Cita #3
Se le clavan los ojos del comandante y otra vez, otra vez ese nudo en la garganta de antes, Qu-qué, qué dices, mientras lo acalla una bofetada enérgica del tal Salinas, que restalla sobre su mejilla derecha y que casi lo tumba al suelo.
—Créame, comandante. —La mirada colérica, la frente, la nariz arrugada, el dedo acusador—. Allí lo conocemos bien. Este es un rojo cobarde. ¿A que no sabe qué? Pues que estaba en Alicante cuando mataron a José Antonio. Sí, eso me dijeron en el pueblo. Que quizá fue su verdugo. ¿Se lo puede creer?
Los dos lobos miran a Miguel, dos, tres segundos antes de abalanzarse, y el buey caerá al suelo al tercer golpe, la frente impotentemente mansa, y después una nube de palos, un pum, la boca contra la grama, y otro pum, un Por qué matasteis a José Antonio, un Qué le hicisteis a los curas, y toma, a las monjas, y un Habrá de esperarte lo de Lorca, a lo que el poeta que cantando esperaba la muerte, el ruiseñor que cantaba sobre los fusiles y en medio de las batallas, no sabrá qué responder, porque, de pronto, tiene miedo.
Miedo. Y dirá que no sabe nada.
—Ha-hagan de mí lo que-que quieran, pero no sé nada.
—Que él no ha hecho nada, que no tiene delitos de sangre—.
Se lo juro, por el amor de Dios. ¿No han visto mi auto sacramental, el que llevaba en el equipaje?
—Señaló hacia la maleta de cartón que, tras registrarla a conciencia, dejaron en el suelo—.
Hace unos años publiqué una obra religiosa con la ayuda de don Luis Almarcha, el vicario general de Orihuela.
Pero no le creerán, y seguirán los golpes, las patadas, los azotes con una vara de olivo para arrancarle quién sabe si la confesión de que todos los males que arrojaron a España al abismo provinieron de su poesía, como si sus versos hubieran podido desatar la guerra.
Será así durante diez horas, en turnos en los que se alternarán hasta cuatro números, guardias buenos algunos, brutos, bestias otros, que apenas lograrán de Miguel alguna confesión contradictoria: que es un poeta apolítico, aunque escribió de forma esporádica para el frente republicano, que tiene amigos influyentes de derechas, que admiraba a Lorca y que, ojo, no se fuera a repetir con él lo mismo ante lo que nuestro inmortal Caudillo dictó mano dura sobre sus ejecutores.
Eso dijo, con ese acento de las homilías, con ese tono de alocución de radio, nuestro inmortal Caudillo, y habrá anochecido para cuando los lobos deciden dar fin al interrogatorio, la noche fresca, el olor a azahar de la plaza, los juegos tardíos de algunos niños ajenos a lo que ocurre en el depósito municipal.
—Llévenselo al calabozo. Y denle un poco de agua.
Para entonces el secretario judicial ya habrá concluido el atestado:
Es de suponer que este individuo haya sido, en lo que fue zona roja, por lo menos uno de los muchos intelectualoides que exaltadamente ha llevado a las masas a cometer toda clase de desafueros, si es que él mismo no se ha entregado a ellos.
En la celda huele a humedad y a orines. El tal Salinas sostiene a Miguel como a un guiñapo y, tras abrir la cerradura, lo empuja dentro. El joven se tambalea y no es sino con ayuda del único preso que hasta entonces moraba la celda que logra mantenerse en pie.
—Yo me llamo Paco —le dice el recluso, buscándole la mirada con sus ojos pequeños y su rostro anguloso, consumido, de hombre espigado y nervioso, como si se le quedara pequeña la celda, o tal vez la Raya—. Y, dime, no eres de aquí, ¿verdad?
También tiene golpes y magulladuras atravesándole el rostro. Miguel no tardará en saber la razón: que a Paco lo detuvieron hace unos días por delitos de contrabando, que alguien hubo de dar el chivatazo y que también le han dado muchos palos y azotes con aquella misma vara.
—Pero, venga, siéntate, criatura.
Lo ayuda a sentarse en uno de los dos colchones de la celda, bajo un pequeño ventanuco y en el extremo opuesto a esa cubeta de cinc en la que el poeta habrá de orinar sangre porque le han reventado el riñón.
Ay, zagal. Con el envés de la mano el preso le seca el sudor de la frente.
Ay, pero qué has hecho, y le consuela, con un lamento que a Miguel le suena, de pronto, a aquella mujer portuguesa que le ofreció sopa en su choza de Moura.
Ay, coitadinho, coitadinho .
Mira al techo abovedado y luego a la pequeña ventana. Los naranjos están en flor. Suenan los grillos y alguna chicharra a lo lejos. Se ha esfumado Lisboa; es como si huyendo de sí mismo acabara todavía más consigo.
—Y familia, ¿tienes familia?
Solo entonces hablará el poeta, el viento roto de su voz para decir, S-sí, tengo, mientras una sonrisilla dibuja la medialuna en su rostro ajado, sangre reseca y moratones.
—Manolillo...
Y luego otro suspiro, que en el aire de la celda flota como la oración de un creyente.
—Josefina...
Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)