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Lleva un vestido primaveral, maquillaje discreto y otro colgante en el cuello rematado con una cruz.
En el recogido de su pelo castaño y liso tiene un mechón rebelde que ha hecho una onda sobre la frente.
Josefina la mira, esa onda. El placer es mío, señorita, le responde, mientras se adelanta unos pasos y las conduce por el pasillo hasta el cuarto de costura.
Al entran en el taller, madre e hija dan una ojeada a la pequeña estancia: la mesa con la máquina Singer, los maniquíes, las perchas, los cuadros de Vírgenes y retratos de las paredes, y los estantes con cajas de hilos y carretas, cintas métricas, botoneras, alfileteros, y algunas revistas de patrones y catálogos de grandes almacenes que la costurera hojea a veces cuando necesita inspiración.
Josefina se ha preocupado de que todas las telas y los diseños de París estén a resguardo.
Aguarda callada casi como si fuera un examen, hasta que advierte en el rostro de doña Pilar un ligero gesto de aprobación, como si se dijera, Sí, esta es la mujer que andaba buscando, y ello, esa sonrisilla carmesí, destensa algo a la anfitriona.
—Bueno, ustedes dirán —rompe el silencio cogiendo una cinta métrica de la mesa para ponérsela sobre los hombros—.
Aunque Paquita ya me dijo algo sobre qué era lo que querían.
—Señala a la chica, que vuelve a ruborizarse al encontrarse con la mirada de la mujer—.
Un vestido para esta preciosidad, ¿no es así?
Lo ha dicho con ese acento suyo, presiosidad .
—Eso mismo, Josefina —asiente doña Pilar, rodeando con su brazo la cintura de su hija—.
Aquí mi Angelita, que ya ha dejado de ser una mocita, ¿sabe?
Y hay un muchachito que se ha enamorado de ella.
Y ella de él, ojo —puntualiza, levantando el dedo índice—.
Porque yo soy de las que dicen que el amor siempre ha de ser cosa de dos. Que ya no es como antes, ¿a que sí?
Busca la aprobación de Josefina, que se apresura a asentir.
—Claro, de dos.
Le asaltan, de pronto, unos recuerdos.
—Pues, ¿sabe qué? Que la semana pasada nos pidió permiso para venir a casa porque quería conocer a mi marido, a don Alfredo, que tiene una procuraduría aquí en Elche, donde el ayuntamiento.
¿Y a que no se imagina qué nos dijo? Pues que quería celebrar una fiesta de pedida el próximo mes de mayo.
Que la haría en su finca, por todo lo alto, con una comida y luego una orquesta, y que invitaría a todos los familiares y amigos que nosotros quisiéramos. —Sonríe, jactanciosa—. ¿Qué le parece?
Josefina vuelve a mirar a la chica, que sonríe nerviosa.
Habría preferido que saliera de ella la respuesta, oír de su vocecilla ese precioso cuento de hadas bosquejado por su madre, una hacienda a las afueras de Elche —o tal vez en Santa Pola, mirando al mar—, dulces, café, licores, intercambio de saludos entre los familiares, Don Alfredo, mire, le presento a mis padres, cumbia, bolero, o algún negro imitando a Machín.
—Algo precioso, doña Pilar. Qué le voy a decir.
Y se hace el silencio.
—Así que lo que vengo buscando, Josefina, es un vestido —continúa la mujer—. Un vestido para que mi Angelita deslumbre a todos los invitados a la fiesta. Para que su futuro marido se quede embelesado con mi chiquilla. Para que Elche entera sepa hasta dónde puede llegar mi familia, ¿sabe?
—Y lo sabrá, no le quepa duda —asevera Josefina.
Porque ella ya la ha visto vestida. Tiene esa habilidad.
Empieza a tomarle las medidas.
—Me dijo mi prima Paquita que no lleva mucho tiempo en Elche, ¿no, Josefina? —le pregunta doña Pilar.
Levanta la vista. Ya lo ha contado muchas veces, este relato.
—Pues no, no llevo mucho. Antes vivía en Cox, ¿sabe?
—Calle Teresa, número 15, ahí donde llegaban todas las cartas de Miguel—.
Pero tengo un chiquito de once años, mi Manolillo, y allí había pocas oportunidades, ¿comprende?
Yo, como modista, apenas tenía trabajo. Y aquí, ¡uf!
, casi diría que me sobra, pero que no me oiga Dios decir eso. —Suelta una carcajada, nerviosa.
Entonces se apresura a ponerse en marcha, Venga, Angelita, que voy a tomarte medidas, cogiendo a la chica de la cintura para acercarla a la mesa de costura, ¿Y qué tipo de vestido habéis pensado?
, no fuese doña Pilar a preguntar más de lo debido, ¿La fiesta será de día o de noche?
, no vaya a escarbar en el auténtico motivo por el que ha dejado Cox después de tantos años en ese pueblecito de huerta al pie de la sierra, entre Callosa, Albatera y Redován y más abajo Orihuela.
—Y dime, Angelita... —Se pone de cuclillas para rodear las caderas de la chica con la cinta métrica—. ¿Cómo conociste a ese mozo?
La muchacha ríe.
—Es novillero, ¿sabe? Y fui a verlo a una corrida con mis hermanos porque él conoce a mi hermano mayor, a Luis. ¿Y sabe qué hizo?
—Que le tiró la montera a mi niña, Josefina —la interrumpe la madre, que daba algunos pasos perdidos por el taller—. ¿Se lo puede creer? Cogió y le tiró la montera y le dijo que iba para esa nena guapa.
Josefina lanza un suspiro. Habrá de saber que el muchacho, ese novillero, se llama Tomás Santamaría, que tiene veinte años y un apoderado con muy buenos contactos en el mundo taurino.
¡Qué romántico, nena!, exclama la costurera.
Tras apuntar en el cuaderno las medidas que ha tomado de Angelita —mirando, a la hoja en blanco, por encima de las gafas—, 86 centímetros de pecho, 62 de cintura, 96 de cadera, se pone en pie para completar el resto de las que necesita: largo de talle, ancho de espalda, largo de falda, contorno de brazos.
—Y usted, Josefina, ¿cómo lo conoció a él?
Doña Pilar se ha parado de pronto frente a ese retrato a carboncillo, del tamaño de una cuartilla, que la modista colgó de la pared blanca de su taller entre el estante de los utensilios de costura y la ventana desde la que se advierte el movimiento de la avenida.
—Porque ese es su marido, ¿no?
Josefina mira al retrato, cuya dedicatoria al pie del dibujo, Para Miguel Hernández en recuerdo de nuestra amistad de la cárcel , ha ocultado deliberadamente detrás del paspartú.
— Me dijo Paquita que era viuda.
A veces, cuando se le acumulan las horas de costura, con el traqueteo de la Singer, y se le agarrota el pedal de la máquina o le tiemblan las manos, a veces, en ese momento, le habla a él, al dibujo de Antonio Buero Vallejo —con quien Miguel coincidió en prisión—, su rostro sereno, concentrado, la mirada en algún lugar, como si el poeta le hubiera ofrecido al retratista algún instante de intimidad, o como si este se lo hubiera robado sin su permiso.
Lo mira. Todo es fugaz pero a la vez eterno.
—Sí. Miguel se llamaba. Era mecanógrafo y le gustaba la poesía.
Acababan de condenarlo a muerte, pero se lo ocultó, diciéndole:
Y ya que no puedo ir de carne y hueso, iré de lápiz, o sea, dibujado por un compañero de fatigas, como verás, bastante bien. Se lo enseñarás al niño todos los días para que vaya conociéndome, y así no se extrañará cuando me vea.
Y calla habitando esos recuerdos, las heridas que aún palpitan, los llantos, las ausencias, los silencios, los De eso mejor no se habla, los No hay que remover el pasado, los Esa que va ahí es la mujer del poeta; es decir, todo cuanto sufrió y por lo que se fue de Cox y por lo que se prometió que jamás volvería a Orihuela.
—Murió por una enfermedad, el pobrecito mío...
Es afilado y punzante y duele el tiempo, como una aguja.
Por eso doña Pilar no se atreve a indagar en el pasado, Ay, lo siento mucho, porque sabe que el negro de su vestido, de su mandil, de sus babuchas, no es casual.
No, no se preocupe. Pero Angelita es joven, tiene —sabrá Josefina— la misma edad que ella cuando conoció a Miguel, diecisiete añitos, la edad de quien no sabe hasta dónde llegan las sombras, la cascada del llanto, las cadenas de esa palabra que ha usado su madre para referirse a la costurera: viuda.
Por eso, con su casta inocencia, con su bondad ingenua, la muchacha se atreve a insistir:
—Y entonces, ¿cómo lo conoció, Josefina?