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Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo, / nacida ya para el marero oficio; / ser graciosa y morena tu ejercicio / y tu virtud más ejemplar ser cielo.
Me miré mucho en el espejo, me acicalé el cabello, me sonreí, buscando si el reflejo que me devolvía era el mismo que ese muchacho, el poético , había bosquejado con aquello que no tardaría en saber que se trataba de un soneto.
Así terminaba, ¡Date presa de amor, mi carcelera!
, y tras aquella poesía en la que Miguel se me declaró preso, satélite de mí, como decía, empezó a esperarme a la salida del taller, diciendo, ¿Puedo acompañarla a casa, señorita?
, con gesto caballeroso y algún chascarrillo con el que yo apenas podía aguantar la risa, que me apresuraba a ocultar tras la palma de la mano.
Las primeras veces me resistí, pero al final dejé que lo hiciera ante las sonrisillas curiosas y el chismorreo de mis compañeras, que no tardaron en prevenirme de qué era lo que se hablaba en el pueblo sobre ese joven poeta:
que si ya había intentado tirarle los tejos a Carmen la Calabacica;
que si siempre iba leyendo y miraba con ojos de loco;
que si se bañaba en el río aun con el frío del invierno.
Fue en uno de esos primeros paseos, a finales de septiembre, cuando me dijo que quería que formalizáramos el noviazgo.
No hincó rodilla, como los galanes repeinados de las películas, pero sí me cogió de la mano y puso en sus labios algunos versos que hoy se ha llevado mi memoria, ay, como el viento de poniente levanta el polvo y la calima y se lleva los malos augurios.
—Venga, ¿qué dices entonces? —Me miró, con el fulgor de sus ojillos, con esas rimas como de Bécquer todavía haciendo eco, con ese aspecto suyo recio, formal, de quien trabaja en una notaría y viste todos los días de traje—. ¿Te parece que vaya a tu padre a preguntarle?
La vida está llena de decisiones como aquella. De callejones repentinos.
—Que sí, pesado. —Y reí, ruborizada.
Luego fue al cuartel a hablar con mi padre porque esa era la costumbre entonces.
Para que un extraño entrara en la Casa del Paso, donde vivíamos las familias de los guardias civiles, mi padre tendía que notificárselo al sargento y este dar su consentimiento.
Así fue como, de vuelta a la calle del Río, le pedí a Miguel que esperara junto a la columna, al pie de la escalera que subía a mi casa, a que yo hablara con papá, que ya tenía que haber llegado.
Tras el consentimiento de este primero, y del oficial después, me asomé al balcón y le grité que subiera.
Luego, ante la puerta de casa, hinchó el pecho, disimuló sus nervios y estrechó la mano de mi padre.
—Tenía muchas ganas de conocerle, don Manuel —le dijo a aquel hombre enorme de uniforme, bigote frondoso y ojillos diminutos—. Me consta que es usted uno de los más respetados guardias civiles del pueblo.
Papá dejó escapar una sonrisa, complacido por sus palabras, y luego Miguel se acercó a mamá para ganársela también a ella, porque sabía muy bien jugar sus cartas de poeta.
—Ya entiendo, Josefa —la piropeó, con voz de galán—, de dónde le viene a su hija la belleza.
Luego volvió a dirigirse a papá. Ahí sí atisbé cómo le tembló algo la voz.
—D-don Manuel, me gustaría tener su permiso para poder pasear con su hija cuando ella salga del taller —le dijo.
Y papá sonrió. Tal vez le hiciera gracia ese juego de chiquillos, al que él, por supuesto, ya había jugado un par de décadas atrás delante de mi abuelo paterno.
Papá y mamá se conocieron en Cox, de donde eran sus familias, y empezaron a rondarse muy pronto.
Él hizo el servicio militar en Melilla y allí aprendió a leer y a escribir.
Mamá contaba que le enviaba cartas preciosas.
Me lo imagino rodeado de su camarilla en alguna noche africana, él, en medio, con su voz grave relatándole a los demás el contenido de la misiva como era costumbre, Mi querida y hermosa Josefa...
Se casaron cuando él volvió a Cox, y pudo haber trabajado como agricultor —a cinco reales el jornal, me contaba papá—, pero decidió ingresar en el Cuerpo de la Guardia Civil, donde entró ganando sesenta y cinco pesetas mensuales que subieron a trescientas en la República, cuando la Benemérita pasó a llamarse Guardia Nacional Republicana.
Su primer destino fue Jaén, donde estuvo algo más de un mes, y luego Quesada.
No mucha gente sabe que yo no nací en la Vega Baja, sino en ese pueblecillo jienense de la sierra de Cazorla, del que apenas me quedan recuerdos porque ahí viví aquella infancia que no deja poso en la memoria.
Papá había pedido el traslado a Alicante, queriendo venir a su tierra, y poco a poco consiguió acercarse.
En San Miguel de Salinas nació Manolo, en Dolores, mis tres hermanas, pero ninguno en Orihuela, adonde iríamos a parar a mis once años, y a veces nos sentimos así, yo al menos: los hijos de una diáspora que no pertenecen a ningún sitio.
De Orihuela era Miguel, sus ocho apellidos tenían el arraigo de la tierra.
Tras la proposición del joven, papá miró a mamá como si necesitara también su aprobación, luego me miró a mí, que me mantenía a un lado muerta de la vergüenza, y le dio la mano al hijo del Visenterre para decirle:
—Tienes mi permiso.
Miguel sonrió y yo no quise mirarlo, no fuera a descubrírseme la sonrisa.
Cómo se lo habría negado a uno de los trabajadores de la notaría de Luis Masares, que tan buen nombre tenía en Orihuela, a un joven escritor católico que había publicado un libro de poesías con el apoyo de Luis Almarcha y salido en la revista Estampa .
Todo eso lo sabía ya papá, porque ni la Casa del Paso era ajena a que ese chico de la calle de Arriba iba para poeta.
Luego mamá lo invitó a una limonada, y aquella tarde, en mi casa, se afanó por ser educado a la par que bromista y también juguetón con mis hermanos, Manolo, Carmen, Gertrudis, Conchita, como si, entre niños, uno no pudiera dejar de ser el infante que fue, y la noche nos sorprendió entre jugueteos infantiles y anécdotas del Madrid inhóspito que había habitado meses atrás.
Aquella noche, tras despedir a Miguel, mamá me dijo que le había causado muy buena impresión. Y quiso saber algo más.
—¿Perito en qué? —Torció el gesto, curiosa, al preguntarme por su poesía.
—En lunas, madre. Perito en lunas . Son cosa de los poetas, que ven la realidad de manera distinta. O eso dice Miguel.
Mamá se encogió de hombros. Ella ya sabía que yo andaba pelando la pava con algún chico.
Si alguien se da cuenta de eso, somos las madres: el brillo en mi mirada, el canturreo en mis labios, el despiste que, de pronto, arrastraba todo el día, Ay, Josefina, que estás en Babia; y, sobre todo, los retrasos en llegar a casa tras salir del taller.
Retrasos como el del día aquel en que Miguel me llevó a conocer a sus amigos de la tahona de los Fenoll.
Lo recuerdo ahora. Caminábamos por el paseo de los puentes mientras hablábamos de cine:
—A mí, de todos los actores, el que más me gusta es Charlot, ¿sabes, Josefina?
Miguel me miró con sus ojos curiosos, esa mirada suya, juguetona, impredecible, que lo mismo te sorprendía recitando unos versos que imitando el canto del abejaruco, prruip-prruip, o del verderón, rii-ri-ri, o de la tórtola, turrr-turrr, y yo me encogí de hombros, ¿Ah, sí?
, porque nunca había visto una película de aquel saltimbanqui paliducho, de bigote y sombrero, con el que él tanto se reía.
No era yo mucho de cine porque me dolía gastarme el poco dinero que ganaba en el taller en sentarme delante de una pantalla a ver las vidas fingidas de otros, de Clark Gable, de Gary Cooper, de Greta Garbo. Insistió:
—¿No me digas que no has visto ninguna película de Charlot? —Y me enseñó una foto en una de las páginas de la revista Cinegramas .
Caía la tarde, parda, terrosa, de otoño. Era domingo.
—No, nunca —le respondí.
Y él volvió a reír, proponiendo, ¡Pues tenemos que remediarlo!
, a lo que yo me limité a callarme y me mordí el labio inferior, pensando en cómo decirle, en caso de que me invitara, que no quería que nos vieran ahí todavía, qué iba a decirse de una chiquilla como yo, devota por aquel entonces de la Virgen con todo lo que ello conllevaba —la confesión el segundo domingo del mes, la procesión el tercero, los jueves eucarísticos—, si nos veían en el cine, donde decían que iban las novias frescas a dejarse toquetear aprovechando la oscuridad por los novios de manos aviesas, los peligros de los que en su homilía nos prevenía don Severino a las chicas de la Orden Tercera de San Francisco.
—Pues, ¿quieres que te cuente algo divertido sobre Charlot?
Lo miré, intrigada.
—Venga, dime.
—Es algo que leí hace unas semanas en el Cinegramas —me explicó, volviéndome a enseñar la revista que había comprado en la estación antes de pasar junto a los bancales de las lechugas—.
Resulta que una vez Chaplin se presentó a un concurso de imitadores de Charlot.
Se ve que vio el anuncio en la calle y se decidió a participar.
¿Y sabes cómo quedó? —Hizo una pausa para reír, porque Miguel era de los que no lograban que terminara en su boca un chiste o una anécdota graciosa sin esa carcajada suya, alegre, jovial, como si no fuera él el que contaba, sino el que oía—. ¡Quedó el segundo! ¿Te lo puedes creer?