Tu piel contra la mía La librería después del cierre #3
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La librería después del cierre #3

No hizo falta nada más. Jack la besó como si llevara toda la semana conteniéndose para ese momento exacto.

Carolina respondió con la misma intensidad, subiendo las manos hasta su nuca, enredando los dedos en su pelo, dejando que el beso se volviera más profundo, más necesitado, mientras él la rodeaba con los brazos y la atraía contra su cuerpo como si quisiera borrar cualquier distancia que aún quedara entre los dos.

—Aquí no —susurró Carolina contra su boca, con una risa nerviosa que se le escapó al pensar en el escaparate, en la calle, en la posibilidad remota de que alguien pasara por delante y los viera—. Arriba. Hay un almacén, con un sofá viejo... no es gran cosa, pero...

—Me da igual el sofá —dijo él, besándole el cuello, la mandíbula, el punto exacto bajo la oreja que hizo que a Carolina se le escapara un suspiro que no pudo controlar—. Solo quiero estar donde tú estés.

Subieron la escalera de caracol casi a trompicones, riendo entre beso y beso, deteniéndose en cada rellano para volver a encontrarse, como si ninguno de los dos pudiera soportar más de tres segundos sin tocar al otro.

Cuando llegaron al pequeño almacén del último piso —un cuarto estrecho, lleno de cajas de embalaje y ejemplares de reposición, con una única ventana que dejaba entrar la luz anaranjada de las farolas de la calle y un sofá desvencijado que Carolina usaba para las pausas del mediodía—, Jack la apoyó contra la puerta cerrada y volvió a besarla, más despacio esta vez, como si de pronto hubiera recordado que no tenían ninguna prisa.

—Llevo toda la semana mirándote entre las estanterías —murmuró él, con la frente apoyada contra la suya, las manos recorriéndole la espalda por encima de la blusa—. Sabiendo que tú también me mirabas. Fingiendo que no me daba cuenta.

—Y yo fingiendo que tú no te dabas cuenta de que yo fingía.

—¿Cuánto tiempo llevamos así?

—Toda la semana —dijo Carolina, sin aliento, mientras los dedos de Jack empezaban a desabrochar los botones de su blusa con una lentitud que era, en sí misma, otra forma de tortura—. Toda la maldita semana.

La luz anaranjada de la calle entraba por la ventana estrecha y dibujaba sombras largas sobre la piel de Carolina cuando la blusa terminó de deslizarse por sus hombros.

Jack se detuvo un instante a mirarla, con una expresión que ella no supo si pertenecía al hombre o al escritor, como si estuviera memorizando algo que sabía que después intentaría describir con palabras y nunca conseguiría del todo.

—¿Qué? —preguntó ella, de pronto cohibida bajo esa mirada.

—Nada. Es solo que... llevo diez años inventando este momento en libros que otras personas leen en la cama antes de dormir. Y ahora que lo tengo delante, no se parece en nada a lo que había escrito.

—¿Es mejor o peor?

—Es real —dijo él, y la besó de nuevo, esta vez despacio, como quien saborea algo que no quiere que se termine—. Eso lo cambia todo.

No hubo más palabras después de eso, o las que hubo se perdieron entre la respiración entrecortada de los dos, entre la ropa que fue cayendo pieza a pieza sobre las cajas de embalaje, entre el sonido bajo del sofá viejo cediendo bajo su peso combinado.

Carolina descubrió que las manos de Jack, tan seguras cuando sostenían un bolígrafo, temblaban ligeramente cuando le recorrían la piel, como si también él, a pesar de todos los libros que había escrito sobre el deseo, estuviera aprendiendo algo nuevo esa noche.

Se entregaron el uno al otro con una mezcla de urgencia y asombro, con la torpeza dulce de dos personas que llevaban días conteniéndose y ya no tenían fuerzas ni ganas de seguir haciéndolo.

Carolina cerró los ojos y dejó que el mundo se redujera a las manos de Jack, a su boca, al peso de su cuerpo, a la manera en que su nombre —su nombre real, no el de ningún personaje de ficción— sonaba distinto cuando él lo pronunciaba entre susurros, como si acabara de descubrir que las palabras, después de todo, también podían servir para algo más que escribir.

Cuando todo terminó, se quedaron tumbados en el sofá estrecho, incómodos por el poco espacio y sin que a ninguno de los dos le importara lo más mínimo, con las piernas enredadas y la respiración todavía agitada.

Carolina tenía la cabeza apoyada en el pecho de Jack y podía sentir, bajo su oreja, cómo el corazón de él iba recuperando poco a poco su ritmo normal.

—Bueno —dijo él, al cabo de un rato, con la voz ronca y una risa suave que le vibró en el pecho—, esto sí que no lo había escrito nunca.

—¿El sofá viejo o el almacén lleno de cajas?

—Los dos. Y esto —dijo, y la abrazó un poco más fuerte, como si quisiera asegurarse de que ella seguía allí, de que no se trataba de un capítulo que pudiera cerrarse sin más—. Esta parte de después. Nunca sé cómo escribir la parte de después. Siempre termino el capítulo antes.

Carolina levantó la cabeza para mirarlo. A la luz naranja de la farola, su cara parecía más suave que en las fotos de las contraportadas, más humana, despojada de la seguridad pública que exhibía durante las firmas.

—¿Cómo sigue la historia ahora que ya no tienes cola de lectoras esperándote mañana?

Jack se quedó callado, con los dedos recorriendo distraídamente la espalda desnuda de Carolina, como si necesitara el contacto para poder pensar con claridad.

—No lo sé —admitió—. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo ni idea de cómo sigue esto. No sabes lo raro que es eso para mí.

—¿Raro malo o raro bueno?

—Raro de los que dan miedo. Del bueno.

Carolina sonrió contra su pecho, y por un instante pensó en todas las novelas que había leído a lo largo de los años, en todos los finales de capítulo que había subrayado con lápiz esperando encontrar en ellos alguna pista sobre cómo se sentía el amor de verdad.

Ninguna de esas páginas había logrado describir del todo esto: el peso tranquilo de un cuerpo ajeno junto al propio, el silencio cómodo que seguía a la tormenta, la certeza extraña de no tener ni idea de lo que vendría después y, por primera vez, no tener miedo de esa incertidumbre.

—Quizá no hace falta saber cómo sigue —dijo Carolina, cerrando los ojos, dejándose llevar por el cansancio dulce que empezaba a invadirla—. Quizá solo hay que quedarse un rato más en esta página, antes de pasar a la siguiente.

Jack no respondió con palabras. La atrajo un poco más hacia sí, apoyó la barbilla en su pelo, y se quedaron así, entrelazados en el sofá viejo del almacén, mientras la librería entera dormía a oscuras a su alrededor, guardando el secreto de esa noche entre las páginas de todos los libros que, a partir de entonces, sabrían un poco más sobre el amor de lo que sus autores habían sido capaces de imaginar.

Jack se quedó cuatro días más en la ciudad de los que su agenda tenía previstos.

Se lo confesó a Carolina la mañana siguiente a la última firma, mientras desayunaban en la cafetería de la esquina, los dos con el pelo revuelto y la misma ropa del día anterior, incapaces de disimular ante el camarero la clase de noche que habían pasado.

—Le he dicho a mi editora que necesitaba unos días de descanso antes de volver a Londres —dijo, removiendo un café que ya se le había enfriado—. Es la primera mentira que le cuento en diez años trabajando juntos.

—¿Y es mentira?

—No —contestó él, mirándola por encima de la taza—. Es la primera vez que no lo es.

Carolina no supo qué hacer con esa frase durante un buen rato. La guardó, como guardaba las citas que subrayaba en los libros, para volver a ella más tarde, cuando tuviera tiempo de entenderla del todo.

Los días siguientes tuvieron una textura distinta a todo lo que Carolina había vivido antes.

No se parecían a las novelas que había leído durante años, esas que avanzaban de escena en escena sin apenas espacios muertos, sin las partes aburridas que ningún editor dejaría pasar.

Se parecían más bien a la vida real: mañanas en las que Jack la acompañaba a abrir la librería y se sentaba en un rincón a escribir a mano en un cuaderno, tardes en las que hablaban de todo y de nada mientras ella atendía a los clientes, noches en las que volvían al almacén del último piso, ya no por urgencia sino por costumbre, por el placer tranquilo de estar cerca.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?

—le dijo Carolina una tarde, sentada en el suelo de la sección de poesía, con la cabeza apoyada en el hombro de Jack mientras él leía en voz baja un poema que ella le había recomendado—.

Que llevo media vida leyendo sobre el amor pensando que era una cosa muy grande y muy ruidosa.

Fuegos artificiales, tormentas, ese tipo de metáforas que usáis los que escribís estas cosas.

Y resulta que se parece más a esto. A un martes cualquiera, sentados en el suelo, sin que pase nada especial.

Jack cerró el libro despacio, dejando el dedo entre las páginas para no perder la línea.

—Llevo diez años escribiendo esas mismas metáforas —dijo—.

Las tormentas, los fuegos artificiales, el corazón que va a estallar.

Y tenías razón la primera noche que hablamos: las escribía porque no tenía ni idea de lo que estaba describiendo.

Inventaba desde fuera. Como quien pinta el mar sin haberlo visto nunca, solo a partir de lo que otros han contado.

Ahora entiendo que me equivocaba en algo importante.

—Jack se giró para mirar a Carolina de frente, con una seriedad que ella no le había visto ni siquiera en los momentos más íntimos de esos días—.

El amor no es la tormenta. Es lo que queda después de la tormenta, cuando dos personas descubren que pueden quedarse quietas la una junto a la otra sin necesitar que pase nada más. Es esto. Un martes cualquiera. Contigo.