La fragancia perfecta #4
—Funciona en los dos sentidos —murmuró Alice, sin apartarse del cuello de Dante, dejando que sus labios rozaran la piel donde segundos antes solo había estado su nariz—. No solo revela lo que hay debajo, también reacciona a quien esté cerca.
—Es una fórmula viva —dijo Dante, con los ojos cerrados, sintiendo la boca de Alice recorrer despacio la línea de su mandíbula—. Nunca huele exactamente igual dos veces.
—Como nosotros.
Dante comprendió que aquella frase, pronunciada casi al azar, contenía la verdad más honesta de todo el proyecto.
Atrajo a Alice hacia sí y la besó despacio, sin la urgencia desesperada de la primera vez.
Se desnudaron el uno al otro con una lentitud deliberada, casi ceremonial, como si cada prenda retirada fuera también una nota que se abría paso en la evolución de un perfume: la salida ligera del primer contacto, el corazón cálido que se iba revelando poco a poco, y la promesa de un fondo que ambos sabían ya que iba a durar mucho más allá de aquella noche.
Alice recorrió con los labios el pecho peludo de Dante, deteniéndose justo en el punto donde había aplicado la fórmula horas antes, y sintió bajo la lengua cómo el aroma se intensificaba con el calor, con la respiración entrecortada, con el pulso acelerado que delataba, mejor que cualquier palabra, hasta qué punto aquel hombre la deseaba.
—Alice —dijo Dante, con la voz ronca, mientras la recostaba despacio sobre el sofá de cuero—, si esto sale bien, va a ser el perfume del año.
—Si esto sale bien —respondió ella, atrayéndolo hacia sí—, no vamos a poder volver a trabajar juntos con normalidad nunca más.
—Ya no quiero volver a trabajar contigo con normalidad.
Alice sonrió contra su boca, y cualquier palabra que hubiera podido añadir se disolvió en el mismo instante en que sus cuerpos volvieron a encontrarse.
El calor de ambos cuerpos entrelazados hacía que el aroma aplicado horas antes se transformara una y otra vez, evolucionando con cada movimiento, con cada suspiro ahogado contra la piel del otro, hasta convertirse en algo que ninguno de los dos habría sido capaz de sintetizar por separado.
Presentaron la fórmula dos semanas después, en una sala de juntas iluminada con la misma frialdad corporativa que Dante llevaba años detestando.
El director creativo, un hombre llamado Verdi, que hablaba siempre como si estuviera dando un discurso, olió la mouillette con gesto profesional, la dejó reposar, la volvió a oler, y finalmente aplicó una gota en su propia muñeca, siguiendo el protocolo habitual.
—Es distinto —admitió, con las cejas ligeramente arqueadas—. No sé explicar por qué, pero es distinto.
—Porque no está diseñado para el papel —dijo Dante, de pie junto a Alice, sin poder evitar que sus dedos rozaran los de ella bajo la mesa—.
Está diseñado para la piel. Para el calor real de un cuerpo real.
Y por eso nunca huele exactamente igual dos veces.
Cada persona que lo lleve va a descubrir una versión distinta.
Verdi olió su propia muñeca una tercera vez, y esta vez algo en su expresión cambió, como si hubiera comprendido, aunque fuera solo de forma intuitiva, la magnitud de lo que tenía delante.
—¿Cómo lo habéis llamado?
Dante miró a Alice, y ella asintió, casi imperceptiblemente, como si ya hubieran hablado de aquello sin necesidad de palabras.
—Verdad —dijo Dante—. Se llama Verdad.
La reunión terminó con Verdi hablando de fechas de lanzamiento, de campañas publicitarias, de cifras que a Dante ya no le importaban ni la mitad de lo que le habían importado un mes atrás.
Cuando por fin salieron de la sala de juntas y las puertas del ascensor se cerraron tras ellos, Alice se apoyó contra la pared metálica y soltó un suspiro largo, entre el alivio y la incredulidad.
—Lo hemos conseguido.
—Lo hemos conseguido —confirmó Dante, acercándose a ella hasta que sus cuerpos casi se rozaban, con la misma tensión deliciosa de la primera tarde en el atelier, semanas atrás, cuando ninguno de los dos sabía todavía en qué iba a convertirse aquel proyecto—.
Ahora tengo una pregunta más importante que hacerte.
—¿Cuál?
—¿Qué hacemos con el resto de nuestra vida, ahora que ya no tenemos una fórmula que nos obligue a vernos tres veces por semana?
Alice sonrió, y en aquella sonrisa había la misma certeza tranquila que había sentido la primera vez que entró en el atelier y supo, sin necesidad de que nadie se lo confirmara, que aquel proyecto —y aquel hombre— iban a cambiarle la vida.
—Se me ocurren varias fórmulas más que todavía no hemos probado —dijo, tirando suavemente de la solapa de su chaqueta para acercarlo del todo—. Y esta vez no vamos a necesitar ninguna excusa profesional para comprobarlas.
Dante la besó justo cuando las puertas del ascensor volvían a abrirse en la planta baja, ajenos por completo a la mirada sorprendida del guardia de seguridad.
En unos meses, las calles olerían, cada tarde, a la fragancia que dos personas habían tardado toda una vida —y una sola primavera juntos— en encontrar: no un perfume que ocultara lo que había debajo de la piel, sino uno que, por fin, se atrevía a dejarlo salir.
FIN DEL RELATO