6 #2
Hay muchas cosas de la vida que aprendí a su lado, pero tal vez lo primero que me enseñó fue a reír.
¡El segundo!, repitió, porque él reía como si nadie en el mundo pudiera juzgarlo, libre, despreocupado, ¿Puede haber algo más curioso?
, y me miró, la risa como una doctrina, como una Revolución rusa, ¿Qué te parece, Josefina?
, y comenzó a imitar a Charlot, con los pies hacia fuera y el movimiento de su muñeca, ¿En qué puesto quedaría yo?
, y yo no podía parar de reír al verlo, ¡Déjalo, Miguel!
, haciendo girar un bastón invisible, ¡Para!
, y anduvo así algunos metros, congregando de pronto las miradas de los transeúntes, ¡Qué vergüenza!
, hasta que me adelanté a sus pasos y tomé una bocacalle por la que no pasaba nadie para apoyarme sobre las rodillas y tomar aire.
—Ay, para, Miguel, que me duelen las costillas. —Con el rubor en las mejillas.
Seguimos por el camino de los puentes hacia la plaza de la República.
Más allá estaba la calle de Arriba, pero yo no sabía que él quería dirigirme hacia allí.
En aquel tiempo, pasear era, sin duda, nuestra actividad favorita.
Llegó un momento en que se nos hizo pequeño Orihuela, de la glorieta a la ribera del río y luego el enjambre de calles sinuosas en dirección al seminario, desde donde le gustaba a Miguel enseñarme a distinguir el tipo de maleza, Mira, Josefina, eso son cañas bravas, Mira, y ahí hay esparto, y también se agachaba a coger poleo o menta o tomillo, con los que se frotaba las manos porque, decía, le gustaba el olor que dejaban, Mira, ¿cómo huele, eh?
Todavía me dolían las costillas tras la escena del improvisado Charlot cuando, mientras cruzábamos la plaza de la República —repleta de oriolanos aquella tarde otoñal—, Miguel interrumpió sus pasos para decirme:
—Quiero llevarte a la tahona de los Fenoll. —Señaló en dirección a la calle de Arriba—. A esta hora solemos reunirnos. Me gustaría presentarte a mis amigos.
Titubeé durante algunos segundos. Yo le había presentado a mis amigas, a las del taller y a las del grupo eucarístico, pero a mí me faltaba conocer a los suyos, y por eso finalmente accedí, Venga, vale, porque también tenía curiosidad por saber de aquella tertulia de la que tanto me había hablado, y los enumeró, Carlos, Efrén, Jesús, Ramón Sijé, mientras me guiaba hacia la calle de Arriba, en cuyo número 5 vivían los Fenoll y, más adelante, en el 73 —pasando el arco del camarín de la Monserrate—, él con su familia.
—Tranquila, son buena gente —me previno, sobre sus amigos de la tertulia—. A veces parecerá que hablamos un poco extraño, pues a todos nos gusta la poesía. El otro día nos retamos a hablar solo en rima consonante, ¿sabes?
Tragué saliva mientras él reía. No supe si estaba bromeando, pero si él esperaba que yo rimase como ellos, lo llevaba crudo.
Al llegar ante la fachada de la tahona, un edificio de dos pisos y cuatro balcones en cuyos bajos estaba la panadería, Miguel ahuecó la mano para hacer bocina y gritar, ¡Soy yo, Miguel!
, mientras daba un par de toques en la puerta del establecimiento, que ya había cerrado al público.
—¿Y esos Fenoll también son poetas? —le pregunté mientras esperábamos.
Miguel me explicó que Carlos y Efrén eran dos hermanos panaderos a los que la afición por la poesía les venía de su padre, que no solo hacía pan, sino que también versificaba de forma popular, como trovero en la plaza Mayor o en el Casino.
El panadero tuvo trece hijos, de los que le sobrevivieron solo cinco.
La de en medio era mi tocaya Josefina, que era a su vez la novia de Pepito Marín.
Ella fue la que los unió a todos porque Miguel la conoció en un grupo de teatro.
La puerta se abrió algunos segundos después, y tras ella aparecieron dos chicos con mandil y gorrilla y harina salpicada en la cara.
—Carlos, Efrén, os presento a Josefina Manresa.
Saludé a los hermanos. Fue el pequeño, Efrén, el que consiguió arrancarme una sonrisa diciendo, mientras se sacudía las manos para limpiarse la harina:
—¡Teníamos muchas ganas de conocer a la chica que ha enamorado al Visenterre!
Luego nos invitaron a pasar y yo no supe qué decir, ¿enamorado?
, y con el rabillo del ojo veía el rubor en la cara de Miguel, que tampoco dio respuesta al comentario de su amigo, como si a él también lo sorprendiera esa palabra, aquella alusión al amor, como si las cosas no existieran hasta que no son nombradas.
Miguel se lo preguntó toda la vida: qué era el amor.
Disimuló su sonrojo preguntando por Ramón Sijé.
—¿Ha llegado ya Pepe?
Carlos, que nos dirigía hacia el obrador, asintió.
El resto de los amigos aguardaban en el alcabor, de donde llegaba el olor a pan recién hecho y donde la harina se mantenía en suspensión como una niebla de fermento y tabaco.
Entré expectante, como si asomara a una sacristía.
Al vernos, Ramón Sijé se puso en pie. Miguel lo llamaba así, Pepe —a veces Pepito—, pero su nombre era José y su seudónimo literario —formado como un anagrama de su nombre y su primer apellido, Marín—, Ramón Sijé.
A él le gustaba incluso dibujarlo, y solía coger lápiz y papel y representar el anagrama, r-a-m-o-n-s-i-j-e, trazando con flechas la transposición de las letras.
La primera vez que oí la explicación no supe qué cara poner.
—Pepe, ella es Josefina Manresa.
Nos saludamos, su rostro limpio de harina, porque él no era panadero sino estudiante de Derecho e hijo de tratante de telas, y por ello iba de punta en blanco, su traje, su pajarita, su rostro imberbe, aniñado. Miguel me había hablado mucho de él.
—Y Pepe Marín es mi mejor amigo, ¿sabes, nena? —me había dicho en uno de nuestros primeros paseos hacia la glorieta de Gabriel Miró.
No le hizo falta especificarme quién era ese chico al que no se le veía mucho por las verbenas, aunque sí todas las mañanas en misa.
Ya sabía quién era porque entonces paraba mucho por la tienda de su familia a comprar telas, y porque su nombre ya sonaba entre los corrillos de sociedad; que si con apenas veinte escribía como un filósofo, que si dirigía una revista y que si iba para intelectual, ese José Marín tan escuchimizado, tan poquita cosa.
—Pepe es firme defensor de los valores conservadores en esta España republicana, con su deriva laica y anticristiana —me había comentado Miguel mientras paseábamos—. No pocas enemistades le ha canjeado a Sijé su encendida defensa del catolicismo, ¿sabes? Sobre todo en Madrid.
Pero yo no atendí demasiado a su explicación; seguía intentando desentrañar qué significaba eso de deriva laica y anticristiana.
Tomamos asiento en torno a la mesa del obrador en la que los Fenoll habían servido varias copas de vino.
Yo dije que no quería nada, agua si acaso, y mientras me refugiaba en los sorbos diminutos con los que conduraba el vaso que me sirvieron, intenté prestar atención a la conversación que se reanudó tras nuestra llegada.
—Hablábamos, Miguel —tomó la palabra Ramón Sijé, que se dirigió a su mejor amigo con ese ademán suyo solemne, casi clerical, de juntar las manos como si rezara antes de hablar—, de lo que preparan los socialistas para dentro de unos días, ¿lo has oído?
Esa huelga revolucionaria con la que pretenden llevar a España la experiencia rusa.
Torció el gesto y bufó contrariado, y Miguel le respondió con un chascarrillo como hacía —no tardaría en saber yo— de forma habitual para sacar de quicio a su amigo, ¡Pues no veo yo a los osos polares aquí en la Vega Baja, Pepillo!
, y provocó las risas de los demás y el silencio de Sijé mientras yo me esforzaba por comprender a cuento de qué hablaban de Rusia.
Hasta que Pepe acalló a sus amigos y, con una sonrisa crispada, volvió a tomar la palabra, ¡Por el amor de Dios!
, soltó a rebato, ¿Es que no lo veis?, y yo no tardé en desconectar de aquella larga disertación que soltó contra los partidos de izquierdas, que si no sé qué de Stalin, que si no sé qué de Largo Caballero.
Ramón Sijé hablaba de la misma forma en que escribía en la revista que había fundado no hacía mucho para defender el catolicismo que, según él, estaba arrinconado en esta República.
Para ello contaba con Miguel como principal colaborador, pues había publicado sus poemas en todos los números, la mayor parte de ellos hoy olvidados.
Muchos años después habría yo de volver a leer aquellas rimas.
Es curioso asomarse a ese Miguel primigenio, el que precedió al Viento del pueblo .
Es como una semilla de naranjo que en algún momento se desvió y dio manzanas.
Tú no eres tú, mi hermano y campesino: / tú eres nadie y tu ira, facultada / de manejables arcos acerados, escribió en una de aquellas poesías, titulada «Profecía sobre el campesinado», contra los movimientos campesinos que pedían el reparto de la tierra, aquellos a los que luego él iba a sumarse.
—Aquí lo que falta es un nuevo orden —oí que continuaba Ramón Sijé.
Una brizna de harina se le había pegado a la pajarita.
La miré, tentada de decirle que se la sacudiera—.
Una purga que empiece primero por los traidores al catolicismo.
Y luego, o una España fuerte, o ninguna.
Para eso mismo es para lo que has escrito tu auto sacramental, ¿no, Miguel?
Él asintió. En otro de nuestros paseos me había hablado de esa obra teatral que había logrado terminar, no sin dificultades, con la ayuda de Pepe y del canónigo don Luis Almarcha, y cuyos primeros actos había logrado publicar en la revista madrileña Cruz y Raya .
Se llamaba Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras , y ese título, según me dijo, respondía a un dicho popular de Orihuela.
Nos dirigíamos de vuelta a la Casa del Paso, donde yo vivía, cuando me explicó: