Tu risa me hace libre 5 #2
11%

5 #2

—Todas esas octavas reales que componen el libro hablan de muchas cosas distintas, de gallos, de cohetes, de barberos, de monjas confiteras, de espantapájaros, de granadas, de sandías, pero también de amor y deseo, la semilla fecunda que revienta en las ventallas, los insectos que colocan el pespunte de sus amarillos óvulos, las reses que se aparean en el prado, el nacimiento de un nuevo cabrito.

Y por encima de todo ello, el símbolo de la fecundidad y la naturaleza cíclica: la luna.

Lo ha sido siempre, desde los clásicos, Virgilio, Dante, Verlaine, a quienes leí aquí por primera vez, en su biblioteca.

A partir de ella, todo lo cotidiano puede ser digno de convertirse en un poema, ¿sabe?

—Ante la pregunta, Almarcha, desconcertado, se encoge de hombros—.

Ya veo, por su cara, que no me ha comprendido.

Le pondré un ejemplo. Cierre los ojos y piense en un gallo, ¿de acuerdo?

Sí, en un gallo, por ejemplo, que crece sobre la pluma mansa del corral.

—Miguel aguarda a que Almarcha acceda. Se hace el oscuro—: El gallo canta al alba tras haber fecundado a la gallina durante la noche, al amparo de la luna.

Luego, la gallina pone huevos. El huevo nace de la luna y la yema lleva un sol.

Ahí la primera metáfora, ¿ve? Luego, el huevo cae en la sartén, que es la noche.

¿Se ha dado cuenta? Si el huevo no cae en la sartén, nacerá otro gallo que fecundará a otra gallina.

Y así hasta el infinito. Así es como se construye mi poesía.

El canónigo ríe, irónico, más confuso que antes: ¿gallo?, ¿huevo?, ¿luna?

—Ya sabes, Miguel, que tengo otros gustos literarios —le confiesa, pensando en sor Juana Inés de la Cruz, o en Rafael Guillén—. Y el hecho de que la poesía sea como un rompecabezas... no es lo mío.

—No he venido hasta aquí para pedirle consejo, don Luis —tercia Miguel—, sino ayuda.

Si no consigo fondos, mi libro se va a quedar paralizado.

Por intermediación de mi amigo Ramón Sijé he conseguido que lo imprima la editorial murciana La Verdad, pero me han pedido un aval de casi quinientas pesetas para cubrir su publicación. Y yo no tengo ese dinero.

Almarcha se recuesta en la silla despacio, como tanteando. Acaba de comprender el motivo de la visita de su antiguo pupilo.

—A ver, dime, ¿cómo puedo ayudarte entonces?

El joven saca un recorte de prensa arrugado del bolsillo. Se lo ofrece.

—Mire, el sábado pasado leí en El Debate que van a crear becas para aprendices en la Escuela de Periodismo.

—¿Periodista? —El religioso esboza una media sonrisa—. Recuerda, Miguel, que no hace mucho querías ingresar a toda costa en la base militar de submarinos de Cartagena, ¿no era así? Menos mal que, para tu fortuna, aquello no cuajó.

Ríen. Miguel ha pasado por tantas vocaciones, por tantos futuros posibles durante esos años, que no cabrían en la mano anillada de Almarcha. El chico baja la mirada al ejemplar de Dante que reposa en la mesa. Pasa los dedos por el lomo gastado, como si acariciara una promesa. Dice:

—Ay, don Luis, si usted pudiera ayudarme a conseguir una de esas becas, conseguiría reunir el dinero para publicar mi libro y vivir en Madrid. Ya sabe que aquí me ahogo.

—Lo que deberías hacer es no seguir dando pasos en falso —decreta el canónigo, negando con la cabeza—.

Ya has vuelto de Madrid una vez con el rabo entre las piernas, como un perrillo.

Y ahora ¿Escuela de Periodismo? Mejor déjame decirte qué es lo que vamos a hacer.

Hablaré con algunos amigos míos del Círculo Católico.

Y pediré también ayuda a José Martínez Arenas, el anterior alcalde.

Les diré que me echen una mano para sufragar la edición de tu libro, ¿de acuerdo?

Miguel da un respingo en la silla.

—¿De veras haría eso por mí, don Luis? —acierta a preguntar—. Serían unas quinientas pesetas lo que necesitaría.

Almarcha asiente. Los ojos iluminados del muchacho son los mismos que tenía a los catorce años, recién descubierta la poesía de fray Luis de León, Dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado .

O los que tenía a los quince tras leer a santa Teresa, Dichoso el corazón enamorado que en solo Dios ha puesto el pensamiento .

—Se lo devolveré en cuanto pueda, se lo prometo.

O los que tenía a los veintiuno, y mientras el canónigo leía echado en el diván junto a los anaqueles, el muchacho tecleaba en la Adler alguno de los poemas que habrían de componer Perito en lunas . ¡La ese se atasca, don Luis!, grita.

—No vas a tener que devolverme nada, Miguelico.

Almarcha se levanta bajo la atenta mirada del muchacho, que ha comenzado a preguntarle, ¿Cómo?

¿Qué?, sin comprender muy bien adónde quiere ir a parar el canónigo.

Algunos segundos antes había oído cómo su sobrina María ponía la mesa en el comedor de la planta baja, por lo que, supone, la cena estará a punto de ser servida.

—Considéralo la ayuda de un viejo amigo.

—Le palmea el hombro, dócil, suavemente—.

Ahora necesitamos más que nunca escritores jóvenes como tú.

Jóvenes que entiendan que vivimos una cruzada y que la pluma es también un arma poderosa.

Cuando estuviste en Madrid, ¿no te diste cuenta de que todas esas perniciosas libertades que ha traído la República no han hecho más que llevar el caos a las calles y degenerar la vida sencilla de los hombres?

Sí, lo había visto Miguel en su primer viaje a la capital.

Cómo el Gobierno de la recién creada República, presidido por Manuel Azaña en coalición con los socialistas, había llevado a cabo una intensa labor legislativa cuyo objetivo, decían, era socavar los cimientos del Antiguo Régimen: la Iglesia, la nobleza, el ejército.

Miguel comprendía el recelo de Almarcha. Todo parecía estar en el punto de mira del Gobierno. Todo, incluso Dios.

—¿Conoces el mito de Jano? —le preguntó el canónigo.

—¿El dios de dos caras? —respondió el chico.

—Ese mismo. Pues, ¿sabes?, España es como el dios Jano.

Es un gigante de dos cabezas hermanas eternamente enfrentadas desde los tiempos de Argantonio, quién sabe si más atrás.

Uno de esos rostros es el que mira de frente, el que guarda la tradición, la Iglesia, el respeto, el orden, la patria.

El otro es el torcido, el extraviado, el que se deja tentar por ideas nuevas, por el laicismo, por la revuelta, por el desorden.

Esta segunda cabeza es la que ha llevado a España al sumidero de la República.

Y, peor aún, al comunismo, que tarde o temprano habrá de tomar las riendas de España si no podemos remedio.

Devolverle el mando del país a la primera cabeza debe ser nuestra prioridad.

Debe ser también la tuya, Miguelico. —Lo mira, los ojos intensos tras las gafas—.

Tus poliedros y tus lunas están muy bien, pero lo que debes hacer es volver a los poemas pastoriles y religiosos.

Ahí tendrás siempre mi apoyo. —De repente el canónigo sonríe—.

Se me está ocurriendo algo: ¿qué tal si te atreves a escribir un auto sacramental?

El hijo del Visenterre enarca las cejas.

—¿Un qué?

—Sí, Miguel. Una obra católica y centrada en defender los valores que ahora están amenazados. Seguro que tu amigo Ramón Sijé podrá ayudarte. Con tu talento, seguro que podrás convertirte en el gran dramaturgo católico.

Se miran. Detrás del reflejo de sus gafas redondas casi no se le ven los ojos al canónigo.

Miguel no sabe muy bien qué responder. Imagina los titulares —Miguel Hernández: el gran dramaturgo católico—, y habita durante algunos segundos esa quimera.

Todavía faltan algunos años para que conozca a Josefina Manresa y le escriba poemas de amor.

Se ponen en pie. Van hacia la puerta de la biblioteca y esta al abrirse hace que se cuele por aquel camino hacia Oz el olor de la cena que habrá preparado María. Huele a estofado, a verduras de la huerta, a vino de barrica. Se despiden.

—Te haré llegar el cheque de quinientas pesetas para tu libro de poemas. —Don Luis le cachetea las mejillas—. Pero a partir de ahora ya sabes a qué te tienes que dedicar, ¿de acuerdo?