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Los pétalos cayeron del sobre como planea una mariposilla.
Los contemplé maravillado hasta que con esa frágil ingravidez se posaron sobre la mesa del cuarto de pensión que compartía con mi paisano oriolano Paco Díe.
Cogí uno de ellos para llevármelo a la nariz y, aunque ya recorría el camino irremediable de la muerte, quise encontrar en sus matices el olor a Orihuela, el perfume de sus azahares y, sobre todo, quise olerla a ella, imaginándome el beso que habría dejado ahí impregnado, como en la retina se quedan los amaneceres hermosos.
La leí varias veces, su carta, Querido Miguel, cuánto me alegro de que hayas llegado, bien, a Madrid, viéndola a la mesilla de su escritorio, en la duermevela, la tez pálida, los ojos negros, hondos, profundos, las graciosas ondas de su cabello, la rectitud monacal de su espalda, que no precisa de respaldo.
Tus cartas son un vino / que me trastorna y son / el único alimento / para mi corazón , habría de escribir.
Me apresuré a sacar del macuto el plumier y me senté a la mesa del dormitorio para responder a su carta.
Al concluir, con las palabras más preciosas que mis dedos agarrotados por el frío podían escribir, decidí meter en el sobre los mismos pétalos que ella me envió, para que Josefina sintiera que para recordarnos solo había que seguir el rastro de pétalos como el de migas de pan del cuento.
Entonces salí a la calle dispuesto a dirigirme a quien pudiera prestarme ayuda.
Antes de partir de Orihuela había enviado algunas cartas de las que obtuve pocas respuestas.
De Lorca, de momento, no recibí más que silencio.
Moléstate un poco más por mí, Federico. Si para ti no significa nada mi amistad, le escribí por aquel entonces.
El primero que había contestado a mi llamada fue José Bergamín, quien me había editado el auto sacramental gracias a los contactos de Ramón Sijé.
Bergamín me pagó por aquella publicación un montante de trescientas pesetas que vinieron a aliviar, algún tiempo, mi maltrecha economía de mecanógrafo en la notaría de Luis Masares.
Con ellas le hice varios regalos a Josefina, un jersey, un pañuelo, una estilográfica, que ella aceptó a desgana diciéndome que, de gastarme dinero en alguien, lo hiciera mejor en mi madre, en Concheta.
Almarcha no quiso que le devolviera las quinientas pesetas que me había dejado para la edición de Perito en lunas . Fui un par de veces a insistirle a la vicaría.
Llamé al timbre del despacho de José Bergamín, situado en la calle General Mitre.
Para llegar hasta allí tuve que cruzar la Gran Vía, aquella calzada enorme que a mí no dejaba de parecerme nunca un carrusel: ya a primera hora rugía de tranvías y automóviles, escaparates, vendedores ambulantes y gentes con sombrero que parecían no tener nunca prisa y que, sin embargo, avanzaban como si la ciudad los arrastrase.
—Pase, don José lo está esperando. —Me abrió su secretaria.
José Bergamín era un hombre menudo, traje oscuro, corbata torcida, narigudo, era por aquel entonces un verso libre, uno de esos tipos que solo habría podido existir en la Segunda República, un poco alocada y un poco utópica, hijo de un ministro conservador, ferviente católico, pero cercano al comunismo.
Al recibirme esbozó una sonrisa y me saludó con el cigarrillo colgando de la comisura de los labios.
Me ofreció tabaco, le dije que no fumaba.
Luego nos sentamos en un par de divanes aterciopelados, frente a estanterías en desorden como un jardín silvestre, libros y revistas y panfletos, algún busto como de romano, y tras algunas preguntas de mera cordialidad, le hice ver que lo que me llevaba a su despacho era el auto sacramental, que llevaba ya varios meses publicado y del que apenas había tenido noticias.
Al terminar de hablar, advertí que él hacía un esfuerzo por encontrar las palabras precisas con las que responderme.
—Te voy a ser franco, Miguel —me dijo mientras prendía un cigarrillo con un encendedor—.
A mí me gusta decir las cosas así, sobre todo cuando trato con escritores, porque corremos el riesgo de fantasear.
Ya sabes, de hacer castillos en el aire.
Tu auto sacramental ha sido alabado, es cierto.
Pero ¿sabes cuál es el problema? Que lo han leído muy pocos.
Casi nadie. Ya te lo avisé en su día: está muy bien escrito, sí, es cierto, pero en los tiempos que corren es, cómo decírtelo...
, un poco anticuado. Que no te ofenda, ¿eh?
Pero está muy lejos de las vanguardias que dominan el panorama literario hoy en día, y yo, que soy católico como lo eres tú, sé que lo religioso debe andarse con ojo, no sonar a reaccionario. Por eso no ha sido un éxito, Miguel.
No grita el éxito, susurra; no es luz sino relámpago, es esquivo y caprichoso y muchas veces injusto, pero yo creía merecerlo y asentí, esforzándome porque en el rostro no se me viera la decepción, acordándome de pronto de mi padre, de sus reproches, De los versos no se come, Miguel, acordándome también de lo que Federico me dijo en la única carta que me envió, con esa letra suya afilada, como si escribiera dibujando cipreses, No seas vanidoso de tu obra, Miguel.
Así aprenderás a superarte en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida.
Por ello hice acopio de argumentos para defender mi auto, muchos de los cuales sonaban a Almarcha, o a Sijé, hasta que entendí que él no prestaba demasiado interés en aquello que le explicaba. Entonces me interrumpió:
—Me dijiste que estabas escribiendo una obra taurina, ¿no?
Luego dio otra calada. No me fue difícil advertir que le estaba aburriendo con aquella proclama y que deseaba cambiar de tema.
—Una tragedia sobre Ignacio Sánchez Mejías, sí —respondí.
Durante días no se habló de otra cosa: 13 de agosto de 1934, Sánchez Mejías sentado en el estribo y Granadino, un toro manso y astifino, corneando su muslo derecho al iniciar la faena. Lo miré. Advertí que había recobrado el interés.
—¿Me hará el favor de ayudarme con esta nueva obra, don José? En Orihuela he dejado mi trabajo de mecanógrafo y de lo que vivo ahora es de lo poco que gané con el auto sacramental.
—Veré qué puedo hacer. —Se mesó el mentón—.
Pero se me ha ocurrido algo. En vista de tu afición al mundo del toreo, puedo hablar con mi amigo José María de Cossío.
Está dirigiendo para Espasa una enciclopedia taurina y sé que necesita redactores.
¿Qué te parece? —Asentí. Bergamín destensó el gesto, dio otra calada y sonrió—.
Ah, ¿y conoces las Misiones Pedagógicas?
Colaboran en ellas muchos intelectuales.
Puedo ponerte en contacto con María Zambrano, una joven escritora a la que he publicado en la revista y que lleva ya un año enrolada.
Tal vez no te venga mal conocer otra España que no sea Madrid ni Orihuela, ¿sabes, muchacho?
Quise decirle que sí, que sabía que se trataba de una empresa del Ministerio de Instrucción Pública, que, según decían, habían nacido para llevar la cultura allí donde apenas llegaba, a los rincones más remotos y olvidados del país, pero la puerta del despacho se abrió y tras el umbral se asomó la figura esbelta de la secretaria.
—Ya está aquí el señor Neruda, ¿le digo que espere?
Bergamín advirtió mi mueca de sorpresa, cómo mis labios dibujaron su nombre, ¿Pablo Neruda?, y procedió a decirle a la chica:
—Sí, dile que pase, Mercedita, por favor. Al señor Hernández le gustará conocerlo. —Me sonrió.
Yo había leído con mucho entusiasmo sus veinte poemas de amor, Me gusta cuando callas porque estás como ausente , aunque mi amigo Sijé, tan crítico con las vanguardias poéticas, osara tacharlo de moda pasajera.
Eso de la poesía impura, decía y lo recuerdo, ay, Pepillo, siempre con sapos y culebras en la boca, crítico, mordaz, ¿qué es, una broma?
Si Lope o Calderón levantaran la cabeza...
—¡Hola, Pablo, adelante!
Pablo Neruda era un hombre alto, altísimo, corpulento como habrían de ser los patagones, de rostro redondeado y nariz ancha, Te presento a Miguel Hernández, poeta de Orihuela, y su mano era firme, Encantado, Miguel, y su voz grave y pomposa, con esa cadencia chilena, ¡Es un placer!
, esa voz que llenaba cualquier espacio, que era un embrujo.
Tomamos asiento en torno al escritorio de Bergamín.
Neruda acababa de llegar a Madrid como cónsul chileno en sustitución de Gabriela Mistral, y aquella misma tarde daba una conferencia en la universidad.
—¿Sabe, Miguel? —Me sonrió. Le pedí que me tuteara—.
Aquí nuestro amigo Pepe Bergamín me hizo llegar su auto sacramental, y aunque no es de mi estilo, tengo que confesárselo...
Me ha dejado impresionado. Posee una inaudita construcción verbal.
Tiene usted fuerza, el empuje verdadero de un poeta.
Quién sabe si uno de los grandes del nuevo catolicismo español —confesó.
No supe qué responder. Somos el producto de las cosas que una vez nos dijeron, de la ocasión y del homenaje, de las palabras que edifican el espacio y el tiempo que habitamos.
No sabe cuánto se lo agradezco, Pablo, me atreví a hablar finalmente, y él me pidió que lo tuteara mientras José Bergamín, desde su escritorio, me regalaba otra sonrisa cómplice.
Luego hablamos durante algunos minutos más —la poesía, el amor, la patria chica, Góngora, Lope, Quevedo—, hasta que me di cuenta de que los dos esperaban a que me fuera para tratar los asuntos que habían llevado al nuevo cónsul hasta ese despacho. Se puso en pie para despedirme.
—Ha sido un placer conocerlo, Miguel. —Su mano arriba y abajo cogida de la mía, firme, como una raíz—. Cuando me instale definitivamente en Madrid, quedamos. Lo invitaré a casa y hablaremos con calma, ¿de acuerdo?
—Claro, por supuesto —asentí entusiasmado.
Se refería a la Casa de las Flores.