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A finales de enero empuñé otra vez la maleta y volví a abrazar a Josefina en las escalinatas porticadas de la estación de Orihuela para despedirnos.
Nos sonreímos, nos dijimos te quiero, y dejé atrás ese brillo húmedo de sus ojos negros preguntándome por primera vez si lo mejor no era dejar a un lado todas mis ambiciones poéticas y olvidarme de Madrid.
¿Y si volvía a pastorear las cabras y me casaba con Josefina en una boda sencilla y teníamos muchos hijos para que se educaran en el colegio de Santo Domingo?
¿Y si no me empeñaba más que en tomar, una y otra vez, un callejón que parecía no tener salida?
¿A dónde iré que no vaya / mi perdición a buscar? Tu destino es de la playa / Y mi vocación del mar, habría de escribir .
A pesar de esas dudas, tenía la esperanza de que el nuevo viaje me deparara, al fin, mayores oportunidades de éxito, porque no tardaría en empezar a trabajar para José María de Cossío en la editorial Espasa-Calpe —que dirigía la enciclopedia taurina—, y porque había conocido a María Zambrano y a Enrique Azcoaga, quienes me abrieron la puerta de las Misiones Pedagógicas.
Pero el gran cambio que supuso Madrid para mí no fue en realidad el de la Espasa o el de las Misiones. Fue encontrarme con un libro.
—¿Cuánto cuesta, caballero?
El librero limpiaba el polvo de los anaqueles con un plumero que en su vaivén parecía moverse como el cancán de una bailarina.
—Ocho pesetas, joven.
Hay libros que pueden pasar por tu vida como una brisa. Hay otros que son un huracán, te sacuden, te zarandean, te abren un abismo. Sin La destrucción o el amor , de Vicente Aleixandre, jamás habría terminado mi siguiente libro, El rayo que no cesa .
—Gracias, y buenas tardes —me despedí del librero, que seguía con el baile del cancán de su plumero.
Aquella noche, al volver a la pensión, me apresuré a enviarle una carta a su autor, que firmé como «Miguel Hernández, pastor de Orihuela», y que, aunque en realidad yo había dejado de ser cabrero hacía algún tiempo, logró el resultado que esperaba, porque algunos días después, entre las cartas que me llegaron al hospedaje estaba la de Vicente Aleixandre.
A veces seguía funcionándome aquel tópico del poeta pastor que llevaba tiempo queriendo dejar atrás.
Distinguido Miguel, véngase a mi casa y con gusto le proporcionaré un ejemplar, me dijo, citándome en una de esas direcciones de Madrid que por aquel entonces, como la Casa de las Flores de Pablo Neruda, habrían de ser para mí recurrentes: calle Velintonia número 3, distrito de Chamberí.
—Buenas tardes, soy Miguel Hernández.
Fue Conchita, su hermana, la primera en abrirme la puerta de aquella casa, un enorme edificio de tres plantas, seis habitaciones y un jardín con un gran cedro que plantó su propietario.
Pase, sí. Vicente está en su biblioteca, leyendo.
Me habló de usted, ¿sabe?, que esperaba su visita algún día de estos.
Me invitó a pasar con una sonrisa mientras apaciguaba el ímpetu de Sirio, un precioso labrador blanco, y caminé detrás de ella mientras el perro correteaba entre nosotros.
No tardaré en saber que Vicente Aleixandre llamó Sirio a todos sus perros: moría un Sirio y el siguiente era Sirio, tal vez en un intento de detener el tiempo.
Al llegar a la puerta de la biblioteca se detuvo para prevenirme de que su hermano no andaba bien de salud:
—Desde que algunos años antes le extirparon un riñón, ¿sabe? Por eso tenía que pasar largas temporadas en la cama, convaleciente y asistido por mí.
Asentí. Conchita dio dos toques a la puerta de la biblioteca y me anunció, diciendo, Vicente, está aquí ese Miguel, y yo puntualicé al otro lado, ¡Miguel Hernández!
, para que él me recordara. Ah, sí, que pase, se oyó, y la mujer me abrió para que me encontrara con el poeta, un cuerpo enorme en una estancia preciosa repleta de anaqueles con libros, dos pequeñas chispas azules en los ojos, la cabellera despoblada, bigotito, la sonrisa afable.
También pasó el perro, que se apresuró a subirse a los pies de la cama mientras su dueño se incorporaba para darme la mano.
Luego me indicó que me sentara en el sillón junto al diván en el que leía, ahí donde luego sabría que recibió a la flor y nata de la intelectualidad española, a Lorca recitando su Bernarda , a Salinas y La voz a ti debida o a María Zambrano de vuelta de las Misiones Pedagógicas.
Entonces se disculpó por no poder levantarse.
—No se apure, Vicente, que ya mismo está usted subiendo por ese cedro —le sonreí, señalado a las ramas frondosas del árbol, que casi entraban por la ventana, y tal vez la visión de sí mismo que le evocó mi comentario, él, tan dandi, tan vestido de punta en blanco, subiendo como un monillo por el tronco del árbol, fue lo que le provocó la risotada—. ¡Sí, créame!
—¡Ay, cómo eres, chico! —exclamó.
No tardaría en verme escalarlo a mí, a pesar de que me gritara, ¡Baja de ahí, Miguel!, para luego colarme por la ventana de su dormitorio como se cuelan los cacos, aquellos a los que él no temía porque era, en el buen sentido de la palabra, bueno. Empezamos a tutearnos después de aquella carcajada.
—Me decías que querías un ejemplar de La destrucción o el amor , ¿no? —preguntó, alisándose el pelo breve por detrás de las orejas—. Ahí sobre ese sifonier hay un ejemplar. Puedes cogerlo, es para ti.
Me señaló ese precioso mueble de madera noble y yo le agradecí el detalle mientras extendía el brazo para cogerlo.
No quiero que vivas en mí como vive la luz, cacé, hojeándolo.
Entonces me pidió que le hablara de mí.
—¿De mí? —Yo, con mi camisa abierta, mis esparteras frente a ese hombre de treinta y siete, la misma edad de Lorca, dos años menor que Gerardo Diego, seis más que Neruda, muchos años más que este poeta que se presentó como pastor—. Si te hablo de mí, Vicente, no acabamos hoy, ¿sabes? —Reí.
Que él no tenía otra cosa que hacer ese día, me respondió, sonriendo ante mi ocurrencia, y yo le hablé de Orihuela y de mi familia, de las cabras y de mis primeros versos.
Él, oyéndome, asentía con atención. Aleixandre era un hombre que escuchaba.
Aquella tarde casi se nos hizo de noche, y, al despedirnos, me pidió que volviera a visitarlo.
Así fue como empecé a frecuentar Velintonia de la misma forma en que poco tiempo después fui invitado a la Casa de las Flores.
A comienzos de 1935 Pablo Neruda ya había fijado su residencia en Madrid, en un inmueble en Chamberí —calle Rodríguez San Pedro, esquina con Hilarión Eslava— en cuyos balcones se desbordaban hacia fuera los geranios y las buganvillas.
Era curioso: en Velintonia no se oía un ruido, si acaso las pezuñas de Sirio correteando por sus pasillos, mientras que en la Casa de las Flores todo eran excesos, el volumen de la música, el mueble bar, los muelles de sus camastros.
Pronto se hicieron célebres las fiestas del cónsul, y fue en una de aquellas celebraciones, que no necesitaban un porqué, sino un para qué, cuando su anfitrión me apartó de sus invitados para decirme:
—Querido Miguel, quiero hablarte de una cosa...
Sonaba música en un gramófono y la gente bailaba y con el rumor apenas oía su voz.
Le olía el aliento a whisky y en los labios tenía el rastro de los besos de Maruca, su mujer, a quien no tardaría en abandonar por Delia del Carril.
Me cogió del brazo y los dos miramos un momento al gentío que a nuestro alrededor movía los cuerpos y hablaba a gritos. Entonces me confesó:
—Que me gusta muy poco esa revista, ese Gallo Crisis de tu amigo Sijé.
Y que no soporto su pedantería, su olor a iglesia ahogada en incienso.
Te veo, te leo, Miguelito, y no entiendo todavía qué relación tienes con él y con su pensamiento.
¿De verdad que tú crees en todo eso? Creo que tus versos estarían mejor en otro lugar —continuó—.
Un lugar que no huela a cerrado. ¿Sabes?
Ahora que me he afincado en Madrid estoy preparando, con Bergamín, el lanzamiento de una nueva revista, Caballo verde para la poesía .
Alberti y Aleixandre van a colaborar en ella y me gustaría también contar contigo, ¿qué te parece?
Todavía no trataba demasiado a Alberti ni Vicente Aleixandre era aún mi mejor amigo, pero no fue en ellos en quienes pensé, sino en Ramón Sijé, en la antipatía que levantaba en determinados círculos culturales de la capital como era aquel de la Casa de las Flores.
Antes de volver a Madrid lo había estado ayudando en la edición del tercer número de El Gallo Crisis .
Lo vi algo desmejorado, pálido y ojeroso —decía que apenas dormía, que leía lo menos diez o doce horas al día—, pero no me atreví a mirarlo a los ojos y decírselo, porque a veces los hombres adolecemos de ese tipo de palabras, decirle, Oye, Pepe, tú no estás bien, ¿no?
—¿Conmigo? —le pregunté.
—¡Claro! —exclamó el chileno.
Sonreí, pero lo cierto es que seguía pensando en Pepe.
Fue él quien, junto a don Luis Almarcha, leyó mis primeras poesías, Esta metáfora, Miguel, no se comprende del todo, en el almacén de telas de su familia o donde los Fenoll, El acento de este verso, Miguel, no cae en la sílaba adecuada.
Fue él quien me empujó a probar suerte en Madrid en 1931, y también fue él con quien compartí las primeras dudas que me surgieron ante las puertas cerradas y las burlas que notaba a mi alrededor en aquella ciudad que todavía me era inhóspita:
No sé, hermano, no sé. Tan pronto río lleno de alegría, como poseído de una feroz melancolía me acomete el desaliento; tan pronto creo que lo que hago vale un poquito la pena, como que estoy haciendo el ridículo.
¿Por qué me pusieron un alma de poeta? ¿Por qué no fui como todos los pastores, mazorral, ignorante?
¿Por qué esta ansia de cumbres y soledad de ladera?
Titubeé durante algunos segundos, pues sabía que escribir para Neruda me acarrearía más de una discusión con mi amigo. Pero no podía desaprovechar esa invitación. Era el ansia de las cumbres, tal vez.
—Sí, claro, cuenta conmigo —respondí finalmente.
Mientras hablábamos se armó una conga que comenzó a serpentear por la sala. A la cabeza iba el escultor Alberto Sánchez. Mirándolos, Pablo rio.
—¿Sabes qué, Miguel? Que menos mal que estás tú aquí, en medio de todos, para templar los ánimos, ahora que todo está tan tenso.
Arqueé las cejas sin comprender qué quería decirme, y él volvió a reír con ese gesto suyo, llevándose las manos al contorno de su abdomen como un planeta, ¿Cómo?, mientras la conga se disolvía entre las risotadas de sus improvisados participantes.
Fue entonces cuando me di cuenta de ese par de ojos curiosos puestos en mí.
—Ay, amigo, déjame explicarte...
La miré de reojo. Eran los ojos de una mujer, pelo corto, cigarrillo egipcio, vestido rojo de lentejuelas, el contoneo de un baile meneando el vuelo de la falda.
—Pues que por un lado estamos los poetas de izquierda...
—Neruda se señaló con el dedo, posándolo en el alfiler de su corbata, y habría señalado a Alberti o a Aleixandre de haberse encontrado también en aquella reunión—.
Por otro lado, están aquellos, los conservadores o los católicos.
—Apuntó a algunos de los asistentes, José Bergamín, Luis Rosales, Raimundo de los Reyes—.
Y luego está Miguel Hernández, hablando de ruiseñores y de cabras.
Soltó otra carcajada, pero yo no reí con él.
De pronto se había acallado su voz, también la música, también el gentío del salón de la Casa de las Flores, y tal vez por ello me pareció oír lo que en realidad solo pude leer en el movimiento de esos labios carnosos de mujer, ¿Quién es ese joven tan guapo?
, le dijo a su acompañante, recalcando ese guapo que percibí perfectamente en la lejanía, y yo aparté la mirada, ruborizado, para coger del brazo a Neruda, que ya se giraba hacia otro de sus invitados, y preguntarle:
—Y esa mujer, ¿quién es?
El chileno levantó la vista hacia esa pareja de artistas —de la llamada Escuela de Vallecas, no iba a tardar en saber— que charlaba delante de ese busto de Cervantes que, con su gesto recio, presidía un sifonier junto a fotos de su esposa Maruca y de su hija Malva, escenas chilenas y conchas marinas.
Dos años después, ya en medio de la guerra, yo fui el último acompañante de Neruda que pisó la Casa de las Flores antes de que la abandonara rumbo a París, con todo removido por los bombardeos, todo, el sifonier, el Cervantes, los libros, las conchas, las fotos.
—Ay, chivo, ¿en qué mundo vives? —ironizó el poeta.
Y volví a encontrarme con esa mirada femenina mientras Neruda reía.
No tardaría en saber que ella no era una mujer, era un rayo.
—Esa es Maruja Mallo, la pintora.