Tu risa me hace libre Cita
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Tu risa me hace libre

Tu risa me hace libre

Por Jose Antonio Lucero

© inepub.com

Cita

«Lo recuerdo perfectamente, pero no tengo la carta, desaparecida como tantos otros papeles queridos.

Era una cuartilla de papel basto, y en ella unas líneas apretadas, escritas con una letra rodada y enérgica.

No quisiera atribuirle palabras que no dijese, pero sí hago memoria transparente de su sentido: “... He visto su libro La destrucción o el amor , que acaba de aparecer... No me es posible adquirirlo... Yo le quedaría muy reconocido si pudiera usted proporcionarme un ejemplar... Voy a vivir ahora en Madrid, donde estoy...”.

Y firmaba así, exactamente: Miguel Hernández, pastor de Orihuela».

Querer, querer, querer:

esa fue mi corona,

esa es.

M IGUEL H ERNÁNDEZ , Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

Moura (Portugal), 1939

Ser libre es una cosa que solo el hombre sabe.

Para Miguel, tras cruzar el río Chanza con el agua por la cintura y la maleta sobre la cabeza, la libertad huele a tomillo y adelfas, suena a chicharra y al canto de los mirlos y serpentea por la ribera del río —un afluente del Guadiana— entre las charnecas y las jaras que le han arañado los tobillos sobre las alpargatas.

Y también es el sueño de un tren hacia Lisboa, es el trajín de una estación de frontera y es el aire denso, viciado a tabaco y a aguardiente de su cantina.

Saluda, Bom dia , sin que apenas ninguno de los presentes, un puñado de parroquianos, levante la vista ante el recién llegado.

Solo alguno contesta sin mucho afán. Miguel le sonríe mientras da un rodeo con la mirada.

La cantina de la estación es angosta, apenas unas mesas con tres o cuatro sillas, serrín en el suelo y el rumor de las conversaciones triviales de unos clientes que, supone, no tienen mayor interés que el de los tejemanejes propios de una estación como aquella, la de Moura, uno de los municipios que conforman el Bajo Alentejo en la a veces difusa Raya entre Portugal y España.

La pista de cómo atravesarla se la dio Nuno el Portugués, un contrabandista que lo guio hasta los pies de los Picos de Aroche no sin antes advertirle de que la sierra solía comerse a sus propios hijos, sobre todo a los incautos.

—No se preocupe, que he sido cabrero —le respondió Miguel, que caminó de noche, maleta en mano, por ese camino de cafeteros y salteadores y poetas huidos, cuyo trazado solo vislumbraba gracias a la luna, llena, preñada, que lo meció tantas madrugadas y a la que le dedicó su primer poemario.

Hay una Virgen de Fátima colgada junto a la puerta del almacén, preservada por una cortina de cuentas.

La mira. Se entrevé algún chiquillo ahí dentro, jugando quizá.

Miguel asoma a la barra de la cantina, donde el tabernero —mejillas huesudas, rostro cetrino, un enorme bigote— prepara café entre estantes de botellas de vino alentejano y vasos de cristal grueso. Cruje el serrín bajo sus alpargatas.

— Bom dia —responde el hombre, que hace a un lado el pote y se vuelve hacia Miguel para escudriñar al recién llegado, sin disimulo, bajo sus cejas pobladas.

Primero advierte su traje polvoriento, los jirones en las perneras, las alpargatas de cáñamo y la maleta de cartón, y luego, buscándole la mirada, contempla su rostro, el ocre de la tez, los pómulos abultados, el pellizco de la nariz sobre una barba descuidada y los ojos brillantes, a pesar del aparente cansancio que rezuma.

Miguel aprovecha el silencio para dejar la maleta en el suelo y descansar el pie derecho cargando sobre el izquierdo el peso de su cuerpo.

Debía de pesar dos o tres kilos más hace solo unos días, cuando partió de Sevilla sin la ayuda que esperaba obtener de Joaquín Romero Murube, que lo despachó rápido y por la puerta trasera de la ciudad.

Olá , saluda, adecentando la boca en un esfuerzo por que su pobre portugués no delate que apenas lleva un par de días en el país, Tudo bem?

, que llegó a Santo Aleixo bajando los Picos de Aroche y que ha pasado la noche caminando hasta la estación de Moura, donde ha visto amanecer recostado en uno de los bancos porticados.

— Tudo bem. —El tabernero asiente mientras sirve café en una taza de cerámica con motivos andalusíes, y luego inquiere—: O que quer?

El joven comienza a tantear con la yema de los dedos el broche de la hebilla del reloj.

Duda sobre cómo decírselo al tabernero, porque hasta ahí ha llegado su léxico luso, hasta las palabras sueltas que le oyó a Nuno el Portugués, y las que ha tomado de ese muchacho, Mario, y de su madre, quienes al llegar a Santo Aleixo al amanecer —fachadas encaladas y casitas bajas en una llanura que coronaba el campanario de una iglesia— le dieron cobijo y el plato caliente de una sopa de ajo que, irremediablemente, le recordó a Orihuela, como si en las cosas del comer no hubiera patrias.

Ay, coitadinho, coitadinho , no dejaba de exclamar la mujer al verlo, lo que su hijo, con su curioso español de acento portugués le tradujo como ay, desgraciadito, desgraciadito.

— Vender... Eu quero —farfulla.

Y eso que siempre ha sido rápido con las lenguas; cuando volvió de la URSS tras su viaje en 1937 se trajo del ruso muchas palabras, tovarich , spasiba , poeziya , niet , y le gustaba repetirlas con sorna remedando a un jerarca soviético.

Pero entonces era el viento del pueblo y ahora solo un muchacho cansado que quiere vender su reloj para comprar un billete de tren a Lisboa.

—Me han dicho que aquí se compran cosas —se decide, finalmente, por usar el español.

El tabernero al oírlo arruga la frente, incrédulo.

A pesar del cambio de idioma parece haberle entendido por cómo ha vuelto a mirarlo, de arriba abajo y desconfiado, como si no esperase nada de valor de ese joven de aspecto desaliñado.

Mientras, Miguel desabrocha la hebilla del reloj y lo desliza por la mano hueca sintiendo el roce de sus eslabones de plata.

Tras un par de segundos de expectación deliberada, se lo muestra:

—Es un reloj de oro y está nuevo como ve. Novo .

El hombre esboza un gesto de sorpresa, Eh pá! , suelta, porque el de la plata y el oro son un idioma universal como lo es el de la guerra, el del amor o el de una sopa. Miguel le busca los ojos, pero el tipo no aparta la mirada del reloj.

—Y necesito ir a Lisboa. Por eso quiero venderlo.

Fue ese Mario, el chico de Santo Aleixo, el que le dio la idea: que en Moura tomara un tren hacia Lisboa, que había lo menos doscientos kilómetros hacia la capital, y Miguel, tras el primer sorbo de aquella sopa de ajo que seguía llevándolo a Orihuela, asintió, los ojos brillando al imaginarse en un tren hasta la ciudad lisboeta, aquella sobre la que ya había leído —Fernando Pessoa, Teixeira de Pascoaes, Eugénio de Castro— en ese Madrid de preguerra que bullía de poesía y olía al sexo de los burdeles.

Lisboa, donde dicen que la luz rima en las calles con la sombra encendida.

— Eu posso vé-lo? —le pregunta el tabernero señalando el reloj—. Vé-lo.

Ay, si las cosas guardaran el secreto de quienes las poseyeron, de las circunstancias en las que fueron usadas.

Si hablaran sus alpargatas de cómo pisaba o ese reloj de plata y pedrería engarzada en oro de todo lo que hubo de venir luego, como si su maquinaria no solo diera las horas hacia adelante —nueve y dos minutos de la mañana, 30 de abril, domingo—, sino también hacia atrás, como si a su portador —que no lo sabe, lógicamente— se le acabara el tiempo.

El tiempo son las horas, son los meses y los años, pero también son las quimeras, lo que no hubo de suceder, lo que se ensueña. Eso también es el tiempo.

—Claro, mire. —Se lo acerca.

Ese reloj suizo, marca Max, es, a sus veintiocho años, la única cosa valiosa que Miguel posee.

Fue un regalo de bodas de su amigo Vicente Aleixandre, el primero y el último que recibió.

Vicente —o Vicentazo, como suele llamarlo— no pudo asistir por encontrarse, como tantas veces, enfermo, y por eso le hizo llegar su regalo algunas semanas después, excusándose en una preciosa misiva con esa letra suya de poeta que del Barroco había hecho su escuela de caligrafía.

Lo compró en una joyería de Sevilla regentada por un primo suyo.

Tal vez por ello no pidió el resguardo de la compra.

— É mesmo seu?

—Claro, es mío —se impacienta—. ¿Cuánto me daría a cambio?

El tabernero rumia, mordiéndose el labio inferior.

— Posso dar-te cento e cinquenta escudos, só se for bom —le ofrece, sonriente, dejando entrever en su boca el hueco de algunos molares.

—¿Cuánto?

—Cien-to cin-cuen-ta —le repite el hombre en español—. Negócio?

Miguel chasquea la lengua. Durante algunos segundos traza en su cabeza los caminos quiméricos del exilio, la noche lisboeta, un barco hacia América.

Mientras se decide, el tabernero le hace un gesto al chiquillo que jugaba en el almacén de la cantina, un niño de unos siete u ocho años que, tras la señal del hombre, tal vez su padre, atraviesa la cortina de cuentas para acercarse a la barra.

—Está bien —cede, al fin, posando el reloj en la mano del tabernero, que lo toma y lo sopesa, pasando la yema de su dedo pulgar sobre la esfera.

— É bom, eh? —dice, antes de inclinarse hacia el muchachito para decirle algo al oído, quién sabe qué.

Miguel contempla la escena tamborileando sobre la barra de madera.

Dos, tres segundos después le pregunta por el dinero, impacientándose, pero el tabernero le pide calma, Acalme-se, homem , todavía con la sonrisa puesta, mientras el muchachito se apresura a salir de la cantina a indicación del hombre, que con las cejas le ha señalado la puerta. Miguel lo observa, extrañado.

—¿Adónde va? —Pero no hay respuesta.

Y todo lo demás será muy rápido; dos tipos con uniforme de guardinha irrumpen en la taberna, luego lo señalan un par de dedos, los del chico y los del tabernero portugués. Entonces los gritos:

— Ele é, um ladrão, roubou este relógio! —exclama este último, sosteniendo en el aire el reloj y haciendo sonar sus eslabones.

— Ladrão!