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Me había puesto mi vestido de flores, y mientras aguardaba a que el tren arribara a la estación de Orihuela, no dejé las manos quietas: alisar el borde del cuello, repasar con el pulgar una costura imaginaria, volver a anudar el lazo del bolso, como si con esos gestos nerviosos pudiera ordenar lo que me bullía por dentro.
¡Miguel volvía al fin! Tras algunos minutos de retraso, se oyó el silbato del tren y luego la enorme bocanada de humo de la chimenea, con la que los maquinistas tenían a gala entrar en las estaciones.
Él se bajó del vagón de tercera, la maleta a cuestas, la mano en el costado, dolorido —aquellos asientos de madera eran incomodísimos y se zarandeaban con cada resalte de la vía—, y al verlo poner un pie en el andén, corrí a su encuentro abriéndome paso hasta que lo abracé con todo el cuerpo sin que pudiera reprimir el rubor.
—Ay, cuánto te he echado de menos, Josefina, mi vida —me dijo con la cabeza metida en el hueco del abrazo, junto al convoy.
A mí se me había hecho la espera interminable.
Josefinica mía: estoy haciendo todo lo que puedo para volver pronto.
Ya te he dicho muchas veces que aquí las cosas van despacio.
Ten paciencia, como tengo yo, novia querida, salá , chalá , perdía por mí, y yo por ti, me habría escrito algunas semanas atrás, con los pétalos de aquella rosa ya gastados.
Miguel, lloro cada tarde al salir del taller porque tú no estás en la acera de enfrente, y también al pasar junto a la columna en la que nos despedíamos antes de subir a casa, y así se me pasan los días, le respondía yo.
—Y yo a ti, Miguelico, hijo —le susurré con el rostro apoyado en su hombro.
Nos sonreímos, nos encontró la deriva de esa gente en el refugio de nuestros brazos, y aquellos días, a tenor de cómo descubría en el espejo mi sonrisa antes de salir de casa, mi risita boba bajando la escalera o cómo se me agitaba el corazón nada más oír su silbido desde la calle del Río, fueron, tal vez, lo más cerca que hube de estar de la felicidad.
Es curioso: si todas las emociones transitan en nosotros con el verbo estar, triste, enfadado, furioso, ¿por qué la felicidad es la única que se empeña en que la vivamos desde el ser ?
¡Fiuu, fiuu!, oí algunos días después.
Porque ese silbido suyo, aquel con el que habría de llamar, quizá, a una cabra díscola del rebaño cuando las apacentaba, es lo que desencadenó lo que quiero contar ahora y con lo que nos partimos de risa.
Habíamos quedado para ir a comer a su casa y yo apuraba las labores de la mía junto a mamá cuando, más temprano que de costumbre —todavía no me había arreglado ni acicalado el pelo como pretendía—, oí el silbido.
Mis hermanos jugaban. Papá estaba de guardia.
Mi madre, que frotaba con estropajo de esparto los cacharros de la cocina —calderos, perolas, lebrillos—, levantó la cabeza para buscarme con la mirada, Anda, ahí está tu Miguel, me dijo chistosa con ese tonillo, y yo me apresuré a terminar de barrer para asomarme al balcón y decirle que esperase, que tardaba solo un par de minutos.
Pero no estaba, miré hacia un lado y otro de la calle, a la esquina tras la que se encontraba aquel banco junto al rosal, bajé para asomarme a la puerta principal de la Casa del Paso y grité:
—¡No tiene gracia, eh!
Y volví a subir entre gruñidos, Hija, ¿no estaba ahí abajo tu novio?, me paró mi madre, hasta que, otra vez —esta vez a la hora a la que habíamos quedado—, volví a oírlo, ¡fiuu, fiuu!
—¡Me va a oír! —dije, bajando de nuevo las escaleras.
Entonces sí me encontré con Miguel, que esperaba en el zaguán de la casa cuartel, ¡Hola, nena!, apoyado en la columna junto a la escalera que subía a la primera planta, donde vivíamos. Le grité, para su sorpresa:
—¡No tiene gracia! ¿Por qué te escondiste antes?
Pero él no sabía a qué me estaba refiriendo.
¿De qué hablas, Josefina? Entonces ya trabajaba en la enciclopedia de toros de Espasa en Madrid, y solía utilizar símiles y metáforas taurinas, ¡Pareces un miura!
Caminamos unos metros hasta que, detrás de nosotros, volvimos a oír el silbido, ¡fiuu, fiuu!
—¡No puede ser! —gritó Miguel.
Nos giramos al unísono y fue él quien advirtió de dónde venía, ¡Mira!
, gritó, arrancándose a reír, ¡Ahí!, y me señaló hacia el balcón del segundo piso, el de Enriqueta —cuyos cuatro hijos armaban a veces un ruido insufrible—, donde la mujer había sacado al pájaro a que lo calentara un poco de aquel sol invernal.
—¡Es el loro! —Reía—. De tanto oírme silbar, ¡ha aprendido cómo lo hago!
Sí, era el loro de Enriqueta, un precioso guacamayo con el plumaje verde y manchas rojas y amarillas, que era parlanchín y a veces un tanto molesto, y reímos durante todo el paseo por la ribera del Segura, y quizá por ello, porque a mí siempre me ganó con la risa —más incluso que con los versos—, en aquella tarde que olía a castañas asadas, a turrón casero y a fuego de leña, me atreví a dejarle que me cogiera de la mano.
Subíamos hacia la calle de Arriba y nos sujetamos, era cálida y envolvía, su mano, y yo noté cómo a él lo embriagaba cierta sensación de euforia.
Aun así, no duramos demasiado tiempo entrelazados, porque fue ver a aquellas mujeres que venían de lavar de la acequia y me apresuré a soltarme.
—¿Qué ocurre? —me susurró Miguel.
Le señalé con las cejas el grupo de mujeres, y él, al levantar la vista, lanzó un bufido, se paró en seco y me preguntó:
—¿Y qué pasa con ellas?
—Que ya bastante lengua tienen, Miguel —le respondí en voz baja—.
Ahí va Martinica, la hermana de una que cose en mi taller.
Y María, una de las catequistas de la parroquia.
Ah, y mira esa, la regordeta es Jesusa, la hija del barbero.
Te aseguro que, si les damos motivos para que hablen de nosotros, mañana lo estará haciendo todo el pueblo.
Miguel agrió el gesto.
—¿Qué más da de lo que hablen?
Y yo intenté explicarle, hablarle, por ejemplo, de lo que se decía de Juana la Catalana, o de Margarita la del farmacéutico, pero él no me dejó continuar.
—¿Acaso no somos novios, Josefina? —me preguntó serio, fruncido el ceño.
Las mujeres, a unos metros, advirtieron nuestra presencia.
Percibí incluso cómo habían acallado sus voces para oír aquello que esa parejita hubiera de estar hablando.
Eran unas chismosas de cuidado, sobre todo cuando iban a lavar, todo el pueblo lo sabía.
Buenas tardes, señoras, nos saludamos, y yo volví a buscarle la mano cuando se perdieron calle abajo.
Entonces fue él quien no quiso dármela, diciendo, con sorna:
—Se la das al loro de Enriqueta.
Así atravesamos el arco de la Monserrate y llegamos a la puerta de su casa, en el número 73 de la calle, junto al colegio de Santo Domingo.
Respiré hondo y esbocé una sonrisa frente a la puerta de aquella vivienda de paredes enlucidas con yeso y un zócalo de cemento moreno.
Fue su hermana mayor, Elvira, quien abrió.
Elvira tenía dos años más que Miguel mientras que Encarni debía ser de mi edad, porque había coincidido con ella en alguna verbena o en la procesión del Corpus.
La hermana me miró de arriba abajo y nos invitó a pasar a la estancia principal, un zaguán que hacía las veces no solo de salón y comedor, sino de distribuidor hacia las demás estancias; a la izquierda, el vestidor y el dormitorio del matrimonio; a la derecha, los cuartos de los varones y las hembras; y en el centro, la pequeña cocina con ladrillos rojos de fuego desde la que venía el olor a estofado de carne que Concheta preparaba en una cacerola.
La saludé, ella me dio la bienvenida. Era una mujer pequeña, vestida de negro por algún luto antiguo, y con la voz entre toses de esos males a los que ni la santera del pueblo ni el médico don Sebastián habían sabido poner remedio, o eso me dijo Miguel.
—La comida estará lista enseguida —nos anunció la mujer, removiendo una cuchara de palo dentro de la cazuela.
Hice ademán de ayudarla, pero me apartó diciendo que ni se me ocurriera coger el delantal que iba a ponerme sobre el vestido.
Luego supe que ese gesto mío le había gustado mucho.
Entonces le pidió a Miguel que me llevara a la puerta trasera de la cocina a saludar a los hombres.
Salimos al patio de la casa, con un pozo y una parra bajo cuya sombra él había escrito buena parte de sus poemas, y que daba a los pies del monte de San Miguel.
Hizo visera con su mano derecha y con la izquierda me señaló el sendero por el que, me dijo, había salido cada mañana a apacentar las cabras con su hatillo y su cuaderno.
Cruzamos el patio y me dirigió hacia el huerto, con sus moreras y piteras, el limonero y aquellas paleras de higos en las que había escrito mi nombre.
Junto al huerto se encontraba el establo, que olía a heno fresco y a estiércol y era donde se guardaban, tras un cercado, varias decenas de cabras.
Ahí estaban el padre y el hijo, a los que el pueblo seguía llamando Visenterres mientras que a Miguel, en cambio, ya casi todo el mundo lo conocía como «el Poeta».
Los observamos durante algunos segundos, con su faena, ajenos a nuestra llegada, hasta que Miguel lanzó un ¡epa!
que llamó la atención de los hombres. El padre, con las mangas de la camisa arremangadas, descargaba unos serones de esparto con los cántaros de leche recién ordeñada que luego su hijo apilaba a la fresca, cubriéndolos con paños húmedos para que no se agriara antes de comercializarla.
No hacía mucho que habían terminado de ordeñar, con ese glugluglú sobre el cubo de latón.
Tras advertir nuestra presencia, don Miguel se sacudió las manos y se quitó el sombrero de paja para decirme:
—Encantado de conocerte, Josefina, chiquilla.
Yo le sonreí comedida, timorata, como no habría podido hacer de otra forma ante aquel hombre del que Miguel me había hablado no mucho, pero sí lo suficiente: que se había hartado de darle palizas, que lo había ridiculizado por leer o por escribir poesía, que lo sacó del colegio a los quince y que nunca lo había apoyado en su sueño de ser escritor, pero que, no obstante —me habría confesado también—, en aquel momento ya no le guardaba rencor —o sí, porque de Miguel nunca se sabía: decía una cosa y su corazón sentía otra—, y los observé durante algunos instantes, el padre contándole cómo había ido la venta de la leche de aquel día, qué le pasaba a Lucera, su cabra favorita, que andaba pachucha, y fue entonces cuando me di cuenta, en otra de esas impresiones fugaces que a veces se tienen, que Miguel se parecía a su padre mucho más de lo que él creía, o de lo que quería.
Luego me presentó a su hermano Vicente, Un placer, señorita, que en cierto modo también guardaba parecido con su padre, aunque tal vez tenía más de Concheta, la forma del rostro, los ademanes.
Algunos minutos después, la madre nos llamó a la mesa.
Ahí, viéndolos comer, el silencio de las hermanas —también el mío—, la voz grave y serena del padre, las toses de Concheta, me di cuenta también de que el Miguel que yo conocía era otro de puertas adentro de su casa.
Era mucho menos locuaz, menos bromista, menos poeta.
Incluso le cambiaba el acento cuando se dirigía a su padre, siempre de usted, siempre comedido, Padre, páseme una servilleta; Padre, esta tarde saldré con los Fenoll, hablaba con otro deje, como si también fueran una máscara las maneras del hablar.
Es como si el Miguel que yo conocí, que todos conocemos, fuera a menos en el número 73 de la calle de Arriba, y hube de preguntármelo luego muchas veces:
¿Cuál era el auténtico? ¿El poeta o el hijo del cabrero? ¿Cuál huía de cuál?
Al terminar la comida me dispuse a recoger la mesa con Concheta y las hermanas.
—Déjeme ayudarlas, Concheta, por favor —le pedí, y ella accedió.
Entonces las vi con el rabillo del ojo, cómo Encarni, que apilaba en el secadero los cacharros que habría de fregar Elvira, le dio con el codo a su hermana mayor y la miró con sorna para decir:
—Así que a Miguelico le deben gustar las costureras, ¿no, Elvira?
Esperaba que yo contestara, pero no supe qué decir y me limité a fruncir ligeramente el ceño, fingiendo indiferencia, mientras ayudaba a Concheta a doblar el mantel del que antes habíamos sacudido las migas de pan.
—Sí, mujer —insistió Encarni, sin importarle que yo no hubiera reaccionado a su comentario—. ¿No fue a Carmen la Calabacica a la que rondó antes que a ella?
Volví a hacer como si nada, afanada como estaba en que el mantel quedara perfectamente doblado.
—¡Menudo galán es Miguel! —oí que reía Elvira.
Las hermanas siguieron con sus sonrisas torcidas, con sus codazos. Yo me sentí pequeñita de pronto. Concheta se apresuró a acallarlas.
—Ay, no le digáis esas cosas. —Con una mueca burlona me pidió que no les hiciera caso, que bromeaban—. ¿Es que no habéis visto a Miguelico, tan enamorado como está de Josefina? ¿Es que no visteis su nombre grabado en la higuera?
Y se dirigió a mí, cogiéndome del brazo y guiándome hacia el patio, de donde llegaban las voces de los hombres, y me miró otra vez con ese mismo gesto de burla que, me di cuenta, había heredado de ella Miguel. Rio con la cabeza vuelta.
—Ahora, por chismosas, a terminar de recogerlo todo, ¡y quiero la cocina como los chorros del oro, eh!
Un par de semanas después nos despedíamos en la estación de Orihuela.
Ya empezaba a ser rutina; la maleta, el tren, los abrazos.
Entonces, pensaba él, lo aguardaban grandes probabilidades de éxito en Madrid, pues había conocido a Pablo Neruda antes de viajar a Orihuela y, decía, el cónsul chileno le abriría todas esas puertas que ninguno de los demás poetas que había conocido hasta entonces había querido abrirle.
Oímos cómo el revisor llamaba a los pasajeros al tren mientras Miguel besaba mi mano y yo se la estrechaba para acompañarlo a las escalinatas del primer vagón de tercera.
Nos abrazamos, nos dijimos palabras bonitas y nos separamos cuando la locomotora lanzó una densa bocanada de vapor y un par de campanadas avisaron de que el tren salía de forma inminente.
—¡Adiós, Miguel! —grité desde el andén.
De pronto me recorrió un pensamiento: las risillas de sus hermanas, sus codazos.
—¡Adiós, Josefina, tesoro! —Tras la ventanilla.
Cómo iba a saberlo yo, ay, pienso ahora, tantos años después, que tal vez sus hermanas tenían razón, que mientras agitaba las manos y lanzaba besos a aquel cristal, la próxima vez que nos veríamos a su vuelta ya no seríamos novios.