Cita #2
Uno de los agentes lo coge del brazo mientras el otro se apresura a esposarlo.
—¡Yo no soy un ladrón!
— O seu passaporte, dê-me! —le ordenan en mitad del zarandeo.
Pero el poeta se excusa, diciendo No, no lo tengo, he perdido el pasaporte, y no le dejarán que se explique porque, a partir de ahora, no será dueño de sus palabras, Eh, eh, que se le atropellarán a él, al rapsoda, con ese nudo en la garganta y ese temblor en las sienes que apenas le dejarán un hilo de voz para decir que todo es un error, ¡Un error, un error!
, para sacudirse con los hombros a los policías en un intento por no perder de vista al tabernero, ¡Devuélvemelo, eh, mi reloj!
, para intentar revertir el cúmulo de tropiezos que ha acabado con él esposado al grito de Fugitivo, é, fugitivo!
, con el que el regente de la cantina y la pareja de guardinhas se garantizarán un suculento botín: el reloj de oro, regalo de Vicente Aleixandre, para el primero; cinco pesetas, el precio que el Gobierno de Franco paga al régimen de Salazar por cada fugado capturado, para los segundos.
Porque Miguel Hernández alguna vez valió eso, cinco pesetas.
Tres días después lo trasladarán a la comandancia de Rosal de la Frontera tras ser interrogado por la policía portuguesa.
Será al alba del 3 de mayo cuando regrese a España en una camioneta destartalada que se bambolea ante los resaltes y las piedras de ese camino que Miguel había hecho, días atrás, en sentido contrario.
Ha llovido a intervalos y el petricor impregna cualquier aroma a azahar proveniente del puñado de naranjos que bordean la plaza del depósito municipal del pueblo.
El mundo es otro mundo cuando llueve, cuchillas que descienden del vacío.
—Póngase ahí y abra la maleta.
Allí, como en cualquier trámite penitenciario, los guardias civiles de Rosal le hacen un chequeo y repasan el expediente carcelario que les cedieron los guardinhas portugueses después de garantizarse el botín.
También vuelven a revisarle el equipaje, como hicieron sus homólogos, los escudos, el traje azul, el libro de Vicente Aleixandre, La destrucción o el amor , y su auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras , que llevó consigo cuando entendió que aquella primera obra religiosa suya podría sacarlo de algún aprieto en la nueva España de Franco.
—Miguel Hernández se llama usted, ¿no?
El comandante del puesto, un agente de segunda clase onubense llamado Antonio Bueno, no parece poner mucho interés en el detenido, a quien no ha reconocido.
Levanta la vista del informe y da un repaso fugaz al joven, desde las alpargatas que calza hasta sus facciones duras y hasta sus ojos, que la mayor parte del tiempo son verdes —hay quien dirá que azules—, aunque en el atestado policial se diga que son pardos. El poeta asiente. Carraspea.
—Gilabert. Miguel Hernández Gilabert.
Así quedará reflejado en el atestado policial que habrá de abrirse en Rosal:
En la villa de Rosal de la Frontera, siendo las doce horas del día 4 de mayo de 1939, Año de la Victoria, compadece el que dice ser y llamarse Miguel Hernández Gilabert, de 28 años, casado en la que fue zona roja, de profesión escritor.
El oficial vuelve la vista al informe de la guardinha posando los codos sobre la mesa del despacho, repleta de papeles.
Es el único mobiliario de la sala. Desde la pared del fondo y a ambos lados de un crucifijo les miran Franco y José Antonio Primo de Rivera, dos retratos solemnes, mirada altiva la del Caudillo, fija, fiera, casi animal la del falangista.
Miguel mira a la ventana enrejada por la que llega el rumor de la plaza y aguarda a que el hombre eche mano a su pitillera para encenderse un cigarrillo.
—¿Y qué hacía usted en Moura? —le pregunta, y da una larga calada—. Dice el informe que alega no ser delincuente ni contrabandista y que no robó el reloj que intentó vender en la estación. Entonces, ¿qué hacía al otro lado de la frontera?
—Iba a Lisboa a reunirme con una amiga escritora. Soy autor y me dedico al teatro y a la poesía. El reloj me lo regaló otro amigo, también poeta, el día que me casé.
Aquel día, Concheta, su madre, hizo arroz con costra. Su padre se atrevió a decir unas palabras y él, cómo no, a recitar unos versos.
El comandante ríe.
—Y decidió cruzar los montes así, de buenas a primeras, ¿no? —ironiza.
Se aguantan la mirada.
—Soy natural de tierra montañosa y sé moverme bien por esos parajes. Me pareció el camino más fácil —responde.
El oficial da otra calada. Ríe para sí.
—Vaya por Dios —dice, dibujando una sonrisa aviesa tras el cigarrillo—. ¿Y qué le pasó a su pasaporte?
—Ya lo he dicho muchas veces. Lo perdí por el camino.
Entonces repiquetean las campanas llamando a misa de doce. Es también el aviso del cambio de guardia de la comandancia fronteriza. El guardia se impacienta.
—A mí la impresión que me da es que usted estaba huyendo de España.
Y si no me aclara qué carajo hacía pasando el río sin mucha mayor excusa que la de caminar a Lisboa como el que pasea de la mano de su zagala, entonces habré de retenerlo aquí el máximo tiempo posible.
—Se inquieta, con su rostro de perfil aguileño y su mirada clavada en el muchacho.
Pero Miguel calla. Hace rato que han vuelto a palpitarle las sienes con fuerza, que ve casi nublado y que apenas se mantiene en pie.
Toma aire, levanta el mentón y controla sus nervios pensando que solo tiene que mantenerse firme para que lo dejen en libertad.
Que habrá de pagar, si acaso, una multa, para la que quizá le pida un giro a José María de Cossío, que ya lo ha salvado de algunas como aquella.
—Si lo que quiere es que le mienta, comandante, yo...
Lo interrumpen un par de golpes en la puerta del despacho, un toctoc al que responde el oficial al grito de ¡Pase, Salinas!, mientras sacude el cigarrillo para dejar caer las cenizas en el suelo. Se abre la puerta.
—Buenas tardes, mi comandante.
El tal Salinas, al ver al detenido frente a la mesa del despacho del oficial, da un respingo.
—¡Bueno! ¿Qué hace este aquí tan lejos de Orihuela?
El comandante arquea las cejas, extrañado.
—¿Lo conoce, Salinas?
A Miguel no le suena de nada, ni su rostro redondeado ni la cabellera despeinada ni su barriga oronda, pero ese acento, el deje cantarín del ¿Qué haces aquí?, el viaje de la u entre la hache muda y la e al decir Orihuela le han resultado familiares.
—Sí, mi comandante —responde el tal Salinas, internándose en el despacho hasta situarse junto a Miguel—. Este es de un pueblo cercano al mío. En Callosa de Segura lo conocemos bien, cómo no. Es un poeta.
Quinientos kilómetros distan de Callosa de Segura a Rosal de la Frontera.
Más de seiscientos en una carretera que atraviesa España recorriendo el camino del sol, de los montes escarpados y semiáridos de la Vega Baja a la ribera del Chanza.
Miguel lo habrá de pensar muchas veces, que cómo hubo de darse esa casualidad, que si no era verdad que a fin de cuentas hubiese ahí arriba un dios vengador.
—¡Qué pequeño es el mundo! —exclama el poeta con una recobrada alegría en el rostro y las manos entrelazadas por encima de las esposas—.
Pues dígale, dígale a su comandante que solo soy un poeta pastor, que a lo que me dedico es a escribir versos y que todo esto ha sido una fatalidad.
Que iba indocumentado hacia Lisboa sin hacerle daño a nadie...
Pero el agente sacude la cabeza y contraría el rostro, agriándolo, enclavijando los dientes para lanzar, como quien arroja un esputo, ¡Este es un hijo de puta, mi comandante!
Miguel palidece.
—Eh, ¿qué estás diciendo?
—¡Explíquese, Salinas! —exige el oficial, poniéndose en pie.
—¡Lo que oye, mi comandante! Este es un canalla que durante la guerra ha alentado el veneno del marxismo para el ejército republicano.