La librería después del cierre
La Librería Aurora cerraba a las nueve, pero la luz nunca se apagaba del todo.
Carolina llevaba tres años convirtiendo ese detalle en costumbre: bajar la persiana metálica de la entrada, dejar encendida solo la lámpara del mostrador y quedarse un rato más entre los pasillos, como si el silencio de la tienda vacía le perteneciera de un modo que el bullicio del día jamás le permitía.
Era una librería de tres plantas con escaleras de caracol que crujían bajo los pies, estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, escalerillas de rueda que había que empujar con cuidado para no tirar ninguna pila de libros.
Carolina conocía cada rincón. Sabía en qué balda se escondía el polvo, qué tablón del suelo sonaba como un lamento, dónde se acumulaba la luz de la calle cuando ya no quedaba nadie para robársela.
Le gustaba pensar que los libros, de noche, respiraban distinto.
Esa semana, sin embargo, la rutina se había roto.
La editorial había organizado una firma cada noche, cinco días seguidos, con Jack Aldán como reclamo.
Su nueva novela, La piel que no toqué, llevaba tres semanas agotándose en cada reimpresión, y la librera había visto, con una mezcla de fascinación y vergüenza que no se atrevía a nombrar, cómo la cola de lectoras y lectores serpenteaba hasta la puerta cada tarde.
Ella no había leído la novela. Había leído las otras cuatro, se sabía de memoria un par de frases de Antes del alba, la había subrayado tantas veces que el lomo del libro, en su ejemplar personal —no el de la tienda, el suyo, el de su mesilla—, se abría solo por esa página.
Sin embargo, cuando él llegaba cada tarde a las siete, cuando se sentaba en la mesa que habían dispuesto junto al escaparate, con una pila de ejemplares nuevos y un bolígrafo negro que giraba entre los dedos mientras esperaba a la primera lectora, Carolina se descubría incapaz de acercarse.
Se quedaba en la sección de narrativa histórica, dos pasillos más allá, ordenando libros que no necesitaban ordenarse, fingiendo un inventario que ya había hecho esa misma mañana.
Desde allí, entre dos estanterías, podía verlo sin que él la viera. O eso creía.
—Gracias por venir —lo oía decir, una y otra vez, con una voz que sonaba sincera incluso a la centésima repetición—. ¿A quién se lo dedico?
Firmaba con letra inclinada, rápida, sin apenas mirar el papel, como si las palabras le costaran menos que a cualquier otra persona.
A veces, Jack levantaba la vista mientras escribía y decía algo que hacía reír a la lectora de turno, un comentario breve, una broma, y Carolina se sorprendía sonriendo también, escondida, como si la broma también fuera para ella.
No lo era. No podía serlo. Pero durante unos segundos se permitía creer que sí.
La primera vez que él la miró de verdad —no de reojo, no por casualidad, sino con la clase de mirada que se sostiene un segundo más de lo necesario— fue la segunda noche de la firma.
Carolina estaba en lo alto de la escalerilla, en la sección de poesía, devolviendo a su sitio un volumen que una clienta había dejado fuera de lugar.
Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, un lápiz detrás de la oreja, y una blusa que se le había subido un poco al estirar el brazo hacia la balda más alta.
No pensaba en él. Pensaba en que le dolían los pies y en que aún quedaba una hora de cola.
Cuando bajó la vista, Jack Aldán la estaba mirando.
No fingió disimulo. No apartó los ojos enseguida, como hace la gente cuando la sorprenden observando algo que no debería.
Simplemente, sostuvo la mirada con una media sonrisa que no llegaba a ser descarada, pero tampoco era inocente, y luego volvió a la lectora que tenía delante como si nada hubiera pasado.
Carolina bajó de la escalerilla con el corazón latiéndole en la garganta y en las muñecas. Se dijo que no había sido nada. Un escritor cansado, distraído entre firma y firma, que había dejado vagar los ojos por la tienda y se había topado con ella por casualidad.
Pero esa noche, cuando la cola por fin se acabó y la editora de turno recogió los ejemplares sobrantes, Jack no se marchó enseguida. Se quedó sentado a la mesa, con la chaqueta ya puesta, observando cómo Carolina apagaba las luces de la planta baja una a una.
—¿Siempre te quedas tanto rato después de cerrar? —le preguntó.
Ella se detuvo con la mano en el interruptor.
—Alguien tiene que ordenar el estropicio que dejan las firmas —respondió ella, y señaló con la barbilla la mesa cubierta de papelitos con nombres, tazas de café a medio terminar, un par de servilletas manchadas de tinta.
—¿Eso es un reproche?
—Es una constatación.
Él sonrió, esta vez sin la media distancia de antes, una sonrisa completa que le cambiaba la cara.
—Puedo quedarme a ayudar a recoger, como penitencia.
—No hace falta —repuso Carolina.
—Ya lo sé. Por eso lo digo.
Carolina no supo qué responder a eso. Terminó de apagar las luces de la planta baja y dejó solo la lámpara del mostrador, la de siempre, la que convertía la librería en un lugar distinto, más pequeño, más suyo.
Jack seguía allí, quieto, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando las estanterías como si las viera por primera vez, aunque llevaba dos noches sentado a tres metros de ellas.
—¿Te gusta lo que escribo? —preguntó él de pronto.
La pregunta la pilló desprevenida por su franqueza. Podría haber mentido. Podría haber dicho una frase de compromiso, la misma que repetía a todos los autores que pasaban por la tienda: sus libros se venden muy bien, la gente los adora. En cambio, dijo la verdad, o parte de ella.
—He leído todo menos el último.
—¿Y por qué no el último?
Carolina dudó. Ordenó una pila de servilletas que no necesitaba ordenarse.
—Porque cuando lo termine ya no tendré nada nuevo tuyo que leer, y prefiero que quede algo pendiente.
Jack la miró con una atención distinta, como si acabara de descubrir algo que no esperaba encontrar en una librería a las nueve y media de la noche. No dijo nada durante unos segundos. Luego cogió un ejemplar de la pila, el único que quedaba sin firmar, y lo dejó sobre el mostrador, frente a ella.
—Entonces este es tuyo, pero no lo abras todavía.
Se marchó sin firmarlo. Carolina tardó una hora en descubrir por qué: la firma llegaría después, en persona, cuando ella decidiera que ya no podía esperar más para leerlo. Esa fue, aunque ninguno de los dos lo llamó así, la primera promesa entre ambos.
Las noches siguientes se convirtieron en un ritual con reglas no escritas entre Jack y Carolina. La firma terminaba, la editora se despedía, la puerta se cerraba, y Jack se quedaba diez minutos, luego veinte, luego los que hicieran falta para que las conversaciones no se cortaran a la mitad.
Hablaban de libros. Siempre empezaban por ahí, como si necesitaran la excusa antes de permitirse cualquier otra cosa.
—¿Por qué escribes sobre el amor? —le preguntó ella una noche, sentada en el suelo entre dos pasillos, con la espalda apoyada en una estantería, mientras él, de pie, hojeaba distraídamente un libro que no era suyo.
—Porque es lo único que la gente quiere leer, aunque diga que quiere leer otra cosa.
—Esa es la respuesta del editor. Te pregunto a ti.
Jack cerró el libro. Se sentó frente a ella, en el suelo también, algo que Carolina no esperaba de un hombre que aparecía en las contraportadas con americana y expresión seria.
—Porque es más fácil escribir sobre algo que no tienes —dijo al fin—. Si lo tuvieras, no necesitarías inventarlo.
Carolina se quedó callada. Fuera, un coche pasó despacio por la calle, y su luz recorrió el techo de la librería como un fantasma breve.
—Eso no tiene sentido —dijo ella—. Escribes las historias de amor más leídas del país. La gente llora con tus libros. Mi compañera de piso durmió abrazada a Antes del alba durante una semana.
—Y aun así —contestó él, con una calma que a Carolina le pareció casi dolorosa—, no sé lo que es. Lo he escrito tantas veces que ya ni siquiera sé si lo estoy describiendo o inventándolo desde cero cada vez. Salgo con gente. Tengo... encuentros. Pero nunca queda nada después. Nunca hay un después.
Jack no lo dijo como una confesión trágica ni buscando compasión; lo dijo con la misma naturalidad con la que hablaba de estructura narrativa o de finales abiertos, como quien describe un mecanismo que conoce bien pero que no le pertenece del todo.
—Es una broma bastante buena, ¿no crees? —añadió, con una sonrisa torcida—. El hombre que escribe sobre el amor no sabe lo que es.
—Yo tampoco lo sé —dijo Carolina, y le sorprendió lo fácil que le resultó decirlo.
Él la miró con curiosidad.
—Pero tú lees todas esas historias. Debes de tener una idea.
—Tengo cientos de ideas. Ese es el problema. He leído tantas versiones del amor que ya no sabría reconocer la mía si me pasara por delante. Me enamoro de personajes que no existen y luego comparo con eso a la gente real, y la gente real siempre pierde.
Jack se rio, una risa breve, casi sorprendida.
—Entonces los dos somos un fraude —dijo él—. Yo escribo lo que no siento. Tú lees lo que no vives.
—Un brindis apropiado —contestó ella, levantando una taza de café frío que había quedado sobre una balda, y él chocó contra ella su propia taza vacía, y ambos se rieron de la ridiculez del gesto, y por un momento la distancia entre ellos, la que existía entre un escritor famoso y la mujer que ordenaba sus libros en los estantes, pareció mucho más pequeña de lo que debería.