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Antes de que llamaran a la puerta, don Luis Almarcha leía bajo la lámpara cuya tulipa traslúcida otorgaba a la luz la tonalidad del oro.
La espalda recta, sin contacto con el respaldo del sillón, las piernas juntas al amparo de la sotana, el rostro inclinado.
Frente a él, en el atril, tiene un raro ejemplar de la Divina Comedia de Dante que ha llegado no hace mucho desde Florencia y cuya lectura viene alternando con Petrarca o Leonardo Bruni o Erasmo, dada su inclinación por los clásicos humanistas, sobre todo por los italianos.
Por lo demás, don Luis es un hombre de gustos sencillos; tras dedicar toda la mañana a despachar los asuntos de la vicaría de Orihuela —lo que solo interrumpe para la misa matinal y para un austero desayuno frugal—, ofrece la tarde, una vez que se ha asegurado de haber concluido con su agenda pastoral, a la lectura, lo que él suele llamar irónicamente su placer mundano, y no pocas veces tiene que interrumpirlo su sobrina María diciéndole, Tío, ya han dado las dos de la madrugada, váyase a dormir.
Él suele levantar la vista por encima de las gafas para resoplar, Ay, María, qué haría yo sin ti.
Está en silencio en su biblioteca, envuelto en los claroscuros barrocos de su lucecilla cuando oye el timbre en la planta de abajo y, segundos después, a su sobrina abriéndole la puerta al recién llegado. Mira al reloj de cuco. Ha dado más de las siete.
—Hola, Miguel, pasa —oye la voz dulce de María—. Mi tío está en su despacho.
El recuerdo para Almarcha es recurrente, porque todas las veces que Miguel Hernández entra en esa biblioteca sigue teniendo catorce años.
Todas las veces el cuerpo menudo y moreno, las marcas de sol en los antebrazos, el polvo en las alpargatas, el olor a leche —a veces agriada— y a estiércol, y también tiene diecisiete y veinte, Virgilio en los anaqueles, san Juan de la Cruz, Cervantes, la penumbra tras las pesadas cortinas de terciopelo, libros a miles, tantos como no podría alcanzar a leer en toda una vida.
—¿Y por qué dice que tengo que leer a Virgelio , don Luis?
El canónigo rio. Miró al muchacho y le revolvió la cabellera negra conduciéndolo hacia la estantería de los clásicos grecolatinos, ordenados alfabéticamente desde Apuleyo hasta Vitruvio.
A muy pocos mozos de Orihuela, ni a los monaguillos siquiera, había llevado el canónigo allí, al corazón mismo de su biblioteca.
Don Luis pronunció lentamente el nombre de Virgilio para corregir a Miguel:
—Se dice Vir-gi-lio, Miguelico. —Cogió el libro y lo depositó en las manos huecas del muchacho, como se deposita una hostia—.
Precisamente por eso que escribes tú cuando subes al monte.
Virgilio habla de pastores y de campos. Sus Églogas cantan el trabajo humilde, el amor sencillo, el dolor de la tierra.
Tú crees que escribes solo de cabras y estás repitiendo, sin saberlo, las mismas preguntas que él se hizo hace dos mil años.
El chico asintió mientras ojeaba el libro, una vieja edición de las Églogas encuadernada en piel que en ningún caso habría de doblar por el lomo como hacía con los de la biblioteca municipal porque de la cólera de Almarcha —a pesar de su aspecto afable, de su candidez— sabía todo Orihuela.
—¿Y Cervantes? ¿También habla de cabras, don Luis?
Una breve sonrisa quebró el gesto adusto de Almarcha.
—Cervantes habla de hombres que luchan contra sus fantasmas, contra la injusticia y contra la pobreza.
En Don Quijote hay tanta hambre y tanta desigualdad como en las huertas de Orihuela.
Por eso hay que leerlo, Miguel. A Cervantes, a los clásicos; antes que nosotros, ellos ya respondieron a todas esas preguntas que tú te haces. Sí, a todas.
Se levanta y aguarda a que el joven llame.
Percibe sus pasos sobre la moqueta que conduce hasta la biblioteca del canónigo como un camino de baldosas amarillas hacia Oz.
Hace tiempo que no recibe su visita; tras volver de Madrid, Miguel se colocó en la notaría de Luis Masares y desde entonces se han visto en contadas ocasiones, la última, en el homenaje al escritor alicantino Gabriel Miró que organizó Ramón Sijé.
Tras algunos segundos, suenan dos toques sobre el madero de la puerta.
—¿Se puede, don Luis?
El canónigo da una voz e invita al muchacho a pasar.
Bajo el umbral se encuentran con un saludo afectuoso que también es todas las veces que se han saludado desde aquel tropiezo en el monte, camino del seminario, hace ya varios años.
Lo dirige hacia su escritorio y lo conmina a tomar asiento.
Sobre la mesa de nogal bruñido, además del ejemplar de Dante que el religioso leía, se amontonan misales, legajos de derecho canónico, informes sindicales, cartas con membretes episcopales y la máquina de escribir, esa en la que empezó a mecanografiar Miguel, con aquella s que se atascaba y que al canónigo le traía por la calle de la amargura por mucho que viniera a repararla el mecánico del órgano de la catedral.
Es como si la mesa fuera la frontera entre lo sagrado y lo profano: en un mismo día puede leer su breviario, revisar determinado expediente eclesial, apoyar la reacción de alguna asociación de fieles, o, en la soledad de su biblioteca, anotar un pasaje de Cicerón.
—Tienes buen aspecto, ¿eh, Miguel?
El chico sonríe mientras toma asiento frente al escritorio de Almarcha, a cuya espalda, entre dos anaqueles con libros, cuelga un Cristo.
A nadie en Orihuela se le ha escapado —y menos a don Luis, porque no hay nada que pase en el pueblo que no acabe en sus oídos— que su aventura en Madrid no ha terminado demasiado bien, que volvió hace unas semanas quejumbroso y enfermo, sin una peseta en el bolsillo y sin haber podido lograr su objetivo principal: darle salida al poemario que había titulado provisionalmente Poliedros .
Lo único que obtuvo fueron promesas vacías y aquel reportaje de la revista Estampa .
El propio Almarcha lo había prevenido antes de partir, porque a veces el canónigo parece vivir la vida en sentido contrario a los demás, como si predijera el futuro en los posos del café: Ten cuidado con la gran ciudad, no todo es como parece, y en esta República menos todavía, y Miguel se limitó a dejar escapar una sonrisa leve, casi desafiante, con aquella vanidad propia de quien cree que el mundo le cabe en un solo mordisco.
Hablan de eso durante algunos minutos, Madrid, la República, las promesas, hasta que Miguel suelta un largo resoplido y termina por mencionar a su padre.
—Es que no puedo más, don Luis. La vida en casa me ahoga.
Desde que he vuelto mi padre ni se molesta en disimular lo que piensa de mí.
Dice que soy un inútil, que escribir, por mucho que me esfuerce, no me dará de comer, que eso no es cosa de hombres, ¡qué sabrá él de hombría!
, y que, como no me afane en la notaría, habré de volver a las cabras.
Y ¿sabe qué? Ya no le respondo, que bastantes discusiones ha presenciado mi pobre madre, ay, Concheta, con sus miasmas y su salud delicada, ya sabe.
Pero ¿sabe qué? —Miguel vuelve a refunfuñar—.
Que en estos meses en que, según mi padre, no he hecho nada, he leído más que nunca, he dado un salto enorme en mi poesía y he terminado de preparar mi libro, aunque aún no haya podido publicarlo por falta de dinero.
Pero eso no lo ve. Él no llegará a saberlo nunca, don Luis, como usted y yo.
Que leer o hacer versos e inclinarse sobre la tierra o sobre las cabras son en realidad la misma cosa. Que todo requiere amor.
Almarcha asiente sereno, sosegado, con un gesto de la mano para que temple los nervios, Tranquilo, Miguel, porque Miguel no tiene veintidós, ha vuelto a sus ojos a tener quince o diecisiete, y otra vez ese carácter suyo que ha intentado corregir muchas veces: que la ira no era buena consejera, que Dios premia no a los rápidos, sino a los perseverantes, y, sobre todo, que ha de cumplir el cuarto mandamiento.
—Tu padre será siempre tu padre, Miguel. —La mano sobre su hombro—. Dale tiempo. Él habrá de saberlo tarde o temprano.
—Mi problema es el de siempre, don Luis: el dinero. El notario apenas me paga y cuando lo hace es una miseria. No veo la manera de ganar una cochina peseta. Así nunca podré reunir la cantidad que me piden como aval para publicar Perito en lunas .
— ¿Perito en lunas? —le pregunta el canónigo—. ¿No iba a llamarse Poliedros ?
—Sí, don Luis. Raimundo de los Reyes me aconsejó en Madrid que buscara otro título porque, decía, Poliedros le sonaba demasiado... ultraísta. Sí, ya sabe, a vanguardia, a un juego de rarezas. A un artificio. Y mi poesía es otra cosa.
—¿Y qué es tu poesía entonces, Miguel?
Se miran. Miguel parece haber caído en la cuenta de que hace mucho que no le lee alguna de sus composiciones al canónigo.
De que no hablan de poesía. Es por ello por lo que se esfuerza por explicarle de dónde nace su lírica como quien se afana por hallar en el África inhóspita las fuentes del Nilo. Le explica: