Tu piel contra la mía Manos al volante y sobre las piernas
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Manos al volante y sobre las piernas

Marta había suspendido el examen práctico de conducir tres veces por un nerviosismo que le agarrotaba las manos en cuanto se sentaba tras un volante, una sensación de estar siempre a punto de hacer algo irreparable.

Su anterior profesor, un hombre mayor de paciencia escasa y suspiros audibles, la había dejado, después del tercer suspenso, con una frase que aún le escocía: Hay gente que no está hecha para esto.

Marta cambió de autoescuela. La nueva quedaba a dos calles de su trabajo, tenía un cartel desvaído con un coche sonriente y una promesa —aprobado garantizado o repetimos gratis— que Marta leyó con el escepticismo de quien ya ha oído demasiadas promesas parecidas.

Se apuntó de todos modos. El primer día, esperando en una salita con sillas de plástico y un dispensador de café que no funcionaba, un hombre salió de la oficina interior, la miró en la lista que llevaba en la mano, y dijo:

—¿Marta?

Ella asintió, y él sonrió de una manera que no era exactamente coqueta —era, más bien, la sonrisa de alguien acostumbrado a tranquilizar a gente nerviosa— y le tendió la mano.

—Diego. Voy a ser tu profesor. Me han dicho que ya llevas tres intentos.

—Cuatro, contando este. —Marta le estrechó la mano, notando una calidez inesperada, unos dedos firmes—. Espero que su coche tenga un asiento resistente. Voy a sudarlo entero.

—Los asientos aguantan más de lo que la gente cree. —Diego señaló la puerta con un gesto—. ¿Vamos?

Ya en el coche, de color gris —Marta pensó que del mismo color que su futuro—, el profesor de la autoescuela trató de tranquilizarla.

—Relájate —dijo Diego, ya sentado a su lado, con una mano apoyada sin ninguna urgencia en el reposabrazos central—. No vamos a conducir todavía. Primero quiero ver cómo te sientes con los mandos.

—Me siento como alguien que ha suspendido tres veces.

—Eso es información sobre tus exámenes anteriores, no sobre ti. —Lo dijo con una naturalidad que a Marta le pareció casi insultante de lo razonable que sonaba—. Ajusta el asiento. Todo lo que necesites.

Marta movió la palanca lateral, y el asiento se deslizó hacia delante de golpe, dejándola casi pegada al volante, provocando una risa nerviosa que Diego acompañó con una sonrisa comprensiva.

—Despacio —dijo él, y sin pedir permiso, con la naturalidad de quien lo ha hecho cientos de veces, alargó la mano hacia la palanca, rozándole el muslo apenas con el dorso de los dedos al hacerlo—. Perdona. Deja que te ayude, así vas cogiendo el punto exacto.

El roce había durado menos de un segundo y, sin embargo, Marta lo sintió quedarse ahí, en la piel bajo la tela del pantalón, como una pregunta sin formular.

Se dijo que era una tontería, que un profesor de autoescuela toca cien palancas al día sin que signifique nada, y aun así, cuando el asiento se detuvo en la posición correcta, notó que se había quedado sin aliento un instante de más.

—Así —dijo Diego, retirando la mano—. ¿Ves la diferencia? Ahora tienes control total sin tener que estirarte.

—Control total —repitió Marta, con un tono que no supo si era irónico o simplemente nervioso—. Ojalá fuera tan fácil con todo lo demás.

Él la miró con una expresión que Marta no logró descifrar del todo —diversión, quizá, o algo parecido a la curiosidad— y no contestó directamente.

—Vamos a empezar por el embrague. Pie izquierdo, despacio, hasta que notes el punto de fricción.

Las primeras clases transcurrieron así: instrucciones técnicas, correcciones de postura, la voz de Diego siempre serena incluso cuando el coche daba una sacudida al calar por tercera vez en el mismo cruce.

Pero había, bajo esa serenidad profesional, una cadencia de gestos que Marta empezó a notar sin poder evitarlo: la manera en que él se inclinaba hacia ella para señalar el retrovisor, quedando su hombro a apenas un palmo del de ella; la costumbre de guiarle la mano sobre la palanca de cambios en las primeras clases, con los dedos de él envolviendo brevemente los de ella para marcarle el recorrido exacto de primera a segunda; el modo en que, al corregirle la posición del pie sobre el embrague, apoyaba dos dedos sobre su rodilla como quien señala algo sin necesidad de agarrarlo.

Nada de aquello era, tomado por separado, más que la mecánica ordinaria de enseñar a conducir.

Marta lo sabía. Sin embargo, hacia la cuarta clase, empezó a anticipar esos roces con una atención que no tenía nada de inocente, contando en silencio cuántas veces la mano de Diego se acercaría a la suya en una hora de clase, y sintiendo una decepción real, física, las veces en que no ocurría.

—Estás mejorando —le dijo él, al final de la quinta clase, mientras aparcaban frente a la autoescuela con una torpeza que a Marta ya no le daba tanta vergüenza como al principio—. La semana pasada calabas en cada semáforo. Hoy solo has calado dos veces.

—Progreso lento pero seguro.

—El progreso siempre es así. —Apagó el motor, pero no hizo ademán de bajarse enseguida; se quedó un momento más, mirándola con esa media sonrisa que Marta ya empezaba a reconocer como suya, particular, distinta a la sonrisa profesional del primer día—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Por qué crees que has suspendido tres veces?

Marta se quedó callada, sorprendida por la pregunta, por lo directa que era, por la manera en que él la formuló sin ningún tono de burla, con una curiosidad genuina que la desarmó más que cualquier coqueteo evidente.

—Creo que me pongo tan nerviosa pensando en hacerlo mal que acabo haciéndolo mal —respondió al fin—. Es un poco absurdo, dicho así.

—No es absurdo. —Diego se giró un poco en el asiento, quedando de frente a ella, con las rodillas casi rozando las suyas en el espacio reducido del habitáculo—.

Es solo miedo disfrazado de torpeza. Pasa mucho.

La gente cree que no sabe hacer algo, y en realidad lo que no sabe es relajarse mientras lo hace.

—¿Y usted qué me recomienda? ¿Respirar hondo antes de cada cruce?

—Podría ser un principio. —Había algo en su voz, en ese momento, que ya no era del todo profesional; un matiz más bajo, más lento, que hizo que Marta sintiera un cosquilleo inesperado en el estómago—.

Creo que lo que realmente necesitas es dejar de pensar en el error como algo que va a pasar.

Confiar más en las manos. Dejar que hagan lo que ya saben hacer, sin la cabeza interrumpiendo todo el rato.

—Suena a algo que se aplicaría a más cosas que a conducir.

Lo dijo casi sin pensarlo, con esa clase de valentía repentina que a veces sale de los nervios acumulados, y en cuanto lo dijo se arrepintió, temiendo haber cruzado una línea que hasta entonces solo habían insinuado los dos con gestos.

Pero Diego no pareció incómodo. Al contrario: la miró con una atención renovada, como quien encuentra, por fin, la confirmación de algo que llevaba semanas sospechando.

—Se aplica a casi todo —dijo, bajando la voz un tono más—. La mayoría de la gente calcula demasiado. Se pierde el placer de simplemente hacerlo.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, cargado de algo que ninguno de los dos nombraba todavía.

Marta notó su propio pulso en la garganta, y se preguntó si él también lo sentiría, tan cerca como estaban en ese coche parado, con el motor apagado y el cristal empañándose apenas por el calor de sus dos respiraciones.

—Debería irme —dijo ella finalmente, sin mucha convicción—. Llego tarde a una cosa.

—Claro. —Diego no insistió, no la retuvo, aunque a Marta le pareció ver, en la manera en que abrió su propia puerta, una reticencia idéntica a la suya—. Nos vemos el jueves. Vamos a probar aparcamiento en batería. Es de lo que más te cuesta, según el informe del examen anterior.

—Aparcamiento en batería —repitió Marta, ya en la acera, con la mochila al hombro—. Genial. Justo lo que necesitaba, otra cosa más en la que fallar delante de usted.

—No vas a fallar. —Diego se había bajado también, y la miraba desde el otro lado del coche con una seguridad que no tenía nada que ver con la teoría del código de circulación—. Y puedes tutearme, Marta. Llevamos ya cinco clases.

—Vale. Nos vemos el jueves, Diego.

Su nombre, dicho así por primera vez, le sonó extraño en la boca, como si acabara de descubrir una palabra nueva cuyo peso todavía no sabía calcular del todo.

El jueves llovía, una lluvia fina que obligaba a mantener el limpiaparabrisas encendido en un ritmo constante, y el ejercicio de aparcamiento en batería resultó ser, tal como Marta había predicho, un desastre en las dos primeras maniobras.

Al tercer intento, con el coche torcido en un ángulo imposible respecto a las líneas pintadas en el asfalto del descampado que la autoescuela usaba para prácticas, Diego alargó la mano hacia el volante, no para corregirlo él mismo sino para guiar la de ella.

—Aquí —dijo, colocando la mano sobre la suya, envolviéndola por completo, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre la intención del gesto—. Siente el giro. No lo pienses, solo síguelo.

El volante giró bajo las manos superpuestas de los dos, despacio, y Marta sintió el calor de la palma de Diego contra el dorso de la suya, los dedos de él entre los suyos en el aro del volante, una intimidad tan simple y tan cargada a la vez que le costó concentrarse en la maniobra que se suponía debía estar aprendiendo.

—Así —murmuró Diego, muy cerca de su oído, con una voz que ya no fingía ninguna distancia profesional—. ¿Ves? Cuando dejas que las manos sepan lo que hacen, todo encaja solo.

El coche quedó perfectamente alineado entre las dos líneas blancas, y por un momento ninguno de los dos se movió, las manos aún juntas sobre el volante, la lluvia tamborileando suave en el techo, el aire dentro del habitáculo espeso de una tensión que llevaba cinco clases construyéndose sin que ninguno se atreviera a nombrarla del todo.

—Diego —dijo Marta, en voz muy baja, sin girar la cabeza, sin apartar la vista del parabrisas mojado.

—¿Sí?

—Creo que ya no estamos hablando de aparcar.