Manos al volante y sobre las piernas #3
Aquella promesa, dicha así, en voz baja, contra su piel, con las estrellas ya del todo visibles sobre ellos y las luces de la ciudad extendidas abajo como un mapa de todo lo que quedaba por descubrir, hizo que a Marta se le escapara un sonido que no supo si era risa o gemido o las dos cosas a la vez, y que atrajo a Diego de nuevo hacia ella con una urgencia que ya no admitía más pausas ni más bromas.
Lo que siguió transcurrió despacio y a la vez sin ninguna noción real del tiempo, un cuerpo aprendiendo al otro con la misma paciencia meticulosa de las clases —manos que se movían con la seguridad de quien ya conocía el terreno de memoria aunque fuera la primera vez que lo recorría así, una atención mutua que no dejaba nada sin explorar, sin nombrar en voz baja, sin agradecer con un suspiro o una risa breve o el arqueo repentino de una espalda contra el metal todavía tibio del capó—.
Hubo un momento, a mitad de todo, en que Marta abrió los ojos y encontró el cielo entero desplegado sobre ella, más estrellas de las que recordaba haber visto nunca desde la ciudad, y pensó, con una claridad extraña en medio de tanto placer, que aquel mirador, aquella noche, iba a quedar grabado para siempre como el lugar donde por fin había dejado de tener miedo.
—No pares —dijo ella gimiendo.
Diego, que en ese momento tenía la boca ocupada en un punto de su cuerpo que ningún manual de autoescuela mencionaba jamás, pareció entenderla de todos modos, porque no paró de lamer, no dejó de penetrarla con pasión, ni de dibujar círculos con la lengua en sus pezones, y la habitación de estrellas sobre el capó del coche se convirtió en el único territorio que existía en el mundo durante un tiempo que ninguno de los dos habría sabido medir.
Después, mucho después, quedaron tendidos el uno junto al otro sobre la manta, la respiración todavía irregular, la ciudad brillando abajo con la misma indiferencia de siempre a lo que acababa de pasar en aquel mirador apartado.
Marta tenía la cabeza apoyada en el pecho de Diego, y sentía bajo la mejilla el latido de su corazón, tan descontrolado como el suyo propio hacía apenas unos minutos, calmándose ahora despacio, al ritmo de una mano que le trazaba círculos distraídos en el hombro desnudo.
—Bueno —dijo ella con voz ronca—. Creo que puedo decir, oficialmente, que he perdido el miedo al coche.
Diego se rio, un sonido bajo que ella sintió vibrar bajo su mejilla.
—Me alegra ser de ayuda.
—¿Esto entra dentro del precio de las clases, o me vas a pasar factura aparte?
—Digamos que es un servicio extra. —La besó en la frente, un gesto extrañamente tierno después de todo lo demás, como si también él necesitara ese tipo de ternura para que la noche quedara completa—. Sin cargo adicional.
Se quedaron así un rato más, mirando las estrellas, hablando en voz baja de cosas pequeñas —el frío que empezaba a notarse en el aire, la manta que no iba a bastar mucho más tiempo, la pregunta de Marta sobre si el aceite del motor se estropeaba con tanto uso indebido del capó, que a Diego le hizo reír de verdad, una risa completa y despreocupada que ella no le había oído nunca en las clases de día— y en algún momento, sin que ninguno lo señalara en voz alta, quedó claro que aquello no había sido un episodio aislado, sino el principio de algo que los dos, cada uno a su manera, llevaban semanas deseando sin atreverse a llamarlo por su nombre.
—Tenemos que volver —dijo Diego finalmente, sin mucha convicción, mirando el cielo que ya estaba completamente oscuro—. Se supone que esto era una clase de una hora. Alguien podría preguntar qué hemos practicado más tiempo del necesario.
—Tú empezaste con lo de “saltarnos parte del temario oficial”.
Se vistieron entre risas y besos breves que interrumpían el proceso más de lo que ayudaban, y cuando por fin volvieron a sentarse en el coche —Marta al volante, porque insistió, porque quería demostrarse a sí misma que después de todo aquello aún era capaz de conducir en línea recta—, Diego le puso una mano en la rodilla, no ya como corrección técnica sino como algo mucho más simple y mucho más definitivo.
—El jueves que viene tenemos clase de autovía —dijo, mientras ella arrancaba el motor con una calma que una hora antes le habría parecido imposible—. Velocidades más altas. Cambios de carril.
—¿Y qué temario improvisado tienes pensado para esa?
Diego sonrió, mirando por la ventanilla las luces de la ciudad acercándose a medida que el coche descendía del mirador hacia la carretera principal.
—Eso, Marta, tendrás que esperar al jueves para descubrirlo.
El examen fue un martes, a las nueve de la mañana, con un cielo tan despejado que a Marta le pareció casi una burla: ni siquiera el tiempo le iba a dar una excusa esta vez.
Habían pasado seis semanas desde la noche del mirador, seis semanas de clases que ya no eran solo clases —aunque seguían siéndolo con las correcciones técnicas que Diego seguía haciendo con la misma seriedad profesional de siempre, quizá porque ambos habían descubierto que fingir cierta formalidad durante las clases de día hacía más dulce todo lo que llegaba después—, sino también cenas improvisadas en el piso de él, mensajes que se cruzaban a deshoras, la costumbre nueva de despertarse Marta entre sábanas que no eran las suyas y sentir, por primera vez en mucho tiempo, que no tenía ninguna prisa por levantarse.
—Estás más nerviosa que el primer día —dijo Diego susurrando, sentado en el asiento del copiloto, con el examinador de tráfico acomodado en el asiento de atrás.
—Es el cuarto examen, Diego. Perdona si no me sale la confianza natural.
—El cuarto examen, sí. —Le apretó la mano un instante, fuera de la vista del examinador, un gesto rápido y furtivo que a Marta le recordó, con una punzada de ternura, la primera vez que él le había tocado la mano sobre la palanca de cambios, meses atrás, cuando todavía fingían los dos que aquello no era nada—.
Pero el primer examen desde que sabes lo que estás haciendo. Eso cuenta.
El examinador carraspeó, dando a entender con toda claridad que aquel intercambio de miradas cómplices no le pasaba desapercibido, y Marta, con las mejillas ligeramente encendidas, ajustó el retrovisor, comprobó los espejos, y arrancó el motor con una seguridad que ya no tenía nada que ver con la fingida de sus primeras clases.
Los veinte minutos siguientes transcurrieron con una fluidez que ni ella misma esperaba: una rotonda tomada sin titubeos, un cambio de carril con el intermitente puesto en el momento exacto, un aparcamiento en batería —el mismo ejercicio que le había costado tres intentos fallidos el día de la clase nocturna— ejecutado en un solo movimiento limpio, sin correcciones, sin la voz de Diego guiándole la mano porque esta vez no hacía falta: las manos ya sabían solo lo que tenían que hacer.
Marta accedió a la web de Tráfico para conocer el resultado del examen. Apto. Había logrado aprobar. Marta se quedó paralizada un minuto entero, procesando la palabra, y luego soltó un grito que asustó a más de un vecino en el edificio.
Por la tarde, se reunió con Diego.
—¡Lo he conseguido! —exclamó corriendo hacia él—. ¡Diego, lo he conseguido!
—Lo has conseguido tú sola. —La miraba con un orgullo que no intentaba disimular, con esa clase de calidez en los ojos que Marta había aprendido a reconocer en las últimas semanas como algo mucho más profundo que la simple satisfacción de un profesor con una alumna—.
Yo solo te enseñé dónde estaban los pedales.
—Y a no tener miedo. Y a confiar en mis manos. —Le tomó la cara entre las suyas, con una emoción que se le desbordaba de los ojos en forma de lágrimas que no había previsto y que no le importaba mostrar—. A confiar en un montón de cosas, la verdad.
Lo besó allí mismo. Aquella noche celebraron el aprobado en el piso de Diego, con una botella de vino que ninguno de los dos recordaba haber comprado con tanta antelación —Marta sospechó, y no se equivocaba, que él la había guardado en la nevera desde antes del examen, con la misma confianza tranquila con la que había guardado la manta en el maletero semanas atrás— y con una conversación que fue derivando, entre risas y silencios cómodos, hacia todo lo que había pasado desde aquella primera clase con el asiento mal ajustado.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—dijo Marta, acurrucada contra su costado en el sofá, con la copa de vino ya casi vacía entre las manos—.
Que llevaba tres exámenes suspendidos por miedo a hacerlo mal delante de un desconocido.
Y ahora resulta que aprendí a conducir bien delante del hombre que más me importa que me vea hacer las cosas bien. No sé si eso tiene alguna lógica.
—Tiene toda la lógica del mundo. —Diego le apartó el pelo de la cara, un gesto que ya le salía sin pensar, tan natural como respirar—. El miedo no desaparece porque alguien te diga que no tengas miedo. Desaparece cuando encuentras a alguien con quien no te importa fallar.
—Qué frase tan bonita para un profesor de autoescuela.
—Llevo diez años enseñando a gente a no chocar contra las cosas. Algo se aprende por el camino sobre el miedo.
Marta se rio, dejando la copa sobre la mesa baja, y se giró para mirarlo de frente, con las piernas dobladas bajo el cuerpo, sintiendo una calidez que ya no tenía nada que ver con el vino.
—Eres el mejor profesor.
Diego la besó, despacio, con la misma certeza tranquila con que ella había tomado aquella última curva en el examen sin necesidad de que nadie le guiara la mano, y en algún momento de esa noche, entre risas y la botella de vino terminándose sobre la mesa baja del salón, quedó claro para los dos que aquello que había empezado como una cuarta convocatoria desesperada en una autoescuela de barrio se había convertido, sin que ninguno lo planeara del todo, en la primera cosa de su vida adulta que a Marta ya no le daba ningún miedo intentar.
FIN DEL RELATO