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La aguja tiembla atrapada entre la yema de sus dedos.
En ocasiones se pregunta cuándo le salieron esas manos de mujer.
A sus trece, en la fábrica italiana de seda de Orihuela, o a sus dieciséis, de aprendiza en el taller de costura de la calle San Juan, Josefina podía atinarle en el ojo con la precisión de un cirujano, pero ahora —treinta y cuatro cumplidos en enero, negro riguroso en el vestir— enhebrarla a veces le cuesta algunos segundos.
El hilo se resiste, se dobla, se deshilacha la cabeza.
A ella el tiempo siempre le ha hablado con la voz de una aguja.
Como una aguja, es afilado y punzante el tiempo.
Tal vez podría acertarle mejor si no tuviera la estancia en penumbra, aun siendo ahora de día.
Ya han dado las nueve y media de la mañana y en la avenida de la Reina Victoria de Elche el sol entra temprano.
El taller, orientado al noreste, recibe el primer albor, aunque ella lo perciba solo a través de los claroscuros de la persiana que se esfuerza en bajar a primera hora, haciendo el camino inverso de la lógica.
Se mudaron a esta casa ilicitana desde Cox no hace mucho.
A veces, al despertar, cuando el amanecer se cuela por la ventana de su dormitorio, piensa que siguiendo su rastro llegaría hasta el mar.
Pero ella lo ha visto pocas veces, el mar.
La luz de una bombilla titila y en las formas del taller dibuja las sombras de una sacristía profana.
Las formas: el mobiliario, los manojos de alfileres y dedales, las perchas con vestidos y el par de maniquíes desnudos a los que Josefina habrá de vestir y desvestir a lo largo de la jornada, como en el mito de Sísifo.
Aún afanada con la aguja, humedece el hilo con los labios, lo gira entre los dedos y lo vuelve a intentar hasta que logra atravesar por fin el cabo.
Solo entonces vuelve a respirar —acostumbra a aguantar el aire mientras estabiliza el pulso—, dejando correr el hilo por el ojo como se abre un caño de agua.
Frente a ella aguarda la máquina Singer, a la que llaman La Negrita —modelo 66, hierro negro, adornos dorados, pedal de madera—, junto a las muestras de telas que se distribuyen por la mesa de costura con el orden y la pulcritud que deben tener los grandes talleres.
Pero ella solo cose para un puñado de clientas —aquellas que se trajo de Cox y las pocas que ha ido ganando en Elche— y, sobre todo, para aquella tienda que le encarga la ropa para exhibirla luego como si hubiera venido de París.
«Con nosotras no va a faltarte el trabajo, Josefina», le propusieron las gerentes.
Eran dos hermanas solteras que heredaron de su padre una sastrería y tuvieron la pericia de transformarla en una tienda de moda para señoras de bien —moño italiano, vestido sobrio, el toque de color de un pañuelo— y para sus hijas de colegio de monjas, interesadas, con su arribismo de provincias, en aquellos diseños —trajes de comunión, abrigos de invierno y primavera, vestidos de niño y niña— traídos supuestamente de las capitales de la moda europea.
El trabajo de Josefina es fusilar los modelos de las revistas o aquellos trajes que algunas veces pueden traerle de las ciudades; estudiar concienzudamente la confección, descoserlos con cuidado y sacar un patrón.
Por eso, cuando se encarga de coser en su tallercito para las Valcárcel, debe hacerlo con la persiana echada y la ventana cerrada, a pesar del calor y de la falta de ventilación, para que nadie que pase por la avenida y reconozca los modelos descubra el engaño.
Por eso tiene que hacerse la desatendida cuando alguien se para delante del ventanal, disimulando y escondiendo las prendas que tres calles más abajo habrán de costar hasta cinco veces más de lo que le pagan a ella.
La primera vez que vio una de sus prendas en el escaparate de Vestidos Valcárcel, con ese rótulo, MODA PARISINA EN ELCHE , Josefina no pudo contener la risa, esa risa suya, jijijí, pequeña, pudorosa pero irrefrenable.
Iba al mercado con su hermana Conchita cuando se paró ante aquellos vestidos que conocía de primera mano y le dijo a su hermana por lo bajini: «Mira, Conchita, de París dice.
—Y miró al interior de la tienda, a las clientas ricachonas, a sus hijas—.
Pues nada, en París coso, fíjate qué cosas».
Y poniendo París en sus labios hubo de recordarle a él, porque lo más cerca que ella ha estado de la capital francesa fueron aquellas cartas que su marido, Miguel, le envió desde allí en el verano de 1937, camino de Moscú.
Que en París se guisa con mantequilla y parece que come uno cirios fritos, le dijo.
Y que las mujeres eran todas diferentes a ella, que no eran feas, ojo —especificó con su gracejo—, pero que les faltaba la luz y la sombra de los ojos de España y, sobre todo, de los suyos.
Ahora, ay, no puedo ni quitarme las gafas sin ver tres en un burro.
A veces se pregunta qué diría Miguel si la viera, ella, con su mirada débil —habrá de sufrir un glaucoma—, con los cabellos blancos que ya le van saliendo y que aún disimula en un recogido con la convicción propia de que su pelo es negro todavía.
Da un sorbo a la taza de té, lo único que toma nada más levantarse, manzanilla, valeriana o menta poleo.
A continuación, una vez enhebrada la aguja, coge una de las telas, la de color añil, y comienza con unas primeras puntadas que luego habrá de continuar con la máquina de coser.
A ella le gusta hacerle el primer camino a la Singer, como si nunca se hubiera fiado del todo de la Revolución Industrial.
De pronto, al colocar el tejido bajo el prensatelas de la máquina, la carta abierta a un lado de la mesa, junto a la taza, y que recibió a primera hora, amenaza con levantar el vuelo.
La mira. Habrá de responderla más tarde, antes de hacer el parón en la sesión de costura para prepararle la comida a Manolillo, que, ay, mi niño, de la escuela llega hecho un Gargantúa.
Josefina recibe poca correspondencia que le haga despertar una sonrisa; esta —en el remitente, calle Velintonia número 3, Parque Metropolitano, Madrid— sí lo hace porque viene de Vicente Aleixandre, que no ha dejado de escribirle desde que enviudó:
Querida Josefina:
Me he alegrado mucho de ver lo bien que le ha resultado su traslado a Elche.
Veo que usted tiene más trabajo y gana más que en Cox, y que Manolín va al colegio.
Todas son buenas noticias y me alegro en el alma.
Eso sí, tiene usted que cuidarse, está bien que trabaje, pero no abuse de su cuerpo; Manolín la necesita con buena salud.
Mientras espero que se acomode en su nuevo hogar, yo continuaré gestionando lo de la edición en la editorial argentina Losada de la que le hablé, que siguen muy interesados en la obra de Miguel.
Aleixandre lleva años intentando gestionar con Josefina la publicación de las obras de su marido, de aquellas que, al menos, puedan pasar la censura en España, o publicarse fuera, como en Latinoamérica, donde están ahora buena parte de los poetas de la que vendrá a llamarse generación del 27, aquella reunión luminosa de escritores de los que Miguel sería —eso diría Dámaso— su genial epílogo.
Nadie, por el momento, puede leer la obra del oriolano, como si él no hubiera existido.
Sí, le responderé luego a Vicente, que hoy hay mucho trajín, se dice la mujer.
Y, ay, que está a punto de venir esa mujer y su hija, esa, la chiquilla casadera, ay, la mar salá , que me coge el toro.
Cuando se habla a sí misma también tiene su acento, el de la Vega Baja, el serpenteo de las eses en la boca, sintura , laso , sursir , pinsa , y esa prisa por querer decir las cosas, todo seguido, casi atropellado, en un intento, quizá, de emitir sonido lo más breve posible para devolverle al silencio su lugar.
Es una mujer de silencios, Josefina, como si a veces le tuviera recelo a todo lo que pudiera llevarse el viento, como si, a fin de cuentas, no se fiara de las palabras.
Algunos minutos después suena el timbre de la puerta.
Josefina ya sabe quiénes son: aquella señora y su hija de las que le habló su vecina Paquita, Mi prima la mayor necesita una modista, Josefina, le dijo.
Se pone en pie y se dirige al zaguán. Antes de abrir, se permite unos segundos para mirarse en el espejo, situado sobre una cómoda vestida de croché, y adecentarse el cabello.
—Buenos días —saluda con una sonrisa breve, comedida.
Madre e hija aguardan tras la puerta, en el pequeño zaguán que separa la casa de la avenida de la Reina Victoria.
—¿Josefina? —La mujer le tiende la mano para encontrarse con la de la costurera, fina y delicada la una, endurecida la otra.
—Sí, doña Pilar, soy yo —responde, y con un gesto cortés les pide que crucen el umbral—. Pasen, por favor. Están en su casa.
Doña Pilar asiente. Debe de rondar los cincuenta, aunque es posible que el maquillaje le rebaje algunos años al documento de identidad.
Va ataviada con un vestido beis dos piezas que también podría venir de París, piensa Josefina, aunque no es de su factura, peinado a lo Ava Gardner y un crucifijo de oro colgando del cuello.
—Y ella es mi hija pequeña, Angelita. —La mujer se hace a un lado para presentarla—. Es la casadera, de la que le habló mi prima Paquita.
La muchacha, que no habrá cumplido aún los veinte, imita el gesto de su madre para saludar a la anfitriona.
Paquita ya le había puesto al tanto de quién era: que a la mocita, Una chica buena, la menor de cuatro hermanos, le dijo, la rondaba un muchacho apuesto y que la boda, si se produjera, Dios mediante, no iba a tener nada que envidiar a las que salen en el ¡Hola!
—Encantada, señora —dice con voz pequeña y un gesto de rubor, arrugando la naricilla como si aún le quedaran trazas de la niña que fue no hace mucho.