Tu risa me hace libre 4 #2
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De padres cabreros, hijos cabreros. Uno comienza a escribir, decía, por un ajuste de cuentas.

Poco después empecé a cruzarme cada mañana, al guiar a mi rebaño hacia la Rejullaera, mi lugar favorito de la montaña, o hacia el palmeral, con mis antiguos compañeros de clase.

¡Ahí va el cabrero!, reía uno. Yo, con mi hato, con mi zurrón, abriéndome paso entre ellos, con su cartera y su portafolios.

¡Que no se te pierda ninguna!, bromeaba otro.

Agachaba la cabeza y apresuraba a las cabras golpeando el suelo con la vara para dejarlos atrás.

Habrán de ser ingenieros, fiscales, farmacéuticos, militares, capellanes.

No mucho antes habían avivado el aplauso del aula magna cuando el director dijo mi nombre en la ceremonia de dignidades.

Miguel Hernández Gilabert, emperador en Gramática.

Y ahora, Eh, eh, venga, so, so, vamos, arriba.

Algún tiempo después fue mi hermana Elvira quien se atrevió a preguntarle a papá por qué no me dejaba leer alguna de esas novelas de la biblioteca municipal, o alguno de esos autos sacramentales de los que hablaban los curas en las homilías.

Que no habían de hacerle daño a nadie. Elvira sabía cuándo hablarle al Visenterre.

Acababa de llegar de la taberna, las mejillas coloreadas, la mirada emborronada, y mi padre torció el gesto y dijo, Está bien, y yo comencé a frecuentar la biblioteca cada tarde, antes del anochecer, empezando, uno a uno, por los tomos de la Biblioteca de Autores españoles y provocando a veces el berrinche de la bibliotecaria cuando se los devolvía sucios o deteriorados por aquella costumbre mía de leerlos doblados por el lomo.

¿Has leído ya a Calderón? Llévatelo, muchacho.

Pero no me lo dobles, ¿eh? Yo asentía, Sí, lo siento, doña Inocencia, pero no podía hacerlo de otra forma; cuando leía —generalmente, guiando al rebaño—, la mano que no sujetaba el libro llevaba la vara o el zurrón o repiqueteaba con las yemas para azuzar a las cabras.

Eh, eh, no te pierdas, Clarita, vamos.

Poco después comencé a compaginar aquellas primeras lecturas con todo lo que caía en mis manos, desde los semanarios locales de El Pueblo de Orihuela o La Lectura Popular hasta las composiciones del salmantino Gabriel y Galán, asumiendo el riesgo de que papá me viera desatendiendo otra vez al rebaño, o que llegara la multa porque alguna cabra se hubiera colado en las tierras de un hortelano, o que me sorprendiera leyendo de noche, cosa que lo enfurecía más todavía, ¡Ya puedes apagar esa vela y cerrar el libro si no quieres que te lo queme!

; y todo aquello, junto a los juegos de la calle de Arriba, las travesuras o los partidos de fútbol de nuestro equipo, La Repartiora —del que escribí un himno que a veces sigo sorprendiéndome cantando—; toda esa amalgama fue mi primer impulso, porque no hube de tardar en llevar siempre conmigo un lápiz y un cuaderno en el zurrón de cabrero o en el macuto de futbolista para subrayar o para anotar algo que llamara mi atención, o para comenzar a escribir lo mío propio.

En cuclillas, ordeño una cabrita y un sueño.

// Glú, glú, glú, / hace la leche al caer / en el cubo.

En el tisú / celeste va a amanecer. / Glú, glú, glú.

Se infla la espuma / que exhala / una finísima bruma. // (Me lame otra cabra, y bala.).

Eran pequeñas composiciones sobre lo que percibía —el olor acre del incienso y la fragancia embriagadora del azahar, las magnolias o los nardos, la leche de las cabras, el canto del abejaruco—, y también sobre lo que copiaba: el lenguaje profuso de Miró, las metáforas de Quevedo, las formas de Góngora.

Yo escribía arriba, en la montaña, a la sombra del ciprés o sobre los lomos de Mora o de Lucerita, y luego lo pasaba a plumilla en casa, bajo la luz de aquella vela que tanto enfurecía a papá —no pocas veces acababa escribiendo con la luna confabulada—, y ese cuaderno, que completé algún tiempo después con decenas de composiciones, era aquel que llevaba bajo el brazo una tarde fría de otoño, bajando el monte, Orihuela a mis pies —su medialuna que abrazaba el peñasco, con la mole apabullante del seminario—, cuando hube de encontrarme con don Luis Almarcha.

—Buenas tardes, Miguel.

El canónigo de la catedral, que además era vicario de la diócesis de Orihuela, caminaba en dirección contraria por el sendero que salía de la escuela de los curas.

Vestía su larga sotana y sonreía con su cara afable de filántropo, la mirada afectuosa tras las gafas y ese gesto distraído suyo de lector, o de quien pasa más tiempo con ese Dios al que yo no tardaría en rendir mi poesía. Le devolví la sonrisa.

—Buenas tardes, don Luis.

Me fijé en sus manos. Las tenía manchadas de tinta, tal vez de una pluma, quizá de la cinta de una máquina de escribir.

—¿Cómo vas? —me preguntó.

Yo ya lo sabía: que don Luis Almarcha, el vicario general de Orihuela, tenía la biblioteca personal más grande de todo el pueblo, que dirigía revistas y que había fundado buena parte de los movimientos sindicales católicos que por aquel entonces venían a rivalizar en la Vega Baja con los sindicatos marxistas.

Yo lo sabía y por eso le pregunté, ofreciéndole mi cuaderno.

—¿Quiere leer unos versos?

El cura asintió. Cogió el cuaderno, se paró en aquel cruce de caminos y leyó con atención mientras yo azuzaba a alguna cabra díscola que amenazaba con salirse del sendero. La recuerdo bien, la mirada que alzó de pronto por encima de las hojas.

—¡Oh, pues están muy bien, Miguelico! —exclamó—. ¡Me gustan, sí!

Yo puse una mueca ingenua.

—¿Seguro? Pues ¿sabe qué? Me han puesto una multa porque mientras escribía se me fueron las cabras a la finca del Manolé. ¿Se lo puede creer?

Almarcha rio. Ay, papá se había puesto hecho un basilisco tras la visita del cartero, ¡Otra multa!, gritó, cruzándome la cara, ¡Pues va a salir de tu paga!, y luego me prohibió leer y escribir durante varios días.

—¿Sabes qué vamos a hacer? —me preguntó el canónigo, llevándose la mano al mentón—. Le diré a tu padre que, si no quiere pagar las multas, las pagaré yo.

Me sonrió otra vez y yo no supe qué decir, los ojos abiertos y brillantes, el gesto pasmado. Años después, Almarcha haría de aquel breve encuentro una especie de relato iniciático.

—¿Se-seguro, don Luis? —tartamudeé, nervioso, mientras él seguía hojeando, leyendo algunos poemas al azar, «El sol y el pastorcillo», «Soneto lunario», «Un gesto del alba»—. Yo no soy de pedir limosna, ¿sabe?

Pero él asintió, muy seguro.

—Tú hazme caso, chico —dijo.

Es curioso cómo, a fin de cuentas, vamos conformando nuestro relato fundacional, como si la memoria hubiera de guardar también la ficción de sí misma, el futuro que tendrá nuestro pasado cuando decida contarnos nuestra vida, y el mío, ese relato de por qué, cómo, dónde nació mi vocación de poeta hubo de encontrar su simiente, estoy seguro, en aquellas palabras con las que el canónigo me devolvió el cuaderno.

—Sigue haciendo versos. No lo dejes. Y si quieres, pásate algún día por mi casa. Puedes usar mi vieja máquina de escribir para pasar a limpio tus poemas. Y si necesitas lecturas, de mi biblioteca podrás llevarte todos los libros que quieras.