Tu risa me hace libre 10
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¿Qué es echar de menos? Creo que lo aprendí durante aquellos meses en que él iba y volvía de Madrid; es aprender que, a veces, tras las despedidas queda el eco de las risas, los pasos que se dieron por la ribera de un río, las rosas prestadas del rosal, y por eso no dejé de llorar, ay, pobrecita de mí, a mis diecinueve años, tan nueva, tan estrenada en los amores, extrañando lo que Miguel había dejado tras su marcha, entendiendo cuán hondo podía ser un vacío.

Cuán hondo, como un pozo del que no se atisba el agua del final.

Ya me había acostumbrado a sentirlos, esos vacíos, pero al principio dolían, cómo negármelo, era recibir una carta suya, y aunque intentara controlar el pulso, el papel temblaba en mis manos, y el llanto, que también era irrefrenable, no dejaba de brotar como en Orihuela llueve a veces, en tromba, anegando los bancales y tirando con el viento alguna que otra palmera levantina.

Dicen que soy una mujer fría. Eso es que no me han visto añorar.

Josefina mía, te prohíbo terminantemente, ¿me oyes?

, ter-mi-nan-te-men-te, que sufras por no tenerme a tu lado.

Está bien que me quieras y me recuerdes cada día, pero muy mal que no duermas ni comas porque has pasado estos días sin verme, nenica querida.

Hazte más valiente que el buen guardia civil de tu padre.

Ojalá pudiera darte la fecha exacta de mi vuelta, pero aquí todo va despacio.

Yo mientras voy de mis asuntos a mi casa y de mi casa a mis asuntos, como tú de la tuya al taller y de este a tu casa.

Ni cine, ni teatro, ni espectáculos ni bailes con esas mujeres pintadas como puertas que Paco Díe no deja de proponerme, el muy briboncito, con su novia también en el pueblo.

No hay ninguna mujer digna de compararse a ti, Josefinica mía.

Todavía no había empezado a frecuentar las fiestas de Pablo Neruda. De esas no me habló en sus cartas.

—Tienes correo, Josefina. Te lo he dejado encima de la mesa.

Entonces empezó a ocurrir. No me di cuenta hasta que me di cuenta, aunque parezca una obviedad.

Sus cartas, aquellas que decían cosas como, Me parece, Josefina mía, que estoy fuera del mundo y del tiempo y de la vida sin ti, empezaron a cambiar.

Ya había llegado la primavera del año 35.

Primero pasó de escribirme varias veces a la semana a hacerlo solo en una ocasión, y luego, de toda la letanía de te quiero y de te añoro y de eres la mujer de mi vida pasó a cierta frialdad.

—¿Qué te ocurre, Josefina, hija? Te veo seria.

—Nada, madre.

Él pasó a la frialdad, decía, y yo al recelo, aunque Miguel se excusara con el trabajo, Es la enciclopedia de los toros, que casi no tengo tiempo en pensar en lo que más quiero, hasta que luego vinieron los reproches, Tú eres muy vergonzosa, no te gusta que te vean quererme, como aquel día del bofetón, aquel beso que no dejaste que te diera, ¿si nos han hecho para eso, por qué vamos a ocultarnos cuando nos tenemos que hacer una caricia?

, que yo respondía sin entender muy bien a santo de qué venían, Estoy cansada de que no me entiendas, Miguel, como si no supieras que yo sigo viviendo aquí.

Es curioso discutir con alguien por carta, las reprimendas se van dilatando a lo largo de semanas mientras sigues haciendo tu vida como medianamente puedes.

Llegó un momento en que me di cuenta de que me hablaba a mí, pero en realidad se refería a Orihuela, como si de pronto yo personificara al pueblo entero, La gente de los pueblos es tonta perdida, Josefina mía: por eso me gustaría tenerte aquí en Madrid, porque aquí no se esconde nadie para darse un beso, ni a nadie le escandaliza cuando ve a una pareja tumbada en el campo, uno encima de otro.

Odio a esa gente idiota que se le pasa todo el día hablando de si ha visto a la vecina besándose con el novio, y de aquellos reproches pasó a dilatar su vuelta, mes a mes, primero fechada en abril, luego en mayo, luego a finales de julio.

¿Qué estaba ocurriendo, Miguel?

Mira, Josefina, creo que no podré ir a Orihuela ni para agosto siquiera; no te quiero engañar.

Si voy, será más que milagro, dijo, como si ya no tuviera ningún interés en verme, y fue entonces cuando me armé de valor y se lo pregunté, ¿Acaso te has desengañado, Miguel?

, en una carta en la que, por supuesto, ya no había pétalos que meter en el sobre, y él no tardó en responderme, había llegado ya el verano y en Orihuela el estío traía el aire sofocante, terroso, del poniente:

No es que me haya desengañado contigo, Josefina; la que tal vez se haya desengañado eres tú; esto te lo digo no como reproche a ti, sino a mí mismo; me parece que no soy el hombre que tú necesitas.

Yo tengo mi vida aquí en Madrid, me sería imposible vivir en Orihuela ya; tengo amistades que me comprenden perfectamente, ahí ni me comprende nadie ni a nadie le importa nada lo que hago.

—¿Seguro que estás bien, hija?

—Que sí, padre. Que no preguntéis más.

Es muy difícil no ser hija de las costumbres.

¿Qué culpa tenía yo de seguir siendo quien era?

¿Cuál era mi falta, no darle un beso antes de lo debido, no dejarle que me poseyera, como sabía que otras se dejaban?

Para mí todo eso era perder el honor, lo he dicho muchas veces, y cuánto lloré, ay, y cuánto hube de sufrir porque él nunca fue sincero del todo conmigo; no tuvo el valor él, el genio de la poesía, quien era capaz de rimar como Góngora o Quevedo, de escribirme en una de esas cartas con el membrete de Espasa-Calpe para decirme qué demonios, sí, qué demonios era lo que le había ocurrido en Madrid —porque estaba claro que algo le había pasado—, y tal vez por ello aquellos meses me llenaron la cabeza de elucubraciones, yendo y viniendo del taller a casa sin que mamá ni nadie pudiera darme consuelo, Pero ¿por qué lloras, Josefina?

, me preguntaba papá, Antes estabas deseando que llegaran cartas de él, ¿y ahora la lees con esa cara, hija?

, hasta que de pronto fue esa misma Orihuela, esa que de forma repentina tanto detestaba Miguel en sus cartas, la que vino a darme una posible respuesta, o a poner tal vez algo de luz en aquella lobreguez.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue una tarde al salir del taller, Hasta mañana, Josefina, cuando de repente una voz me frenó.

No es que fuera Orihuela misma, permitidme la metáfora, sino Martinica, la hermana de mi compañera María José —una de tantas chicas del pueblo, un poco devotas y un poco cotillas—, la que me paró en la calle, me cogió del brazo y me dijo:

—Ay, Josefina. Venía a buscar a la María José, pero al verte no he podido remediarlo. Me he enterado de algo que no sé si tú sabes.

Me miró. Nos miramos. El tiempo se paró en ese gesto suyo, curioso, juguetón, algo en la punta de la lengua amenazando con ser una riada, y recordé de pronto que ella iba en aquel grupo con el que Miguel y yo nos encontramos ahí, camino del seminario de paseo, la primera vez que fuimos a cogernos de la mano.

—¿El qué? —pregunté.

A unos metros, María José se despedía de Remedios, que echaba la llave a la puerta del taller. Las miré, Hasta mañana, Reme; Adiós, Josefina.

—Es que lo he oído y me he dicho, esto lo tiene que saber la chiquilla. Porque, ay, se entera una de tantas cosas. Resulta que me ha contado mi amiga Rosarito, la prima de Paco Díe, ¿te acuerdas de quién te hablo?

Asentí, Sí, el pintor, suponiendo que lo que quería decirme tenía que ver con Miguel, pues los dos vivían juntos en Madrid, y no me preguntéis por qué, pero ya intuí qué era lo que iba a confesarme algunos segundos después, como si también tuviera el don de los augurios de mi abuela materna Josefa.

—Pues Rosarito me ha contado que su primo dice que Miguel anda con otra mujer en Madrid, ¿sabes?