Tu piel contra la mía Correspondencia #3
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Correspondencia #3

Se tendieron el uno junto al otro, y durante un rato largo no hubo más que eso: manos que recorrían lo que las palabras solo habían insinuado, una piel descubriéndose caliente donde las cartas la habían imaginado fría o al revés, una respiración de él contra el cuello de ella, un nombre dicho en voz baja como quien prueba una palabra nueva en la boca.

—Elena —dijo Nicolás, y ella sintió el peso completo de su propio nombre de un modo distinto a como lo había sentido nunca, como si hasta ese momento hubiera sido solo una etiqueta y ahora, dicho así, contra su piel, se convirtiera en otra cosa.

—Dilo otra vez.

Él lo hizo, más bajo, mientras sus manos encontraban el ritmo pausado de quien no tiene ninguna prisa por llegar a ningún sitio porque el camino, esa tarde, importaba tanto como el destino.

Elena arqueó el cuello hacia atrás, dejando que la última luz del día le cayera sobre la garganta, y sintió la boca de él seguir ese mismo camino de luz, despacio, deteniéndose donde el pulso latía más fuerte, como si también él quisiera comprobar con los labios lo que las cartas nunca habían podido decirle: que ella estaba viva, entera, temblando de verdad y no solo en el papel.

Las horas siguientes se disolvieron en algo que ninguno de los dos habría sabido medir con precisión: un cuerpo aprendiendo al otro a través de manos y de boca y de una atención mutua casi obsesiva, un cuidado en cada gesto que parecía la continuación natural de aquellas cartas donde cada palabra había sido elegida con esmero antes de enviarse.

Hubo risas bajas cuando algo no encajaba del todo, torpezas que ninguno de los dos tuvo miedo de mostrar, un instante en que Elena se apartó solo para mirarlo de cerca, en la penumbra ya casi completa, y decir:

—Te imaginé de muchas maneras. Nunca así de real.

—Yo tampoco te imaginé así —contestó él, apartándole un mechón de pelo húmedo de la frente con una ternura que contrastaba con la urgencia de minutos antes—. La imaginación es más pobre que esto. Siempre lo es.

Después volvieron a encontrarse, esta vez sin la cautela de las primeras caricias, con una confianza que solo un cuerpo entregado del todo puede tener, y la habitación se llenó de un silencio roto apenas por la respiración de los dos y, más tarde, por un nombre dicho contra la almohada, y por la certeza compartida —aunque ninguno lo dijera todavía en voz alta— de que aquello no iba a caber ya en ninguna carta, por bien escrita que estuviera.

Cuando todo se aquietó, quedaron tendidos boca arriba, uno junto al otro, con las sábanas revueltas y la última claridad de la tarde convertida ya en el azul oscuro de las farolas encendiéndose en la calle.

Elena tenía la cabeza apoyada en el hombro de Nicolás y sentía bajo la mejilla el latido de su corazón, todavía irregular, calmándose despacio.

—Y ahora ¿qué? —preguntó ella, repitiendo casi sin querer la pregunta del café, aunque esta vez su significado era otro por completo.

Nicolás tardó un momento en contestar. Con una mano le trazaba círculos lentos en el hombro desnudo, un gesto que parecía más pensativo que deliberado.

—Ahora —dijo al fin— supongo que tendremos que decidir de qué vamos a escribirnos, si ya no hace falta que sea de lo que imaginamos.

—Podríamos escribirnos de lo que recordamos. —Elena levantó la vista hacia él, con una sonrisa que todavía llevaba el peso de la tarde en la comisura de los labios—. Tú eres bueno recordando. Lo vi en la primera carta, la que no era para mí.

—Esa carta ya no me interesa. —La besó en la frente, un gesto extrañamente casto después de todo lo demás, como si necesitara también ese tipo de ternura para que la tarde quedara completa—.

Prefiero escribir sobre esto. Sobre hoy.

Sobre cómo suena tu voz cuando dices mi nombre en lugar de escribirlo.

Se quedaron así un rato más, hablando en voz baja de cosas pequeñas —el vecino del segundo piso que carraspeaba, los limones que Elena había dejado pudrirse sobre la mesa de la cocina durante toda aquella historia, la manía de él de guardar las cartas en una caja sin barnizar en lugar de en algo más elegante—, y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo señalara en voz alta, quedó claro que aquella conversación de después, esa charla desordenada y sin prisa entre dos cuerpos todavía cálidos el uno junto al otro, era también una forma de correspondencia, la más directa de todas, la que ya no necesitaba sello ni buzón ni la paciencia de esperar nueve días una respuesta.

Fuera, la ciudad seguía su ritmo ajeno a lo que había pasado en aquel tercer piso sin ascensor: coches, una conversación lejana, el ruido metálico de una persiana bajando en algún comercio.

Dentro, Nicolás se levantó a buscar la caja de madera y volvió con ella a la cama, y durante un rato largo, envueltos en la sábana, releyeron juntos algunas de las cartas —la del error postal, la de la posdata que lo había cambiado todo, la de la línea sola en el centro de la página— y se rieron de su propia cautela inicial, de cuánto habían tardado en decir lo que en realidad ya sabían desde la segunda o la tercera carta.

—Deberíamos guardar esta noche en algún sitio —dijo Elena en un momento, medio en broma, señalando la caja—. Escribirla y meterla ahí con las demás.

—¿Y quién la escribiría? Los dos estuvimos allí. No hay manera de fingir distancia esta vez.

—Esa es la parte que más me gusta. —Elena se acurrucó más cerca, cerrando los ojos, sintiendo el peso agradable del cansancio empezar a instalarse—. Que ya no hace falta fingir nada. Ni distancia, ni cautela, ni las iniciales.

Nicolás no contestó con palabras. Cerró la caja despacio, la dejó en el suelo junto a la cama, y apagó la lámpara de la mesilla, dejando que la habitación quedara solo iluminada por la luz azulada de la calle entrando entre las lamas de la persiana, la misma clase de luz oblicua que él había descrito una vez, en una carta destinada a otra persona, hablando de un hotel en Lisboa y de un cuerpo que ya no recordaba con la misma intensidad con que ahora, esa noche, recordaría este.

—Habrá una cuarta carta —dijo él en la oscuridad, ya casi dormido—. Aunque esta vez la escribamos entre los dos.

—O no la escribamos en absoluto —contestó Elena, con la voz ya baja, ya casi un susurro— y dejemos que simplemente ocurra.

Fuera se encendió otra farola. Dentro, la caja de madera con todas las cartas que los habían llevado hasta ahí quedó cerrada sobre el suelo, guardando una historia que, a partir de aquella noche, ya no necesitaría más papel para seguir escribiéndose.