Tu piel contra la mía Manos al volante y sobre las piernas #2
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Manos al volante y sobre las piernas #2

Él tardó un segundo en contestar, un segundo en el que Marta sintió que le apretaba, apenas, los dedos entrelazados con los suyos sobre el volante.

—No —dijo por fin—. Hace clases que no estamos hablando de aparcar.

Se giró hacia ella entonces, despacio, con la mano todavía sobre la suya, y en sus ojos había una pregunta que no necesitaba palabras para formularse ni respuesta hablada para entenderse.

Marta sintió que el corazón le latía en la garganta, más fuerte que en cualquiera de sus tres exámenes suspendidos, y por primera vez en semanas no fue un latido de miedo.

—El jueves que viene tenemos clase nocturna —dijo Diego, sin apartar la mirada, con una voz que había perdido del todo la cadencia profesional del primer día—. Menos tráfico. Más tiempo para explicarte las cosas con calma.

—¿Y qué se supone que vamos a practicar esta vez?

—Aún no lo sé. —Una sonrisa lenta le cruzó la cara, la misma sonrisa de la primera clase pero cargada ahora de todo lo que habían dejado sin decir durante semanas—. Pero prometo que, sea lo que sea, vas a aprobar a la primera.

Marta se sorprendió a sí misma pensando en el jueves con una anticipación que no tenía nada que ver con el código de circulación: en el ascensor de camino al trabajo, revisando el móvil sin ninguna notificación nueva que justificara mirarlo tantas veces, tumbada en la cama por las noches reconstruyendo el peso exacto de la mano de Diego sobre la suya en el volante, el timbre de su voz diciendo "hace clases que no estamos hablando de aparcar".

Se descubrió eligiendo la ropa para la clase con un cuidado que no había puesto nunca en las cinco anteriores, y luego se rio de sí misma, sola frente al armario, por estar decidiendo qué ponerse para conducir un coche.

El jueves llegó nublado, sin lluvia esta vez, con esa clase de atardecer de última hora de verano en que la luz se demora más de lo esperado antes de rendirse del todo.

Diego la esperaba ya en el coche, con el motor encendido y la radio baja, y cuando Marta se sentó en el asiento del conductor notó, antes incluso de saludarlo, que él llevaba una camisa distinta a la habitual, más oscura, con dos botones desabrochados que en las clases de día jamás se habría permitido.

—Hola —saludó ella, cerrando la puerta, sintiendo el habitáculo de pronto más pequeño que nunca.

—Hola. —Diego la miró con una calma que no engañaba a nadie, una calma que era, en realidad, la versión adulta del mismo nerviosismo que a ella le agarrotaba las manos—. ¿Lista?

—No tengo ni idea de qué vamos a practicar.

—Luces. Rotondas con poco tráfico. Confianza al volante en condiciones de menor visibilidad.

—Diego recitó la lista con un tono que quería sonar a manual de autoescuela y que, sin embargo, cargaba cada palabra de una intención que ninguno de los dos necesitaba ya disimular—.

Aunque, si te soy sincero, había pensado que podíamos saltarnos parte del temario oficial.

Marta arrancó el coche con una seguridad que le sorprendió a ella misma, sin el habitual titubeo del embrague, y condujo durante un rato por calles cada vez menos transitadas, siguiendo las indicaciones escuetas de Diego —a la derecha, ahora todo recto, aquí puedes coger más velocidad— hasta que las farolas empezaron a espaciarse y el asfalto dio paso a un camino de tierra que llevaba a un mirador desde el que se veían las luces de la ciudad extendidas allá abajo, un lugar que Marta no conocía y que, evidentemente, Diego sí.

—¿Esto es parte del temario? —preguntó, deteniendo el coche donde él le indicó, con el motor todavía en marcha, la vista de la ciudad entera brillando frente a ellos como un examen que por una vez no daba miedo.

—Esto es parte de mi temario particular. —Diego se desabrochó el cinturón y se giró hacia ella, apoyando un brazo en el respaldo, quedando mucho más cerca de lo que ningún manual de conducción habría recomendado—. Apaga el motor.

Marta lo hizo, y el silencio que siguió tenía una calidad distinta a cualquier otro silencio de las clases anteriores: no el silencio expectante de quien espera una corrección técnica, sino el silencio lleno de dos personas conteniendo, por última vez, algo que llevaba semanas queriendo salir.

—Llevo pensando en esto toda la semana —dijo Diego, con una franqueza que a Marta le pareció casi vertiginosa después de tantas clases de indirectas y roces medidos—. En el aparcamiento del martes. En tus manos bajo las mías.

—Yo también. —Marta se giró hacia él en el asiento, tanto como el cinturón sin abrochar se lo permitía, sintiendo el corazón latirle en un sitio que ya no tenía nada que ver con los nervios de un examen—. Pensé que se me pasaría. No se me ha pasado.

—Menos mal. —Una sonrisa lenta, la misma del martes, le cruzó la cara—. Habría sido muy incómodo si solo me hubiera pasado a mí.

Se quedaron mirándose un momento, con las luces de la ciudad titilando abajo y el interior del coche envuelto ya casi en penumbra, y fue Marta quien acortó la distancia esta vez, inclinándose sobre el cambio de marchas con una determinación que no reconocía en sí misma en ningún otro terreno de su vida, y lo besó.

Fue un beso que empezó despacio, casi cauteloso, como si ambos necesitaran comprobar que aquello era real y no solo la proyección de semanas de tensión acumulada, y que fue ganando urgencia a medida que las manos de Diego encontraban la cara de Marta, su nuca, el modo exacto de sostenerla que llevaba clases enteras aprendiendo sin saber que lo estaba aprendiendo para esto.

Ella le sujetó la camisa por el cuello, atrayéndolo más cerca, torpe por la posición incómoda de los dos asientos separados, y en algún momento se rieron contra la boca del otro, un instante de humor compartido ante lo absurdo y lo maravilloso de estar besándose en un coche de autoescuela con el logo desvaído de la empresa pintado en la puerta.

—Esto no estaba en el manual —murmuró Marta, sin apenas separarse de él.

—Estoy improvisando el temario sobre la marcha. —Diego le apartó el pelo de la cara con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus manos en la cintura de ella, buscando cómo salvar el obstáculo del cambio de marchas entre los dos—. ¿Confías en mí?

—¿Es una pregunta con truco, como las del examen teórico?

—Es la pregunta más sincera que te he hecho en cinco clases.

Marta lo miró un instante, sintiendo bajo esa broma compartida una vulnerabilidad real, una entrega que llevaba semanas construyéndose sin palabras, y asintió.

—Confío.

Salieron del coche sin decir nada más, guiados por un acuerdo silencioso que no necesitaba discutirse, y Diego abrió el maletero para sacar una manta que llevaba doblada junto a la rueda de repuesto —una manta que Marta sospechó, con una punzada de ternura, que él había metido allí esa misma tarde, previendo algo que no se había atrevido a nombrar del todo hasta este momento— y la extendió sobre el capó todavía tibio del motor, en aquel mirador vacío donde no había más testigo que las luces lejanas de la ciudad y un cielo que empezaba a llenarse de las primeras estrellas de la noche.

—¿Aquí? —preguntó Marta, con una media sonrisa que no ocultaba del todo el vértigo.

—Aquí. —Diego la atrajo hacia sí, las manos en su cintura, la frente apoyada un instante contra la suya, como quien necesita ese segundo de calma antes de lanzarse a algo que ya no tiene vuelta atrás—. A menos que prefieras esperar a la clase siguiente.

—Llevo tres exámenes suspendidos, Diego. No pienso esperar nada más.

La besó de nuevo, esta vez sin la cautela del coche, con las manos libres para recorrerle la espalda, la cintura, el borde de la blusa que empezó a subir despacio, centímetro a centímetro, como si también en esto quisiera enseñarle algo sobre la paciencia y el placer de no tener prisa.

Marta sintió la tela del capó bajo la manta, todavía cálida, un calor extraño y agradable contra la piel de la espalda cuando Diego la recostó con suavidad, sin dejar de besarla, sin dejar de decirle cosas en voz baja que ella solo entendía a medias, perdida ya en la sensación de sus manos, de su boca bajando por el cuello con la misma atención meticulosa con que le había enseñado, semana tras semana, a sentir el punto de fricción del embrague.

—Dime si algo no te gusta —murmuró él, contra la piel de su clavícula, con una voz que había perdido del todo la serenidad profesional y que ahora temblaba, apenas, con el mismo deseo contenido que Marta sentía en su propio cuerpo.

—Todo me gusta. —Se rio bajito, un sonido que se convirtió en un suspiro cuando la mano de él encontró el cierre de su sujetador con la misma destreza calmada con que había guiado su mano en el volante—. Resulta que sí sabes enseñar cosas.

—Llevo semanas queriendo demostrártelo.

La ropa fue cayendo despacio sobre el capó, sobre la manta.

Marta sintió el aire fresco de la noche contra la piel desnuda, y casi al mismo tiempo el calor de la boca de Diego siguiendo ese mismo camino, deteniéndose donde el pulso latía más fuerte, exactamente como ella había imaginado —y negado imaginar, y vuelto a imaginar— durante las últimas dos semanas de clases.

—Diego —dijo, con la voz ya quebrada, las manos enredadas en el pelo de su pecho, el cielo entero girando despacio sobre los dos como si el mundo también hubiera decidido dejar de tener prisa.

—Aquí estoy. —Levantó la cabeza para mirarla, con una expresión que ya no tenía nada de profesor y todo de hombre completamente entregado a lo que estaba pasando—. Vamos a ir despacio. Como con el embrague. Nada de calar el motor.

—Muy gracioso.

—Hablo en serio. —Le sostuvo la cara entre las manos, con una ternura que contrastaba con la respiración entrecortada de los dos—. Quiero que esto sea lo mejor que has sentido nunca. No solo esta noche. Cada vez.