Tu piel contra la mía Correspondencia #2
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Correspondencia #2

Elena miró esa mano un segundo entero antes de posar la suya encima.

El contacto fue breve, casi casto para cualquiera que los hubiera visto desde otra mesa, pero llevaba detrás tantas cartas, tantas noches escribiendo tarde, tantas frases tachadas y vueltas a escribir, que a ella le pareció el gesto más cargado de intención que había vivido en años.

—No es lo que había imaginado —dijo él en voz baja, sin retirar la mano.

—¿Mejor o peor?

—No hay comparación posible. Imaginaba una idea. Esto es —dudó, buscando la palabra con la misma exactitud con que elegía las de sus cartas— una temperatura. Se puede imaginar el calor, pero no se siente hasta que se está dentro de él.

Elena sintió que el café, la plaza, el andamio que tapaba el cartel, todo se volvía secundario, un decorado necesario pero irrelevante frente a esa mano bajo la suya y a la voz que la acompañaba.

Pensó en la última carta, en la frase que había tardado tres días en atreverse a escribir, y comprendió que aquello —el café, la mesa, la mano— era la consecuencia natural, casi inevitable, de haberla enviado.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella, aunque sabía que la pregunta no era del todo sincera; llevaba una respuesta ya decidida detrás, esperando solo el permiso de ser dicha en voz alta.

—Ahora —contestó Nicolás— podemos terminar el café como dos personas civilizadas, hablar del tiempo, de libros, de Estambul, y despedirnos con un apretón de manos correctísimo, y volver a escribirnos cartas cada vez más comedidas hasta que la cosa se apague sola, por pudor, por miedo o por todas esas razones perfectamente razonables.

—Le dio la vuelta a la mano de Elena bajo la suya, despacio, de manera que quedó con la palma hacia arriba, y trazó con el pulgar una línea corta, deliberada, desde la base de los dedos hasta la muñeca, un gesto tan pequeño que nadie alrededor podría haberlo interpretado como lo que era—. O podemos no hacer nada de eso.

A Elena se le cortó la respiración de un modo que la sorprendió por su intensidad, considerando que se trataba solo de un dedo trazando una línea sobre su propia piel, en un café con el volumen bajo de una radio de fondo y una pareja mayor discutiendo en la mesa de al lado sobre si habían apagado el horno.

—No se me da bien lo comedido —dijo ella, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía—. Lo sabes. Está en todas las cartas que te escribí.

—Lo sé. —Él sonrió, y por primera vez esa sonrisa tuvo algo del descaro que solo había insinuado en el papel—. Es lo primero que me gustó de ti. Ese impulso tuyo de tachar la frase pero dejarla visible. No borrarla del todo.

—¿Y tú? Tú tampoco eres tan comedido como quieres aparentar. Un hombre comedido no deja notas sin sello en el buzón de una desconocida.

—Culpable.

Se quedaron así un momento más, las manos entrelazadas sobre la mesa de un café cualquiera, en un barrio que ninguno de los dos frecuentaba, rodeados de un ruido ajeno que de pronto parecía pertenecer a otra vida.

Elena pensó que debería sentir vértigo —lo sentía, en realidad, en algún lugar bajo el esternón— pero por encima de ese vértigo había algo más fuerte, una certeza tranquila de que aquello, fuera lo que fuese lo que estaba a punto de suceder, era exactamente lo que ambos habían estado escribiendo, carta tras carta, durante meses, sin atreverse a nombrarlo.

—Vivo a quince minutos de aquí —dijo él con una naturalidad que no ocultaba del todo la tensión debajo—. Tengo más cartas tuyas que las que te has imaginado. Las guardo todas. Podría enseñártelas.

Elena dejó unas monedas sobre la mesa sin apartar la vista de él.

—Enséñamelas —dijo—. Y lo demás que tengas para enseñarme.

Ambos salieron del café sin soltarse la mano y, en la calle, bajo el andamio que aún tapaba el nombre del bar, él se detuvo, la acercó hacia sí y le habló muy cerca del oído, en un tono que ninguna carta, por muy cuidada que hubiera sido su caligrafía, habría podido transmitir jamás.

—Llevo desde la primera posdata queriendo hacer esto —dijo, y la besó allí mismo, en plena calle, con una lentitud deliberada que era, a su manera, la última carta de todas, la única que ya no necesitaba papel.

El piso de Nicolás estaba en un tercero sin ascensor, y subieron la escalera sin prisa, como si ambos entendieran que el tiempo que tardaran en llegar arriba formaba también parte de aquello que llevaban meses escribiéndose.

En el segundo rellano él se detuvo, supuestamente para buscar las llaves, y la besó otra vez, apoyándola contra la pared con una mano abierta junto a su cabeza.

No para inmovilizarla, sino para tener un punto de apoyo, como si necesitara anclarse a algo mientras la boca se le iba llenando de una urgencia que las cartas jamás habían podido cargar del todo.

—Las llaves —dijo Elena contra sus labios, con una sonrisa que no lograba disimular que tampoco a ella le importaba demasiado seguir subiendo.

—Un segundo más.

No fue un segundo. Fueron varios, suficientes para que un vecino asomara la cabeza por una puerta más abajo y volviera a cerrarla con un carraspeo discreto, y para que Elena sintiera, con una claridad que la sorprendió, que llevaba meses deseando exactamente esto: no la idea de un cuerpo, sino este cuerpo concreto, esta manera concreta de sostenerse contra ella, este modo de respirar entrecortado que ninguna metáfora epistolar habría podido anticipar con precisión.

Llegaron al piso. Era pequeño, ordenado de una manera que hablaba de alguien acostumbrado a vivir solo sin que esa soledad se hubiera convertido en descuido: estanterías llenas hasta el borde, una mesa de trabajo junto a la ventana, una luz de última hora de la tarde entrando oblicua, como en aquella carta sobre Lisboa que había llegado a su buzón por error meses atrás.

—Ahí —dijo Nicolás, señalando una caja de madera sobre un estante bajo, sin barniz, con las esquinas gastadas de manosearla—. Ahí están.

Elena la abrió con un cuidado casi reverente.

Dentro, ordenadas por fecha, estaban todas sus cartas, desde la primera nota administrativa sobre el error postal hasta la última, la de la línea escrita en el centro de la página con el resto en blanco alrededor.

Vio que algunos sobres tenían los bordes gastados de haber sido abiertos y cerrados muchas veces, releídos en momentos que ella nunca sabría, en noches que él no le había contado.

—Las has leído más de una vez —dijo ella, sin necesidad de que fuera pregunta.

—Algunas, muchas veces. —Él se había acercado por detrás, sin llegar a tocarla, dejando solo que ella sintiera su presencia como se siente el calor de una estufa antes de acercarse—. Hay una frase tuya que me sabía de memoria antes de saber cómo sonaba tu voz diciéndola.

—¿Cuál?

Nicolás no contestó con palabras. Le apartó el pelo de la nuca con dos dedos, despacio, y le dijo al oído, en un tono bajo que reproducía casi con exactitud el ritmo de la propia escritura de Elena, aquella frase que ella había tardado tres días en atreverse a mandar: He empezado a imaginármelo, y eso es un problema que los dos hemos creado juntos.

Elena cerró los ojos. Sentir sus propias palabras devueltas así, en su piel, con la voz de otro, tenía algo de vértigo que ninguna carta —ni siquiera la más atrevida de las suyas— había logrado hacerle sentir.

Se dio la vuelta despacio, todavía con la caja de madera entre las manos, y la dejó sobre la mesa sin apartar la vista de él.

—Y ahora que ya no hace falta imaginarse nada —dijo ella—, ¿qué piensas hacer con las manos?

Fue él quien la besó esta vez, con menos contención que en la escalera, con una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre hacia dónde iba aquella tarde.

Le sostuvo la cara entre las manos un momento, como quien confirma algo que llevaba tiempo sospechando, y luego dejó que esas mismas manos bajaran, despacio, deliberadas, por el cuello, por los hombros, encontrando el primer botón de la blusa de Elena con una calma que contrastaba con la respiración de ambos, ya irregular.

—Llevo meses preguntándome esto también —murmuró él, sin dejar de mirarla, mientras el botón cedía bajo sus dedos—. Cómo sería desabrocharte algo despacio, en lugar de imaginarlo.

—¿Y bien?

—Mejor que cualquier carta que haya escrito nunca.

Elena rio, un sonido bajo y algo tembloroso, y llevó las manos a la camisa de él con la misma intención pausada, sin prisa aparente, aunque el cuerpo le pedía otra cosa porque ambos sabían —lo habían aprendido carta a carta, sin saber que era eso lo que estaban aprendiendo— que la lentitud, cuando se elige, puede ser la forma más intensa de la urgencia.

La luz de la ventana se había vuelto más rojiza, más baja, y proyectaba sobre la pared del fondo la sombra alargada de las estanterías, de la mesa de trabajo, de los dos cuerpos que se iban acercando el uno al otro con una torpeza tierna, la de dos personas que se conocían de memoria en el papel y por primera vez tenían que traducir esa memoria a gestos.

Elena encontró la cicatriz del pulgar de la que Nicolás había hablado en una de sus cartas —una historia sobre un cristal roto en una cocina de estudiante, contada con el mismo cuidado con que hablaba de todo— y la rozó con los labios sin decir nada, un gesto que él pareció sentir en algún lugar más profundo que la piel, porque cerró los ojos un instante y dejó escapar el aire despacio, como quien suelta algo que llevaba conteniendo mucho tiempo.

—Ven —dijo, y la palabra sonó menos a invitación que a confesión.

La condujo hacia el dormitorio sin soltarle la mano, y allí, en una habitación con las persianas medio bajadas que dejaban entrar franjas de la última luz de la tarde, la ropa terminó de caer al suelo con una lentitud que ninguno de los dos parecía tener prisa por acelerar, como si prolongar ese instante fuera, también, una forma de prolongar los meses de cartas que los habían traído hasta ahí.