño refugio —Orihuela, con sus palmeras y su huerta y su río y su vida sencilla, a lo que tanto le había escrito en sus poesías pastoriles— pasó a ser nocivo, casi malicioso, Es tan diferente de esa vida callada de ahí, donde no se sabe hacer otra cosa que murmurar del vecino o hablar mal de los amigos y dar vueltas por los puentes.

Para Miguel, de pronto, Orihuela tenía rostro femenino y era el mío.

—No me atrevo a preguntarle, don Luis —le confesé al canónigo de la catedral—. ¿Y si la culpa es mía? Si por él hubiera sido, yo me habría entregado a las primeras de cambio, ya me entiende. Pero yo no soy de esas. Para mí un beso o una caricia antes de tiempo es perder el honor.

Almarcha dejó escapar un resoplido.

—Josefina, no te rebajes a mendigar lo que debería ser regalo.

Quien ama, vuelve; quien no, se queda en ese ruido del mundo.

Tú sigue haciendo el bien y deja que Dios enderece lo que el amor torció, ¿de acuerdo?

Es normal que Miguel se deje embelesar por Madrid.

Es un carrusel de luces, hija. No en vano lo previne de que esa ciudad puede ser Babilonia. Pero confío en él.

Me reconfortó oír sus palabras, la confianza que el canónigo depositaba en mi novio, y creí que ahí acabaría de hablar porque volvió al silencio detrás de la celosía, pero su voz se alzó de nuevo a los pocos segundos, más cercana, como si se hubiera inclinado hacia el enrejado de madera.

—Ahora que lo pienso, me parece recordar que hace poco Pepe Marín me dijo en un encuentro del Círculo Católico que había estado en Madrid con él. ¿Por qué no vas a verle? No para alimentar murmuraciones, sino para que descanses el alma, que buena falta te hace, hija.

Asentí. Sí, Miguel me lo había dicho en una de sus cartas, que Ramón Sijé estuvo una semana con él compartiendo su habitación de la pensión en la que vivía.

Quizá era una buena idea hacerle una visita, me convencí.

Don Luis Almarcha me mandó rezar varios avemarías y salí de la catedral con la firme convicción de visitar a Ramón Sijé.

Tejidos Alhambra estaba en el 27 de la calle Mayor.

Ahí, en el despacho de la tienda de sus padres —los Marín era uno de los matrimonios más respetados de Orihuela—, el mejor amigo de Miguel pasaba casi todo el día, estudiando, leyendo, preparando la publicación de su El Gallo Crisis , tan enfrascado en sus quehaceres, tan obsesivo que apenas tenía tiempo ni para ver a su novia, mi tocaya Josefina Fenoll, ni para pisar la calle.

Fue ella quien, al verme en el escaparate de la tienda —ahí donde se expusieron al público por primera vez los poemas de Miguel— salió a recibirme.

Tintineaba la campanilla que colgaba del marco de la puerta.

—¿Josefina? ¡Cuánto tiempo, querida! Pero, pasa, no te quedes ahí.

Yo sabía que la novia de Pepe y hermana de Carlos y Efrén trabajaba a veces como dependienta en el establecimiento de sus suegros, José y Pura.

La saludé, Hola, tocaya, y entré en la tienda diciéndole que quería hablar con Pepe sobre Miguel, y ella asintió señalándome la puerta junto al mostrador, esa en la que, sabía, Ramón Sijé tenía su despacho.

Me dio la impresión de que quiso evitar un gesto en su rostro, como lastimero o afligido, como si se dijera, Ay, pobrecica, porque si la Martinica sabía lo de Miguel en Madrid era muy probable que ella también lo supiera.

—Sígueme por aquí. Lleva toda la tarde leyendo, ¿sabes?

Dio dos toques en la puerta y esperó a que su voz sonara al otro lado, y asomó la cabecilla para decirle que era yo, Josefina Manresa, la que quería verlo.

Lo oí, Claro, mujer, dile que pase, y dejé atrás a su novia para cerrar la puerta tras de mí y entrar en su particular sacristía, donde lo enterraban pilas de libros y papeles que se repartían por una enorme mesa de madera noble.

—¿Qué tal, Josefina? —Se puso en pie para saludarme—. ¿Cómo estás?

Si lo sabía la Martinica y lo sabía Josefina Fenoll, también habría de saberlo él.

—Quiero preguntarte por Miguel —le solté sin vacilar.

—Claro, dime.

Tragué saliva.

—¿Cómo lo has visto en Madrid? Sé que has estado con él.

Se llevó la mano al mentón. Lo vi reclinarse en el sillón. No tenía buen aspecto. Miguel solía decir que leía a veces hasta el amanecer.

—Está cambiando, Josefina —me contestó con gesto serio, o tal vez afligido—. O más bien lo está cambiando esa ciudad.