Tu risa me hace libre 11
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—Y entonces hice así y me quité el sombrero, ¿sabes, Miguel?

—Maruja se llevó la mano a la coronilla de su corta y descobijada cabellera negra e hizo, burlona, el gesto de tirar un sombrero imaginario—.

Delante de la Puerta del Sol estábamos. Con todo el gentío. Federico, Dalí, Margarita Manso y yo.

Fue una de las primeras veces en que me uní a los paseos de la llamada Escuela de Vallecas, ese grupo de amigos entre los que estaba ella o el escultor Alberto Sánchez.

Aquella mañana habíamos salido a caminar desde Vallecas en dirección a la vaquería del Pozo del Tío Raimundo.

Asentí a aquel gesto de Maruja, que tiraba el sombrero que no tenía sobre el prado que se extendía más allá del valle del Tajuña, entre Perales y Morata.

—¿Y qué ocurrió? —le pregunté curioso, con las manos en los bolsillos anchos de mi pantalón de pana, la suela de mis alpargatas dejando una huella sobre la era.

Maruja y yo habíamos preferido seguir adelante, no así los demás, pues amenazaba lluvia.

Ya cogeríamos el tren de vuelta a la ciudad si nos hacía en falta o si nos encontraban los chubascos por los trigales de aquellos caminos que los artistas de la escuela vallecana frecuentaban para encontrar a su musa.

Aquel era un grupo que pintaba campos de trigo y esculpía olivos, toros y figuras campesinas, y yo me sentí en sintonía con ellos porque de pronto no era una nota folclórica, pintoresca, en medio de la bohemia de la capital.

Con ese grupo podía hablar de la tierra.

¿Ves esto? Es un cardillo, me dijo Alberto Sánchez de cuclillas, la primera vez que salí con ellos al campo.

Yo torcí el gesto, Fue un cardillo, dije, pero ahora es carducha, y para últimos de agosto será un cardo, y para septiembre dará una flor que, pelada con cuidado, tiene el sabor de la alcachofa.

Recuerdo su mirada, a medio camino del asombro y la molestia, porque luego siguió insistiendo, ¿Y esto qué es?

, y señaló un tomillo, ¿Y esto? Una margarita de sol.

Conocí a sus integrantes en una de aquellas fiestas en la Casa de las Flores.

Fue Maruja la que se acercó, juguetona, saltarina, entre sus labios uno de esos cigarrillos estrechos, cuando le preguntó a Pablo Neruda quién era yo aunque ya sabía la respuesta, Este es Miguel Hernández, poeta de Orihuela, y la noche nos encontró a ella y a mí entre brandi y charlestón y la invitación a pasar una tarde en los campos de Vallecas.

—¿Que qué ocurrió? —me preguntó la pintora, mirándome con sus ojos aviesos, negros de pólvora y mineral, los ojos de quien ya pareciera ver lo que al mundo le deparaba, el 18 de julio, Guernica, la rendición de Madrid, la crisis de los Sudetes, Charles Chaplin perdiendo la cordura en Tiempos modernos , Marlene Dietrich en Ángel .

—Sí, claro. Cuéntamelo.

Era una mujer magnética. Tenía casi diez años más que yo. Oí una vez cómo la definió Dalí y me hizo gracia —con ese alarde de surrealismo de ese catalán que espero algún día poder conocer—: que Maruja Mallo era mitad ángel, mitad marisco.

—¡Puf! Pues que empezaron a tirarnos piedras, Miguel —continuó tras un resoplido, el ángel o quizá el marisco—.

¿Te lo puedes creer? Yo, que me había quitado el sombrero no como el acto de rebeldía que muchos han querido ver luego, sino para bromear diciendo que el sombrero nos congestionaba las ideas, provoqué que empezaran a apedrearnos, pero no a ellos dos, a Federico y a Salvador, ¿eh?

, sino a Margarita y a mí. ¿Y a que no sabes qué fue lo que dijo Dalí?

—me preguntó, y el cielo sobre Perales lanzó el primer aviso de tormenta—.

Que a él también lo apedrearan, que él no era ni hombre ni mujer sino del tercer sexo. ¡Del tercer sexo!

Reí con ella. Ya había oído esa anécdota, pero quería que su protagonista me la explicara.

Era el año 1923, o tal vez 1925, no me lo supo precisar muy bien.

Yo era un pipiolo que empezaba a frecuentar la biblioteca de Almarcha cuando ella se quitó el sombrero junto a sus amigos de la vanguardia y definió, sin quererlo, a toda esa generación de mujeres que desde la Residencia de Señoritas o el Lyceum Club habían osado romper los roles que hasta entonces —como me explicó fervientemente— solo estaban reservados a nosotros, los hombres.

—¿Y sabes lo que más me dolió, Miguel? —prosiguió mirando al horizonte plomizo, a esa bandada de estorninos—. No fueron las piedras. Fue ver que la gente nos miraba como si estuviéramos locas. Locas por pensar, por decir, por pintar, por no querer casarnos o bordar servilletas.

Me quedé callado. Había leído algo de Clara Campoamor, había escuchado en la radio a Victoria Kent, pero ahí, junto a Maruja, no supe muy bien qué contestar porque era la primera vez que oía tan de cerca, tan directo hacia mí, aquel argumentario feminista que tan lejos me parecía de mi Orihuela natal, del Gallo Crisis y de las mujeres de allí, aquellas, tan obedientes, tan devotas, tan distintas a esas que se habían quitado el sombrero.

Bajé la mirada y removí el polvo del camino con la punta de la alpargata. Entonces pensé en Josefina.

—En mi pueblo —atiné a decirle— una mujer así no dura ni dos días sin que la señalen con el dedo. Qué diferente puede ser vivir un mismo país, ¿sabes?

Maruja soltó una risa breve y preguntó:

—¿Y cuánto crees que duramos nosotras en Madrid? Aquí nos llaman locas, Miguel, allí, en los pueblos, pecadoras. Al final todo se reduce a lo mismo: el miedo que quieren provocarnos a las que nos empeñamos en dejar de ser un objeto que contemplar o que inseminar. ¿Entiendes la diferencia?

Asentí tras aquella tosca comparación, Sí, claro, Maruja, quizá por respeto o tal vez por miedo a contradecirla —a ella, al ángel, al marisco—, y mientras lo hacía no podía dejar de pensar en mi novia.

¿Qué habría de pensar Josefina de haber escuchado a Maruja Mallo hablar sobre su propio sexo? Y mamá, ¿qué habría de decir Concheta?

—Y tú, poeta, tendrías que saberlo mejor que nadie —me indicó entonces, clavándome los ojos como dos arpones sobre el lomo de una ballena, como si ya supiera que dentro de mí había contradicciones, las del pueblo y las de Madrid, las de Sijé y Neruda, las del Gallo Crisis y Caballo verde para la poesía —.

La libertad no se suplica, no se mendiga, Miguel.

La libertad se lucha y se ejerce. Así es como debes escribir, ¿sabes?

Libre, a pesar de las piedras que puedan tirarte, como las que me tiraron a mí.

Hizo el gesto de arrojar sobre el prado una piedra imaginaria, el mismo con el que, aquella misma mañana escenificó cómo se había quitado el sombrero en la Puerta del Sol, y volví a asentir sin palabras porque Maruja me las había robado.

¿Qué decirle a alguien que basaba su vida en el ejercicio de la libertad?

Atravesamos una chopera con un silencio repentino. Entonces me dijo:

—Ahora háblame de tu poesía. ¿De qué te nace?

—¿De qué me nace? —repetí—. Supongo que de lo que he sido siempre, Maruja. Del campo. De las cabras. Del hambre.

No me atreví a decirle la verdad. Que si de algo nacía mi poesía era de la ausencia.

De la ausencia y de la rabia. Pero entonces no era consciente del todo.

Por eso tardé tanto en escribir El rayo que no cesa , mi siguiente poemario.

Estaba aprendiendo aún a nombrar lo que sentía.

Ella asentía mientras caminaba a mi lado con las manos a la espalda, la barbilla alta.

No me escuchaba, escrudiñaba en mis vacíos, miraba detrás del telón.

Entonces, tal vez incomodando ante la dificultad por encontrar las palabras precisas para responderle, terminé por ponerla al corriente de cómo iban mis publicaciones.

Contarle, por ejemplo, que mis obras de teatro no terminaban de encontrar productora a pesar de las promesas de Lorca, que nadie había leído, salvo Neruda o algún otro, Perito en lunas , y había empezado a trabajar para José María de Cossío en Espasa con biografías de toreros.

—Yo he estado con muchos toreros, ¿sabes? —Rio—. ¡Si largara mi lengua!

Aquella tarde seguimos caminando hasta que a la altura de Morata de Tajuña nos sorprendió la lluvia fina.

Buscamos refugio en una arboleda cuando unos campesinos que cruzaban repletos de estallantes espigas nos informaron de que en el pueblo no tardaría en salir un tren hacia Madrid.

Parecen estatuas de los pórticos de las catedrales, dijo Maruja al verlos pasar.

Caminamos protegiéndonos bajo nuestras chaquetas hasta que llegamos a la cantina del apeadero.

—El último tren salió hace veinte minutos, caballero —me respondió el tabernero, con un ojo a la virulé puesto en el reloj de pared junto a un Cristo sedente.

Maruja y yo, empapados, nos miramos y no tuvimos más remedio que soltar una carcajada.

Salimos temiendo tener que hacer noche en algún soportal hasta que desde el mismo camino pedregoso del que veníamos vimos llegar una camioneta.

¡Eh, paren!, gritó ella, que luego habría de decir que fue la iniciadora en España de aquello que vendrán a llamar autostop.

Eran, para nuestro alivio, los mismos campesinos que a la entrada del pueblo nos habían guiado a la cantina.

¿Nos llevan a Madrid, señores?, les preguntó la pintora.

Yo no abrí la boca, arrebatado quizá por su determinación.

¡Claro!, respondió el campesino, que dijo llamarse Marcial, junto a su hermano Bernardo.

La batea, a cubierto con un toldo, rebosaba de espléndidas cosechas, y nos hicimos hueco entre haces de trigo y sacos de cebada mientras el vehículo traqueteaba al reiniciar la marcha y ella me decía:

—La aristocracia de España está en el pueblo, Miguel, ¿sabes?

Asentí, todavía acomodando el trasero en la batea.

Entonces nos encontró el silencio. La frase se me quedó suspendida entre el vocablo aristocracia y la palabra pueblo .

Miré mis manos, húmedas aún, manchadas de polvo y de campo, y pensé en las de ese tal Marcial, en las de ese tal Bernardo, nudosas, abiertas como raíces, capaces de sostener una espiga o el volante de aquella camioneta con la misma naturalidad.

Habría de pensar mucho en esa frase. La hice mía en multitud de versos.

De vuelta a Madrid seguimos hablando de muchas cosas, y fue ahí cuando en mis labios puse el nombre de Josefina.

—Y esa novia tuya ¿no piensa venir a Madrid?

Bufé, ¡puf! Frente a mí, los claroscuros de la noche incipiente dibujaban en Maruja Mallo reflejos cobrizos y dorados, que, junto a los haces de trigo, parecía salir de un cuadro suyo, de La sorpresa del trigo o del Canto de las espigas .

—Dice que no se ve aquí. Y mira que he insistido. Pero en el pueblo tiene mucho trabajo y también cuatro hermanos pequeños que cuida para echarle una mano a su madre, que no da abasto. Que cómo se iba a ir ella dejándole a Josefa con esas cuatro fieras me dice, ¿sabes?

Ella asintió también sin decir nada. Habría dado lo que fuera por saber qué pensaba sobre mi novia del pueblo, pero decidió guardar silencio.

Detrás el horizonte era ya casi negro y en Madrid moteaban a lo lejos las luces del alumbrado, que por los nubarrones dibujaban un paisaje de Monet.

Fue entonces cuando el cielo rugió, provocando una estampida de pájaros.

¡Mira!, exclamé, señalando hacia las aves que rasgaban el ocaso con su aleteo de seres libres.

Ella no lo pudo ver porque le pilló de espaldas, pero aprovechó que me había asomado al barrote de la batea para cogerme de la mano y mirarme como si en los ojos le cantara una sirena.

Y yo no sé muy bien si fue ella o si en realidad fui yo, voy a ser sincero, tanto se me nubla la memoria a veces, o la culpa, pero en los labios se nos arrejuntó una tormenta y nos besamos como si aquella batea condujera no a Madrid, sino a un abismo, o a las dos cosas.

Algunas semanas después había de visitarme en la ciudad mi amigo Pepe Marín: por supuesto que no le hablé de ella.

Al llegar al Puente de Vallecas, el lugar que habíamos acordado con los campesinos para bajarnos, la camioneta se paró y desde la cabina Marcial nos lanzó un grito, ¡Eh, que hemos llegado!

Para entonces ya habíamos cesado las caricias entre los trigos.