3
—Venga, siéntate, criatura. Te ayudo, sí, con cuidado, así, recuéstate, ay, cuántos golpes te han dado, Virgen santa.
Todavía es de noche. Si alguien ha podido dormir en Rosal, de seguro no habrán sido quienes tienen sus casas pegadas al cuartel. Esos lo habrán oído gritar. El restallar de la vara de olivo. Los alaridos. Las voces: ¡Que yo no sé nada! Los reproches: ¡Dinos qué le hicisteis a José Antonio!
Paco lo sostiene por los hombros y lo ayuda a sentarse en el catre, primero despacio, tanteando, como quien acomoda a un enfermo. El chico se deja hacer. Suelta un quejido breve cuando el cuerpo cede.
—¿Mejor? —le pregunta, pasando su mano callosa por el rostro magullado.
Para Paco fue toda una sorpresa encontrarse con él tras haberlo oído gritar durante horas en aquel despacho de la comandancia.
Que cómo podían haberse ensañado tanto con un zagal de apenas veintipocos, no dejaba de preguntarse.
A Paco no le pegaron tanto cuando lo detuvieron hace unos días.
Ningún guardia de Rosal —aunque venga de Callosa de Segura como ese tal Salinas— les podría tener a él o a los miembros de su cuadrilla esa inquina, porque en este pueblo no hay otra salida y ellos lo saben: o vives de la tierra o de cruzar el Chanza con un macuto cargado de café.
Por eso supone que este chico no es de aquí ni de Aroche, tal vez ni de Valverde, sino de más allá de los montes.
Eso sí, al oírlo gritar supo que habría de ser español porque los portugueses berrean de otra forma.
—S-sí, mejor. —El muchacho asiente desde la cama. La mirada perdida en el techo.
Rosal de la Frontera, situado en una ladera entre dehesas, vive mirando a la difusa frontera ribereña —Vila Verde de Ficalho, el primer pueblo luso, queda a solo cinco kilómetros—, y por eso los vecinos, para su supervivencia, tienen que conformarse con lo poco que les ofrece la Raya entre España y Portugal, como el trabajo de los sacadores —quienes revenden la pesca, barbos, jaramugos o combos, en los pueblos de los alrededores—, o los caminos del contrabando, aquellos sin los que la mayor parte de las familias del pueblo no tendrían nada que llevar a la mesa.
Todavía no sabe cómo se llama.
—¿Y tú cómo te llamas, criatura?
Afuera suenan las cigarras. Rosal sigue durmiendo.
Paco se presentó como Paco el Guapo no porque él sea muy agraciado —ríe, contándole al muchacho—, sino porque se apellida así, Guapo.
¿Te lo puedes creer? Ya lo quisieran los señoritos para sí mismos.
Sí, esos que se llaman Martínez no sé qué o Pérez no sé cuántos.
—Yo me llamo Miguel —le responde al fin el recién llegado.
—¿Miguel? Así se llama mi cuñado, ¿sabes? Es el hermano de Manuela, mi mujer. Qué buena es mi Manuelita. Cada noche viene a traerme comida y ropa limpia, que me da por ese ventanuco de ahí arriba. —Le señala la ventana enrejada que se eleva un par de metros en el muro.
Miguel asiente. Tose. Se incorpora a duras penas. A Paco le gusta mucho hablar.
—Pero cuéntame, chico. —Le palmotea la espalda—. Te ayudará a no pensar. Esa esposa tuya, Josefina, ¿cómo es? A ver, dime.
Vuelve a toser. Paco el Guapo comprueba cómo al poner de nuevo a la mujer en sus labios a Miguel se le dibuja una sonrisa fugaz. ¿Josefina?, pregunta.
Es un cometa, esa sonrisa.
—Josefina es la mujer más buena del mundo. Morena, alta, serena, paciente. Una madre entregada. Un poco seria, es cierto, pero cuando ríe, ay, cuando ríe es como si riera el mundo, ¿sabes?
Se le ha ido la mirada hacia las copas de los naranjos que se advierten más allá del ventanuco enrejado.
—¿Y cómo os conocisteis? Venga, zagal, cuéntame.
El poeta responde después de aclararse la garganta y sentir otra punzada.
—Yo la veía cada mañana coser en la ventana de un taller. Pasaba de camino a la notaría en la que trabajaba y, sin saber por qué, siempre aflojaba el paso al llegar allí. Me quedé prendado.
Miguel se calla. Sonríen de nuevo.
—Venga, cuéntame, te hará bien.
Y poco a poco irá ganando confianza en ese hombre nervioso, que va de aquí para allá casi como si con los pies pudiera seguir caminando por los muros y por el techo de la celda. Le dirá:
—¿Sabes, Paco, esa sensación de que de pronto el tiempo se detiene?
A mí se me detenía siempre al pasar bajo esa ventana, como si se quedara en suspenso solo para que yo la viera.
Así que un día me armé de valor y quise hablarle.
Pero ella se negó a responder a cualquiera de mis piropos.
Bajaba la mirada y hacía como si yo no estuviera.
Era muy pudorosa, ¿sabes? Bueno, es, porque no ha dejado de serlo, mi Josefinica.
Así pasaron los días hasta que me decidí a escribirle una poesía.
Tal vez no te lo haya dicho, Paco, pero soy escritor.
—¿Escritor? ¿De los que escriben libros?
Miguel ríe ante la ocurrencia de su compañero. Al hacerlo, siente un aguijón de dolor en el costado que lo parte en dos. Se lleva la mano al riñón. Tose.
—En fin, que le di la poesía e insistí de nuevo para que me dejara al menos acompañarla a casa.
Aceptó, pero siempre con distancia, caminando un paso por delante, como si temiera que alguien nos viera.
Así fue como empezó nuestra relación, Paco: dando paseos.
Recorriéndonos el pueblo de arriba abajo sin prisa, hablando poco al principio, escuchando mucho.
Yo le contaba mis sueños, ella me hablaba de los suyos, bajito, casi en secreto.
No era mucho de soñar mi Josefina. Ella es más de vivir con los pies en la tierra.
Hasta que un día detuve uno de esos paseos a finales de verano y le pedí que formalizáramos la relación.
—¿Y qué dijo ella?
Vuelve a llevarse la mano al costado, aprieta los dientes un segundo y respira hondo. Tose.
—Q-que se lo pidiera a su padre —responde, no sin esfuerzo—. Y así hice. Hablé con el bueno de Manuel Manresa.
Luego se calla. Paco el Guapo vuelve a sentarse en el catre junto a Miguel, a quien decide hablar más bajo, casi con pudor, como si la pregunta que está a punto de enunciar pudiera dolerle tanto como los golpes que le propinó el tal Segura.
—¿Y por qué estás aquí? ¿Qué se te había perdido en la Raya?
Miguel suspira. Ya no hay rastro de aquella sonrisa de antes.
—En Moura me detuvieron. Pasaba a Portugal sin documentación en regla.
Eso mismo será lo que le diga a Josefina a la mañana siguiente por carta, cuando logre que el comandante del puesto le dé papel y lápiz para escribir, Es mi derecho como preso, no sin antes recibir otra buena entre acusaciones y preguntas ya recurrentes, hasta que una hora más tarde, en la celda de nuevo y después de orinar sangre, con las toses y la carraspera de un motor gripado, se sentará en el catre y empezará a escribir descubriendo el temblor de su pulso, como si aquella carta fuera la primera, ahí en la celda, el sol entrando por el ventanuco, Paco con el vaivén de sus pasos, comiéndose las uñas, los padrastros, sintiéndose pequeño en esos tres metros cuadrados.
Comenzará con un «Querida Josefina» y habrá de escribirle luego a sabiendas de que todos los números de la comandancia leerán esa carta, en especial el tal Salinas, buscando en ella tal vez una pista que lo incrimine, que acabe con él en un paredón, pero no habrá nada de eso porque Miguel ya ha escrito mucho, porque sabe qué mecanismos tiene que usar.
Querida Josefina:
Estoy bien de salud. Me acuerdo siempre de mi Manolillo y de ti, que sois siempre mi mayor esperanza.
¿Sigue engordando el niño? Anteayer cumplió los cuatro meses y me pasé todo el día pensando en él.
Supongo que tus hermanos estarán contigo, dándote muchos quehaceres.
Tengo que pedirte un favor: ve a mi casa y di a mi padre y a mi hermano que estoy detenido, que un día de estos me llevan a Huelva desde este pueblo y que es preciso que me reclamen a Orihuela.
Que hablen con don Luis Almarcha y con quien sea preciso para la consecución de mi traslado a nuestro pueblo.
No es nada grave: me detuvieron al pasar a Portugal sin la documentación en regla, una imprudencia mía que, naturalmente, debía tener su riesgo y su resultado insatisfactorio.
Pero no te preocupes, nena. Como bien, me tratan bien y la seguridad en mi honradez y la fe en la justicia de nuestro Caudillo, Franco, me hacen estar sereno y alegre.
Abrazos para toda la familia, especialmente para mi madre y tus hermanos y los míos.
Manolillo y tú recibid el corazón de vuestro Miguel.
Habrá de pensarlo durante toda la noche, qué escribirle, qué palabras decir que a la vez tranquilicen y urjan, y por eso el sueño habrá de venirle muy tarde, por eso y porque, ya entrada la madrugada, oyen de pronto una voz por el ventanuco:
—¿Paco? —en un susurro.
El contrabandista dormitaba sobre su catre, pero sin entrar en el sueño, a sabiendas de que ella habría de venir. ¿Paco? Se levanta y se encarama a los barrotes. Ahí está Manuela. Se saludan.
—Te traigo ropa limpia en esta talega, Paco. Y sardinas.
A lo lejos suena el canto de algún grillo rey, que no príncipe.
—Gracias, Manuelilla —dice Paco, haciendo equilibrio con una mano mientras que con la otra agarra la talega de lino—. Aquí conmigo hay un escritor, ¿sabes?
—¿Un escritor?
—Sí, mujer. —Paco mira hacia el interior de la celda y ríe—.
De esos que escriben libros. Es un crío.
Al pobrecito le han dado palos hasta en el cielo de la boca, pero ya tiene mejor cara.
Escúchame, Manuelita. Mañana, si puedes, trae un poco más de comida para él, ¿de acuerdo?
Que tiene más hambre que el perro de un ciego.
La mujer asiente, Claro, faltaría más, al otro lado del ventanuco.
—¿Y quieres decirle algo? Miguel se llama.
Desde la acera, Manuela se pone de puntillas y se dispone a proyectar la voz hacia las rejas.
—¡Hola, Migué!
Y la de Miguel será una voz cálida y honda, de bancal y callejuela, nada académica, ¡Hola, Manuela!
, que a ella no le parecerá la de un escritor, no con ese deje campesino, no con esa jovialidad de muchacho, ¡Su marido me ha hablado muy bien de usted!
, y por eso, tras intercambiarse algunas palabras más, ¿Cómo estás?
, ella; Estupendamente, él, irónico, Manuela habrá de preguntarle algo antes de despedirse y volver al refugio de su cama, que se le hace tan grande desde que Paco no está.
—¿Y tú desde cuándo eres escritor?