La fragancia perfecta #3
—Hemos estado intentando fabricar deseo.
Almizcles, notas animales, ámbar gris para simular calor corporal...
—Dante se giró hacia ella, y la luz tenue del amanecer le dibujaba sombras suaves en el rostro—.
Pero el deseo no se fabrica, Alice. Se libera.
La piel ya lo tiene todo. Solo necesitábamos algo que lo dejara salir en vez de taparlo.
Alice se quedó callada, con la mente trabajando a la misma velocidad con la que trabajaba siempre que un problema técnico empezaba a resolverse.
—Feromonas —dijo por fin—. No hablas de perfumería. Hablas de biología.
—Hablo de las dos cosas a la vez. Eso es lo que nadie ha conseguido todavía.
Se levantaron sin decir una palabra más, como si el mismo pensamiento los hubiera atravesado a ambos al mismo tiempo, y para cuando el sol había terminado de salir sobre los tejados, ya estaban vestidos y de camino al atelier, todavía con el sabor del café a medio tomar y la urgencia de quien por fin ve con claridad algo que llevaba semanas buscando a tientas.
—Explícamelo otra vez, despacio —dijo Alice, ya en el laboratorio, con el cuaderno abierto sobre la mesa y un bolígrafo esperando entre los dedos.
—El error ha sido siempre de secuencia —explicó Dante, paseando entre las mesas con la energía de alguien que llevaba cuarenta años esperando esta idea concreta—.
Diseñamos las notas de salida, corazón y fondo pensando en cómo evolucionan con el tiempo.
Pero nunca hemos diseñado pensando en cómo evolucionan con el contacto.
Con el roce de otra piel. Con el calor de otro cuerpo cerca.
Alice levantó la vista del cuaderno.
—Un perfume que cambia según con quién estés.
—Un perfume que revela lo que ya hay debajo, en vez de disfrazarlo.
—Dante se detuvo frente a ella, apoyando las manos sobre la mesa, a ambos lados del cuaderno—.
Tú lo dijiste la primera semana: el papel no suda.
Nunca hemos diseñado de verdad para la piel.
Hemos diseñado para la piel en reposo. Nunca para la piel... despierta.
Trabajaron durante todo el día siguiendo aquella idea, y por primera vez desde que habían empezado el proyecto, la colaboración entre ambos alcanzó una fluidez que ninguno de los dos había experimentado con nadie más en su carrera.
Alice proponía estructuras moleculares que favorecieran la interacción con el calor corporal; Dante ajustaba las proporciones con el instinto de quien ya no necesitaba consultar ninguna tabla.
Se interrumpían, se corregían, se reían de sus propios errores, y en algún momento de la tarde, sin que ninguno de los dos lo planeara, sus manos volvieron a encontrarse sobre la mesa de trabajo con la misma naturalidad que si llevaran años haciéndolo.
—Necesitamos probarlo en condiciones reales —dijo Alice, al caer la noche, sosteniendo el vial con la nueva fórmula: un acorde que combinaba el jazmín egipcio y el ámbar gris de las primeras semanas con un toque nuevo de iris y una base mineral casi imperceptible que Alice había sintetizado esa misma tarde.
—Condiciones reales —repitió Dante, con una sonrisa que ya conocía de sobra el rumbo que iba a tomar la conversación—. ¿Te refieres a...?
—Me refiero a que la ciencia exige repetibilidad, Dante. Un solo experimento no demuestra nada.
Dante se acercó despacio, le quitó el vial de las manos con delicadeza y lo dejó sobre la mesa.
—Entonces hagamos ciencia como es debido.
Aquella noche, en el mismo despacho privado donde habían estado juntos por primera vez, Dante aplicó una gota de la nueva fórmula en la base del cuello de Alice, justo donde el pulso latía más cerca de la superficie.
Esperaron en silencio, sentados uno frente al otro en el sofá de cuero envejecido, dejando que el perfume se asentara sobre la piel durante los primeros minutos, tal como habían hecho decenas de veces antes.
Pero esta vez, cuando Dante se inclinó para comprobar cómo evolucionaba el aroma, algo era distinto: en vez del jazmín ligeramente indólico de las primeras pruebas, lo que ascendió hasta él fue algo mucho más íntimo, una mezcla que parecía fundirse literalmente con el calor de la piel de Alice hasta volverse indistinguible de ella misma.
—Dios —susurró Dante, con la voz tomada—. Esto es exactamente lo que buscábamos.
—¿Estás seguro? —preguntó Alice, aunque la manera en que había echado la cabeza hacia atrás, ofreciendo el cuello, sugería que ya conocía la respuesta.
—Compruébalo tú misma.
Alice se inclinó hacia delante y aspiró la piel de Dante, donde él se había aplicado la misma fórmula minutos antes, en el punto exacto donde el cuello se unía a la mandíbula.
El resultado fue igual de sorprendente: el perfume no imponía su propio carácter sobre el olor natural de Dante, sino que parecía amplificarlo, revelar sus matices más ocultos, convertir lo que en circunstancias normales habría sido un simple aroma corporal en algo que resultaba, sin ningún género de dudas, irresistible.