Correspondencia
La carta llegó por error, Elena lo supo en cuanto vio el sobre: un remitente sin nombre completo, solo una inicial, N.
; y un apellido que tampoco era el suyo.
El código postal coincidía con el de su edificio, pero el número de piso estaba mal.
Alguien, en algún punto de la cadena de reparto, había cometido un desliz.
Elena debió devolverla al buzón al instante con una nota.
Correo equivocado. Así de simple. En cambio, la dejó tres días sobre la mesa de la cocina, entre las facturas y un cuenco de limones que ya empezaban a arrugarse, mirándola cada vez que pasaba por delante como quien mira una puerta cerrada preguntándose qué habrá detrás.
Al cuarto día la abrió. Era una carta destinada a una tal Marina y hablaba de un viaje a Lisboa, de un hotel con las persianas rotas, de la luz entrando torcida por la mañana.
Hablaba de un cuerpo —el de Marina, se suponía— con una precisión que no era vulgar, sino casi cartográfica, como quien describe un territorio que conoce de memoria y que echa de menos.
Recuerdo tus manos frías incluso en agosto, decía una línea.
Recuerdo que te reías antes de que te tocara, como si ya supieras lo que iba a pasar y eso también te diera risa.
Debía devolver la carta. En vez de eso, escribió una respuesta a N.
Una nota corta, casi administrativa: Esta carta llegó a mi buzón por error.
No conozco a ninguna Marina en este edificio.
Se la reenvío, aunque quizá quiera comprobar la dirección.
La metió en un sobre nuevo, con la carta original dentro, y estuvo a punto de dejarlo así.
Pero añadió una línea más, al final, casi sin pensarlo, con la misma pluma con la que había firmado su nombre: P.D.
Escribe usted muy bien. Ojalá alguien me escribiera cartas así alguna vez.
Elena se arrepintió en cuanto la echó al buzón.
Era una intromisión, una tontería adolescente de mujer de 34 años que llevaba demasiado tiempo sola y se dejaba conmover por la letra de un desconocido.
Pasó la semana intentando no pensar en ello y pensando en ello constantemente, con esa forma tan humana de negar algo prestándole toda la atención posible.
La respuesta llegó nueve días después:
No sé quién es usted, y por eso mismo puedo decirle lo que voy a decirle.
Hay una libertad extraña en escribirle a un nombre sin cara.
Marina existió, o algo parecido a Marina existió; ya no.
La carta que usted leyó por error era, en realidad, un ejercicio de despedida que nunca llegué a enviar del todo porque cambié de dirección sin avisar a nadie y las cartas viejas, como se ve, tienen la costumbre de encontrar el camino equivocado.
Usted dice que ojalá alguien le escribiera así.
Yo llevo meses sin escribirle a nadie nada que valga la pena.
Tal vez podamos resolver los dos problemas a la vez, si no le importa recibir cartas de un extraño que no sabe muy bien qué decirle todavía, salvo que su posdata ha sido lo más honesto que ha leído dirigido a él en mucho tiempo.
N.
Elena leyó esa carta de pie, en el rellano, sin llegar siquiera a entrar en casa, y luego otra vez sentada a la mesa, con los limones ya definitivamente perdidos, y una tercera vez en la cama, muy tarde, cuando ya debería haber apagado la luz.
Le contestó al día siguiente. Se dijo que sería una carta breve y quedó ocupando las dos caras de un folio.
Le habló de su trabajo —traductora, algo que hacía sola, en silencio, rodeada de palabras de otros— y de una manía suya, la de leer el final de los libros antes de empezarlos, “para no tener miedo durante la lectura”, escribió, y luego tachó la frase porque le pareció que revelaba demasiado, y la dejó tachada a propósito, visible bajo la tinta, porque le pareció más honesto dejarla ver que hacerla desaparecer del todo.
No firmó con su nombre completo. Firmó E., como él había firmado N., y esa simetría le pareció, sin saber muy bien por qué, el gesto más íntimo de toda la carta.
Las respuestas empezaron a llegar cada semana, después cada cinco días, después con una regularidad que ninguno de los dos mencionaba en voz alta pero que ambos calculaban en secreto, calculando cuánto tardaría el correo, cuánto tardaría él en escribir, cuánto podía ella demorar la suya sin parecer ansiosa.
N. escribía sobre lugares: un mercado en Estambul, una playa en el norte donde el agua nunca llegaba a estar caliente, la primera vez que había visto nieve de adulto y no de niño, y cómo esa diferencia lo había desconcertado más de lo esperado.
Elena escribía sobre libros que traducía, sobre frases que no encontraban equivalente exacto en su idioma y que la obligaban a decidir, cada vez, qué parte del sentido original estaba dispuesta a sacrificar.
Ninguno de los dos hablaba todavía de sus cuerpos.
Pero algo se filtraba igual, entre líneas, en la elección de ciertas palabras y no otras, en la manera en que N.
describía el calor de una ciudad como quien describe una piel, en la manera en que Elena empezó a escribir sus cartas por la noche, cada vez más tarde, como si ese fuera el único momento del día lo bastante desnudo para hacerlo.
En la sexta carta, N. escribió una frase que Elena guardó durante días, doblada dentro del libro que estaba traduciendo, releída sin necesidad de sacarla del todo del sobre: No sé cómo es su letra cuando tiene prisa, ni cómo suena su voz, ni qué hace usted con las manos cuando no está escribiendo.
Y, sin embargo, pienso en usted con una familiaridad que no me he ganado, y no sé si debería disculparme por ello o simplemente confesárselo, como hago ahora.
Elena tardó tres días en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía exactamente qué quería decir y necesitaba ese tiempo para decidir si se atrevía.
Al final, escribió solo una línea, en el centro de la página, dejando el resto en blanco a su alrededor, como un espacio deliberado: Yo tampoco sé qué hace usted con las manos. Pero he empezado a imaginármelo, y eso, N., es un problema que los dos hemos creado juntos.
La echó al correo un martes. El jueves, sin previo aviso, encontró en su buzón un sobre distinto a los demás: más pequeño, sin sello, dejado allí en mano. Dentro, una sola frase, sin firma, porque ya no hacía falta: Dígame dónde y cuándo, y dejemos que las manos hablen por sí solas.
Se citaron en un barrio que ninguno de los dos pisaba habitualmente, como si la neutralidad del territorio pudiera protegerlos de algo.
Elena llegó diez minutos tarde a propósito —otros diez minutos antes había estado ya sentada en un banco de la plaza de enfrente, mirando la puerta, incapaz de decidir si entrar puntual delataba demasiada ansiedad— y cuando por fin cruzó el umbral, lo reconoció antes de que él levantara la vista.
No por ninguna descripción previa; jamás se habían enviado una fotografía, como si ambos hubieran decidido, sin decírselo, que el rostro llegaría al final, cuando ya no hubiera manera de que estropeara nada.
Lo reconoció por la forma en que sostenía la taza, con una calma que en las cartas se traducía en frases sin prisa, en puntos y aparte que se tomaban su tiempo.
Reconoció, sobre todo, la letra: había un cuaderno abierto sobre la mesa, y aunque no eran las cartas —eran solo notas, apuntes de algo que estaba escribiendo—, la inclinación de los trazos era inconfundible.
—N. —dijo ella, no como pregunta.
Él levantó la vista y por un instante no dijo nada, como si estuviera haciendo el mismo ejercicio que ella acababa de hacer: comprobar si la persona real coincidía con la que había imaginado durante meses a partir de un puñado de folios y una letra inclinada.
—Nicolás —aclaró él. En su voz había algo que ninguna carta podía haber anticipado: un timbre grave, ligeramente ronco, con una manera de detenerse en la primera sílaba de su nombre que ella sintió, absurdamente, en la nuca.
—Soy E., la mujer de las cartas. Elena —dijo ella.
Se sentó frente a él. Durante los primeros minutos hablaron de trivialidades —el camarero, el frío que hacía fuera, la dificultad de encontrar el café porque el cartel de la calle estaba tapado por un andamio—, y ambos sabían que estaban posponiendo lo evidente, ese instante en que las palabras escritas y las palabras habladas tendrían que reconciliarse, o traicionarse.
—Pensé que serías más mayor —dijo Elena, observando cada detalle del rostro de Nicolás.
—Y yo pensé que tu risa sonaría distinta. En mi cabeza sonaba... no sé, más comedida. Más de traductora.
—¿Cómo suena la de traductora?
—Como alguien que elige cada palabra antes de soltarla. —Hizo una pausa, la miró de un modo que no era exactamente atrevido pero que tampoco intentaba disimular su intención—. La tuya se escapa antes de que puedas decidir nada. Me gusta más.
Elena, ruborizada, bajó la vista al café, que aún no había tocado.
Había algo desconcertante en tenerlo delante, con cuerpo y voz y unas manos —las manos de las que tanto habían hablado sin saber nada de ellas— que ahora podía ver de verdad: dedos largos, una cicatriz pequeña en el nudillo del pulgar, una manera de sostener la taza que revelaba una paciencia que las cartas solo habían insinuado.
—Llevo semanas preguntándome qué harías con ellas —dijo Elena, y esta vez no bajó la vista al decirlo, sino que sostuvo la mirada, sorprendida de su propio atrevimiento, aunque después de tantas cartas ya no le pareció exactamente atrevimiento, sino una continuación natural de algo que llevaban meses construyendo en papel.
Él no contestó enseguida. Dejó la taza sobre el plato con un cuidado casi ceremonial y extendió la mano sobre la mesa, no para tocarla —no todavía—, sino para dejarla ahí, abierta, a escasos centímetros de la de ella, como quien plantea una pregunta sin palabras y espera a ver si alguien decide responderla.