Tu piel contra la mía La librería después del cierre #2
93%

La librería después del cierre #2

Fue en la cuarta noche cuando Carolina empezó a notar que también él la observaba.

No de la manera vergonzosa en que ella lo espiaba entre las estanterías durante las firmas —eso ya lo sabía, desde la segunda noche, que él lo sabía—; era otra cosa.

Era la manera en que sus ojos la seguían cuando ella se movía por la tienda cerrando cajas, subiendo escalerillas, cargando pilas de libros que le llegaban hasta la barbilla.

Jack dejaba de hablar a mitad de frase a veces, y cuando ella le preguntaba qué pasaba, él negaba con la cabeza y sonreía como si hubiera estado pensando en otra cosa.

Ella empezó a hacerlo aposta. No de forma consciente al principio —o eso se decía—, pero luego sí, con una intención que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales: estirarse un poco más de lo necesario para alcanzar un libro, dejar que la manga de la blusa resbalara por el hombro mientras cargaba una caja, pasar cerca de él al recoger las tazas de café y demorarse un segundo de más antes de apartarse.

Jack nunca decía nada al respecto, pero Carolina aprendió a leer el silencio que seguía a esos gestos: la manera en que él tragaba saliva, la forma en que sus dedos se quedaban quietos sobre la mesa, la respiración que se le cortaba un instante antes de que él, con un esfuerzo casi visible, retomara la conversación donde la habían dejado.

—¿Sabes lo que es raro? —le dijo él esa noche, ya tarde, cuando la librería llevaba media hora cerrada y ninguno de los dos había hecho ademán de marcharse—.

Llevo diez años escribiendo escenas como esta.

Dos personas en una librería vacía, la tensión, las frases que dicen una cosa y quieren decir otra.

Las he escrito cientos de veces. Y ahora que estoy dentro de una, no tengo ni idea de cómo sigue.

—Puede que por eso te salgan tan bien en el papel —dijo Carolina—. Porque en el papel controlas lo que pasa después.

—¿Aquí no lo controlo?

—Aquí no eres tú quien decide.

Se había acercado a él sin darse cuenta, o quizá sí se había dado cuenta y había decidido no detenerse.

Estaban los dos junto a la mesa de la firma, entre las últimas cajas por recoger, con la lámpara del mostrador proyectando una luz baja y ambarina que dejaba el resto de la tienda a oscuras, como un decorado que solo existiera alrededor de ellos dos.

—¿Y quién decide, entonces? —preguntó él, y su voz había perdido la ligereza de las bromas anteriores.

—No lo sé —respondió Carolina—. Nunca he estado en esta parte de la historia.

Jack levantó la mano y, con un gesto que parecía costarle un dominio absoluto sobre sí mismo, apartó un mechón de pelo que se le había escapado a Carolina de la coleta.

No llegó a tocarle la piel. Los dedos se quedaron suspendidos a un centímetro de su sien, temblando apenas, como si él mismo se sorprendiera de haber llegado tan lejos.

—Puedo parar —dijo—. Si quieres que pare.

Carolina no dijo que sí. No dijo que no.

Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, la distancia entre los dos había desaparecido casi por completo; podía sentir el calor de su cuerpo, oler el papel y la tinta que parecían habérsele quedado impregnados en la piel después de tantas firmas, escuchar cómo la respiración de ambos se había vuelto irregular, sincronizada en su propio desorden.

Los dedos de Jack terminaron el recorrido que habían empezado, rozándole la sien, bajando por la mejilla con una lentitud que a Carolina le pareció una tortura deliberada.

Ella dejó que sus propias manos subieran hasta el pecho de él, sintiendo bajo la camisa el latido de un corazón que iba tan deprisa como el suyo, y por un momento —solo un momento, porque justo entonces sonó el móvil de Jack en el bolsillo del abrigo, estridente, cruel, rompiendo el silencio como un cristal— el mundo entero se redujo a esa mesa, a esa lámpara, a esa distancia que ya no existía.

Él no contestó al teléfono. Dejó que sonara hasta que se cortó solo. Pero el hechizo, o lo que fuera aquello, se había quebrado lo suficiente como para que ambos dieran un paso atrás, jadeantes, mirándose con una mezcla de deseo y de miedo que ninguno de los dos supo nombrar en voz alta.

—Mañana es la última firma —dijo Jack, con la voz todavía ronca.

—Lo sé.

—¿Qué pasará después de la última firma?

Carolina no tenía respuesta para eso. Miró la pila de libros que quedaban sobre la mesa, el ejemplar sin firmar que él le había prometido semanas atrás y que ella aún no se había atrevido a abrir, como si abrirlo significara aceptar que aquella historia —la de los dos, no la del libro— tenía que terminar en algún momento, de una manera o de otra.

—Mañana lo sabremos.

Jack se acercó una última vez, y esta vez no hubo vacilación: la besó, despacio, como si llevara toda la novela reservando esa escena para el final del capítulo, y Carolina respondió con una intensidad que la sorprendió a ella misma, con las manos hundidas en su pelo, con el cuerpo pegado al de él entre las estanterías que tantas noches la habían visto observarlo a escondidas.

Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta.

La librería, a oscuras salvo por la lámpara del mostrador, guardó silencio como cómplice, como si también ella supiera que aquello no era el final de nada, sino apenas el principio.

Carolina no durmió esa noche, o durmió tan poco que la diferencia apenas importaba.

Se quedó tumbada en la oscuridad de su habitación, con la boca todavía marcada por el recuerdo de un beso que no dejaba de repetirse, con las manos que aún parecían conservar la forma del pecho de Jack bajo la camisa, el calor de su piel, la manera en que su corazón había latido contra la palma de ella como algo vivo y asustado a la vez.

A las siete de la mañana se rindió, se levantó y se preparó un café que no llegó a terminarse.

Se miró en el espejo del baño durante más tiempo del habitual, como si esperara encontrar en su propio reflejo alguna señal visible de lo que había pasado la noche anterior.

No había ninguna, solo estaban sus mismos ojos de siempre, un poco más despiertos, un poco más hambrientos de algo que todavía no sabía nombrar del todo.

El día se le hizo eterno. Abrió la librería a las diez, atendió a los clientes de la mañana con una sonrisa que no era del todo suya, recolocó tres veces la misma mesa de novedades sin necesidad real de hacerlo.

Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, algo en su pecho se tensaba y luego se aflojaba, decepcionado, cuando comprobaba que no era él.

Sabía que no lo sería. Jack no llegaría hasta las siete, como cada tarde de esa semana.

La última firma fue la más concurrida de todas.

La cola llegaba hasta la esquina de la calle, y la editora —una mujer eficiente que llevaba toda la semana yendo y viniendo con cajas de libros— tuvo que organizar turnos para que no se formara un tumulto en la acera.

Carolina se pasó las dos primeras horas atendiendo cajas, cobrando ejemplares, envolviendo regalos, sin apenas tiempo para mirar hacia la mesa donde Jack firmaba sin descanso.

Cuando por fin encontró un hueco, se permitió observarlo desde su escondite habitual, entre las estanterías de narrativa histórica, con la misma sensación de siempre —esa mezcla de vergüenza y fascinación que ya conocía tan bien— pero teñida ahora de algo nuevo: la certeza de que esa noche, cuando todo terminara, no habría más excusas de por medio.

Jack la encontró con la mirada dos veces esa tarde, entre firma y firma, y las dos veces algo pasó entre ellos que ninguna palabra podría haber explicado mejor: una promesa sostenida en el aire, un acuerdo tácito que decía espera, todavía no, pero pronto.

A las nueve y media, la última lectora de la cola —una mujer mayor que llevaba los cinco libros de Jack bajo el brazo y los ojos húmedos de emoción— recibió su dedicatoria y se marchó dando las gracias incontables veces.

Cuando la librería quedó vacía de clientes, la editora empezó a recoger las cajas sobrantes con la eficiencia de quien lleva media vida haciendo lo mismo.

—¿Necesitas que me quede a ayudar con algo más? —le preguntó a Jack, ya con el abrigo puesto.

—No, ya está todo. Gracias, vete a descansar, te lo has ganado.

La editora se despidió con un gesto cansado y afectuoso, echó un último vistazo a la tienda —a Carolina, tras el mostrador; a Jack, junto a la mesa vacía de ejemplares— y salió sin decir nada más, aunque a Carolina le pareció detectar, en la sonrisa breve que la mujer dejó escapar antes de cerrar la puerta, la certeza de que no era la única que había notado algo entre ellos esa semana.

—Se acabó —dijo Jack, mirando la mesa vacía como si no supiera muy bien qué hacer con las manos ahora que ya no tenían libros que firmar.

—Se acabó la gira —corrigió Carolina, acercándose despacio, con el corazón latiéndole en la garganta—. No sé si se acabó lo demás.

Él la miró con una intensidad que no intentó disimular, sin las bromas de las noches anteriores, sin el escudo de las conversaciones sobre literatura que habían usado como excusa durante toda la semana.

—Llevo tres días escribiendo esta escena en mi cabeza —confesó, con una media sonrisa que no llegaba a esconder el nerviosismo real que había detrás—. Y en todas las versiones me quedo sin saber cómo sigue.

—Entonces deja de imaginarla —dijo Carolina, deteniéndose justo delante de él, tan cerca que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, oler el rastro de tinta y colonia que se le había pegado a la piel después de tantas horas firmando—. Y vívela.