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Uno comienza a escribir, tal vez, porque quiere rectificar la vida.
Quizá es un ajuste de cuentas, un cruce de navajas, un duelo a garrotazos.
Quién sabe. Pero esa razón suele perderse a veces porque, de todo lo que somos, de lo que hemos sido, gran parte es un fantasma.
El fantasma soy yo. Es, por ejemplo, todos los futuros ausentes, todos los caminos de los que me apartó la vida como quien se apea de un tren en marcha.
Yo iba para cura, de eso me apartó la vida.
La vida o mi padre, porque el fantasma también es él.
Ahora lo veo. Manosea su sombrero aquel mediodía en el claustro del colegio de Santo Domingo, junto al aljibe, ahí donde solíamos tomar el desayuno.
Tengo catorce años. La vida es lenta casi siempre, pero hay momentos que la comprimen en un par de minutos y la hacen estallar como la pólvora que se apretuja en el ánima del cañón.
—Que me llevo al chico —dijo.
Nada puede olvidarse del todo, como nada puede recordarse con total exactitud.
No lo olvido a él, pero no sé muy bien qué hacía yo; por lo que recuerdo, estoy inerte como un espantajo, cabeza gacha, el macuto colgado solo de un asa, los dos ante el director, su estupor flotando como en el aire el incienso toma los caminos de la divinidad.
—¿Cómo?
Mi padre estaba tenso, aunque don Ignacio no podía apreciarlo porque, como buen tratante, el Visenterre sabía esconder muy bien sus emociones. Es curiosa la memoria. Ha sido acordarme y oír la réplica del maestro como si la dijera hoy mismo, como si no fuera el tiempo más que una ilusión en fuga.
Tal vez haya muerto ya, el bueno de don Ignacio.
—Pero atienda a razones, don Miguel —insistió el maestro—. Escúcheme. Alguna solución habrá para que el chico continúe en la institución.
Mi padre chistó. Mamá solía decirme que me parecía a él, pero yo me apresuraba a contradecirla, ¡Venga ya!
, como si pretendiera huir de mi sombra o de la sangre que dentro de mí debía saber a mar y a bodega.
A veces busco en mi cuerpo la raíz bajo tanta maleza, con su valor primero, y ahí debe estar ella, Concheta, pero no sé muy bien dónde está él.
—Lo que ha oído, don Ignacio. Que me lo llevo de aquí, no hay más que hablar.
Si decir mamá es decir tierra que me ha parido, decir padre duele, como si la memoria me condujera a la antítesis de un poema: a ligar en un mismo verso el fuego con el hielo o el odio con el amor; a hacer lo que hizo Neruda cuando escribió Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido .
—¿Está seguro, don Miguel?
Contemplé cómo asintió, y con aquel meneo de cabeza se fueron mis ilusiones.
Contrario a don Ignacio, que parecía pensar, ingenuamente, que podría convencerlo, yo sí sabía reconocer la tensión en su semblante porque he tenido a bien heredar ese mismo gesto, el de los labios y la nariz arrugados, ese ligero trepidar de su faz como si a veces no pudiera domar el rostro cuarteado por el sol.
—Deje que termine el bachillerato al menos.
Si Concheta se ocupaba de los elementos primarios —la comida, el perdón, la eternidad—, mi padre dominaba las cabras y el dinero.
Eso —las cabras, el dinero— era su vida, y si en mis manos veía otra cosa que no fueran ubres, una vara o un hatillo, lo creía una pérdida de tiempo.
Por eso frente a don Ignacio continuó explicándose con gesto recio, la espalda recta, el sombrero entre las manos.
—Mi casa es humilde y no soy yo de pedir limosna —le explicó con su voz áspera, el mentón arriba—. Necesito jornales y los hijos tienen que ayudar a los padres. Lo dice la Biblia, ¿no es así, don Ignacio?
El director titubeó. No sabía que a mi padre le había salido mal una jugada y que su situación económica —hasta entonces la de un tratante de ganado respetado en la Vega Baja— había mermado considerablemente.
Poco antes había muerto en Barcelona su hermano, mi tío Francisco Corro.
Ambos formaban el clan de los Visenterre, y por Corro pasaban la mayor parte de las ventas que mi padre hacía en Cataluña, a razón de medio millar de cabras al año, lo que lo dejó sin la mayor parte de sus ingresos.
Por ello se vio obligado a despedir a los gañanes que lo ayudaban a sueldo a pasturar el rebaño y a depender de sus hijos varones, de mi hermano Vicente, que ya tenía los dieciocho, y de mí.
—Pues es una pena, don Miguel. De verdad se lo digo —se lamentó don Ignacio, buscándome esa mirada que yo bajaba como si fuera a comulgar—. Su hijo es un estudiante excepcional, ¿sabe?
Mi padre asintió. Sí, lo sé. Pero de nada sirvieron las distinciones que los jesuitas me habían otorgado en la última ceremonia de dignidades —Príncipe en Religión, Emperador en Gramática, Académico en Aritmética y Geografía— que cada trimestre premiaba a los mejores alumnos.
—Si es por el dinero, don Miguel, no tiene de qué preocuparse —insistió don Ignacio—.
Ya sabe que los jesuitas becamos a los alumnos sobresalientes.
Y Miguel lo es, no tengo duda. Siempre lo ha sido, recuerde que su hijo ya venía de la primaria recitando de memoria versículos del Antiguo Testamento y leyendo con fluidez todo cuanto se le pusiera por delante.
Yo había hecho la primaria en las escuelas del Ave María, al aire libre, con dos maestros andaluces que jugaban a la revolución pedagógica.
Qué buenos recuerdos. Entonces el mundo me cabía en las manitas al sostener un globo terráqueo, o en los libros que empecé a leer y a retener.
Porque sí, tenía una memoria prodigiosa.
Hoy en día sigo reteniendo mucho de aquello para mi sorpresa, como si en esas primeras lecturas clericales anduviera la llave de la nostalgia, el canto de los Salmos, el sufrimiento de Job, la valentía de David, el eco de las Bienaventuranzas.
Pero nada de eso impresionaba a papá. Ni cuando iba al Ave María ni entonces ante don Ignacio, al que había buscado esa mañana, Vengo a hablar con el director, con la firme decisión de sacarme de allí como quien arranca de la tierra una cebolla tirando de los tallos.
Acababa de hacer un examen. Lo recuerdo bien porque nunca supe qué nota había sacado.
—Lo que está haciendo usted es negarle a su hijo una oportunidad única, don Miguel. —El jesuita meneaba la cabeza como si no quisiera resignarse—. Y no termino de comprenderlo, si le soy sincero.
Fue entonces cuando papá se impacientó. Me tiró de la manga —que era la de un simple traje de paisano, a diferencia de los alumnos de pago, que llevaban un uniforme azul—, se puso el sombrero y quiso decir sus palabras en aquel lugar en el que resonaban las voces de los vivos y en el que a veces, si se oía con atención, susurraban las demás.
—Tengo otro hijo varón y no quiero que haya tanta diferencia entre ellos. Uno con estudios y el otro sin nada. Yo no soy padre que haga esa distinción con su descendencia.
Mamá Concheta decía que yo solía parecerme a él, pero en aquel momento, tras el silencio con el que don Ignacio mostró, finalmente, su resignación, habría querido sacar su genio, plantar los pies en el suelo, apretar los dientes y gritarle ¡No pienso irme!
, para atrincherarme en aquel viejo convento herreriano.
Pero no hice nada de eso, y don Miguel dio media vuelta despidiéndose del profesor, Tenga usted muy buenos días, mientras yo me alejaba mirando por última vez ese claustro donde, sabía, iban a quedarse mis condecoraciones —aquel breve principado en Religión, por ejemplo—, y ese futuro que esperaba a mis compañeros y que a mí se me escapaba como alguna de esas cabras tozudas —Azucena, Mora, Linda o Lucera, mi favorita—, a las que habría de apacentar bien temprano por los montes, desde las cinco o incluso las cuatro de la mañana, un bocadillo en el zurrón, un vaso de leche, piel de oveja para resguardarme y un libro, siempre un libro.
Habría de leer, día tras día, bajo un ciprés.
—Una última cosa, don Miguel —oímos a nuestra espalda.
Nos giramos. Bajo ese ciprés a medio camino por el sendero del monte de San Miguel es donde brotaron, como un misterio alquímico, mis primeros versos.
—Deje que el nene lea por lo menos. Es de los pocos que viene cada semana a por un libro de la biblioteca —le pidió don Ignacio a mi padre.
Los recuerdo bien. El sol va acortando poco a poco su fulgor loco. Preludia un ave su gorjeo. Me acuesto en la hierba. Echo un ojo al hato. Leo. Me siento. Leo.
—¿Leer? —Papá me miró, mordaz, irónico. Tal vez dudara si decirle al cura que no pensaba dejar que me condujeran por el camino de la sotana y el alzacuellos, adonde parecían querer llevarme los jesuitas, toda vez me habían nombrado monaguillo—.
Ya lo hace con soltura, ¿no? ¿Para qué le va a servir entonces?
Déjeme decirle algo antes de irme, don Ignacio: de padres cabreros, hijos cabreros. Es la vida. No hay más.
Se hizo el silencio, y dos, tres segundos después nos despedimos con un apretón de manos.
Del convento a mi casa había solo una decena de metros, una plazuela en medio que yo transitaba a diario.
Corrí y, nada más entrar, ¿Qué te pasa, Miguelico?
, me refugié en la huerta, las manos dándole un hogar a la cabeza, las uvas en equilibrio bajo la parra y mis lágrimas. Solo entonces grité.