Tu risa me hace libre 2
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Fue en aquel taller cuando supe de él por primera vez.

Yo allí era muy feliz, ¡Buenos días, Josefina!

, me trataban muy bien las demás modistas, ¡Buenos días, Manuela, Encarni!

, pero por aquel entonces no hablaba mucho ni tampoco había de sumarme a aquellas conversaciones de mocitas algo mayores, con todo lo que ello conllevaba, los enamoramientos, los besos furtivos, en lo que yo no tenía experiencia alguna.

Parece que las oigo, caray. Cuando quiero hacer memoria y acordarme de cómo era ese lugar —un primero con una ventana enrejada desde la que advertíamos el trajín de la calle—, lo que retengo con mayores amarres es cómo sonaba: ese tratratrá que me ha acompañado toda la vida, los chismorreos, las risas, las coplas de la Piquer, que acabé por aprendérmelas todas, Manojito de claveles , La violetera , Mi jaca .

Yo por aquel entonces solía quedarme callada conteniendo la risa, o tarareando para mí sola, las manos hábiles, la espalda recta, la vista puesta en el camino de las puntadas.

No usaba gafas todavía. Aunque era una zagalica —acababa de cumplir dieciséis años—, ese no era mi primer oficio; a los trece ya trabajaba en la fábrica de seda de la ciudad, con los cestos que venían de los ahogaderos de los capullos, cuyos vapores, al hervirlos, te dejaban en las manos un olor dulzón y pegajoso.

Al bajar la calle del Río siempre había quien se burlaba del olor que llevaba:

¡Qué peste a gusano llevas!

¡Gusanera!

Por eso lo dejé. Por eso, y porque mi padre era un hombre comprensible.

—¿Y qué te parecería colocarte en el taller de la Calabacica, hija? —me ofreció al llegar a casa, con la guerrera de guardia civil ya a medio quitar—. Si quieres, puedo ir a hablar mañana con ella para que te incorpore como aprendiza.

Yo arqueé una ceja, ¿Costurera, padre?, como si hubiera podido sortear el destino que para mí parecía estar escrito en caso de haberle dicho que no, que no me parecía buena idea.

Pero le dije que sí, ya que había aprendido a coser con las agustinas de Orihuela —donde estuve apenas dos años—, a coser y a bordar y a tricotar porque, a pesar de que había mujeres que hablaban en el Congreso de los Diputados y fumaban habanos y se quitaban el sombrero, parecía que no había salvación para España si sus niñas no sabían coger una aguja.

Lo que quiero contar ocurrió, decía, una mañana de febrero de 1932, tal vez marzo.

Ya habíamos empezado a trabajar en las prendas de primavera —con las comuniones, ay, a la vuelta de la esquina— y el taller estaba a rebosar.

Rollos de telas por todas partes, organdí, tafetán, canesúes, patrones de papel, trazos a tiza.

Yo cogía un pespunte con una de las máquinas, ajena a cuanto hablaban mis compañeras, Dios sabe qué chismorreo, cuando Carmen la Calabacica entró en el taller y acalló el vocerío de las modistas para hacer hueco en una de las mesas de costura.

—Eh, nenas, ¿habéis visto quién sale aquí?

Llevaba en las manos un ejemplar de la revista Estampa , que nos enseñó por una de las páginas finales.

¿Quién, a ver?, preguntaron, y se agruparon en torno a la oficiala.

Estampa era una revista madrileña de tirada nacional que publicaba reportajes de moda y actualidad cultural.

Yo solía verla en algunos escaparates o en las manos de ciertas señoras pudientes de Orihuela, como era la Calabacica, como eran las mujeres de los Cloquell, de los Roca de Togores, de los Bofill, aquella aristocracia conservadora en cuyas manos siempre estuvo el destino de los oriolanos.

—¡Anda! —exclamó Mercedes, asomada a las páginas de la revista—. Es ese cabrero de la calle de Arriba, ¿no? El de Visenterre.

Manuela comenzó a leer la entrevista.

—¿El poético?

—Se dice poeta —la corrigió Isabel—. Y sí, me suena. A ese lo he visto por la calle repartiendo leche de sus cabras.

Solo entonces levanté la vista de la Singer, picada por la curiosidad.

—¡Pues anda con el cabrero! —terció Carmen con un bufido—. De Orihuela a las revistas de Madrid, fite tú.

Para entonces ya me había puesto en pie para hacerme un hueco en el corrillo.

—Y tú, Josefina, ¿lo conoces? —me preguntó Mercedes.

Me asomé a la revista. Leí su nombre.

Dos jóvenes escritores levantinos: el cabrero y el muchacho dramaturgo

Miguel Hernández, el joven poeta que compone sus versos mientras apacienta las cabras.

El muchacho —tiene veinte años— llega azorado y encogido. No es para menos. Lo que este joven moreno, de frente despejada y facciones enérgicas tiene que decir es algo grave, como su poesía...

Releí el titular y observé durante algunos segundos la fotografía de cuerpo entero de ese poeta cabrero, gesto tal vez asustadizo —o esa impresión me dio—, una mano en el bolsillo y la otra en su cuadernito de poemas, gabán, traje y zapatos.

Y puse su nombre por primera vez en mis labios. Su nombre.

—¿Miguel Hernández? —Negué con la cabeza—. Pues no, no me suena.

Ay, cómo iba a saberlo yo entonces, tan niña, tan mocita, que aquel nombre —cinco sílabas, quince letras—, Miguel Hernández, había de estar conmigo toda la vida, él, el poeta pastor, el perito en lunas, y durante más de un año seguí haciendo mi vida ajena a la que ese cabrero, el hijo del Visenterre, se estaba labrando en Madrid, donde, sin que nadie en Orihuela lo supiera —salvo su amigo Pepito, que ya se hacía llamar Ramón Sijé—, pasaba hambre y frío y penalidades.

Él me lo contaría más tarde, que al borde de la indigencia hubo de regresar a Orihuela, que no se le abrió ninguna puerta en su primer viaje a Madrid salvo la de aquella entrevista —la de Estampa— , de la que hubo de renegar luego al verse caricaturizado como un personaje pintoresco de provincias.

El poeta cabrero. No, no se gustaba. Por eso no quiso guardar ninguna copia, aunque Miguel no era, en realidad, de guardar nada, porque todo lo daba o lo dejaba tirado o lo desordenaba sin cuidado alguno.

Esa labor, la de guardarlo todo, me ha tocado a mí.

Por aquel entonces yo seguía haciendo mi vida en el taller de modistas, alternando la costura con el cuidado de mis cuatro hermanos menores, la confesión una vez al mes, la novena eucarística de los jueves y los paseos por la ribera del Segura los domingos con mis amigas costureras.

A veces iba al cine, otras, a bailar en las verbenas de la Virgen de Monserrate o en la romería de San Antón, aunque siempre me quedaba al margen del alboroto con un vaso de limonada o de gaseosa, los pies quietos, la mirada puesta en cómo Marieta o Inés coqueteaban con algún mocito tras haber espantado yo, con mi sonrisilla, a cuantos habían revoloteado en torno a mí.

Madre me lo había dejado muy claro, que nada de admitir a un chico enseguida, que en los bailes o los paseos estuviera ojo avizor con sus manos, que no tuviera reparos en chistarle o en abofetearlo en caso de que mi honra hubiera de quedar en peligro.

Me lo decía siempre así, con su voz quejumbrosa, el rosario en las manos o frente al altar de santos de su dormitorio, y lo pienso ahora, ay, mi honra, cuánto hube de hacer por ella como si mi cuerpo, o el de todas las chicas que éramos, mocitas casaderas algunas, vestidoras de santos otras, fuera el frasco de una esencia que, por supuesto, no pertenecía a sus portadoras.

Como venía contando, en el taller solía sentarme junto a una ventana, y allí veía despertar al pueblo, que bullía a primera hora tras el repiqueteo de las campanas, el vocerío del aguador o del lechero, con las mujeres yendo a la plaza de la fruta o los postulantes dirigiéndose al Seminario Diocesano sobre la atalaya del Cerro del Castillo.

Orihuela parecía un pueblo hecho a la medida de ellos, de los seminaristas; olor a incienso, treinta iglesias, una catedral, varios conventos y una decena de colegios religiosos.

Por aquella ventana, sin que yo lo supiera, también se veía a Miguel.

Fue a partir del año 33, decía. Él pasaba cada mañana por debajo de camino a la notaría de Luis Masares —donde había encontrado trabajo tras volver de Madrid—, y lo hacía siempre igual, con su paso ligero, apresurado, cargado de papeles.

Era algo más de las doce del mediodía cuando miró hacia arriba —eso contaba él, al menos—, y ahí hubo de verme, afanada yo en mis quehaceres, en los patrones o en las puntadas, y a partir de entonces siempre que llegaba a la altura del taller aminoraba el paso, estiraba el cuello y buscaba con sus ojos intensos los de una de las modistillas.

Los míos. Yo, al verlo, me apresuraba a esquivarle la mirada, Qué querrá ese chico, otra vez, volviendo a la aguja y al hilo, Habrase visto, y así fue día a día, hasta que aquellas miradas a través de la ventana dejaron de ser ajenas a mis compañeras.

—Ahí viene el poeta, Josefina —me decía una con retintín.

Yo había aprendido a reconocer cuándo iba a pasar por el clac, clac, clac de sus zapatos sobre los adoquines, pero me hacía la despistada cuando me lo decían. Anda ya, Eulalia. Qué dices.

—Al poeta le gusta una de nosotras. —Reía la otra—. Y yo sé quién es.

Fue una mañana de finales de agosto. Lo recuerdo bien porque el pueblo preparaba las fiestas de la patrona y a todos los rincones les habían dado un lavado de cara.

Caminaba yo con una compañera del taller en dirección a la calle Mayor cuando de pronto me di de bruces con él.

Miguel iba con un chico al que decían Genestar, y a la altura del jardín de la Plaza Nueva —que entonces, en ausencia de rey o caudillo, se llamaba plaza de la República— nos encontramos los cuatro.

Ay, ojalá pudiera contarlo él ahora, que a fin de cuentas yo no me dedico a esto de las historias.

¿Qué pensaste al verme, Miguelico? ¿Qué versos hubiste de elucubrar imaginándome la voz, la delicadeza de mis gestos, mis caricias?

Al topármelo ahí delante contuve el aliento.

Llevaba su traje de todas las mañanas, sus papeles bajo el brazo y ese mismo gesto apresurado, pero, tras advertir que era yo la que estaba al otro lado, se paró en seco.

Habían baldeado los jardines y el suelo estaba lleno de charcos.

Él se adelantó unos pasos, puso un gesto pícaro en los labios y colocó los pies al borde del agua.

—¿Quiere usted una barca para pasar? —me preguntó, ofreciéndome la mano.

Reí. Madre me había enseñado mucho sobre los hombres, pero no me previno de cómo hacer para contener la risa cuando algo así te hacía brotar una carcajada.

A duras penas me llevé la mano a los labios, agarré a mi compañera y agaché la mirada bordeando el charco.

No respondí. ¿Eh, señorita?, me llamó él, a quien fui dejando a mi espalda mientras su amigo se desternillaba por mi desplante.

—¿Su nombre?

Pero no lo pude evitar, lo siento, madre, girar el cuello para verlo, todavía con su gesto travieso, con la luz de sus ojos, su cuerpo alto y moreno y aquel interrogante atravesándole el rostro entre la rudeza y la ternura.

No tenía pinta de poeta. Hube de aprender pronto que Miguel era un chico obstinado, porque se despidió de Genestar y siguió caminando a nuestro lado, ¿Su nombre, señorita?

, preguntándomelo una y otra vez, Su nombre, al menos, hasta que, ya a solas con él —mi compañera vivía algo más abajo que yo— y antes de llegar a la calle del Río, me paré, fruncí el ceño e hice un gesto para que se alejara.

Más adelante estaba el cuartel donde yo vivía, y donde, bajo ningún concepto, nadie podía verme llegar junto a un chico joven.

—Yo me llamo Miguel. ¿Y usted?

Qué tozudo eras, Miguelico, hijo.

—Su nombre, al menos —insistió.

Pero si terco tú, terca yo. Lo siento, dije, y con un gesto hosco me giré y tomé la entrada a la calle del Río sin mirar atrás, y ahí dejé plantado al poeta, a él, curiosamente mudo, sin metáforas ni aliteraciones que pudiera soltar por esa boca tan perspicaz y ágil en cualquier otro momento menos en ese.

Él hubo de decirlo en alguna ocasión, que yo era la única persona que lo había dejado sin palabras.

Pero Miguel no se dio por vencido. Ocurrió una tarde al salir del taller.

Me despedí de mis compañeras, salí a la calle y lo vi.

Di un respingo. Estaba ahí, plantado como un roble, su mirada intensa.

No dijo nada, tal vez jugando al mismo juego de silencios al que había jugado yo días antes.

Solo se acercó y me buscó la mano. Sentí en la palma el papel doblado dos veces, y para cuando miré qué era lo que me había dado, ya se marchaba sin mirar atrás, deprisa, como si huyera de su propio atrevimiento.

Algunos segundos después miré en derredor, por si alguien había contemplado la escena.

Tampoco desde la ventana parecían haberse enterado las chicas, que terminaban de recoger el taller.

Manuela salió a la calle y me preguntó si me pasaba algo.

Yo, quieta, seguía con el papel en la mano, en cuyo dorso se leía escrito a máquina, Para ti.

Dudé. No supe qué hacer. Pensé que, si me lo quedaba, él creería que estaba interesada, pero también pensé lo contrario: si lo tiraba, ¿qué clase de modales habría de demostrar? Fue la duda de los tiempos.

—¿Estás bien, Josefina?

Asentí. El corazón bombeaba con fuerza. A veces pienso que debe haber una veta en el tiempo donde se ha de vivir lo que no se escogió, lo que no se decidió, la tirada de dados que resultó distinta.

Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mi vida si hubiera tirado aquel papel, Sí, todo bien, Manuela.

Si no me lo hubiera guardado en el bolsillo del vestido que aún tenía color.

Qué Josefina Manresa habría sido, me pregunto; costurera, seguro, pero tal vez la esposa de un agricultor o de un marchante, o la hermana de alguna congregación religiosa —las teresianas o las agustinas—, pero de seguro no la mujer de un poeta ausente.

—Pues hasta mañana, querida. Y descansa.

Porque —ay, cómo iba a saberlo yo entonces, con mis diecisiete añitos—, aquella hoja doblada, aquel soneto extraño pero hermoso que hablaba de mi pelo y que arrancaba con ese enrevesado hipérbaton, Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo / nacida ya para el marero oficio , ese poema, decía, fue el principio de todo.