Tu risa me hace libre 6 #3
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—Un auto sacramental es una obra de teatro religioso. Es propia del Siglo de Oro, pero yo quiero revitalizarla. Mi objetivo es hacer ver que la solución a los males de España no está en las ideologías, sino en el catolicismo. ¿Comprendes, nena?

Asentí, jugueteando con el cucurucho vacío de altramuces al que Miguel me había invitado, a pesar de mi objeción. Aquella fue la primera vez que me habló de religión de la misma forma en que en la tahona, un par de días después, lo oí hablar de política.

—¿Y ya tienes fecha para publicar el final de tu auto? —le preguntó Carlos, que apuraba su cigarrillo con una larga calada.

Miguel se revolvió en la silla.

—Sí, será pronto —dijo, dando un sorbo al chato de vino que le había servido Josefina Fenoll—. José Bergamín me ha dicho que lo quiere sacar en el próximo número de Cruz y Raya . Confío en poder viajar la semana que viene o la próxima.

—¿Tan pronto? —intervino Sijé.

—Sí —respondió Miguel—. En cuanto vuelva a Madrid, que lo estoy deseando, me reuniré con él para ultimar los detalles. Para eso, y para comenzar a colocar mi siguiente obra teatral, El torero más valiente . No quiero ir a Madrid como la primera vez, cuando volví muerto de hambre, ¿recordáis?

Y bromeó, haciendo el gesto de hundirse las mejillas en los carrillos para imitar un rostro huesudo, y entre Carlos y Pepe hubieron de explicarme aquella peripecia de cuando Miguel regresó de Madrid sin un duro.

Los demás rieron, y luego vinieron otras anécdotas —de Efrén, de Jesús, de Josefina—, pero que yo apenas las escuché porque me había quedado en lo que Miguel dijo segundos atrás: que estaba deseando irse y que iba a ser en breve.

Me lo repetí a mí misma, incrédula, ¿lo estaba deseando?

, porque, aunque él ya me había hablado de muchas cosas —de su auto sacramental, de los desvelos por la tibia recepción de Perito en lunas , de las cartas que había de mandarle a Lorca, de su futuro en la capital—, todavía no me lo había dicho así, con esas palabras, que deseaba irse de mi lado, y lo observé como si me quemaran los ojos, seria, aguardando encontrarme con su mirada y pedirle explicaciones, ¿Cómo es eso de que no deseas otra cosa que irte?

, pero él no se dio cuenta porque, aunque era capaz de contemplar la luna y componerle las más bellas metáforas, a veces se le escapaba algo tan evidente como que había metido la pata.

Tal vez por ello, tras la despedida de la tahona y el camino de regreso a mi casa, apenas dije palabra. Fue sentarnos en un banco, ya cerca, y solo entonces se dio cuenta el muchachico:

—¿Te ocurre algo, Josefina?

Pero no le respondí, y quizá por eso, ante el beso en la mejilla que quiso darme para despedirnos, reaccioné de esa forma, sintiendo de pronto que me recorría un temblor mortecino, la energía súbita de los Marhuenda, porque mamá también era rápida con la mano, y la bofetada resonó con un chasquido en el silencio de aquella plaza, ¡chas!

, y luego mis palabras, ¿Cómo te atreves?

, mientras él se llevaba la mano a la mejilla, desconcertado, y se excusaba:

—Ay, lo-lo siento, nena.

Miguel habría de escribir luego sobre lo ocurrido; ese poema que publicó en El rayo que no cesa —el único de sus libros que no me gusta del todo por motivos que ahora no me apetece demasiado contar— y que comenzaba así, Te me mueres de casta y de sencilla.

Me lo sé de memoria, todavía: Te me mueres de casta y de sencilla: / estoy convicto, amor, estoy confeso / de que, raptor intrépido de un beso, / yo te libé la flor de la mejilla.

Tomé aire y guardé silencio mientras miraba más allá, a la vuelta de la esquina, donde quedaba la Casa del Paso, por si nos había visto el compañero de mi padre que hacía la ronda delante de la fachada.

Luego levanté la vista a la ventana de arriba, la que daba al salón de mi casa, pero tampoco parecía haber movimiento.

—Lo siento de veras —volvió a disculparse.

Y sonrió de pronto al advertir que detrás de nosotros había un rosal. Extendió la mano para coger una rosa roja de grandes pétalos, diciendo:

—Bueno, si no quieres un beso, al menos ten esta rosa, ¿de acuerdo?

Me la ofreció, pero yo no podía aceptarla. Me armé de valor y le solté:

—Y cuando estés en Madrid, ¿qué va a pasar con nosotros? Porque estás deseando irte como dijiste, ¿no?

Nos miramos. Él no esperaba esa pregunta. Titubeó, con un ¿Có-cómo?

—Hay algo que debes entender, Josefina —contestó tras unos segundos—.

Que si lo que quieres es acompañarme en la vida, a mí, a este chico un poco pastor, otro poco poeta, habrás de escribirme a Madrid algún tiempo.

En casa soy un estorbo y en la notaría apenas gano para cubrir mis gastos.

Aquí en Orihuela no tengo nada más que a ti.

Todo el resto me falta, y, de momento, tengo que buscarlo en la capital, ¿lo entiendes, nena?

Allí habré de publicar mi auto sacramental y buscarle editor a la nueva obra teatral que estoy preparando.

Así que, cuando esté allá, tendremos que escribirnos muchas cartas y esperar con mucha ilusión a que yo vuelva para vernos.

Volvió a sonreír, ofreciéndome la rosa por segunda vez, y yo le pregunté, ¿Seguro?, a lo que él contestó con rotundidad, Siempre. Y ya no me pude resistir. Cogí la flor, me la coloqué en el ojal cosido a la pechera de mi vestido y, al vérmela puesta, se iluminó.

—¡Se me ocurre que podemos hacer una cosa! —dijo de repente.

Ay, tú siempre con salidas como esa, Miguelico.

—¿El qué?

Con el rabillo del ojo, miré de nuevo al guarda de la Casa del Paso, que seguía con sus pasos perdidos frente al portón y el humo de su cigarrillo.

—Pues que, cada vez que me escribas una carta, arranques un pétalo de esta rosa para besarlo y envíamelo dentro del sobre, ¿te parece?

—Nos sonreímos. Algunos días después, no podré contener las lágrimas en la estación de tren de Orihuela—.

Así creeré que el tiempo no pasará y que estaré siempre contigo hasta que volvamos a vernos.

Luego, sonrojada, agaché la cabeza para mirarme la rosa. Sus pétalos se me agotaron en apenas unas semanas —él también hubo de mandármelos de vuelta algunas veces—, tantas fueron las cartas que le escribí, pero todavía hoy, cuando pienso en aquella flor, es como si la viera intacta en aquel ojal.