La fragancia perfecta #2
La mano que aún sostenía la muñeca de Alice ascendió despacio por su antebrazo, dibujando el mismo trayecto que segundos antes había seguido para acercarle el perfume a la nariz, solo que ahora el gesto no tenía nada de técnico. Era, sencillamente, la necesidad de tocarla.
Alice dejó el cuaderno sobre la mesa —el cuaderno donde llevaban semanas anotando fórmulas, proporciones, tiempos de evaporación— sin apartar los labios de los de Dante, y con la mano libre buscó el borde de su camisa, no para quitársela todavía, sino para sentir bajo la palma el calor de su pecho, el latido acelerado que desmentía cualquier resto de compostura profesional.
—Aquí no —dijo Dante, aunque su cuerpo decía exactamente lo contrario—. Hay cámaras en el pasillo, y Giulia puede volver a por sus llaves en cualquier momento.
—Entonces, ¿dónde?
Dante no contestó con palabras. La tomó de la mano y la guio a través del atelier, sorteando las mesas cargadas de matraces, hasta una puerta lateral que Alice nunca había visto abierta: un pequeño despacho privado, apenas un sofá de cuero envejecido, una lámpara de mesa y estanterías repletas de cuadernos antiguos con recetas que se remontaban a más de treinta años atrás.
Olía distinto ahí dentro: a cuero viejo, a papel, a una capa de vainilla y ládano que debía de haberse impregnado en las paredes durante décadas.
Dante cerró la puerta con el pestillo y, por primera vez desde que se conocían, se quedó sin palabras.
Alice no esperó a que las encontrara. Se acercó despacio, sin prisa, consciente de que cada segundo de aquella espera era también parte de la fórmula que llevaban semanas persiguiendo: el placer no estaba solo en el desenlace, sino en la lenta evolución de las notas, en cómo cada una se abría paso sobre la anterior.
Le desabrochó los primeros botones de la camisa con dedos que ya no temblaban, y cuando la tela se abrió lo suficiente, inclinó la cabeza y apoyó los labios en su esternón, justo donde antes, aquella misma tarde, había depositado una gota de esencia para comprobar cómo evolucionaba sobre su piel.
—Aquí también cambia —susurró contra su pecho—. El calor de tu cuerpo hace que todo se vuelva más... denso.
Dante cerró los ojos y dejó escapar un sonido bajo, entre risa y gemido, mientras las manos de Alice terminaban de abrir su camisa y la deslizaban por sus hombros. La prenda cayó al suelo del despacho sin que ninguno de los dos le prestara atención.
—Te estás vengando de todas las clases de química que me diste —murmuró él, buscando el cierre del vestido de Alice en la espalda.
—No es venganza —contestó ella, echando la cabeza hacia atrás cuando los labios de Dante encontraron la curva de su cuello, justo detrás de la oreja, donde horas antes ella misma se había aplicado una muestra del acorde de jazmín—.
Es método científico. Hay que verificar los resultados en condiciones reales.
El vestido de Alice se deslizó por sus hombros con la misma lentitud deliberada con la que ella había abierto la camisa de Dante, y quedó suspendido un instante en su cintura antes de caer del todo.
Dante se apartó apenas unos centímetros para mirarla, y en sus ojos —los mismos ojos que durante cuarenta años habían aprendido a distinguir mil matices de un mismo aroma— había ahora una atención que no tenía nada que ver con el trabajo.
—Eres la fórmula que llevaba buscando toda mi carrera —dijo, y sonó tan sincero que a Alice se le escapó una risa suave, casi tímida, la primera grieta real en su aplomo científico.
—Eso es una frase espantosa, Dante.
—No se me dan bien las palabras, se me dan mejor los olores.
Dante la levantó apenas del suelo —lo justo para sentarla sobre el escritorio de madera oscura, apartando de un manotazo un montón de cuadernos que cayeron al suelo sin que a ninguno de los dos le importara— y volvió a besarla, esta vez con menos contención, con las manos recorriendo su cintura, sus caderas, la piel cálida de su espalda desnuda.
Alice le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia sí, sintiendo bajo las palmas la respiración acelerada de Dante, el calor que subía de su piel como si su propio cuerpo estuviera destilando algo nuevo, algo que ningún laboratorio del mundo podría replicar en un tubo de ensayo.
—El deseo también tiene una química —dijo Alice entre beso y beso, casi sin aliento—. La testosterona, la feniletilamina, la dopamina disparándose en el cerebro... Se puede explicar todo esto con moléculas.
—¿Eso te ayuda ahora mismo? —preguntó Dante, deslizando los labios por la línea de su clavícula, bajando despacio hacia el nacimiento de sus pechos, donde se detuvo a besarlos.
—En absoluto —admitió ella, con la voz quebrada en un jadeo cuando la boca de Dante encontró un punto especialmente sensible—. Absolutamente ninguna ayuda.
Dante sonrió contra su piel, satisfecho de haber ganado, por primera vez en semanas, una discusión con ella.
El resto de la ropa desapareció entre risas ahogadas y gestos torpes —el cierre del sujetador que se resistió durante un instante eterno, el cinturón de Dante que Alice desabrochó con una impaciencia que la sorprendió a ella misma—, hasta que ya no hubo nada entre ellos salvo el aire cargado de esencias del pequeño despacho y el calor que se multiplicaba con cada centímetro de piel descubierta.
Dante la contempló, de pie entre sus piernas, con la luz cálida de la lámpara dibujando sombras suaves sobre su cuerpo.
—¿Sabes cuál es el verdadero secreto de un buen perfume? —preguntó, casi un susurro, mientras recorría con las yemas de los dedos los muslos de Alice.
—Dime.
—Que nunca huele igual en dos pieles distintas. La fórmula es la misma. El resultado, no. —Inclinó la cabeza y besó el punto exacto donde el pulso de Alice latía desbocado, bajo la mandíbula—. Llevo cuarenta años estudiando eso sin entenderlo de verdad. Hasta hoy.
Alice cerró los ojos y dejó que las manos de Dante terminaran de aprenderse su cuerpo: el modo en que sus dedos se detenían en cada curva, cada respuesta involuntaria de su piel, como si estuviera memorizando una fórmula que solo podía descifrarse con el tacto.
El vocabulario de la química se disolvió en algo mucho más simple y mucho más antiguo: el ritmo compartido de dos respiraciones que se buscaban, el calor que subía entre ellos como una nota de fondo que se hacía cada vez más presente, más envolvente, hasta cubrirlo absolutamente todo.
El escritorio crujió bajo el peso de ambos. Ninguno de los dos le prestó atención. Alice hundió los dedos en el pelo de Dante, atrayéndolo más cerca, gimiendo al oído, mientras él la penetraba con ímpetu.
El placer, cuando llegó, no fue una explosión repentina, sino algo que se construyó despacio, como cada buena fragancia: una salida intensa, casi abrumadora, seguida de un corazón profundo y cálido que se extendía por todo el cuerpo, y finalmente un fondo que prometía quedarse ahí, latente, mucho después de que todo hubiera terminado.
Alice se aferró a los hombros de Dante, con la respiración entrecortada contra su cuello, sintiendo cómo el calor de ambos cuerpos se mezclaba con el rastro de jazmín y ámbar gris que aún flotaba en su piel, transformado ya en algo completamente nuevo: una nota que ninguno de los dos había anticipado en ninguna fórmula, y que sin embargo era, sin ninguna duda, exactamente lo que habían estado buscando.
Dante apoyó la frente contra la de Alice, todavía con la respiración agitada, y por un momento ninguno de los dos dijo nada.
No hacía falta. El silencio, esta vez, no tenía nada de incómodo: era simplemente el descanso natural después de una nota de salida demasiado intensa, el momento en que el perfume —y ellos— empezaban a asentarse en algo más profundo.
—Esto —dijo Alice por fin, con la voz todavía temblorosa y las piernas agitadas, apoyando la cabeza en el hombro de Dante— va a complicar bastante la evaluación olfativa oficial.
Dante soltó una carcajada ronca, genuina, la primera risa despreocupada que Alice le había oído en las tres semanas que llevaban trabajando juntos.
—Al diablo la evaluación oficial. —Le apartó un mechón de pelo con un gesto tan tierno que contrastaba con la urgencia de minutos antes—. Creo que acabamos de encontrar la nota de fondo que le faltaba al perfume.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
—Deseo real. No el que se simula con almizcles sintéticos y notas animales de laboratorio.
El de verdad. —Sonrió, y por primera vez desde que Alice lo conocía, aquella sonrisa no tenía nada de la seguridad profesional del gran perfumista, sino algo mucho más vulnerable—. Eso no se sintetiza, Alice. Se vive.
Alice lo miró en silencio, sintiendo todavía el calor de su cuerpo, el peso agradable de sus manos, el aroma mezclado de los dos que ya no se parecía a nada que hubiera olido antes, ni en su carrera como química ni en ninguna otra parte de su vida.
—Eso —dijo ella, apoyando la frente contra la de él— tampoco es una descripción olfativa, Dante.
—No —admitió él, besándola de nuevo, despacio, como quien saborea la nota de fondo de un perfume que sabe que va a durar—. Pero es la verdad. Y creo que era justo eso lo que nos estaban pidiendo desde el principio.
La fórmula final no llegó en el laboratorio.
Llegó una semana después, casi de madrugada, en el pequeño apartamento de Dante cerca del Borgo, cuando Alice se despertó con la luz azulada del amanecer filtrándose entre las cortinas y encontró a Dante despierto a su lado, con los ojos fijos en el techo y una expresión que ella ya había aprendido a reconocer: la de un hombre resolviendo un problema en silencio.
—Llevas media hora sin dormir —murmuró Alice, acurrucándose contra su pecho—. ¿Qué piensas?
—Pienso que nos hemos equivocado desde el principio.
Alice se incorporó apoyada en un codo, apartándose el pelo de la cara.
—¿En qué sentido?